Un bombero muy poco paciente Capítulo 21
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Capítulo 21

Los minutos más largos de mi vida los pasé en aquella acera, mirando una fachada que escupía humo negro y no me devolvía a nadie.

Los primeros en aparecer fueron los del ático.

Dos bomberos los sacaron por la ventana y los bajaron, uno detrás de otro, por la escala exterior.

Llegaron tosiendo, tiznados y vivos. La mujer, en cuanto pisó la acera, buscó entre el gentío y preguntó por el chico que había subido antes que los equipos, el que los había encontrado a oscuras, les había mojado unas toallas y se había quedado con ellos junto a la ventana, hablándoles, hasta que llegaron los bomberos equipados.

—No nos ha dejado solos ni un segundo —me dijo, agarrándome del brazo sin saber quién era yo—. Cuando han llegado sus compañeros, les ha dicho que podía quedar un hombre en el primero. Y se ha vuelto a meter en la escalera para bajar a buscarlo.

Se me paró el corazón.

Porque el primero era donde había empezado todo. El origen del fuego, el rellano que los equipos intentaban alcanzar desde abajo. Y Mateo había bajado hacia allí con la pierna operada y sin protección, a buscar al hombre que había encendido la primera cerilla.

A buscar a Tomás.

Grité su nombre hacia la fachada, aunque no pudiera oírme. Un bombero me sujetó mientras Quique avisaba al mando de que tenían a un compañero fuera de servicio dentro del edificio, en la primera planta, buscando a un varón. Todo se aceleró y, al mismo tiempo, se volvió insoportablemente lento.

La puerta del portal terminó devolviendo una fila de cuerpos.

Primero aparecieron dos bomberos retrocediendo, con Tomás suspendido entre ambos. Detrás salió Mateo, tosiendo hasta tener arcadas, con una mano aún cerrada sobre el pantalón de Tomás como si no se fiara de que fueran a dejarlo atrás.

Más tarde supe que lo había encontrado a pocos metros de la puerta, desplomado en el pasillo de su casa.

Había seguido el sonido de la tos, había entrado arrastrándose lo justo para alcanzarlo y lo había sacado hasta el rellano.

Allí se cruzó con el equipo que subía y entre todos completaron la evacuación.

No había atravesado solo un piso en llamas; aun así, había respirado demasiado humo y se había quemado el antebrazo al rozar una puerta recalentada.

Los sanitarios se les echaron encima. A Tomás lo subieron a una camilla, le colocaron oxígeno y se lo llevaron hacia una ambulancia.

A Mateo lo sentaron en el bordillo con otra máscara.

Yo esperé a que un sanitario me dejara acercarme, me arrodillé delante de él y le sujeté la cara con las dos manos.

Estaba negro de humo. Tenía las cejas chamuscadas, una quemadura fea en el antebrazo, los ojos rojos y llorosos, y tosía de una manera que a mí, que soy médica, me asustó mucho. Pero estaba vivo y me miraba.

—Te dije que bajaba —consiguió decir, entre la máscara y la tos, con una sonrisa espantosa en aquella cara negra—. Soy un hombre de palabra.

—Eres el hombre más inconsciente que he conocido en mi vida. —No sé en qué momento había empezado a llorar—. Has bajado al primero. Por él. Después de todo lo que nos ha hecho.

—Lo sé. Espera a que se me cure la voz y ya me riñes con calma, que ahora mismo no puedo ni defenderme. —Tosió, y me apretó la muñeca con la mano tiznada—. ¿Estás bien tú? ¿Has salido bien? ¿No te ha pasado nada en la escalera?

—¿Me estás preguntando a mí si estoy bien? ¿Tú? ¿Sin cejas y con el brazo quemado?

—Es lo único que me importa.

Y allí, arrodillada delante de un hombre chamuscado que acababa de salir del fuego y todavía quería saber si yo estaba bien, terminé de entender con quién me había enredado. Con uno de esos que se olvidan de sí mismos. De los que no salen dos veces, como decía Marina.

—No podía dejarlo dentro, Blasco. —La máscara le ahogaba la voz—. Un bombero no elige a quién saca.

Lo abracé con cuidado de las quemaduras y él me devolvió el abrazo con el brazo bueno. Nos quedamos así unos segundos, entre luces azules, mangueras y humo, dos personas que unos meses antes no se conocían y que ahora no concebían el mundo sin la otra.

—Has estado a punto de no cumplir tu promesa —le dije al oído.

—La he cumplido. He bajado. Con dos ancianos y un pirómano de propina. Eso es sobrecumplir. Merece un aumento.

—Estás de baja. No cobras.

Me reí y lloré a la vez, que resulta que se puede. Antes de que cerraran la ambulancia de Tomás, lo vi consciente bajo la máscara de oxígeno. Miraba hacia el bordillo donde estaba Mateo.

Levantó apenas una mano. No supe si era un agradecimiento, una despedida o un reflejo. Cerraron las puertas y la ambulancia se marchó llevándose a un hombre que había hecho un daño enorme y que, aun así, seguía necesitando que alguien lo mantuviera vivo.

Mateo lo siguió con la mirada hasta que la ambulancia dobló la esquina.

—Responderá por lo del niño, por el incendio y por todo lo demás —dije—. No sé qué decidirá un juez.

—Ya. —Mateo tosió—. Pero estará vivo para responder.

El incendio destrozó el primero y la escalera y dañó buena parte del segundo.

Nuestros pisos quedaron en pie, pero anegados por el agua y ennegrecidos por el humo, inhabitables durante meses.

No murió nadie. En un edificio viejo, con una única escalera y el fuego bloqueando la salida, aquello fue, según los propios bomberos, un pequeño milagro.

Un milagro con una pierna operada y muy mala cabeza.

Nos llevaron al hospital en ambulancias distintas: a él por la inhalación de humo y las quemaduras; a mí para descartar una intoxicación. Antes de que cerraran sus puertas, me dejó apretarle la mano.