Capítulo 20
Me despertó el olor. El mismo olor de la noche del cuarto de basuras, pero esta vez no era poco ni lejano. Esta vez llenaba la habitación entera.
Abrí los ojos en la oscuridad y durante un segundo no entendí nada. Luego lo entendí todo a la vez. El humo. El calor raro en el aire, un calor que no era de verano. Y un reflejo naranja que subía desde el hueco de la escalera y se deshacía bajo la puerta.
Y algo más, por debajo de todo. Un ruido. Un rumor sordo, hambriento, que yo no había oído nunca pero que reconocí en el cuerpo antes que en la cabeza. El ruido de un edificio empezando a arder.
—Mateo. —Le sacudí—. Mateo, despierta. Está ardiendo.
Se despertó de golpe, con quince años de oficio metidos en el cuerpo.
Se puso en pie con una mueca y la cojera, tan evidente el resto del día, casi desapareció bajo la urgencia.
Mientras llamaba al 112 con el altavoz puesto, olfateó el aire, recogió la bolsa que habíamos dejado preparada y tocó la puerta con el dorso de la mano.
El hombre que todavía medía los escalones para no castigar la pierna desapareció, y en su lugar quedó el capitán: sereno, rápido, atento a todo.
En una emergencia, Mateo Durán no dejaba de estar lesionado; sencillamente dejaba de acordarse de ello.
—La puerta está templada, no quema. El fuego está abajo y el humo ya ha entrado en la escalera. —Su voz había cambiado. Era la del capitán, seca, sin una gota de miedo por fuera—. Ya vienen. Vístete. Zapatos, no vayas descalza. Coge la bolsa. Rápido, pero sin correr.
Hice lo que me dijo. Las manos me temblaban con los cordones y él, apoyado en el borde de la cama para no cargar de más la izquierda, se agachó y terminó de atármelos con dedos rápidos. En mitad de aquello, con el humo filtrándose ya por debajo de la puerta, me dio un beso breve en la frente.
—Vamos a salir de esta. Los dos. ¿Me oyes? Mírame. Los dos.
—Los dos —repetí, porque necesitaba oírmelo decir.
Entornó la puerta apenas unos centímetros. Una capa de humo gris ocupaba la parte alta del rellano, pero abajo todavía se veía. La cerró, cogió aire y volvió a abrirla lo justo para que saliéramos. Por el hueco de la escalera subían el resplandor y un rumor sordo. Mateo me agarró de la muñeca.
—Agachada. La cabeza por debajo del humo. Pegada a mí y a la pared. Bajamos sin separarnos. Si te digo que pares, paras.
Empezamos a bajar. El humo se espesaba a cada tramo y el calor aumentaba al acercarnos al primero.
En el rellano del segundo, la pintura de la barandilla estaba tibia y por debajo llegaba un resplandor intermitente.
El fuego seguía dentro del piso de Tomás, pero el humo escapaba alrededor de la puerta y empezaba a invadir la escalera.
La salida aún estaba abierta. No lo estaría mucho tiempo.
—Más rápido —dijo Mateo, sin soltarme—. Sin correr. Si te caes aquí perdemos los dos.
Y en el rellano del segundo, entre el humo, oímos los gritos.
Venían de arriba. La señora del segundo no podía ser; se había ido a casa de su hija. Eran los del ático, una pareja mayor con problemas para andar, atrapados dos plantas por encima de nosotros. Golpeaban la puerta, gritaban y tosían.
Mateo se paró. Y yo supe, antes de que dijera nada, lo que iba a pasar. Lo vi en su cara, en cómo giró el cuerpo hacia arriba, hacia los gritos, en contra de todo el instinto de bajar hacia el aire y la calle.
—Blasco, escúchame muy bien. —Me cogió por los hombros—. Sales tú. Ahora. Bajas pegada a la pared hasta la calle y no vuelves a entrar. Yo subo, los llevo a una ventana y cierro la puerta para frenar el humo hasta que llegue la escala.
—No. No, Mateo, tu pierna, no puedes…
—Puedo llegar hasta ellos. Tengo que hacerlo.
Son dos personas que no pueden bajar solas.
—Me metió la bolsa en las manos—. El 112 ya tiene la dirección y los camiones vienen de camino, pero no sabemos cuánto aguanta esa puerta.
Tú sal. Por favor. No me hagas elegir entre subir y estar pensando si sigues aquí dentro. No puedo con las dos cosas.
Lo miré. Y en ese segundo entendí que amarlo era exactamente esto.
Que no podía pedirle que no subiera, igual que él no podía pedirme a mí que no operara.
Que el hombre del que me había enamorado era el que subía hacia los gritos, no el que bajaba hacia la calle.
Y que si le quitaba eso, me quedaba con otro que no era él.
Casi dos años atrás yo había tomado una decisión en un pasillo de hospital porque era la única decisión posible, aunque me destrozara.
Desde entonces había confundido querer con retener, como si pudiera mantener a salvo a la gente cerrando todas las puertas.
Allí entendí que no podía convertir a Mateo en otro hombre para calmar mi miedo.
Podía odiar que subiera. Podía tener terror.
Pero no podía pedirle que dejara de ser quien era justo cuando dos personas lo necesitaban.
—Sube —dije, con la voz rota—. Encuéntralos, llévalos a una ventana y espera a los tuyos. Y luego bajas. Los tres. No dos. Los tres. Y tú.
—Y yo. Te lo prometo.
—No me hagas viuda antes de casarme, Mateo Durán. Ni se te ocurra. Te he puesto una placa en esa pierna y la quiero de vuelta.
—La tendrás. —Me dio un beso, uno de verdad, corto y feroz—. Te lo prometo.
Se giró y empezó a subir agachado, apoyándose en la barandilla para descargar la pierna, hacia las voces del ático.
Bajé. Cada escalón me pesaba una tonelada y todo el cuerpo me gritaba que volviera, pero bajé porque se lo había prometido y porque, si me quedaba, solo conseguiría obligarlo a rescatarme también.
Al llegar al primero, la puerta de Tomás expulsaba humo por el marco, aunque las llamas seguían dentro.
Pasé encogida, con una manga tapándome la boca, y alcancé el portal justo cuando un cristal reventó a mi espalda.
Fuera ya se agrupaban los vecinos en pijama, algunos descalzos, todos tosiendo y llamándose unos a otros. Las sirenas doblaron la esquina casi enseguida. Del primer camión saltó Quique con el casco en la mano; al reconocer el edificio y verme salir sola, se le borró la cara.
Con el pecho ardiéndome de humo y miedo, conté yo también. Estaban casi todos. Faltaban los del ático, arriba con Mateo. Y faltaba alguien más.
Faltaba Tomás.
Nadie había visto salir a Tomás.
Me giré hacia el edificio. Las llamas empezaban a asomar por una ventana del primero, el piso de Amparo.
Todo apuntaba a que el fuego había empezado allí.
De Tomás no había rastro: nadie lo había visto bajar ni pedir ayuda.
Comprendí, con un escalofrío que no tenía nada que ver con la noche, que quizá no pretendía huir.
Quizá había encendido aquello para quedarse dentro con la única casa que no había querido soltar.
Corrí hacia Quique y el mando que acababa de bajar del segundo vehículo.
—¡Hay dos personas mayores en el ático y Mateo ha subido a por ellas! Y en el primero hay un hombre dentro. Se llama Tomás. Nadie lo ha visto salir.
Me escucharon apenas unos segundos. Después todo se puso en marcha a la vez: equipos de respiración, mangueras entrando por el portal, una escala desplegándose hacia las ventanas del ático.
Alguien me llevó detrás de la línea de seguridad y me echó una manta sobre los hombros.
Hasta entonces no había notado que temblaba.
Y allí me quedé, en una acera, con la bolsa de emergencia apretada contra el pecho, viendo el edificio arder.
No pude hacer nada. Yo, que me había pasado la vida arreglando lo que se rompía, me quedé fuera sin poder arreglar absolutamente nada, viendo el fuego y rezando —cosa que no hacía desde la muerte de mi padre— a un dios en el que ya no sabía si creía para que me devolviera al hombre que había subido.
Pasó un minuto. Dos. Tres. Cada uno más largo que el anterior.
Las mangueras empezaron a contener el fuego de la escalera y la fachada escupía humo negro.
Arriba, en algún punto de aquel edificio, había un hombre con una pierna todavía a medio recuperar buscando a dos ancianos.
En el primero, otro hombre roto quizá esperaba que nadie fuera a buscarlo.
Y yo, abajo, sin poder hacer otra cosa que mirar hacia arriba y no apartar los ojos.