Un bombero muy poco paciente Capítulo 19
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Capítulo 19

Abrí mi puerta y él estaba sentado en el escalón de siempre, con dos tazas de café, sin haber dormido, con la cara arrugada de un hombre que se ha pasado la noche entera al otro lado de una pared echando de menos a alguien que tenía a un metro.

—No he traído nada gracioso para empezar a hablar —dijo—. Vengo sin munición. Solo con las tazas.

Me senté a su lado en el escalón. Cogí la taza que tenía más cerca y estaba tibia, lo cual quería decir que llevaba ahí sentado un buen rato, esperándome, sin atreverse a llamar.

—¿Cuánto llevas aquí fuera?

—No sé. Un rato. —Se encogió de hombros—. No quería llamar y despertarte. Y tampoco quería que salieras a trabajar y no me encontraras. Así que me he quedado en medio.

—Lo siento. Lo de «a lo mejor no puedo con esto». Eso no era verdad. Eso lo dije para hacerte daño.

—Lo sé. Y funcionó, por si te interesa el dato.

—No me interesa. Me da pena.

Nos quedamos un rato bebiendo, hombro con hombro, en ese escalón que había visto empezar todo lo nuestro.

—No voy a dejar de ser bombero —dijo al fin, en voz baja—. Ni cuando me cure. No sé hacer otra cosa, y aunque supiera, no querría. Es lo que soy.

—Ya lo sé.

—Pero puedo prometerte una cosa. Que no voy a hacer el tonto. Que no voy a bajar solo a plantarme delante de su puerta a hacerme el valiente. Que si pasa algo, llamo a los míos, a los que sí pueden correr, y me quedo contigo. Puedo prometerte eso. No dejar de ser yo. Solo no ser idiota.

—Con eso me vale. —Le apoyé la cabeza en el hombro—. No te pido que dejes de ser tú. Solo te pido que no te mueras. Es una petición razonable para una novia.

—Lo es. —Me pasó el brazo por encima—. Trato hecho.

—Y firmado. Que a ti hay que hacértelo firmar todo, que si no haces lo que te dé la gana.

—Eso es verdad. —Me dio un beso en el pelo—. Por cierto, ¿esto significa que sigo teniendo novia? Porque anoche no me quedó del todo claro y he pasado unas horas horribles.

—Sigues teniendo novia. Cascarrabias, con miedo a todo y con una tendencia preocupante a los hombres que se tiran de los tejados. Pero novia.

—Es todo lo que siempre soñé.

Y así, en un escalón, hicimos las paces. Resultó que hacer las paces era más fácil de lo que llevaba casi dos años temiendo. Solo había que querer quedarse más de lo que daba miedo hacerlo.

***

A partir de aquella mañana, Tomás dejó de hacer cosas. Se encerró en el primero y desapareció del mundo, y el edificio entero, en lugar de tranquilizarse, se puso todavía más nervioso.

Cada vecino gestionó el miedo a su manera.

El del ático se compró un extintor y lo colgó en su rellano, con una flecha señalándolo, por si acaso.

La señora del segundo decidió llevarse definitivamente a su nieto a casa de su hija.

Y algunos se proclamaron jefes de seguridad de la finca, plantándose cada noche en el portal con una linterna de minero y un termo.

La fecha del desahucio caía en cuatro días.

Lo sabíamos porque lo había puesto la administradora en el grupo, con la fecha exacta y una prudencia impropia de ella, sin mayúsculas por una vez.

El juzgado había fijado el lanzamiento. Vendría una comitiva, un cerrajero, la policía, y sacarían a Tomás de la casa de Amparo con lo puesto y le cambiarían la cerradura, y aquel hombre, que no tenía adónde ir ni a nadie que lo esperara, se quedaría en la calle con una bolsa.

Cuatro días.

Mateo no durmió bien las noches siguientes. Yo tampoco. Nos acostábamos abrazados, en mi cama o en la suya, y nos quedábamos los dos con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando. Esperando un ruido que no llegaba. Y esa espera, ese no pasar nada, era peor que cualquier cosa que pudiera pasar.

Intenté algo, esos días. Una tontería, seguramente. Pero no podía quedarme sin hacer nada esperando el desastre, así que una tarde, con Mateo delante por si acaso, bajé y llamé a la puerta de Tomás.

No abrió. No contestó. Pero yo sabía que estaba ahí, escuchando, al otro lado, así que hablé de todos modos, con la boca cerca de la madera y la voz más suave que pude.

—Tomás. Soy Blasco. La del tercero. —Esperé—.

No vengo a pedirle que se vaya. No vengo a echarle nada en cara.

Solo quería decirle que lo que le hicieron con Amparo no estuvo bien.

Que se merecía que alguien lo ayudara y no lo ayudó nadie.

Y que lo siento. Lo siento de verdad, aunque yo no tuviera nada que ver.

No contestó durante unos segundos. Y entonces, muy bajito, tan bajo que no sé si lo imaginé, oí una voz rota que decía una sola palabra.

—Tarde.

Nada más. Tarde. Y luego, otra vez, nada.

Subí los escalones despacio, con Mateo esperándome en el rellano, y cuando llegué a su altura no hizo falta que le contara nada. Me lo vio en la cara.

—¿Ha contestado?

—Una palabra. «Tarde».

Esa palabra se me quedó dentro el resto del día.

Porque era la palabra más triste del mundo, y porque yo la conocía bien.

Yo también había llegado tarde a un montón de sitios importantes.

Tarde a hacer las paces con mi hermana antes del entierro.

Tarde a decirle a mi padre las cosas que no le dije.

La vida, a veces, es un montón de gente llegando tarde a lo que importa, y luego pasándose años cargando con ello.

Mateo cerró los ojos un momento. Y cuando los abrió, tenía la cara del capitán, la de las urgencias, la de quien ya ha visto cómo acaba esto otras veces y no consigue evitarlo.

—Prepara una bolsa —dijo—. Con lo importante. Papeles, medicinas, lo que no puedas reponer. Y déjala junto a la puerta.

—Mateo, no exageres.

—No exagero. —Me cogió la cara con las dos manos—. Quiero equivocarme, Blasco. Ojalá me equivoque y ese hombre se vaya el día del desahucio sin más, llorando, y yo quede de exagerado y tú te rías de mí el resto de nuestra vida. Ojalá. Pero prepara la bolsa. Por si acaso.

Preparé la bolsa. Y esa noche dormimos con ella junto a la puerta, los dos abrazados, con el oído puesto en el primero, que seguía mudo, esperando un algo que veíamos venir sin saber cuándo.

Llegó dos noches antes del desahucio.