Un bombero muy poco paciente Capítulo 18
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Capítulo 18

El juez dejó a Tomás en libertad provisional cuatro días después, con la obligación de comparecer cuando lo llamaran y la prohibición de acercarse al niño y a su abuela.

Ellos se habían trasladado temporalmente a casa de la hija y habían comunicado esa dirección al juzgado, de modo que la medida no le impedía regresar al primero.

Un coche lo trajo hasta el portal. Lo vimos bajar por la ventana, entrar en el piso y cerrar la puerta.

Y el edificio entero volvió a contener la respiración.

Esa misma noche empezó nuestra primera pelea de verdad, en su piso, mientras recogíamos ropa limpia y alguna cosa más que le hacía falta para volver al mío.

No fue por una tontería. Ojalá hubiera sido por una tontería, de esas que se arreglan con una disculpa y una cena. Fue por lo único por lo que valía la pena pelearse, que era por cómo íbamos a salir de aquello.

Empezó con Mateo hablando por teléfono en la cocina, bajito, creyéndose que yo no lo oía.

Llevábamos toda la tarde raros. Él, tenso, mirando el reloj, asomándose a la mirilla cada media hora.

Yo, callada, con un nudo en el estómago que no se me iba desde que había visto a Tomás bajar de aquel coche.

Se veía venir que la cosa iba a estallar por algún lado.

Solo que yo creía que iba a estallar abajo, con Tomás, y estalló arriba, entre nosotros.

Cuando colgó, me planté en la puerta de la cocina.

—¿Con quién hablabas?

—Con Bernal.

—¿De qué?

Dudó. Y esa duda me lo dijo todo antes de que abriera la boca.

—Estoy organizando turnos. Con la gente del parque. Para vigilar el portal por las noches. Yo, Bernal, Quique, un par más. Nos vamos turnando y así siempre hay alguien abajo por si…

—Por si Tomás intenta algo. Y tú el primero de la lista, claro.

—Es mi edificio, Blasco. Es mi…

—Estás convaleciente. —Me temblaba la voz y no conseguí que dejara de temblarme—. Eso es lo que es, y tú quieres pasarte las noches vigilando la puerta de un hombre que ya ha provocado un incendio por si se le ocurre hacer otra cosa peor.

—Alguien tiene que hacerlo.

—¡Los bomberos! ¡La policía! ¡Cualquiera menos tú, que no puedes correr!

—¡Yo soy bombero!

—¡Tú estás de baja! —Me salió el grito antes de poder frenarlo, y el eco se quedó rebotando en la cocina—.

Estás de baja, Mateo. Con una pierna todavía sin recuperar y la otra recién consolidada.

Y te comportas igual que antes, como si pudieras entrar en cualquier sitio y salir andando por tu propio pie.

Y no puedes. Todavía no. Te caíste de un tejado haciendo exactamente esto, creyéndote que llegabas, y por poco no lo cuentas.

—Y salvé a esa señora.

—¡Y casi te matas! —Ahí se me rompió algo, y salió todo, todo lo que llevaba semanas tragándome—.

¿Y si la próxima vez no hay suerte? ¿Y si la próxima vez el que entra en el fuego eres tú y el que no sale eres tú?

¿Has pensado en eso? ¿Has pensado en mí, por un segundo, en la que se queda?

Porque yo sí. Yo llevo casi dos años sabiendo lo que es que se te muera delante alguien a quien quieres y no poder hacer nada.

Y no pienso volver a pasar por eso. No por un hombre que se empeña en jugar al héroe con las piernas todavía a medio recuperar.

Se quedó el aire cortado entre los dos. Mateo me miraba, y para una vez no tenía una respuesta rápida en la boca.

—Así que se trata de eso —dijo despacio—. De tu padre.

—No metas a mi padre.

—Lo has metido tú. —Se acercó un paso, con la cojera, y bajó la voz—.

Y lo entiendo, Blasco. Entiendo que tengas miedo.

Pero no puedes pedirme que deje de ser quien soy para que tú duermas tranquila.

Yo no sé quedarme fuera cuando alguien corre peligro.

No lo sé hacer. Es lo que soy desde los nueve años, desde que mi padre bajó a un incendio y no volvió.

Eso es lo que llevo dentro. Esto también soy yo.

—Pues a lo mejor no puedo con esto.

Lo dije para hacerle daño. Y funcionó. Lo vi en su cara, el golpe, y me odié al instante, pero ya estaba dicho, y las cosas dichas no se recogen del suelo.

—A lo mejor no —dijo él, muy quieto—. A lo mejor tú tampoco sabes quedarte cuando la cosa se pone fea. A lo mejor esto es lo que haces, Blasco. Dejar entrar a alguien y, en cuanto te da miedo de verdad, buscar la puerta.

—No te atrevas a psicoanalizarme.

—No te psicoanalizo. Te repito lo que me acabas de decir tú.

Que a lo mejor no puedes con esto. Con esto que soy.

—Se le quebró la voz un momento y la recompuso a la fuerza—.

¿Sabes lo que es oír eso? Me dices que a lo mejor no puedes, porque te da miedo que me pase algo.

¿Y a mí? ¿A mí no me da miedo perderte? Me da pánico, Blasco.

Pero no por eso te pido que dejes de ser médica, que dejes de meterte en quirófanos donde a lo mejor te contagias de algo o te denuncia un familiar o te hundes con un paciente que se te muere en la mesa.

No te pido que dejes de ser tú. Solo te pido que me dejes ser yo.

—Lo tuyo es diferente.

—No lo es. Es lo que hago yo, con otra bata puesta. Y lo sabes.

Y tenía razón. Otra vez. Ese era el problema con Mateo, que debajo de todas las bromas había un hombre que veía las cosas con una claridad que a mí me daba rabia.

Nos quedamos los dos ahí, en la cocina, a un metro de distancia y más lejos que nunca, diciéndonos con la mirada las cosas horribles y verdaderas que acabábamos de decirnos en voz alta.

—Me voy a mi casa —dije.

Y me fui. Crucé el rellano, entré en mi piso, cerré la puerta, y después de semanas dormí sola, sin él roncando al lado, sin su brazo, con la luz del pasillo encendida y la sensación horrible de haberla fastidiado de una manera que a lo mejor no tenía arreglo.

Fue la noche más larga desde la muerte de mi padre. Me la pasé dándole vueltas a lo que había dicho, a lo que había dicho él, a cuánto de verdad había en cada cosa. Porque lo peor de las peleas de verdad no es lo que se grita. Es que casi siempre se grita algo cierto.

Él tenía razón. Yo salía corriendo. Llevaba haciéndolo casi dos años, desde que firmé aquel papel en la UCI y decidí que era más fácil no querer a nadie que arriesgarse a verlo morir.

Y él, con las piernas todavía a medio recuperar y esa manía de correr hacia el fuego, también tenía razón en que no podía dejar de ser lo que era, ni siquiera por mí.

El problema es que los dos teníamos razón. Y cuando en una pelea los dos tienen razón, no hay quien la gane.

Hacia las cuatro de la mañana oí un golpe en la pared. Uno solo. Flojo.

Me quedé quieta, mirando el techo, con el corazón en la garganta. No contesté. Pasó un minuto. Dos. Y entonces, muy flojo, llegó otro golpe. Y otro. Un ritmo torpe, insistente, que tardé en reconocer y que, cuando lo reconocí, me rompió por dentro.

Estaba imitando el repiqueteo que usaba para llamar a mi puerta desde su lado de la pared. Como si me estuviese pidiendo que no me fuera de la única manera que le quedaba.

Puse la mano abierta sobre la pared, sobre el sitio de donde venían los golpes, y me quedé así mucho rato.

No golpeé de vuelta, pero tampoco aparté la mano.

Y esa noche, con la palma pegada al ladrillo, entendí, que quedarse también se puede hacer con miedo.

Que no hace falta que se te quite el miedo para no salir corriendo.

Mañana hablaríamos. Mañana lo arreglaríamos, o al menos lo intentaríamos.