Un bombero muy poco paciente Capítulo 17
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Capítulo 17

La tira no decía nada más. Eso fue lo peor. Mi nombre de pila, escrito con una letra temblorosa y apretada, la letra de alguien que había trazado cada letra despacio para que yo supiera que lo sabía. Doblé el papel en cuanto lo reconocí, antes de que Mateo pudiera leerlo.

—¿Qué pone? —preguntó Mateo, muy bajo, mirando el papel doblado entre mis dedos.

—Mi nombre. El de pila. Nos ha escuchado hablar. Sabe que esta es nuestra broma...

—Joder. Lo ha pegado en tu puerta para que sepamos que sabe todo de nosotros. Que nos observa.

No me pidió que le enseñara el papel ni intentó mirar por encima de mis dedos. Llevaba dos meses negándose a averiguarlo a mis espaldas y ni siquiera aquello consiguió que hiciera trampas.

No dormí bien esa noche. Ni la siguiente.

Empecé a notar cosas que antes no notaba.

La sensación de unos ojos en la nuca al cruzar el portal.

La puerta del primero, que se cerraba justo un segundo después de que yo pasara, con alguien detrás que llevaba rato en la mirilla esperándome.

Pequeñas cosas que por separado no eran nada y que juntas me tenían durmiendo con la luz del pasillo encendida.

Mateo se instaló prácticamente en mi casa.

No lo hablamos, pasó sin más. Aparecía con su cepillo de dientes, con una bolsa, con la excusa que fuera, y se quedaba.

Y yo, que llevaba años defendiendo mi soledad con uñas y dientes, descubrí que dormía mejor con él roncando a mi lado que sola con la luz encendida.

Una noche me desperté y él no estaba en la cama. Lo encontré en el salón, a oscuras, sentado en una silla que había arrastrado hasta la puerta, con los ojos clavados en la mirilla. Vigilando. Llevaba así no supe cuánto rato.

—Vuelve a la cama —le dije.

—Enseguida.

—Mateo. No puedes vigilar una puerta toda la noche todos los días. Te vas a agotar.

—Puedo intentarlo. —No apartó la vista de la mirilla—. Es lo único que sé hacer, Blasco. Ponerme entre la gente y lo que le quiere hacer daño. Lo he hecho toda la vida. No sé estar de otra manera.

Me senté en el suelo, a su lado, y vigilamos la puerta juntos hasta que se nos cerraron los ojos a los dos. No fue la noche más romántica que hemos pasado. Fue de las que no se olvidan.

El peligro de verdad llegó una tarde en que yo no estaba.

Me lo contó Mateo después, con la voz todavía descompuesta.

Estaba en mi casa, donde se había quedado esperándome, cuando oyó el jaleo en la escalera.

Gritos. La voz de la señora del segundo, la que últimamente bajaba la basura acompañada, chillando de una manera que no era de discusión de vecinos. Era de pánico.

Salió como pudo. Desde el tercero vio, dos plantas más abajo, a la señora del segundo aporreando la puerta del primero, histérica, gritando el nombre de su nieto.

Un crío de cuatro años. La abuela había bajado con él a tirar la basura y, mientras abría el cuarto de los contenedores, el niño se le había soltado de la mano y había subido el primer tramo.

Vio la puerta de Tomás entornada, se acercó a curiosear y Tomás lo hizo entrar. Después cerró.

No le hizo daño al niño. Eso hay que decirlo, porque es importante y porque fue lo único que evitó que aquello acabara mucho peor.

Mateo me lo contó luego, con la voz todavía descompuesta, y yo se lo fui sacando a trozos, porque no le salía de corrido.

Por lo que él pudo entender, y por lo poco que el crío dijo después, Tomás lo había sentado en el sofá, le había dado una galleta y se había quedado mirándolo, tranquilo, mientras al otro lado de la puerta la abuela se desgañitaba.

Mateo bajó las escaleras más deprisa de lo que su pierna le permitía. He oído esa parte tantas veces —contada por él, por los vecinos y por la propia abuela— que la tengo grabada como si hubiera estado allí abajo con ellos.

Llamó a la puerta. No a golpes. Con calma. Con esa calma que usaba cuando por dentro estaba temblando.

—Tomás. Soy yo. Mateo. Abre.

—Está aquí conmigo. El niño está bien.

—Ya sé que está bien. Sé que no le vas a hacer nada. —Mateo apoyó la frente contra la puerta—. Pero su abuela está muy asustada y el niño también va a asustarse si esto sigue así. Tú no quieres eso. Tú no eres eso, Tomás. Abre, dámelo y se acaba. No pasa nada.

Al otro lado no se oyó nada durante unos segundos. Luego habló Tomás, y su voz ya no sonaba tranquila. Sonaba quebrada.

—Nadie me escucha. Llevo meses hablando y nadie me escucha. Solo cuando cojo algo vuestro. El agua, el coche, el crío. Solo entonces bajáis todos corriendo. —Hizo una pausa—. ¿Por qué solo entonces?

—Yo te escucho. Ahora mismo te estoy escuchando.

—Mateo hablaba despacio, mientras el edificio entero contenía la respiración a su espalda—.

Abre y hablamos. Tú y yo. Todo el tiempo que necesites.

Pero el niño no es tuyo, Tomás. Tiene una abuela ahí fuera que lo quiere igual que Amparo te quería a ti.

—Nadie vino cuando Amparo se puso mala —contestó él, cada vez más descompuesto—.

Nadie subió a preguntar. Yo la cuidé aquí.

Y cuando se la llevaron a la residencia, fui el único que siguió yendo a verla.

Estuve con ella cuando murió. Pero en cuanto murió, a todos les entró mucha prisa por saber quién se quedaba el piso.

—Lo sé. Fue injusto. Fue una vergüenza. Pero no vas a arreglarlo asustando a un niño de cuatro años.

Eso no te devuelve a Amparo. Solo conseguirá que te odien un poco más, y ya tienes bastante con eso.

Abre. Dámelo. Y te prometo que mañana subo, me siento contigo y me cuentas lo de Amparo desde el principio.

Esta vez alguien va a escucharte. Tienes mi palabra, y sabes que yo cumplo.

Se oyó el pestillo.

La puerta se abrió y Tomás apareció con el niño en brazos.

El pequeño seguía mordisqueando su galleta, ajeno a casi todo.

Tomás se lo entregó a su abuela sin decir una palabra.

Ella lo apretó contra el pecho y se lo llevó escaleras arriba entre sollozos, con tanta fuerza que el niño terminó protestando.

Tomás se quedó en el umbral, mirando a Mateo. Cuando él me lo contó después, tardó varios segundos en encontrar la palabra adecuada para describir aquella cara.

Al final la encontró.

—Alivio —me dijo—. Tenía cara de alivio. La de alguien que llevaba meses queriendo que alguien lo escuchara y por fin lo hicieron.

Cuando llegué a casa, me encontré la calle llena de coches patrulla con las luces girando y un corro de vecinos en la acera.

Se me paró el corazón antes de saber nada, porque lo primero que piensa una cuando trabaja en un hospital y ve luces azules en su propia puerta es lo peor.

Aparqué de cualquier manera, dejé el coche en doble fila y subí los escalones del portal de dos en dos buscando a Mateo entre la gente.

Lo encontré apoyado en la pared del portal, y solo cuando lo vi de pie y sin sangre pude volver a respirar.

Me abrazó fuerte, sin decir nada, y por encima de su hombro vi lo demás.

A la señora del segundo sentada en un escalón con el niño en el regazo, meciéndolo, aunque el crío ya jugaba tan tranquilo con la galleta.

A los vecinos hablando todos a la vez con los agentes.

Y a Tomás, esposado, saliendo del portal entre dos policías.

Pasó a mi lado. Y me miró. No con rabia, no con amenaza.

Me miró un segundo largo, directo a los ojos, y dijo muy bajo: «Sé cómo se llama».

Luego se dejó meter en el coche patrulla sin oponer resistencia.

Mateo oyó la frase y me miró, pero no preguntó.

El nombre siguió doblado en mi bolsillo, intacto entre nosotros.

Se lo llevaron detenido esa misma tarde. Meter a un menor en una casa era otra cosa, aunque no le hubiera puesto un dedo encima. Y mientras el coche se alejaba, yo esperaba sentir alivio. Que se acababa. Que se lo llevaban y por fin íbamos a dormir tranquilos.

No sentí alivio. Sentí un miedo frío, porque encontré a Mateo pálido, descompuesto, mirando el coche patrulla alejarse, y cuando le pregunté qué pasaba, me dijo lo que yo todavía no había entendido.

—Puede que lo suelten pronto, Blasco. No ha hecho daño al niño y lo ha entregado por voluntad propia.

El juez puede imponerle medidas, pero también puede dejarlo volver mientras se investiga.

Y regresará a un edificio que lo ha denunciado, que lo quiere fuera, con el desahucio encima y ya sin nada que perder.

—Me cogió de los brazos—. Hoy ha retenido a un niño para obligarnos a escucharlo.

¿Qué crees que hará cuando vuelva y sienta que ni así lo hemos hecho?

No contesté. No hacía falta.

La respuesta ya la teníamos.

Esa noche Mateo no vigiló la puerta. Se metió en la cama conmigo, me abrazó por la espalda y no dijo ni una broma, ni una sola, en toda la noche. Y a mí, que llevaba meses acostumbrándome a que aquel hombre le pusiera humor a todo, esa noche sin bromas me dejó claro lo asustado que estaba.