Un bombero muy poco paciente Capítulo 16
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Capítulo 16

La policía cumplió lo que había prometido, que era poca cosa.

Un coche patrulla empezó a pasar por la calle un par de veces al día, despacio, y una agente nos tomó declaración completa después del fuego del cuarto de basuras.

El informe de los bomberos confirmó que el incendio había sido intencionado, pero no quién lo había prendido.

Sin cámaras, huellas útiles ni nadie que hubiera visto a Tomás bajar, no podían atribuírselo.

Nos pidieron prudencia y repitieron que vigilarían.

Vigilar. Esa palabra empezaba a darme urticaria.

Y mientras tanto, Tomás seguía en el primero, cada día más solo.

Porque me di cuenta, en esos días, de que aquel hombre no tenía absolutamente a nadie.

Ni una visita. Ni una llamada. Ni un familiar que apareciera a echarle una mano con el desahucio o a llevárselo a otra parte.

Solo él, un papel del juzgado con una fecha cada vez más cerca, y un edificio entero deseando verlo fuera.

Daba miedo. Y, aunque me costara admitirlo con las ruedas del coche todavía en la memoria, también daba pena.

Una tarde lo vi por la mirilla. Bajaba la basura él solo, a una hora en la que sabía que no habría nadie en la escalera para cruzárselo.

Se movía despacio, encorvado, mirando al suelo, con un abrigo grueso pese al calor que hacía, el abrigo de un hombre que ya no distingue bien el frío de fuera del de dentro.

Estuve a punto de abrir la puerta y decirle algo.

No sé qué. Algo. No lo hice. Me quedé con el ojo pegado a la mirilla viéndolo bajar, y me acordé, sin querer, de todas las veces que yo también había sacado la basura a horas raras para no cruzarme con nadie.

Mateo lo resumió una noche mejor que yo.

—Lo peor que le puede pasar a una persona no es que la echen de casa —dijo—. Es que la echen y no le importe a nadie. Ese hombre lleva meses gritando de la única manera que sabe, y el único que le contesta soy yo, para apagarle los fuegos.

—No es asunto tuyo salvarlo.

—Ya lo sé. Pero alguien tendría que haberlo hecho antes. Por eso hemos llegado hasta aquí.

No le contesté. Porque tenía razón, y porque yo sabía algo de eso, de cerrar puertas y dejar a la gente sola al otro lado.

Aquella conversación me dejó tocada, así que hice lo que últimamente hacía cuando algo me superaba. Llamé a mi hermana.

Habíamos empezado a hablar más, Marina y yo, desde el cementerio.

Poco a poco, con el cuidado de pisar un suelo que se hundió una vez.

Y esta vez, cuando me preguntó qué tal, en lugar de contestarle «bien» y colgar, le conté la verdad.

Le hablé de Mateo. Del vecino de al lado al que había operado y que se había mudado a dos pasos de mi puerta y que, contra todo pronóstico y contra toda mi resistencia, se había colado en mi vida entera.

Marina se quedó tan callada al otro lado que pensé que se había cortado.

—¿Sigues ahí?

—Sigo. —Le temblaba un poco la voz—. Es que hacía casi dos años que no te oía hablar así de nada. Ni de nadie. Creía que no ibas a volver a hacerlo.

—Yo también lo creía.

—Tengo que conocerlo de verdad.

—Marina, no.

—Tengo que conocerlo como Dios manda. Y mamá quiere volver a verlo. No acepto un no. Os venís a comer a casa este fin de semana y punto.

Intenté escaquearme durante toda la semana. Puse turnos de excusa, puse la pierna de Mateo de excusa, puse hasta a Tomás de excusa. No me sirvió de nada. Marina tiene la misma cabezonería que yo, solo que la usa para acercarse a la gente en lugar de para alejarla, y contra eso no tengo defensa.

Así que allí nos plantamos, Mateo y yo, en el portal de la casa de mi madre, él con una camisa buena y una caja de pasteles bajo el brazo y una cara de pánico que no le había visto ni delante del fuego.

—Puedo con todo —dijo delante de la puerta—. Pero tu madre me da un miedo espantoso y apenas he cruzado dos frases con ella.

—Bienvenido al club. A mí me lleva dando miedo toda la vida.

—Muy tranquilizador, gracias.

Abrió mi madre. Ya lo había examinado de arriba abajo en el cementerio, pero esta vez se detuvo con más calma en la muleta, en la camisa y en los pasteles y, sin decir todavía ni hola, sentenció.

—Así que este es el bombero que le ha devuelto la sonrisa a mi hija.

—Mamá.

—Yo no he hecho gran cosa, señora —dijo Mateo—. La sonrisa ya la tenía ella. Yo solo me puse muy pesado hasta que la sacó.

Y ahí, con esa respuesta, se ganó a mi madre para el resto de su vida.

Le quitó la muleta de la mano, la apoyó en el paragüero con una delicadeza que a mí no me dedica desde que cumplí doce años, y lo llevó del brazo hasta la mejor silla de la casa, hablándole ya de sus rodillas, las de ella, que también le dan guerra, por si el bombero de paso sabía algo.

Mateo, que de rodillas no sabe nada pero de quedar bien lo sabe todo, la escuchó con atención de médico de cabecera y le recomendó nadar.

Mi madre salió de la comida convencida de apuntarse a la piscina municipal a los setenta y tres años.

Ese es el efecto Mateo. Se lo he visto hacer con media planta del hospital.

La comida fue un desastre maravilloso. Mateo encandiló a todo el mundo, contó la historia del tejado quitándose importancia, dejó que mi madre le sirviera el triple de comida que a nadie y le preguntara por sus intenciones con una falta de disimulo espectacular.

A mitad de comida, mi madre estuvo a punto de estropear el mejor chiste de los últimos meses.

—Oye, y tú a mi hija, ¿cómo la llamas? Porque nosotros la llamamos…

—¡Mamá! —la corté antes de que pudiera seguir y, con el vaso a medio camino de la boca, le hice un gesto urgente para que se callara.

Mateo se irguió en la silla. Llevaba más de dos meses esperando que yo le entregara mi nombre de pila sin hacer trampas, y de pronto lo tenía a un descuido de distancia, sentado a la mesa de tres mujeres que podían decírselo.

—No, no, siga, señora —dijo, con una dulzura falsísima—. Estaba usted diciendo que la llaman…

—La llamamos «la niña» —intervino Marina, que captó la situación al vuelo—. Somos muy poco originales en esta familia.

—Muy poco originales —confirmó mi madre, un segundo tarde pero a tiempo.

Mateo nos miró a las tres, una por una, y entendió que se había topado con un frente común.

—Increíble. Toda la familia protegiendo el secreto de Estado. —Se echó atrás en la silla, fingiéndose vencido—. Está bien. Pero algún día lo sabré. Y ese día lo pienso decir tantas veces que os vais a hartar.

—Ese día te lo habrás ganado —dije.

—¿Y cómo me lo gano?

—No lo sé. Pero lo sabrás cuando llegue.

Marina lo observó el resto de la comida con ojo clínico, y a los postres, cuando Mateo se levantó a ayudar a recoger a pesar de la pierna, se inclinó hacia mí y me susurró al oído.

—Aprobado. Con matrícula. No lo dejes escapar, que estos no salen dos veces.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabes de verdad? —Me miró seria—. Porque te conozco, querida. Sé cómo eres cuando algo te importa demasiado. Te entra el miedo y sales corriendo. No hagas eso con este. Este merece la pena.

No salí corriendo. Por una vez, me quedé.

Volvimos a casa al atardecer, cansados y llenos y con un táper de comida para una semana que mi madre nos había metido a la fuerza. Mateo iba callado en el coche, con una sonrisa tonta puesta, y en un semáforo me cogió la mano por encima de la palanca de cambios.

—Gracias —dijo.

—¿Por qué?

—Por dejarme entrar. Sé lo que te cuesta. Sé que tu familia es terreno sagrado y que no dejas pasar a cualquiera. —Me apretó la mano—. Y me has dejado pasar a mí.

No supe qué contestar, así que hice lo de siempre, apreté yo también y miré para otro lado para que no me viera la cara.

Subimos las escaleras despacio, riéndonos de lo llenos que estábamos, felices con esa felicidad tonta y sencilla de un día que había salido bien. Y por un rato se me olvidó que dos plantas más abajo había un hombre solo contando los días que le quedaban en su casa.

Se me olvidó hasta que llegamos a nuestro rellano y lo vi.

Un sobre. Pegado con celo a mi puerta, a la altura de los ojos.

Sin remite. En el anverso solo ponía PARA LA DOCTORA BLASCO.

Lo despegué, lo abrí de cara a mí y encontré dentro una tira estrecha de papel con una sola palabra escrita: mi nombre de pila, el que Mateo llevaba más de dos meses esperando que yo le dijera.

El que Tomás, por lo visto, sí sabía.