Un bombero muy poco paciente Capítulo 15
60%

Capítulo 15

Fuimos a la policía esa misma mañana, con la cerilla en una bolsita de plástico y las fotos de las cuatro ruedas en el móvil. Nos atendió una agente joven, amable, que apuntó todo, nos dio un número de denuncia y nos explicó, sin que se lo preguntáramos, todo lo que no podían hacer.

—La denuncia por daños y amenazas queda registrada —explicó la agente, cerrando la carpeta—.

El problema es atribuírselo a él: no hay cámaras, testigos ni una amenaza escrita que permita identificar al autor sin dudas.

Nos constan intervenciones previas y un expediente abierto en servicios sociales, pero eso no prueba estos hechos ni nos autoriza a detenerlo.

Pediremos que aumenten las rondas y trasladaremos la información al juzgado.

—¿Pasar a vigilar? —Mateo se inclinó sobre la mesa—. Le ha rajado las ruedas del coche a mi pareja. La ha amenazado a la cara. ¿Y me dice que van a pasar de vez en cuando por la calle?

—Le digo que, hasta que podamos acreditar quién ha cometido los daños o exista un riesgo inmediato, es lo que podemos hacer. Lo siento. No es lo que quieren oír, ya lo sé.

Salimos de allí con más rabia que cuando entramos. Mateo iba callado, apretando la mandíbula, y yo le conocía ya lo suficiente para saber que ese callar no era rendición, sino un hombre acostumbrado a resolver los problemas metiéndose dentro, dándole vueltas a cómo meterse dentro de este.

—Ni se te ocurra —dije, en la calle.

—No he dicho nada.

—No hace falta que digas nada. Te estás montando una película en la que bajas tú solo a hablar con él de hombre a hombre, y esa película acaba fatal, contigo en mi quirófano otra vez. Y esta vez no te coso.

—No pensaba bajar solo. —Me miró—. Pero tampoco pienso quedarme de brazos cruzados esperando a que la policía pase de vez en cuando por la calle.

—Eso me gusta todavía menos…

La verdad es que no había mucho más que hacer de inmediato.

Tomás no tenía a nadie. Ni familia que preguntara por él, ni amigos, ni nadie de fuera ocupándose de su caso.

Solo un papel del juzgado con una fecha, un edificio que lo quería lejos y una investigación que no conseguía vincularlo a los daños.

Y esa era justo la cuenta atrás que me quitaba el sueño.

Porque un hombre solo, acorralado y sin nada que perder podía acabar haciendo algo mucho peor.

No hicieron falta dos semanas. Hicieron falta tres días.

Fue de madrugada, otra vez. A Tomás le gustaba hacer cosas de madrugada, cuando el edificio dormía y él llevaba horas despierto dándole vueltas a su cabeza. Esta vez no me despertó el agua. Me despertó el olor.

Humo.

Me incorporé de golpe en la cama, con el corazón disparado, y tardé un segundo eterno en situarme.

Olía a quemado. Poco, lejano, pero inconfundible.

Salté de la cama, salí al rellano en camiseta y allí estaba Mateo, ya fuera de su puerta, apoyado en una muleta y olfateando el aire con una concentración digna de su oficio.

—¿Lo hueles? —dije.

—Lo huelo. —Estaba muy quieto, girando la cabeza despacio para localizar el origen—. Viene de abajo. Es poco, algo pequeño que arde despacio. —Me agarró del brazo—. Tú llama al 112 y despierta a los vecinos. Yo cojo el extintor. No bajes detrás de mí hasta que te diga que es seguro.

Bajamos hasta el tramo del primero. El olor crecía a cada peldaño, y en el portal ya había una humareda gris, no espesa, pero suficiente para picar en los ojos y en la garganta.

Venía del cuarto de las basuras, el cuchitril de debajo de la escalera donde el edificio guardaba los contenedores.

La puerta estaba entornada y por la rendija salía un resplandor naranja, bajo, latiendo.

Mateo cambió delante de mis ojos. No dejó de cojear, pero ignoró el dolor, empujado por la adrenalina. Dejó de ser el hombre que subía la escalera despacio y se convirtió en otro, en el capitán, en el que sabía exactamente qué hacer con un fuego delante.

—El extintor está junto a los buzones. Tráemelo y quédate en la puerta de la calle mientras hablas con el 112. Diles que hay un fuego pequeño en un cuarto de basuras, planta baja, edificio de viviendas. Y avisa a los vecinos.

Corrí. Descolgué el extintor y marqué el 112 mientras se lo llevaba.

Mateo no abrió más la puerta: se agachó lo justo para mirar por la rendija, sin meter el cuerpo en el cuarto.

Era pequeño. Un montón de cartones y bolsas ardía en un rincón, cerca de la salida, con un olor acre que no correspondía solo al plástico quemado.

—Atrás —me ordenó, sin volverse—. Quédate junto a la puerta de la calle. Si esto crece, sales tú la primera y no vuelves a por mí. ¿Me oyes? La primera.

—No pienso salir sin ti.

—Blasco. Por una vez. Hazme caso por una vez.

No le hice caso del todo. Me quedé en el arco del portal, con el móvil en la mano y el corazón en la boca, viéndolo mantener el cuerpo fuera del cuarto, apuntar la boquilla a la base de las llamas y descargar el extintor desde el umbral.

Lo apagó en menos de un minuto, sin entrar en el cuarto, con una técnica seca y precisa que me dejó parada en mitad del portal viéndolo trabajar.

Cuando terminó, quedó el espacio lleno de polvo blanco, el suelo cubierto de residuos y un silencio raro, roto solo por su respiración agitada y por las sirenas que ya se oían acercar a lo lejos.

Se apoyó en la pared, tosiendo, y con la pierna pasándole factura por haberse movido más de la cuenta.

—¿Estás bien? —Me acerqué y le pasé el brazo por la cintura para sujetarlo.

—Estoy bien. —Tosió y se pasó el dorso de la mano por la boca—.

El fuego está apagado. Era pequeño. Muy pequeño.

—Alzó la vista hacia mí. No había alivio en su cara, sino miedo—.

Y eso es lo que me asusta, Blasco. Estaba colocado cerca de la puerta, con poco combustible, como si quien lo encendió quisiera que lo viéramos y pudiéramos apagarlo.

Es lo mismo que el agua, pero un paso más.

Primero una fuga. Ahora un incendio controlable.

—La voz se le quebró apenas—. La próxima vez puede provocar uno que no podamos apagar.

Las sirenas llegaron hasta el portal. Los vecinos comenzaron a bajar en oleadas, en pijama, gritando y preguntando qué ocurría. Entre las luces azules que barrían la entrada y los bomberos tomando el relevo, yo solo podía mirar una cosa.

La puerta del primero estaba entreabierta. Tomás permanecía detrás, inmóvil, contemplando el incendio que acababa de apagar. No parecía enfadado. Tampoco satisfecho. Solo esperaba.

Uno de los bomberos que entraron era Bernal, del parque de Mateo. Se quedó clavado al encontrarse a su capitán descalzo, sin camiseta y cubierto de polvo de extintor en el portal de su propia casa.

—Capitán, ¿usted no estaba de baja? —Bernal intentó bromear.

—Eso creía yo también.

—Ya… —Miró alrededor, comprendió al menos una parte de lo que estaba ocurriendo y se puso serio—. ¿Esto es lo del vecino que nos contaste?

—Eso mismo. Apunta en el parte cómo estaba colocado, el olor a combustible y que la puerta estaba entornada. Parece provocado.

Bernal asintió y sacó la libreta.

Mientras los demás revisaban el cuarto y ventilaban el portal, llevé a Mateo hasta un rincón, le eché por encima una manta que había bajado uno de los vecinos y le sujeté la cara con ambas manos para obligarlo a mirarme. Le temblaban las piernas, y no solo la izquierda.

—Se acabó lo de jugar a los héroes según estás —le dije—. Hoy ha salido bien. La próxima vez puede que no.

—Si no bajo, ese fuego se extiende. Lo sabes.

—Lo sé, pero la próxima vez que ocurra algo parecido, hacemos lo que haría cualquier persona. Llamamos y esperamos a tus compañeros. Prométemelo.

No lo hizo. Se quedó callado, que era la forma más sincera de admitir que no podía prometer una cosa así.

Volví la mirada hacia la puerta del primero.

Tomás seguía allí, medio oculto tras ella, observando cómo terminaban de sofocar lo que él había empezado.

Y ahora sí supe reconocer lo que había en su cara.

Decepción.

La expresión de un niño al que le habían estropeado algo antes de que pudiera terminarlo. Y fue aquella cara, más que el fuego, la que me quitó el sueño durante el resto de la noche.