Un bombero muy poco paciente Capítulo 14
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Capítulo 14

Me desperté antes que él, con la luz gris del amanecer colándose por la persiana mal bajada y su cuerpo enredado en el mío.

Me quedé así un rato, sin moverme, mirándolo dormir.

De día, con la cara relajada, parecía más joven.

También más vulnerable. Seguí con la vista la cicatriz de su hombro, la que no tenía nada que ver conmigo, y bajé hasta sus piernas.

Hasta la otra cicatriz. La larga. La que yo había cosido con mis propias manos sin saber que aquel hombre terminaría durmiendo abrazado a mí.

Era extraño conocer a alguien por dentro antes de conocerlo de verdad. Yo había visto sus radiografías y había sujetado sus huesos entre las manos antes de saber qué escondía detrás de aquella sonrisa. Y allí estábamos.

Se despertó despacio y me buscó con el brazo antes incluso de abrir los ojos.

—Sigues aquí —murmuró, con la voz pastosa.

—Sigo aquí.

—Creía que ibas a hacer lo de las películas. Levantarte a las seis, vestirte a oscuras y dejarme una nota diciendo: «Esto ha sido un error».

—Lo he pensado, pero me daba pereza buscar la ropa.

—Qué romántica.

Intentó incorporarse y soltó un gruñido interminable.

La pierna izquierda se le había quedado rígida después de pasar toda la noche en la misma postura, y estuvo un buen rato estirándola con las dos manos mientras maldecía entre dientes.

Yo lo observé desde la almohada, sin hacer el menor intento por ayudarlo y disfrutando bastante del espectáculo.

—¿Vas a seguir riéndote o piensas echarme una mano, doctora?

—Voy a seguir riéndome. La mano te la echo luego, que ahora estoy muy cómoda.

—Menuda novia me he buscado. Me has roto el corazón.

—Lo mío son los huesos. Para eso vas a tener que buscarte a otra especialista.

Le preparé el desayuno yo, por una vez, aunque en su cocina no encontraba absolutamente nada y tuve que preguntarle desde los fogones dónde guardaba cada cosa.

Él me respondía desde la cama con una felicidad tonta en la voz.

La felicidad de un hombre al que alguien le estaba preparando el desayuno en su propia casa después de demasiado tiempo haciéndoselo solo.

Desayunamos en la cama, llenándolo todo de migas, y en algún momento me di cuenta de que ya no había una pared entre nosotros. Solo estaba él, a mi lado, de carne y hueso, robándome la mitad de la tostada con toda la confianza del mundo.

Le sonó el móvil en la mesilla. Lo miró, resopló y me lo enseñó. Era el grupo del parque. Quique había escrito a las ocho de la mañana. «Capitán, ¿cómo va la cosa con la doctora?». Debajo, tres bomberos más opinando.

—¿Les cuento la verdad o los hago sufrir? —preguntó, encantado.

—Como pongas una sola palabra en ese grupo, recojo mi ropa y no me vuelves a ver el pelo.

—Callado, entonces. Aunque me cuesta. Es la mejor noticia que le puedo dar a ese grupo desde que me caí del tejado.

Dejó el móvil boca abajo, sonriendo para dentro, y yo fingí que me molestaba mientras me guardaba, sin que lo viera, las mismas ganas de sonreír.

Podríamos habernos quedado así toda la mañana. Pero yo tenía turno, así que a regañadientes me vestí, le robé una sudadera para no bajar con la ropa de la noche anterior y le prometí subir en cuanto saliera del hospital.

—Baja con cuidado —dijo, ya serio—. Y si ves algo raro en el portal, subes y me llamas. No te hagas la valiente.

—El valiente te lo quieres hacer tú, que quieres bajar a plantarte en su puerta. Yo solo voy a mi coche.

—Aun así.

—Aun así. Te lo prometo.

Bajé los escalones canturreando, cosa que no hacía desde tiempos inmemoriales, con la sudadera de él puesta y oliendo a él, y ni siquiera me puso nerviosa pasar por delante de la puerta del primero, que esa mañana estaba en silencio. Salí a la calle. Hacía sol. Todo iba bien.

Todo iba bien hasta que llegué al coche.

Las cuatro ruedas estaban rajadas. No pinchadas.

Rajadas, con un corte limpio y profundo en cada una, con el coche hundido sobre las llantas, plantado en su sitio como un animal al que le hubieran cortado las patas.

Y en el parabrisas, sujeta bajo el limpiaparabrisas, una cerilla.

Quemada. Doblada por la mitad. Igual que la del felpudo.

Me quedé parada en la acera con las llaves en la mano y el canturreo cortado de golpe. Miré alrededor. No había nadie. Miré hacia arriba, hacia el edificio, hacia la ventana del primero, y me pareció, aunque no puedo jurarlo, que la cortina se movía.

Saqué el móvil para llamar a Mateo y cuando ya tenía su número localizado, oí la puerta del portal a mi espalda.

—Se le han estropeado las ruedas.

Era él. Tomás. De pie en el umbral del portal, con las manos en los bolsillos, mirándome a mí y mirando el coche con una cara de pena fingida que daba miedo.

—Qué mala suerte —dijo—. Con lo cara que está la goma.

—¿Ha sido usted? —Me salió la voz más firme de lo que me sentía. Costumbre del hospital, supongo. Sonar entera aunque por dentro no lo estés.

—¿Yo? Yo no hago esas cosas. —Dio un paso hacia la acera, y yo di uno hacia atrás sin querer—. Es curioso. Antes aquí no pasaban estas cosas. Vivíamos todos tranquilos. Y de pronto llega ese bombero amigo suyo y empiezan los problemas. El agua, las ruedas. Da que pensar.

—El agua la abrió usted.

—Eso dicen. —Sonrió sin ganas—. La gente dice muchas cosas.

Yo solo digo que este era un edificio tranquilo.

Y que, a veces, a quienes vienen a alborotarlo…

o a quienes se ponen de su parte, se les estropean cosas.

Las ruedas del coche, por ejemplo. O cualquier otra cosa.

—Me recorrió de arriba abajo con la mirada, muy despacio—.

Cuídese, doctora. La ciudad está cada día más peligrosa.

Y se metió otra vez en el portal, sin prisa, dejándome sola en la acera con cuatro ruedas rajadas, una cerilla en la mano y el corazón en la garganta.

No subí. No me atreví a entrar en ese portal detrás de él. Me quedé en la calle, marqué el número de Mateo con los dedos temblando y, cuando descolgó con un «dime, guapa» que traía toda la alegría de la mañana todavía puesta, me salió una voz que no reconocí como mía.

—Mateo. Baja, pero no te acerques a la puerta del primero. Ha sido él. Me lo acaba de decir a la cara.

Al otro lado del teléfono hubo un segundo en blanco, y luego el ruido de un hombre con una pierna operada levantándose de la cama demasiado deprisa.

—No te muevas de la calle —dijo—. A la vista de la gente. No entres. Voy.

Tardó una eternidad en bajar. Lo oí antes de verlo, la cojera desigual golpeando los escalones más rápido de lo que su pierna aguantaba, y cuando salió por el portal tenía la cara blanca y ni rastro de la sonrisa con la que le dejé antes de bajar.

Me miró de arriba abajo, comprobando que estaba entera, y solo cuando se aseguró de que no me había tocado un pelo, miró el coche.

Se quedó mucho rato mirando las ruedas. Luego la cerilla. Y cuando habló, lo hizo con una voz que no le había oído hasta ahora.

—Esto se acabó. Hoy vamos a la policía, tú y yo, con la cerilla, con las ruedas, con todo.

—Mateo…

—Ha ido a por ti. —Se giró hacia mí, y le brillaban los ojos de una manera que no tenía nada que ver con las ganas de llorar—. A por ti, Blasco. Y a ti no te va a tocar ni el aire mientras yo respire. Aunque tenga que aprender a correr otra vez esta misma tarde.

Y yo, que me había pasado la vida entera apañándomelas sola, que había hecho del apañármelas sola una religión, me dejé abrazar en mitad de la acera por un hombre que apenas se tenía en pie, y descubrí que dejarse proteger, cuando de verdad hace falta, no tiene nada que ver con ser débil.

Nos quedamos así, en la calle, delante de un coche sin ruedas, mientras arriba, detrás de una cortina, un hombre roto nos miraba planear cómo defendernos de él.