Capítulo 13
Hubo unos días de tregua. Tomás no volvió a inundar nada, no dejó más cerillas y ni siquiera se le oyó el murmullo. Todos aflojamos un poco los hombros.
Aprovechamos esa calma para hacer algo que no habíamos hecho todavía. Pasar una noche juntos sin que la excusa fuera un charco, una escalera o un susto de madrugada. Sin urgencias. Solo nosotros dos, mi turno terminado y la ciudad a lo suyo al otro lado de la ventana.
Él quería llevarme a cenar fuera. Se había empeñado.
Había reservado en un sitio, se había puesto una camisa buena, y se había peinado con un esmero que no le conocía.
Y a mitad de arreglarse se le hinchó la pierna izquierda de tanto rato de pie delante del espejo, y tuvo que sentarse en el borde de la cama con la camisa a medio abrochar y cara de derrota.
—No llego —dijo—. No llego ni al portal así. Menuda primera cita. Y yo que quería impresionarte.
—Llevas impresionándome desde el primer día, créeme…
—Eso no me ayuda.
Me senté a su lado, le aparté las manos y le fui abrochando yo la camisa, botón a botón, sin ninguna prisa. Él se quedó quieto, mirándome, con cara de no saber qué hacer.
—Podemos quedarnos —dije.
—Es que quería hacerlo bien. Por una vez.
—Lo estás haciendo bien.
Le desabroché la camisa que acababa de abrocharle, porque noté que le picaba y llevaba un rato rascándose el cuello con disimulo, y le pasé una camiseta vieja de bombero de las que tenía por todas partes.
Se la puso agradecido, y con la camiseta puesta y la pierna en alto sobre un cojín volvió a ser el de siempre.
Cenamos lo que había, que no era gran cosa. Pan, queso, unas aceitunas y lo que quedaba de una tortilla que su madre le había mandado con una vecina. Sentados en el sofá, con los platos en las rodillas, hablando de tonterías, ya sin ninguna prisa.
Le hablé de mi padre sin que se me cerrara la garganta, lo cual era nuevo.
Le hablé de las noches de guardia en las que llegaba a casa y me sentaba en el sofá a oscuras sin encender la tele, solo por no oír una voz, ni la de la tele siquiera.
Le hablé de lo bien que se me daba estar sola, de lo mucho que había trabajado para que se me diera bien, y de lo raro que era descubrir, ahora, que a lo mejor no se me daba tan bien como creía.
Que a lo mejor solo me había acostumbrado.
Él escuchaba de una manera que no era la de la gente que espera su turno para hablar.
Escuchaba de verdad, con todo el cuerpo girado hacia mí, sin rellenar los huecos y sin arreglarme nada.
Y en algún momento me di cuenta de que llevaba un rato hablando con la mano de él entre las mías, jugando con sus dedos, y de que no sabía cuándo la había cogido.
—Oye —dijo, cuando me quedé callada—. ¿Puedo decirte una cosa sin que te levantes a fregar los platos para no oírla?
—Depende de la cosa.
—Que me gustas. Mucho. Más de lo que podrías imaginar.
No me levanté a fregar los platos porque no me lo permitió. Se giró hacia mí en el sofá y me besó, despacio, y de repente no había nada en el mundo que me apeteciera más.
Nos besamos mucho rato, sin ninguna meta. Él tenía una mano en mi cara y la otra en mi cintura, y yo notaba el cuidado con el que se movía, siempre pendiente de la pierna, siempre calculando en algún rincón de la cabeza qué podía hacer y qué no. Me aparté un poco para mirarlo.
—¿Estás bien? —pregunté—. La pierna.
—La pierna está fatal. Pero me da igual ahora mismo. —Me acarició la mejilla con el pulgar—. Pero gracias por preguntar, doctora. Muy profesional.
Lo dijo en broma, pero le tembló un poco al final, y ahí lo vi. Vi que no era la pierna lo que le preocupaba. Era todo lo demás. Un hombre que se había pasado la vida siendo el fuerte, el que cargaba con los demás, reducido a moverse despacio, a pedir ayuda para todo, a que lo vieran débil.
—Eh —dije—. Mírame.
Me miró y le pasé la mano por la pierna, por encima de la cicatriz larga que le cruzaba la espinilla, esa que le había hecho yo, sin ningún morbo, con la ternura exacta de quien conoce un cuerpo por dentro y por fuera.
—No hay nada de ti que me vaya a echar para atrás. Nada. Lo que tienes lo conozco mejor que tú.
—Eso es un poco perturbador, dicho así.
—Cállate. Sabes lo que quiero decir.
—Lo sé. —Tragó, y esta vez no lo disimuló—. Es que hace mucho que nadie me ve roto, lento y con andamios en las piernas. Me da… no sé. Vergüenza no es. Pero se le parece.
—A mí me gustas así. —Me acerqué hasta que no quedó sitio entre los dos y me besó otra vez, y ya no fue un beso como el de antes.
Nos levantamos del sofá con torpeza, riéndonos, porque él necesitó las dos manos y un empujón para ponerse de pie y fuimos hasta el dormitorio pegados, parándonos cada dos pasos a besarnos, con esa lentitud que en él era obligatoria y que aquella noche se volvió lo más bonito del mundo.
En el dormitorio lo ayudé a sentarse en el borde de la cama. Me quedé de pie entre sus rodillas y él alzó la vista hacia mí de una forma nueva, sin una pizca de guasa, como si todavía no terminara de creerse que yo estuviera allí.
Le quité la camiseta despacio y besé su clavícula, una cicatriz antigua que no era mía, que pertenecía a otra vida y a otro incendio.
Él empezó a desabrocharme la blusa con los dedos temblorosos.
No hice nada por ayudarlo. Me gustaba aquel temblor, porque significaba que aquello le importaba tanto como a mí.
Nos tumbamos con cuidado. Con muchísimo cuidado. Le acomodé la pierna y volvimos a reírnos cuando la almohada cayó al suelo y él soltó un quejido que no tenía nada de romántico.
—Ha sido la rodilla —me aseguró—. Tú no.
Tuve que colocarme encima porque no podía apoyarse en la pierna izquierda. Él dejó que yo marcara el ritmo, con las manos en mi cintura, permitiéndome cuidarlo, permitiéndome quererlo. Algo que, para un hombre como él, parecía casi más difícil que caerse de aquel tejado.
Y fue precioso.
Fue lento porque no podía ser de otra manera, pero aquella lentitud nos dio algo que la prisa nunca habría podido darnos.
Tiempo para mirarnos. Para detenernos, reírnos y empezar de nuevo.
Tiempo para que yo, que llevaba casi dos años sin dejar que nadie se acercara tanto, comprendiera que no tenía miedo.
Por una vez, no estaba buscando una salida ni pensando en lo que vendría después. Estaba allí. Entera. Con un hombre que me sostenía con las pocas fuerzas que le quedaban y que parecía dispuesto a gastarlas todas en hacerlo.
Intentaba averiguar mi nombre entre beso y beso. Con un murmullo contra mi piel.
—Ana.
—No.
—Lucía.
—No.
—Me da igual. —Me apartó el pelo de la cara y lo dijo en serio, todavía sin aliento—. Ya me lo contarás cuando quieras. No necesito saberlo para saber quién eres.
Quizá fue precisamente por eso, porque no lo necesitaba, por lo que estuve a punto de decírselo allí mismo, pero no lo hice. Me lo guardé, no porque quisiera seguir escondiéndome, sino porque quería entregárselo en un momento en el que él entendiera lo que significaba.
Pero estuve cerca.
Él lo notó, sonrió contra mi cuello y no volvió a preguntar.
Después nos quedamos quietos y enredados, con su brazo bajo mi cabeza y mi mano abierta sobre su pecho, sintiendo cómo su corazón iba recuperando poco a poco el ritmo.
La habitación estaba a oscuras, salvo por la luz de la farola, que se colaba por la persiana mal bajada y le cruzaba la cara con franjas anaranjadas.
—Oye —dijo al cabo de un rato, con la voz ronca—. ¿Sabes lo que significa esto?
—Ni se te ocurra estropearlo con una broma.
—No es una broma. —Me apretó un poco más contra él—. Significa que ya no vas a poder echarme de tu vida. Que me tienes cariño de verdad. Que la doctora Blasco, la de las barreras, me ha dejado entrar.
—Cállate, anda. —Le di un manotazo flojo en el pecho y me reí contra su piel. Él se rio conmigo y nos quedamos así un rato, riéndonos de nada.
—Te has enamorado de un cojo —dijo cuando conseguimos parar.
—No. —Levanté la cabeza para mirarlo—. Me he enamorado del que me buscaba cada día aunque fuese a rastras. De ese me he enamorado.
Se quedó callado. Le brillaban los ojos bajo aquella luz naranja y, por una vez, el hombre que siempre tenía una broma preparada no encontró ninguna.
—Repite eso —pidió muy bajo.
—Ya me has oído.
—Repítelo igual.
—Me he enamorado de ti, Mateo Durán. De tus dos piernas malas, de tu manía de encender velas y de esa costumbre tuya de dejarme el desayuno en el escalón. De todo. Ya está. No pienso repetirlo otra vez, así que memorízalo.
Me besó la frente, después los ojos y, por último, la boca. Despacio. No dijo nada más.
Me quedé a dormir. Claro que me quedé. Y en mitad de la noche me desperté desorientada. Tardé un segundo en recordar dónde estaba y por qué tenía un brazo pesado sobre la cintura y una respiración lenta contra la nuca.
Cuando lo entendí, no me aparté. No busqué una salida.
No hice ninguna de las cosas que llevaba casi dos años haciendo.
Me acomodé mejor contra él, puse la mano sobre la suya y volví a dormirme en la cama de un bombero que todavía no sabía mi nombre de pila y que, sin embargo, me conocía mejor que nadie.