Capítulo 12
Se lo conté esa noche, en su sofá, con una infusión de por medio, porque me negué a hacerlo con vino, no fuera a envalentonarse.
Le enseñé la cerilla del felpudo. La miró un rato largo, dándole vueltas entre los dedos, sin la broma que yo esperaba para rebajar el momento.
—¿Y no me llamaste esta mañana? —dijo al fin.
—No.
—Blasco.
—Ya sé lo que vas a decir.
—No lo sabes. Iba a decirte que menos mal que no me llamaste. —Dejó la cerilla en la mesa, con cuidado, no fuera a encenderse sola—. Porque si me llamas a las siete con esto en la mano, me planto en su puerta y monto un número que lo empeora todo. Has hecho bien. Me fastidia, pero has hecho bien.
—Vaya, no recuerdo que me hayas dado la razón en nada hasta hoy.
—Disfrútalo. No se va a repetir.
Nos quedamos mirando la cerilla en mitad de la mesa, quietos los dos.
—Tienes que enseñársela a la policía —dijo—. Y hasta que esto se resuelva, la escalera la bajas conmigo. Ni de subida ni de bajada vas tú sola. ¿Estamos?
—Estamos.
—Y no me mires así, que lo digo por precaución, no por vivir pegado a ti.
—Ya. Por precaución.
—Bueno. Un ochenta por ciento por precaución.
Crucé a mi casa a dormir, aunque él insistió tres veces en acompañarme hasta la puerta, que estaba a cuatro pasos. Y esa noche no pasó nada, ni la siguiente, y empecé a pensar que a lo mejor la cerilla había sido solo eso, un hombre asustado enseñando los dientes.
La primera faena llegó de madrugada, y no fue con fuego. Fue con agua.
Me despertó Mateo aporreándome el tabique, tres golpes fuertes que no eran los de buenas noches. Salí al rellano en pijama y me lo encontré ya fuera, descalzo, oliendo lo que yo tardé un segundo más en oler. Agua. Mucha agua, cayendo por algún sitio por el que no debía caer.
Bajamos. En el primero, por debajo de la puerta de Tomás, salía un río que había empezado a escurrirse escaleras abajo, escalón por escalón, camino del portal.
—Ha reventado algo —dije.
—No ha reventado nada. —Mateo se agachó, metió los dedos en el agua, la olió—. Esto es de la lavadora o del depósito. Alguien ha abierto todo lo que había que abrir y se ha ido a la cama. O no se ha ido.
Llamó a la puerta. Nada. Volvió a llamar, dijo su nombre, dijo que solo quería ayudar. Del otro lado, el murmullo de siempre, monótono, y el agua saliendo sin parar.
Para cuando encontramos la llave general del edificio, medio portal era una piscina y el vecino del bajo había subido en calzoncillos a preguntar a gritos qué pasaba.
Detrás llegó el del ático con una linterna, luego la señora del segundo con la bata mal atada, y en un momento estábamos allí casi todos, en nuestra versión más despeinada y menos diplomática.
—¡Es el del primero! ¡Nos va a inundar a todos!
—¡Yo llamo a la policía!
—¡La policía no viene por un charco, mujer!
—¡Pues a los bomberos!
—Bombero soy yo —dijo Mateo desde el suelo, forcejeando con la llave general—. Y os digo que dejéis de dar voces delante de esa puerta, que es justo lo que él busca.
Se callaron todos a la vez, incómodos, y entre todos achicamos lo peor.
Y cuando el agua bajó de nivel y dejó de salir por debajo de la puerta, quedó el estropicio, y quedó, sobre todo, la sensación fría de que aquello no había sido una avería.
Lo había hecho a propósito, de madrugada, sabiendo que nos sacaría a todos de la cama, que nos pondría a gritar en el portal, y que él se quedaría dentro, escuchándonos, mientras el agua bajaba tranquila hacia la calle.
Lo peor vino al final. La puerta del primero se abrió un palmo, sin más, y por la rendija asomó Tomás, empapado hasta las rodillas.
—Cuánto ruido —dijo, con esa tranquilidad que ya me conocía—. Se pasan el día pidiendo que me vaya, y ahora todos aquí, delante de mi puerta. Qué compañía, de repente.
Y cerró otra vez, despacio, dejándonos a todos mudos con las fregonas en la mano.
Mientras los demás volvían a lo suyo, refunfuñando, Mateo se quedó mirando la puerta cerrada, muy serio.
—¿Qué piensas? —le pregunté por lo bajo.
—Que hasta que no solucionemos el problema con este tipo, me llamarás cada vez que subas o bajes del edificio. Prométemelo.
Se lo prometí. Y él, que de todo hacía un chiste, se quedó muy serio. Y eso me asustó de verdad, porque significaba que Mateo Durán, que le veía la gracia hasta a su caída del tejado, a esto no se la veía.
El grupo de la comunidad, que hasta entonces solo servía para avisar de la fumigación y felicitar las Navidades, se había convertido en un frente de guerra.
Cuarenta mensajes antes del desayuno. Que si denuncia colectiva, que si contratar a un vigilante, que si turnarse para montar guardia en el portal…
La administradora intentaba poner orden a base de mayúsculas.
Se lo enseñé a Mateo, en su cocina, con algo caliente entre las manos y los pies todavía fríos del agua.
—Esto es peor que el charco —dijo, leyendo—. Todos los vecinos asustados organizándose para acorralar a un hombre que ya no tiene nada que perder. Como esto siga así, se va a liar gorda.
—¿Y nosotros qué hacemos?
—Aguantar sin echar más leña, y si es necesario contactaremos con quien haga falta. —Dejó el móvil boca abajo sobre la encimera y siguió vibrando cada pocos segundos, con una indignación nueva cada vez, mientras nosotros dos lo mirábamos sin tocarlo.
Subimos a secarnos y a no dormir. En el rellano, antes de meternos cada uno en su casa, me cogió de la mano.
—Oye. —Bajó la voz—. Sé que acabamos de empezar y que no es el mejor momento, con el portal hecho una piscina. Pero necesito decirte algo.
—Mateo, no me hagas esto a estas horas.
—Solo quiero que sepas que llevo semanas subiendo esta escalera por ti y pienso seguir subiéndola aunque me la pongan de fuego. Y que no he podido dejar de pensar en nuestro beso…
No supe qué contestar, así que hice lo que hago cuando algo me supera, que es besar al que lo ha dicho para que se calle. Funcionó regular. Siguió hablando contra mi boca, encantado consigo mismo, hasta que le pisé el pie bueno y ahí sí se calló.
Nos despedimos en nuestras puertas. Ya dentro de mi casa, golpeé la pared una vez.
Esta vez tardaron en contestar. Pero contestaron.
Dos golpes flojos al otro lado de un ladrillo, y me dormí con eso, mientras dos plantas más abajo un hombre roto fregaba a oscuras el charco que había montado para que no nos olvidáramos de él.