Un bombero muy poco paciente Capítulo 11
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Capítulo 11

Él me miró desde el escalón de abajo, serio, sin rastro de la broma de siempre, y me quedé un peldaño por encima sin saber qué hacer con la ventaja.

—Vale —dijo.

—¿Vale? ¿Así, sin más? Llevas media escalera discutiéndome.

—Vale a lo de ir juntos. A lo de llamar a la policía, ya veremos. —Subió el peldaño que nos separaba, con esfuerzo, hasta quedar a mi altura—. No pongas esa cara. Lo he dicho en serio.

—Es que tú nunca dices nada en serio.

—Digo muchas cosas en serio. Las envuelvo para que no se note. —Se agarró a la barandilla—. Un mecanismo de defensa. Como el tuyo, pero con más gracia.

Subimos un par de peldaños sin hablar.

—Oye, en serio —dije—. Si ese hombre le hace algo a alguien, y resulta que tú has estado bajando solo a vigilarlo de madrugada, no me lo perdono en la vida.

—No pensaba hacerme el héroe. Solo quería dormir tranquilo.

—Durmiendo tranquilo te vas a partir la otra pierna en esta escalera a oscuras.

—Y entonces tendrás que operarme la otra y estaremos empatados. Una placa tuya y una mía. Muy romántico.

—No tiene ninguna gracia.

—Tiene un poco. Admítelo.

Al llegar arriba nos paramos en el sitio de siempre, ese metro de baldosa entre su puerta y la mía donde llevábamos casi dos meses dándonos las buenas noches con una tontería para no dárnoslas de verdad. Esta vez no me salió la tontería.

—Bueno —dije.

—Bueno…

Ninguno de los dos se movió hacia su puerta. Él se apoyaba en una muleta que ya no necesitaba para quedarse quieto, aunque todavía sí para caminar. Yo tenía las llaves en la mano y ninguna prisa por usarlas.

—¿Sabes lo que me pasa? —dijo, mirándose los pies—. Que llevo semanas buscando la manera perfecta de hacer algo… Algo que esté a tu altura y después se recuerde, pero no encuentro la forma.

—A lo mejor no hace falta buscar tanto.

—A lo mejor. Pero me fastidia. Con lo bien que se me dan otras cosas.

En ese momento se apagó la luz de la escalera, con el clac seco de siempre, y nos dejó a los dos a oscuras en el rellano. Ninguno fue a darle al interruptor.

—Qué oportuna —murmuró.

—Dale a la luz, Mateo.

—No llego. Y aunque llegara, la verdad es que no tengo intención de hacerlo.

Se rio flojo, y el metro de baldosa se hizo de pronto muy pequeño, porque lo cruzó casi entero y se le acabaron de golpe las ganas de hablar.

—¿Puedo? —preguntó.

Y que aquel hombre, que se había lanzado desde un tejado, me pidiera permiso a mí en un rellano a oscuras fue lo que acabó de tirar la última pared que me quedaba en pie.

—Puedes.

Me besó sin prisa. Con una mano en mi cara y la otra en la barandilla, porque hasta para eso necesitaba un punto de apoyo, y me pareció lo más tierno y lo más ridículo del mundo al mismo tiempo.

Y yo, que ya había dado por hecho que esa parte se me había estropeado, descubrí en aquel rellano que solo estaba esperando a alguien lo bastante cabezota para volver a ponerla en marcha.

Cuando nos separamos, dejó la frente apoyada en la mía.

—Ha valido la pena esperar.

—No te vengas arriba. Solo ha sido un beso.

—¿Solo un beso? —Se apartó, ofendidísimo—. Al final sí que le voy a poner una reclamación, doctora.

—Rellene el impreso y páselo por ventanilla. Se lo sello por la mañana.

—¿Y si la reclamación es porque quiero otro?

—Entonces no es una reclamación. Es una solicitud. Otro impreso distinto.

—Madre mía. Le doy un beso de los buenos a una mujer y me contesta con papeleo.

Me metió en casa él mismo, de un empujón suave, diciéndome que me fuera a dormir antes de que me diera por analizar el momento hasta estropearlo, que me conocía. Cerré la puerta y me apoyé en ella por dentro con una sonrisa que agradecí que no viera nadie.

Golpeé la pared una vez. Me contestaron dos. Golpeé otra, sin motivo, solo por seguir. Y así estuvimos un rato, dos personas adultas dándose golpecitos en un tabique de madrugada, hasta que me venció el sueño vestida encima de la cama.

Me desperté a las pocas horas, con las llaves todavía clavadas en la palma.

Me quedé mirando el techo, pensando en lo fácil que había sido al final.

Casi dos años atrincherada mentalmente y había bastado un beso torpe para que se me cayera el andamiaje entero.

Y eso me dio un poco de miedo. No el beso. Lo fácil.

Luego me acordé de él agarrado a la barandilla para poder besarme, y se me pasó el miedo. Más o menos.

A la mañana siguiente, al abrir la puerta para bajar a trabajar, había algo en el felpudo.

No era un pósit. No era un táper. No era ninguna de las cosas que Mateo me dejaba cuando salía de guardia.

Era una cerilla. Una sola, quemada, doblada por la mitad, colocada justo en el centro del felpudo, con la cabeza negra apuntando a mi puerta.

Me agaché a mirarla sin tocarla. La noche anterior no estaba. De eso me acordaba bien, porque la noche anterior en ese felpudo solo habíamos estado nosotros dos.

Miré hacia el hueco de la escalera. Hacia abajo. Hacia el primero. La mala espina que aquel hombre me daba desde el principio dejó de ser una sensación en el estómago y pasó a tener forma. La forma pequeña y negra de una cerilla usada.

Me la guardé en el bolsillo de la bata y bajé.

Al pasar por el primero aflojé el paso sin querer.

Detrás de la puerta se oía algo muy bajo, un murmullo continuo que no llegaba a ser palabra.

Alguien hablando solo, o contando por lo bajo, y me quedé un segundo en el rellano, con la mano en la barandilla.

El murmullo se cortó de golpe. Al otro lado también se había quedado alguien muy quieto, escuchándome a mí.

Bajé el resto de los escalones de dos en dos.

En el hospital la saqué del bolsillo tres veces y la volví a guardar otras tres. Elvira me pilló en una de esas.

—Buenos días. —Me miró con los ojos entornados—. ¿Te pasa algo?

—Pues no lo sé, la verdad…

—Cuéntame.

Le enseñé la cerilla. Le conté lo del felpudo, lo de la puerta del primero, lo del papel del juzgado. Elvira, que en treinta años ha visto pasar de todo por esta planta, dejó de sonreír a la mitad.

—Uy, Blasco, eso a mí ya no me parece cosa de vecinos… Eso parece más un aviso.

—Ya lo sé.

—¿Ya lo sabes y sigues subiendo esa escalera sola de noche?

—Trabajo de noche, Elvira. No me voy a cambiar al turno de día porque un vecino me deje cerillas en la puerta.

—No te digo que te cambies. Te digo que no vayas de valiente. Llévate una alarma personal o algo que haga ruido. No me gusta nada lo que me cuentas. ¿Se lo has dicho al bombero?

—Todavía no.

—Díselo. Pero con cabeza. Que a ese, por lo que cuentas, le enseñas una cerilla y esa misma noche baja a plantarse en la puerta del hombre sin ninguna sensatez.

Tenía razón, y me fastidió que la tuviera, porque era justo lo que iba a pasar. Llevaba desde el amanecer intentando decidir cómo contárselo sin encender, y nunca mejor dicho, una mecha que luego no pudiera apagar.

A media mañana me escribió él. «Defunción oficial». Debajo, una foto del cactus muerto, con un lacito atado al tiesto. «Nuestro hijo, te manda recuerdos».

Me reí sola en mitad del control, con la cerilla en un bolsillo y el móvil en la otra mano, y me pareció muy injusto que las dos cosas cupieran en la misma mañana. Un hombre poniéndole un lazo a un cactus muerto para hacerme reír a distancia, y una cerilla quemada apuntando a mi puerta.

Le contesté que me alegraba, y lo de la cerilla me lo guardé para la noche, cuando lo tuviera sentado, tranquilo y lejos de cualquier escalera.