Capítulo 10
Los días siguientes al cementerio fueron territorio nuevo y ninguno de los dos traía mapa.
Yo había llorado delante de él. Eso, en mí, es un acontecimiento con categoría de catástrofe natural.
Me pasé la semana esperando que lo mencionara, preparando respuestas cortantes para un ataque que nunca llegó, y descubriendo con cierta rabia que él no pensaba usarlo en mi contra.
Los pósits volvieron a su tono habitual.
Y a las tres y media de una madrugada cualquiera, alguien empezó a aporrear mi puerta.
—¡Doctora! ¡Doctora, abra!
Abrí con el corazón en la garganta, convencida de que se había caído por la escalera. Lo que me encontré fue a Mateo descalzo, en calzoncillos y camiseta, apoyado en una sola muleta, con el pelo revuelto y un charco creciéndole por detrás.
—Se ha roto algo en la cocina y sale agua a presión.
—¿Qué se ha roto?
—Eso es lo que necesito que me diga usted.
—¡Yo no soy fontanera, soy traumatóloga!
—Pues ahora mismo es lo más parecido a una autoridad que tengo enfrente. Y yo no puedo arrodillarme para buscar la avería.
Crucé el rellano descalza también, en pijama y con una linterna del móvil por todo equipamiento.
Su cocina era un espectáculo. Debajo del fregadero, un tubo flexible había reventado por la mitad y escupía agua contra la pared con energía, y el agua ya había alcanzado el pasillo y avanzaba con paso firme hacia el salón.
—¿Dónde está la llave de paso?
—¡No tengo ni idea de dónde puede estar la llave de paso! ¡Por eso necesito su ayuda!
Me tiré al suelo, metí medio cuerpo debajo del fregadero y busqué a tientas entre botellas de lejía mientras me caía encima un chorro helado. La encontré al fondo, oxidada y dura, y la giré con las dos manos hasta que el ruido cesó de golpe.
Me quedé ahí abajo un momento, mojada, con el pelo pegado a la cara.
—Ya está cerrada.
—Es usted increíble.
—Solo soy una mujer empapada. Ayúdame a salir de aquí antes de que se me quede el cuello así.
Lo dije sin pensarlo. Ni me di cuenta hasta que noté el cambio en el aire, esa quietud repentina de quien acaba de ver pasar un cometa y no quiere señalarlo por miedo a que desaparezca.
Me tendió la mano. Salí de debajo del fregadero y nos quedamos los dos de pie en mitad de la inundación, mirándonos.
—Últimamente no paras de tutearme.
—No es verdad.
—Sí, esta vez he estado más atento y me has tuteado tú. Que llevo semanas sujetándome. —Se llevó una mano al pecho, herido de emoción—. Hay testigos.
—No hay testigos. Estamos solos.
—Yo soy el testigo. Y pienso declarar en tu contra.
—Ha sido una situación de emergencia. En las emergencias se pierden las formas. Y ahora has sido tú el que ha dicho «tú».
—Ah, o sea que en una emergencia me tutea. —Se apoyó en la encimera, encantadísimo, olvidando por completo que su casa era una piscina—. Pues voy a tener que provocar una emergencia cada noche.
—Durán…
—Una fuga hoy. Un cortocircuito pasado mañana.
—¡Durán!
—Si me caigo por la escalera, ¿me tuteas mientras me recoges?
—Como te caigas por la escalera te dejo ahí tirado y llamo a Quique. —Se hizo la pausa más larga del mundo. Él levantó las cejas despacio, con toda la calma del planeta, y yo me di cuenta de que acababa de tutearlo otra vez—. Cállate —le advertí.
—No he dicho nada.
—Lo estás diciendo con la cara.
—La cara no la controlo. Va por libre.
Fregamos hasta las cinco de la mañana. Él sentado en una silla, escurriendo bayetas dentro de un cubo, porque agacharse seguía sin ser una de sus habilidades disponibles, y yo de rodillas arrastrando toallas por el suelo.
—Seis años de facultad… Cinco de residencia. Dos oposiciones.
—Y mírate ahora. Triunfando.
—Qué te calles.
—¿Ves? Suena mejor así. Sin formalismos.
—Empezaba a tenerte cariño y lo estás estropeando a una velocidad impresionante.
—Eso lo dices porque estás mojada. —Escurrió una bayeta con parsimonia—. Mañana, seca y descansada, me tendrás muchísimo más cariño.
—Mañana voy a tener guardia y ganas de matarte.
—Compatible. He conocido matrimonios sobre esa base.
—Durán.
—Ahí está. En cuanto te pongo nerviosa vuelves al apellido. Es un sistema de alarma buenísimo, no lo pierdas.
Le tiré una toalla empapada. Le dio en el pecho y cayó al suelo con un ruido gordo, y él la recogió del respaldo con la dignidad de un hombre al que acaban de nombrar caballero.
—Agresión a un lesionado. Podría denunciarte.
—Adelante. Declararé que la lesión te la hiciste tú solo, lanzándote desde un tejado.
—Salvando a una señora.
—Saltando —insistí—. Consta en mi informe.
—Tu informe es una obra de ficción. —Volvió a meter la bayeta en el cubo—. Y aun así lo tengo enmarcado. Lo digo en serio. Está encima del microondas. Aunque no me sirve para hacer trampas: solo pone DRA. BLASCO y tiene una firma que parece un electrocardiograma.
Levanté la cabeza del charco. Estaba, en efecto, encima del microondas. Un informe de alta con mi firma al pie, dentro de un marco de los de cinco euros, presidiendo la cocina inundada.
—Eso es de psicópata.
—Eso es de hombre agradecido, que es un tipo de psicópata más agradable.
Se rio fuerte, con la carcajada que se le oye desde el rellano.
Y ahí, de rodillas en el charco, con el pijama pegado a las piernas y las manos arrugadas del agua, me di cuenta de que llevaba dos horas fregando la casa de otro a las tantas de la mañana y de que no cambiaría aquello por ocho horas de sueño.
Cuando terminamos, nos sentamos los dos en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas por delante, sin fuerzas para llegar hasta el sofá.
—Voy a tener que llamar a un fontanero.
—Vas a tener que hacerlo, sí. No te queda más remedio.
—¿Ves? Otra vez.
—Es que a estas horas no me quedan formalidades.
—A mí tampoco. —Ladeó la cabeza contra la pared para mirarme—. Pero no te acostumbres a tutearme, doctora. Que si nos ponemos finos los dos, se acaba la gracia.
—Tranquilo. Volveré al usted en cuanto se seque el pasillo.
—Ay… ¿Lo ves? Ya me estás regañando.
Nos quedamos un rato así, con los hombros casi tocándose y el olor a fregona flotando en la casa.
Debí de dormirme un instante, porque lo siguiente que recuerdo es su voz muy cerca diciéndome que me fuera a mi cama, que las traumatólogas también necesitan dormir, y a mí levantándome con un esfuerzo enorme y arrastrando los pies hasta mi puerta.
—Mateo.
Nunca lo había llamado por su nombre hasta entonces. Él lo notó, claro que lo notó, pero tuvo la decencia de no celebrarlo en voz alta.
—Dime.
—Que la próxima vez que se te rompa una tubería, espero que dentro de mucho y ya puedas agacharte, primero cierras la llave de paso y después vienes a buscarme. En ese orden.
—Es que no sé dónde está la llave de paso.
—Te la he enseñado hace dos horas.
—Ya, pero es que estaba distraído mirándote debajo del fregadero.
Le cerré la puerta en las narices. Del otro lado lo oí reírse un buen rato, y me acosté con el pelo mojado y una sonrisa idiota que no me molesté en quitarme.
La otra noticia llegó cuando ya habían pasado casi dos meses desde que Mateo se mudó al tercero B.
Era una orden de desahucio, pegada en la puerta del primero, con el membrete de un juzgado y las esquinas ya levantadas por la humedad del portal.
No la leí entera. Solo lo suficiente para entender que había un plazo, una fecha y poco más de un mes antes de que tuvieran que abandonar el piso.
Toda la comunidad pasó por delante de ese papel durante días, pero nadie lo comentó.
El del ático dejó de saludar en el portal.
La señora del segundo empezó a bajar la basura acompañada de su hija.
Y él dejó de salir. Eso fue lo peor. Antes se le oía al menos moverse por la casa, arrastrar una silla, o discutir con la televisión.
Ahora nada. La puerta siempre estaba cerrada y detrás una quietud que ponía los pelos de punta.
Se lo dije a Mateo mientras subíamos.
—Hace cuatro días que al del primero no se le oye.
—Ya lo sé. Bajo dos veces al día a comprobarlo.
—¿Qué?
—Doy una vuelta por el portal, miro si hay luz por debajo de la puerta y subo. —Se encogió de hombros, incómodo por haber sido pillado—. Es una tontería, pero más vale prevenir.
—Bajas y subes todos esos escalones dos veces al día con una pierna operada, ¿y me lo cuentas ahora?
—Me lo acabas de sacar.
Me paré en el rellano del segundo y me giré hacia él, un peldaño por encima, lo cual me daba por una vez la ventaja de la altura.
—Escúchame bien. No puedes hacer eso solo.
—Blasco…
—Ni se te ocurra. —Le apunté con el dedo—. Vamos juntos o no va ninguno. Y si pasa algo raro, llamamos a la policía, no bajas tú a hacerte el héroe con una tibia atornillada.