Un bombero muy poco paciente Capítulo 9
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Capítulo 9

Los días previos los pasé fingiendo que era una fecha cualquiera. Cambié sábanas que estaban limpias, ordené un armario que no lo necesitaba y firmé informes atrasados con una dedicación sospechosa. Elvira me observaba desde el control sin decir nada.

Mateo, en cambio, se preparó con la minuciosidad de un operativo.

Habló con Marta para adelantar su sesión.

La fractura de la derecha ya había consolidado lo suficiente para dejar la bota y, aunque seguía usando muletas por la izquierda, el traumatólogo le había dado permiso para conducir un automático.

Consiguió que Quique le prestara el suyo, porque en mi coche apenas cabía y porque, según él, ya iba siendo hora de que condujera alguien sin tanto miedo.

Y se puso un jersey azul en lugar de las camisetas de siempre, detalle que noté en cuanto abrió la puerta.

—Está usted muy elegante.

—Voy a acompañar a una mujer difícil a un sitio difícil. Hay que ponerse a la altura.

El trayecto duró cuarenta minutos y él tuvo el buen criterio de no llenarlos de conversaciones vacías. Puso la radio bajita y dejó que mirase tranquila por la ventanilla.

—Si en algún momento quieres dar la vuelta, damos la vuelta. —Lo dijo sin apartar la vista de la carretera, tuteándome sin darse cuenta—. Sin explicaciones y sin que nadie te lo eche en cara. Yo el primero.

—No voy a dar la vuelta.

—Ya lo sé. Pero conviene saber que se puede.

Marina esperaba en la entrada con mi madre del brazo y un ramo de flores demasiado grande. Nos vimos a treinta metros y las dos hicimos el mismo gesto de enderezar la espalda. Somos hermanas hasta en eso.

—Has venido.

—Sí, aquí estoy…

Mi madre me abrazó con una fuerza sorprendente. Luego miró por encima de mi hombro, hacia el hombre alto con muletas que se había quedado a una distancia prudente junto al coche.

—¿Y ese?

—Un vecino.

—¿Un vecino que ha venido contigo y se queda esperando en la puerta?

—Mamá.

—No digo nada. —Se colocó el bolso—. Digo solo que ese chico no me parece un simple vecino.

No tenía respuesta para eso, así que entramos las tres. Él se quedó fuera, apoyado en el capó.

La tumba de mi padre está en la parte vieja, bajo un ciprés que ya estaba allí cuando lo enterramos.

Casi dos años después seguía sin saber qué se hace exactamente delante de una lápida.

Marina limpió el mármol con una bayeta que traía preparada, mientras que mi madre colocó las flores, y yo me quedé de pie, con las manos en los bolsillos, como si fuese una invitada en mi propio duelo.

Aguantamos así un rato razonable, hasta que mi madre dijo que iba a buscar agua para el jarrón y se marchó con una lentitud que ninguna de las dos nos creímos.

—Nos ha dejado solas a propósito —dije.

—Lleva casi dos años intentándolo. —Marina dobló la bayeta con demasiado cuidado—. Alguna vez tenía que salirle.

Y ahí, bajo el ciprés, tuvimos por fin la conversación que llevábamos casi dos años evitando por teléfono.

Mi padre estuvo tres semanas en una UCI a doscientos kilómetros de mi hospital.

Al final de la segunda, los médicos nos dijeron lo que yo ya sabía leer en las gráficas mucho antes de que ellos abrieran la boca.

Que no había nada más. Que lo que quedaba era decidir hasta dónde alargar algo que ya no iba a ninguna parte.

Y me miraron a mí. Todos. Mi madre, Marina, los médicos, hasta el celador. Porque yo era la que entendía los papeles.

Dije que no siguieran. Lo dije con la voz firme, con la misma voz con la que doy indicaciones en un quirófano. Firmé lo que había que firmar, y salí al pasillo, sin llorar, ni ese día ni ninguno de los siguientes.

Marina quería una semana más. Solo una semana, decía. Por si acaso.

—Todavía no he podido perdonarte que lo dijeras así —soltó, mirando la lápida y no a mí—. Con esa voz. Como si estuvieras dando un parte.

—Era la única voz que me quedaba, Marina.

—Ya. Pues yo necesitaba a mi hermana y me encontré a una doctora.

Se me clavó exactamente donde ella pretendía, porque nos conocemos desde siempre y sabemos dónde apuntar.

—Si hubiéramos esperado esa semana, habría muerto igual, con más tubos y más dolor.

—Ya lo sé. —Se le rompió un poco la voz—. Ya lo sé. Lo supe entonces y lo sé ahora. Pero necesitaba enfadarme con alguien y tú eras la única que no se defendía.

—No me defendí porque estaba de acuerdo contigo.

Se giró para mirarme por fin.

—¿Qué?

—Que llevo casi dos años pensando que a lo mejor lo decidí demasiado rápido. Que a lo mejor lo decidí desde la experiencia, y que a lo mejor una hija de verdad habría pedido esa semana.

Marina se quedó con la bayeta apretada en el puño, y luego hizo algo que no me esperaba.

Se sentó en el bordillo de piedra, se tapó la cara con las manos y se echó a llorar con el mismo desconsuelo de cuando éramos pequeñas.

Me senté a su lado. La abracé. Y ahí, en el bordillo, con el mármol frío detrás y mi madre haciendo tiempo junto a una fuente a cincuenta metros, lloré yo también, que llevaba casi dos años sin conseguirlo desde que firmé aquel papel.

No lo arreglamos todo. No se arregla todo en veinte minutos. Pero nos dijimos cosas que hacían mucha falta y quedamos en comer juntas el mes siguiente, en un sitio normal, sin lápidas de por medio.

—¿Y el chico? —preguntó Marina cuando ya volvíamos, con los ojos hinchados y la voz recompuesta.

—Un vecino.

—…

—Un vecino al que operé, que se mudó al piso de al lado y que me trae la cena cuando salgo tarde.

—O sea, un novio.

—No es mi novio…

Dos horas después, Mateo seguía esperándome en el coche. En cuanto nos vio salir, abrió la puerta y se puso en pie, pero no preguntó nada. Y se lo agradecí más de lo que habría sabido decirle.

Mi madre le estrechó la mano y le dedicó un repaso completo. Marina le dio dos besos y le dijo, muy seria, que a ver si un día quedábamos para tomar algo, en plural, un plural que me hizo mirar al suelo.

En el coche, de vuelta, tampoco hablamos mucho. Yo tenía los ojos secos y la sensación rara de haber soltado un peso que llevaba tanto tiempo encima que ya lo confundía con mi propia estructura.

—Era mi padre —dije, a mitad de camino, sin que él preguntara—. Y fui yo quien pidió que lo desconectaran.

Mateo no apartó la vista de la carretera.

—Entonces fue usted quien lo acompañó hasta el final. Que es lo más difícil que hay.

—Fui yo quien lo decidió.

—Alguien tenía que hacerlo. Y le tocó a la única capaz de sostenerse de pie en ese momento. —Mantuvo una mano firme en el volante—. Eso no es frialdad, doctora. Es lo contrario. Es cargar tú con lo que los demás no pueden.

No contesté. No podía. Me quedé mirando la carretera con la garganta hecha un nudo, y él tuvo la elegancia de subir un poco la radio y no volver a hablar hasta que llegamos.

Subimos los sesenta y cuatro escalones despacio, cada uno con su lastre. En mi puerta, con la llave ya puesta, me di la vuelta.

—Durán.

—Doctora.

—Gracias por esperarme aun con la pierna así.

—Estaba muy entretenido. Había un señor podando setos con una precisión admirable.

Me reí, y la risa me salió temblona, y de pronto tenía los ojos llenos otra vez y ninguna intención de que él lo viera. Él se acercó un paso. No más. Y esperó, dejándome a mí la decisión completa, igual que había hecho con esos dos centímetros en el sofá.

Di yo el paso que faltaba y lo abracé.

Fue un abrazo torpe, con muletas de por medio y un jersey azul que olía a coche prestado, y duró bastante más de lo que dura un abrazo entre vecinos.

Él me sujetó con un brazo, el que tenía libre, y no dijo ni una broma, ni una frase ingeniosa, ni nada de lo que suele decir.

Solo se quedó ahí, aguantando mi peso y el suyo sobre una pierna y media.

Cuando me solté, ninguno de los dos supo qué decir, así que dijimos buenas noches.