Capítulo 8
La convocatoria amaneció pegada en el portal, escrita con el entusiasmo tipográfico de quien acaba de descubrir que su ordenador tiene muchas fuentes. JUNTA EXTRAORDINARIA DE VECINOS. ASUNTOS URGENTES. OBLIGATORIA LA ASISTENCIA.
—No es obligatoria —dije, leyéndola por encima de su hombro.
—Ya, pero fíjese en las mayúsculas. —Golpeó el cartel con la contera de la muleta—. Van muy en serio.
—Llevo cuatro años en este edificio y no he ido a ninguna.
—¿A ninguna? ¿En cuatro años?
—Tengo mucho trabajo. No me sobran las ganas de discutir sobre bajantes.
—Pues este año va a ir a una. —Se apoyó en las muletas para leer el resto—. Punto tres del orden del día. Ruidos y situaciones anómalas en el edificio. Apuesto a que sabe de quién van a hablar…
Lo sabía. Todo el edificio lo sabía. Y por eso, contra mi voluntad y contra todo mi historial, dos noches después bajé a la portería con una silla plegable y convencidísima de estar cometiendo un error.
El sótano de la portería apenas tenía luz. Éramos once, apretados entre bicicletas y un contador de agua que goteaba. La administradora, una mujer con una carpeta, presidía desde una mesa de camping.
Mateo entró el último, con las muletas, y provocó lo que solo puedo describir como una ovación muda.
La señora del segundo le cedió su silla.
El del ático se levantó a darle la mano.
Una mujer que llevaba cuatro años sin dirigirme la palabra me miró con simpatía por el simple hecho de venir acompañada de él.
—Es usted un fenómeno social —le dije por lo bajo, buscándome un hueco entre dos bicicletas.
—Es que le sonrío a la gente, doctora. —Se acomodó en la silla que le acababan de ceder, con el aplomo de un rey en un trono—. Debería probarlo alguna vez. Le haría la vida más ligera.
El punto uno fue el ascensor. Llevaban veinte años debatiendo si ponerlo y aquella noche batieron su propio récord de no decidir nada.
El del ático lo quería. La del principal, que vive pegada al hueco, se oponía por motivos que fue enumerando durante once minutos, entre ellos las vibraciones, el ruido y una prima suya que se quedó encerrada en uno en Alicante durante la Semana Santa del noventa y cuatro.
—Eso fue en Alicante —apuntó el del ático.
—Los ascensores son iguales en todas partes.
La administradora intentaba avanzar. Mateo levantó la mano en un momento dado, con una educación exquisita.
—Perdón. Solo por aportar. Soy el único de esta sala con una pierna operada, subo tres pisos a pie todos los días y estoy claramente a favor del ascensor. Pero entiendo que no es el momento.
—Es exactamente el momento —dijo el del ático.
—Es el punto uno de diecinueve —cortó la administradora.
—Diecinueve —repetí yo, y por debajo de la mesa Mateo me tocó la rodilla con un dedo, una sola vez, para que no me levantara y me fuera.
El punto tres llegó pasadas las nueve, cuando ya habíamos perdido a dos vecinos por deserción. La administradora carraspeó, cambió de hoja y bajó el tono.
—Situaciones anómalas en el edificio. Se han presentado varias quejas relativas al primero izquierda.
Se instaló en la sala una incomodidad espesa. La señora del segundo se puso a mirar su bolso, mientras el del ático se aclaró la garganta tres veces.
—Yo no he dicho nada —dijo alguien.
—Yo tampoco —dijo otro, que sí lo había dicho.
—El piso figura a nombre de doña Amparo Ruiz —continuó la administradora, leyendo—.
Doña Amparo ingresó en una residencia hace dos años y falleció el pasado noviembre.
Los herederos residen fuera. El edificio no tiene constancia de que nadie esté autorizado a ocupar la vivienda.
Por lo tanto, podemos considerar que la vivienda está ocupada ilegalmente.
Nadie dijo nada durante unos segundos. Yo miré a Mateo y Mateo miraba la puerta.
—Entonces el señor del primero…
—El señor del primero no consta en ningún documento de esta comunidad —zanjó la administradora—. Y lleva ocho meses viviendo ahí. De gratis. Ni siquiera paga el agua.
La puerta se abrió en ese preciso instante, y entró él, con la camiseta que un día fue blanca y las manos vacías, y se quedó de pie al fondo, sin sentarse, mirándonos a todos con una calma extraña.
—¿Están hablando de mí?
—Tomás, estamos tratando un punto del orden del día —dijo la administradora, muy profesional y bastante pálida.
—Ese piso era de Amparo. Yo la cuidé. —Lo dijo sin levantar la voz—. Le subía la compra, le bajaba la basura y le hacía compañía cuando ninguno de ustedes se acordaba de que existía. Nadie de aquí subió nunca a preguntarle nada. Ni una vez en doce años.
Nadie le contestó. Porque una parte de aquello, probablemente, era cierta.
—Y ahora que ella no está, todos tienen mucho interés en quién duerme en su cama. —Recorrió la sala despacio y se detuvo en mí un segundo más de la cuenta—. Sobre todo desde que llegó ese bomberito que no para de dar voces.
Mateo se movió a mi lado, con un ajuste mínimo de postura, lo justo para quedar medio cuerpo por delante del mío. No dijo nada.
—Si quiere, hablamos usted y yo otro día con calma —dijo la administradora—. Con los papeles delante.
—Los papeles. —El hombre sonrió sin ganas—. Ustedes siempre con los papeles.
Se fue como había venido, dejando la puerta abierta, y pasó un buen rato hasta que alguien fue capaz de volver a hablar de derramas.
La junta se disolvió media hora después, sin ningún acuerdo y con dos vecinos discutiendo todavía sobre el ascensor en la escalera. La señora del segundo se agarró del brazo de Mateo antes de que pudiéramos escapar.
—Hijo, usted que es bombero… ¿Ese hombre podría hacernos algo?
—No debería, señora.
—La del segundo contó que lo escucha hablar solo por las noches.
Mateo le cubrió las dos manos con las suyas, con una calma de manual.
—Váyase a dormir tranquila, seguramente le esté rezando a algún santo.
La señora se fue tranquilísima. Yo no.
—No te lo crees ni tú —le solté en cuanto nos quedamos solos, y me di cuenta de que lo había tuteado.
Él lo dejó pasar.
—Claro que no me lo creo. Pero tenía que calmarla.
Subimos juntos los escalones, más despacio que nunca, parando en cada rellano. En el segundo, Mateo se apoyó en la barandilla y se quedó mirando hacia abajo, hacia la puerta del primero.
—El tipo ese tenía razón en una cosa —dijo—. Que nadie visitara a esa mujer para saber si necesitaba algo… Es más común de lo que parece. Pasa en todos los edificios de este país.
—Eso no le da derecho a asustar a nadie.
—No. Pero ayuda a entender de dónde viene.
—Durán…
—Ya sé que soy pesado.
—No es eso, quería darle las gracias. Por lo de ponerse delante.
Se quedó callado un momento, sorprendido de verdad, cosa que no le pasa a menudo.
—Es un reflejo tonto. —Se encogió de hombros, incómodo con el elogio—. Después de tanto tiempo protegiendo a las personas, al final el cuerpo lo hace solo, aunque no sirva de nada. Ahora mismo, con estas piernas, soy el peor escudo humano de Madrid.
—Sí, definitivamente es usted un escudo espantoso. Pero se agradece la intención.
Reanudamos la subida, y en mi rellano, cuando ya tenía la llave en la cerradura, me di la vuelta.
—Voy a ir al cementerio con mi hermana. El día veintitrés.
Lo dije rápido, sin adorno, porque de otra manera no me habría salido. Él asintió sin celebrarlo ni preguntar nada más, que era justamente lo que yo necesitaba.
—¿Quiere compañía hasta la puerta?
—Sí, la verdad es que me vendría muy bien.
—Pues ahí estaré. —Se apoyó las dos muletas en el hombro para señalarse las piernas—. Iremos más despacio, con estos andares, pero llegaremos.
Esa noche, al apagar la luz, me quedé un rato con los ojos abiertos pensando en Amparo Ruiz, a la que nunca conocí, y en los doce años de los que Tomás había hablado.
Sobre todo en los dos que coincidimos en el mismo edificio, cuando yo subí y bajé mil veces por delante de su puerta sin llamar ni una sola.
Y pensando también, aunque me costara admitirlo, en que casi dos años atrás había hecho exactamente lo mismo con mi propia hermana.
Cerrar una puerta no es un acto único. Se cierra un poco cada día, sin darse cuenta, hasta que un buen día ya no sabe una ni dónde dejó la llave.