Capítulo 7
Después de aquella noche en su salón hice lo que se me da mejor que nada. Esconderme detrás del trabajo.
Cambié turnos, cogí guardias que no me tocaban y salí de casa antes de las siete para no coincidir con él a las siete y cuarto.
Funcionó dos días. Al tercero me lo encontré igualmente, sentado en el primer peldaño con dos tazas humeando, la izquierda estirada y la derecha recogida dentro de la bota, esperándome con la paciencia de quien ya sabe cómo termina esto.
—Ha estado huyendo de mí.
—He estado trabajando. No invente tonterías.
—Ha estado trabajando a las seis y media de la mañana, tres días seguidos, justo a la hora a la que suelo bajar yo. —Me tendió la taza—. No hace falta que finja. Yo también me asusté esa noche. Un poco.
—Yo no me asusté.
—Ya. Por eso lleva ojeras de no dormir.
Cogí la taza porque discutir con él en ayunas es una batalla perdida, y bajamos juntos, callados los dos, sin las bromas de siempre rellenando los huecos.
Elvira me paró en el control aquella misma mañana con una bandeja y las cejas ya levantadas antes de decir nada.
—¿Qué te ha pasado en la cara?
—Nada.
—Blasco, te conozco muy bien. Y tu cara habla sola.
—No me ha pasado nada, Elvira.
—Vale. —Dejó la bandeja, se sirvió un café del termo y se sentó en mi silla sin que la invitara—. Entonces cuéntame lo de nada, que tengo diez minutos antes de que me llamen.
No le conté nada. Pero me quedé sentada esos diez minutos, cosa que tampoco hago nunca, y ella no insistió. Antes de irse me dejó una rosquilla sobre la mesa, y a su manera aquello ya fue una conversación entera.
Esa tarde me tocó una paciente nueva, una mujer de mi edad con una muñeca partida en dos sitios por una caída tonta en su propia cocina.
Mientras le explicaba la operación, se quedó mirándose la alianza que todavía llevaba puesta y me contó, sin que se lo preguntara, que su marido había muerto hacía dos años y que no se la había quitado porque quitársela le parecía la traición definitiva.
—A veces uno se agarra a lo que puede —le dije, y me sorprendió lo mucho que aquello sonaba a algo que me estaba diciendo a mí misma.
—¿Usted entiende de esto, doctora?
—Entiendo de huesos. —Le tendí el consentimiento firmado—. El resto lo llevo regular, igual que todo el mundo.
Salí de la consulta con la sensación de haber operado dos veces esa tarde, una muñeca y algo bastante más difícil de nombrar, y me pasé el resto de la ronda sin poder quitarme de la cabeza a aquella mujer aferrada a un anillo que ya no significaba lo mismo.
Mi hermana volvió a llamar por la noche. Esta vez descolgué, porque una puede huir de un vecino con muletas, pero no eternamente de su propia sangre.
—Por fin me coges el teléfono.
—Estoy de guardia.
—Siempre estás de guardia. —Se quedó callada el segundo que siempre precede a lo que de verdad quiere decir—. Es el aniversario el mes que viene. Mamá quiere que vayamos juntas. Y supongo que me vas a contestar lo mismo que el año pasado.
Apreté el teléfono antes de contestar.
—Ya veremos, Marina.
—Han pasado casi dos años.
—Ya sé cuántos meses han pasado. Los cuento yo también.
Colgamos peor de lo que habíamos empezado, y me quedé con el teléfono en la mano en un pasillo vacío, deseando no haber dicho nada de lo que dije y sabiendo que lo repetiría igual la próxima vez que llamara.
Aquella noche me acosté pronto, sin cenar, y por la mañana él no bajó a esperarme con el café. Fue peor que si lo hubiera hecho, porque una cosa es huir de alguien y otra descubrir que ese alguien, por una vez, también sabe cuándo apartarse.
Al segundo día sin cruzarnos coincidí con el del primero sacando la basura, algo que en él ya resultaba sospechoso de puro repetido. Se paró a mirarme con una calma que no era calma, sino otra cosa disfrazada.
—¿Ya no baja con el bombero?
—Eso no es asunto suyo.
—Todo lo que pasa en este edificio es asunto mío. —Sonrió sin que la sonrisa le llegara a los ojos—. Se agradece la tranquilidad. Cuando cada uno está en su sitio y nadie hace ruido de más. Antes de que llegara ese bomberucho, este portal era otra cosa.
Subí sin contestarle, y con la piel de gallina por motivos que no tenían nada que ver con el frío.
Duré así tres días, hasta que el sábado encontré un pósit en el felpudo, doblado por la mitad. NO SÉ QUÉ LE PASA Y NO SE LO VOY A PREGUNTAR. PERO SI ALGÚN DÍA QUIERE HABLAR DE ELLO, TENGO TIEMPO Y UNA CAPACIDAD DE ESCUCHA QUE ME SORPRENDE HASTA A MÍ. SI NO QUIERE, TAMBIÉN TENGO PIZZA.
Lo leí tres veces de pie en el rellano. Al final crucé, con la nota todavía en la mano, y llamé a su puerta antes de que la cabeza me convenciera de lo contrario.
Abrió con el pelo revuelto y cara de no esperarme.
—Doctora.
—Tenía usted razón. Sí que me asusté.
Se apartó para dejarme pasar sin preguntar de qué, y me senté en su sofá con la nota apretada entre los dedos sin darme cuenta.
—No tiene que contarme nada —dijo, sentándose a mi lado con el cuidado de quien todavía mide cada movimiento de la pierna—. Solo quería que supiera que la pizza sigue en pie.
—Dentro de un mes hay un aniversario. Familiar. Mi hermana quiere que vayamos juntas y yo llevo casi dos años inventando turnos para no ir.
No me pregunté por qué se lo estaba contando a él antes que a nadie. No tenía ninguna respuesta que me gustara.
—¿Y usted qué quiere?
—No lo sé. Ese es el problema. Llevo casi dos años sin preguntármelo, así que tampoco sé qué responder cuando me lo pregunta otro.
Se quedó callado un rato, cosa que en él era casi un milagro.
—No tiene que decidirlo hoy —dijo al fin—. Pero si decide ir y quiere compañía hasta la puerta, aunque sea solo hasta la puerta, ese día lo tengo libre. Marta me da fiesta sin problema.
—¿Me está ofreciendo acompañarme a un cementerio?
—Le estoy ofreciendo lo que haga falta. —Sonrió, sin batería—. Soy flexible. Es lo único flexible que me queda con esta pierna.
Me reí, y fue un alivio tan grande que hasta me dolió un poco el pecho.
Nos quedamos allí el resto de la tarde sin hablar más del cementerio.
Me contó por fin lo que había pasado en el tejado.
El fuego había cortado la salida de una anciana en una galería del tercer piso.
Cuando la estructura empezó a ceder, Mateo la empujó hacia la terraza del piso inferior y se lanzó detrás; en la caída consiguió girarse para que ella aterrizara sobre él y no contra las baldosas.
Yo conocía una parte por Quique, pero no era lo mismo escuchárselo a él.
Esta vez no hizo bromas ni intentó quitarle importancia.
Yo también acabé contándole cosas. Le hablé de mi hermana, de lo unidas que habíamos estado antes y de cómo, en algún momento, todo se había torcido entre nosotras. El cementerio tenía mucho que ver con eso, aunque no era ni de lejos todo el problema.
No entré en detalles y él tampoco preguntó. En algún momento dejamos las manos apoyadas muy cerca una de la otra sobre el sofá. Me di cuenta, claro. Supongo que él también, pero no hice nada por acercarme. Tampoco aparté la mano.
Cuando me marché, ya de noche, me paré en el rellano antes de cruzar a mi puerta.
—Gracias por la nota.
—A ti por venir.