Capítulo 6
Mateo decidió en algún momento y por sí solo que me debía una cena en condiciones y decidió también, sin consultarlo con nadie, que iba a cocinarla él. Me enteré por un pósit clavado en mi puerta. SÁBADO, NUEVE, TRAIGA APETITO Y NADA MÁS. EMPIEZO YO CON LAS INVITACIONES.
Llegué con las manos vacías, tal como me habían ordenado, y me encontré la cocina del tercero B convertida en zona catastrófica.
Harina en la encimera, en el suelo y en una muleta apoyada contra la nevera.
Él, de pie con el peso en la derecha y la izquierda descargada, removía algo en una sartén con la cara de quien libra una guerra que no domina.
—¿Qué es eso?
—Risotto. O lo será, si el arroz colabora.
—¿Y la harina?
—Bajas expectativas del postre. No pregunte más.
Se le cayó la cuchara de madera al suelo. Se agachó a recogerla apoyándose en la encimera con una lentitud calculada y desde ahí abajo me miró con la cara de quien acaba de descubrir un problema serio.
—No puedo agacharme y levantarme a la vez. Es una habilidad que di por hecha toda la vida y ya no la tengo.
Lo ayudé a subir. Terminamos el risotto entre los dos, yo removiendo mientras él daba órdenes desde la silla que había arrastrado hasta la cocina, y salió mucho mejor de lo que merecía el caos previo. Cenamos en la mesa de siempre y con las velas de la otra vez, ya sin excusa de apagón.
—A que no adivina de quién es la receta.
—De su madre.
—De mi madre. —Estaba orgullosísimo de su hazaña—. Me la ha dictado por teléfono esta tarde, paso a paso, tres veces, porque a la segunda ya se me había olvidado si eran dos tazas de caldo o tres.
—Está usted muy unido a ella.
—Es la única mujer que me ha aguantado más de un mes seguido. —Lo dijo en broma, pero algo se le quedó detrás—. Se quedó sola muy pronto… Y cada vez que me toca apagar fuegos, ella se queda esperando a que suene el teléfono. No es fácil, su parte.
Como si nos estuviese escuchando, sonó su móvil y contestó con un «hola, mamá» que le cambió la voz entera. Habló de la pierna, mintió sobre el dolor, prometió cuidarse y colgó con una ternura que no encajaba con el hombre que conocí en urgencias.
—¿Todo bien?
—Todo bien. Se preocupa más de la cuenta. Como usted.
—Yo no me preocupo por usted.
—Ya. Por eso ha venido un sábado a cenar risotto quemado con un cojo.
No estaba quemado. Estaba casi bueno.
Mi teléfono sonó a los postres. Miré la pantalla y la sonrisa se me cayó sola, sin que yo la empujara. Era mi hermana. No contesté. Lo dejé sonar hasta que se cortó y guardé el móvil boca abajo sobre la mesa, con más cuidado del necesario.
—¿No contesta?
—No es buen momento.
—¿Nunca es buen momento con quien sea que llame, o solo hoy?
No le contesté a eso. Él tampoco insistió, cosa rara en un hombre que llevaba semanas intentando sacarme el nombre de pila a base de asedio, y aquella retirada me dolió más que si hubiera preguntado tres veces seguidas.
Cambió de tema, que para eso tiene oficio, y terminamos hablando de incendios, de los que se recuerdan bien y de los que uno prefiere olvidar, hasta que se me hizo tarde sin darme cuenta.
El postre, cuando por fin salió del horno, resultó ser la explicación de toda la harina. Un bizcocho hundido por el centro con una precisión casi geométrica, del que él estaba inexplicablemente orgulloso.
—Es un bizcocho de valle.
—Es más bien un bizcocho fallido. Apelmazado.
—Es un diseño. —Cortó dos porciones y me puso la peor, con una generosidad que agradecí—. Mi madre me avisó de que no abriera el horno antes de tiempo. Pero mi impaciencia me hizo abrirlo tres veces.
Estaba correcto por los bordes y crudo por dentro, y me lo comí entero, incluida la parte cruda, cosa que no pienso justificar ante nadie.
Nuria se presentó el domingo siguiente sin avisar, con una tarta comprada y ganas de fiscalizar la recuperación de su capitán. Me la encontré instalada en el sofá de Mateo cuando crucé el rellano para devolverle un plato, tan cómoda allí como en su propia casa.
—Doctora Blasco. Justo la mujer que quería ver. —Palmeó el sitio de al lado—. Siéntese. Este me está mintiendo con el dolor y usted es la única que se lo va a sacar.
—No le miento —protestó Mateo desde la cocina.
—Miente siempre. Es capitán, es su trabajo hacer que todo parezca controlado. —Nuria bajó la voz sin perder la sonrisa.
Me quedé una hora larga, comiendo tarta y oyendo batallitas del parque que no me tocaba conocer, y en algún momento até cabos de que Nuria no había venido por la tarta, sino a ponerme a prueba en persona.
Debí de aprobar el examen, porque al irse me abrazó sin avisar, un abrazo rápido y serio que me pilló desprevenida.
—Cuídelo —dijo desde la puerta—. Y cuídese usted también, que se le nota apagada.
No pregunté en qué lo notaba porque sospechaba que la respuesta no me iba a gustar.
Dos noches después bajé a la calle cargada con la basura de las dos casas, porque a él aún le costaba el trayecto hasta el contenedor, y me crucé con el del primero en el portal. Llevaba una bolsa él también, y se quedó mirando cómo forcejeaba yo con las dos.
—Mucho peso para una mujer sola.
—Me apaño.
—Ya veo que se apaña con todo. Con las bolsas, con el bombero… —Lo dijo sin sonreír, con una calma que no me gustó nada—. Algunos no tenemos a nadie que nos ayude a bajar la basura. Una lástima.
No supe diferenciar si aquello era una queja, una amenaza o la tristeza de un hombre solo hablando en voz alta. Aceleré hasta el contenedor y volví sin mirar atrás. Cuando se lo conté a Mateo, subiendo la compra dos días después, dejó de sonreír por completo.
—¿Le dijo eso? ¿Esas palabras?
—Más o menos.
—Vecina, en serio. A ese hombre no le hable sola nunca más. Si lo ve en el portal, espere, o suba primero y baje conmigo.
—No hace falta que se ponga en modo capitán conmigo.
—Se lo pido como vecino, entonces. No como capitán. —Me miró un segundo más de la cuenta, sin apartarse—. He visto esa calma otras veces y no me gusta nada. Me da muy mala espina. Es el típico tío al que ya no le importa nada, y esa gente es peligrosa.
No contesté. Pero esa noche bajé la basura acompañada, sin decírselo directamente, dejando simplemente que él insistiera en acompañarme con las muletas.
Dos días después, tras la revisión y unas radiografías de control, su nuevo traumatólogo le autorizó a empezar a apoyar la izquierda también fuera de las barras, dentro de casa, con cuidado y durante trayectos muy cortos.
Marta empezó a trabajarlo con él esa misma tarde.
Me llamó con una alegría que no le cabía en la voz.
—Doctora, adivine. Ya puedo cruzar el pasillo solo. Diez pasos. Los he contado.
—Eso es fenomenal, Durán.
—Venga a verlo. Se lo debo a usted, la primera.
Crucé el rellano sin quitarme siquiera la bata del hospital y lo encontré en mitad del salón, con una muleta en la mano derecha y la izquierda rozando el respaldo de una silla para mantener el equilibrio, dando aquellos pasos despacio, con la concentración de quien está reaprendiendo algo que antes hacía sin pensar.
Al llegar hasta mí se paró, sin soltar la silla del todo, y me miró con toda la atención que le cabía en la cara.
—Lo he conseguido gracias a usted.
—Lo ha conseguido usted solo. Yo únicamente puse unos tornillos.
—Usted puso bastante más que tornillos, doctora.
No aparté la mirada tan rápido como debía. Él tampoco. Y durante un segundo entero, en mitad de aquel salón a medio amueblar, no hubo bromas ni pared de por medio. Solo los dos, muy quietos, dándonos cuenta a la vez de que aquello estaba cambiando.
—Debería irme —dije, sin moverme.
—Debería… —contestó él, sin soltar la silla ni acercarse tampoco.
Y me fui.
A las siete y cuarto le noté algo distinto en la cara, un cuidado nuevo en la manera de mirarme que no supe si venía del miedo a que yo fuera frágil o de algo bastante más simple.
No dijo nada sobre lo del salón. Yo tampoco.
Pero bajamos ese tramo de escalera mucho más despacio que de costumbre, buscando alguna excusa para que durara un poco más, y en todo el trayecto hasta la calle no hizo ni una sola broma.