Un bombero muy poco paciente Capítulo 5
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Capítulo 5

Hay un momento en la vida de toda mujer sensata en que se pregunta cómo ha terminado doblando por la mitad a un bombero de ochenta kilos para meterlo en un coche de tres puertas. A mí me llegó un sábado por la mañana, en el aparcamiento, y no encontré ninguna respuesta que me dejara tranquila.

La culpa fue mía por abrir la puerta.

Había salido a hacer la compra de verdad, la primera en semanas, porque una no puede vivir eternamente de las sobras que un vecino le deja en el felpudo con notas cada vez más descaradas. Bajaba con mi lista mental cuando la puerta del tercero B se abrió con la puntería de un francotirador.

—Doctora. Qué casualidad. —Mateo apareció con las muletas—. ¿Va al súper?

—Voy a seguir con mi vida. Que resulta que tengo que ir a un súper, sí.

—Yo necesito cosas. Y no puedo cargar bolsas, ni conducir, ni bajar los escalones sin usted… ¿No le doy pena?

Pestañeó rápido, queriendo parecer encantador.

—Tengo cargos de conciencia más gordos que ese y duermo de maravilla.

—Pero ninguno tan guapo.

Volteé los ojos y supo que había ganado.

Mientras yo buscaba las llaves, Mateo escribió a Quique para pedirle ayuda con el coche. Tres minutos después apareció el pelirrojo, que se autoinvitó a la compra y empleó los cinco siguientes en explicarnos cómo meter a su capitán en el asiento, pese a que ninguno se lo había preguntado.

—Primero la pierna.

—Ya está dentro, Quique.

—Pues la otra.

—La otra es la que no dobla.

Quique se quedó pensando.

—Entonces esa primero.

Mateo cerró los ojos.

—Como sigas ayudando así, vuelvo andando…

Se dio con la rodilla en la guantera, soltó una blasfemia, se le cayó una muleta entre los dos asientos y, al intentar recuperarla, acabé medio tumbada sobre él, con la palanca de cambios clavándose donde no debía y su cara a un palmo de la mía.

Mateo miró mi boca un segundo antes de volver a mirarme a los ojos.

—Doctora…

—Ni se le ocurra, Mateo.

—Todavía no he dicho nada…

—Pero ya le conozco la cara.

Sonrió despacio.

—Solo iba a decir que, si quería tenerme así, podíamos habernos ahorrado lo de las muletas.

—Estoy rescatando una.

—Eso necesito creer yo también.

Encontré la muleta y me aparté tan deprisa que casi me golpeé con el volante.

—Póngase el cinturón.

—Ay… Qué manera tan fría de terminar un momento bonito.

Arranqué antes de darle tiempo a seguir, pero eso fue todavía peor. Conducía yo y opinaba él. Del tráfico, de mi manera de frenar y hasta de la emisora, que cambió sin permiso a una de esas que ponen boleros a las once de la mañana.

—Deje el dial donde estaba.

—Es que este le pega más.

—¿A mí?

—Mucho drama contenido. Apariencia de mujer seria y vida interior tormentosa.

—Le agradecería que no tocara mi radio…

Se rio y dejó la mano sobre el dial.

—¿Sonia?

Lo miré de reojo.

—¿De verdad va a empezar otra vez?

—Es que hoy tiene cara de Sonia.

—Pues va frío.

—Marta.

—Congelado.

—Isabel.

—Está empeorando…

Se acomodó como pudo en el asiento, satisfecho consigo mismo.

—Tiene nombre de reina destronada. Lo sé.

—No sabe absolutamente nada de mí.

—Sé que frena tarde, que amenaza mucho y que seguirá sin decirme cómo se llama, pero el día que lo adivine debe dejarme invitarla a cenar.

A una cena de verdad. Sin bandejas de hospital ni Quique apareciendo a cada rato.

Y no, no pienso mirarlo en el buzón ni preguntarlo en el hospital.

Eso sería hacer trampa. Quiero que me lo diga usted.

No respondí y aparqué en un hueco que él dio por imposible desde que puse el intermitente.

—Ahí no cabe.

—Sí que cabe.

—Ni de broma.

Entré a la tercera. Recta. Centrada. Con espacio delante y detrás. Apagué el motor y lo miré con una sonrisa de campeona. Mateo observó por su ventanilla, luego por la mía y finalmente se volvió hacia mí.

—Ha sido suerte.

—Le está costando mucho decir «tenía usted razón».

—Prefiero romperme la otra pierna.

Miré sus dos piernas.

—Pues no le quedan muchas disponibles.

Se le escapó la risa. Y no sé por qué, de todas las cosas que habían pasado aquella mañana, fue esa risa la que me llevé conmigo al bajar del coche.

El supermercado fue su reino y mi penitencia.

Lo senté en uno de esos carros motorizados que reservan para gente con problemas de movilidad y él, que solo tiene problemas de movilidad y ninguno de vergüenza, lo condujo por los pasillos con andares de desfile.

Saludaba a las cajeras. Le daba consejos a un señor sobre qué tomate llevarse.

Frenaba en seco delante de las ofertas con un chirrido que giraba medio establecimiento.

—Durán, es un carro, no una moto de agua.

—Es lo más cerca de la libertad que voy a estar en un tiempo. Déjeme.

El desastre llegó en los congelados. Una señora mayor, al verlo maniobrar con la bota y las muletas y esa cara de mártir que sabe poner cuando le conviene, se acercó compadecida.

—Ay, hijo, ¿qué le ha pasado?

—Un incendio, señora. Salvé a una de su edad. —Bajó la voz, teatral—. Pero mi mujer, esa de ahí, me cuida muchísimo. No sé qué haría sin ella.

La señora me miró con los ojos húmedos. Abrí la boca para desmentirlo y descubrí que no me salía, porque desmentir a un hombre delante de una anciana emocionada es de mala persona, y no fui capaz.

—Es usted una santa —me dijo, cogiéndome la mano.

—No se imagina cuánto.

La noticia de mi santidad corrió por el súper más rápido que las ofertas. La señora se lo contó a otra señora, esa al carnicero, y para cuando llegamos a la pescadería ya éramos el matrimonio del incendio, y un chico de reposición le regaló a Mateo dos flanes a punto de caducar de pura admiración.

Entre las conservas alargamos la mano a la vez hacia la misma lata de tomate. Los dedos se nos encontraron sobre la etiqueta y ninguno la apartó tan rápido como debía.

Un pasillo más allá encontró a su siguiente víctima. Un chico joven con delantal, cara de llevar toda la mañana colocando yogures y ninguna prisa por volver a ellos.

—Tío, ¿y esas piernas?

—Me las rompí sacando a una anciana de un incendio. La versión corta es que soy bombero. Y ella es mi traumatóloga. —Se señaló la pierna—. Todo el hierro que llevo ahí dentro es obra suya.

El chico se rio y nos acompañó hasta el final del pasillo recomendándonos yogures que nadie le había pedido.

En la caja intentó pagar mi compra con su tarjeta, un gesto que le salió tan natural que casi le dejo.

—Yo pago lo mío —dije al fin.

—Déjeme invitar a algo. No sé estarme quieto sin hacer nada por nadie, es una enfermedad.

Le dejé cargar la bolsa del pan, la única que podía llevar sin poner en peligro su equilibrio ni el mío.

Sacarlo del coche al llegar a casa fue la misma película, pero marcha atrás. Nos llevó otros cinco minutos y una maniobra que, en cualquier otro contexto, habría exigido consentimiento informado.

Una vecina, de las que llevaban años viviendo en el edificio y conocían la vida de todos aunque nadie se la hubiera contado, apareció con su perro justo cuando yo tenía medio bombero colgado del cuello y el otro medio intentando encontrar el suelo con la bota.

Se detuvo y nos miró. Y después bajó la mirada a la mano de Mateo agarrada a mi cintura.

—Buenas —dije.

—Buenas —contestó ella, con una sonrisa que hablaba por sí sola, y siguió andando bastante más deprisa de lo necesario. Tanto que hasta el perro tuvo que trotar para seguirle el ritmo.

Mateo esperó a que doblara la esquina.

—Mañana somos novios.

—Pues ya verás qué decepción cuando descubra que solo soy la traumatóloga que tuvo que subir a un inválido a su casa.

—Eso tiene muchísimo menos interés para el edificio.

Conseguí ponerlo derecho sobre las muletas y me aparté.

Repartí las bolsas en mis brazos y enfilamos el portal.

Subir con la compra resultó peor que bajar con él.

Yo llevaba cuatro, dos en cada mano, y él insistía en cargar la del pan colgada de la muñeca, de modo que cada pocos peldaños se le escapaba y rodaba escaleras abajo, y cada pocos peldaños yo bajaba a buscarla mientras él se disculpaba desde arriba con una dignidad que no le correspondía a la situación.

A mitad de subida paró a recuperar el aire, apoyado en la pared, y por una vez no dijo nada gracioso.

—¿Está bien?

—Solo harto. De estar así, sobre todo. —Se rio flojo—. Un día de estos lograré subir solo.

—Y cuando ese día llegue, seré yo quien le invite a algo.

Tres segundos después de decir la frase, me arrepentí.

—Apunte la fecha porque pienso cobrármelo.

Reanudamos la subida más despacio. No me había fijado hasta entonces en que contaba los escalones entre dientes para no pensar en el dolor. Al llegar al último tramo dejó de contar y soltó, sin venir a cuento.

—Gracias por esto, doctora. No solo por lo del súper.

—De nada, Durán.

—Sé que no le sobra el tiempo. Y aun así ha aceptado sacarme de casa.

No supe qué contestar, así que seguí subiendo delante de él, con las bolsas por escudo.

En su rellano, sudando otra vez los dos, se apoyó en su puerta y me miró de una manera peligrosa.

—Ha sido casi una cita.

—Ya empiezas… Ha sido solo una compra.

—Con una cita dentro. Yo lo he notado.

Metí la llave en mi cerradura, muy digna, y se me escapó la sonrisa justo al cerrar, del lado en que él no podía verla. La pared, que a estas alturas transmite hasta lo que una piensa, no guardó el secreto.

—La he oído sonreír, doctora —dijo, encantado, desde el otro lado.

No le di el gusto de contestar. Pero sonreí otra vez, más ancha, ahora que ya daba igual.