Capítulo 4
Le presté la sal. Entré en mi casa, cogí el salero entero de la encimera y se lo planté en la mano por encima del umbral, sin pasar de la línea que separa un rellano de un problema.
—Toda suya. No hace falta que me la devuelva.
—Qué generosa. —La sopesó con la reverencia de quien recibe un anillo—. ¿Cena conmigo? Hay pizza para dos y ahora tengo un salero para hacer otra cosa si nos quedamos con hambre.
—Ceno con cuarenta partes médicos. No me espere.
Cerré la puerta. Del otro lado me llegó su voz, alta y tranquila, dirigida a la madera.
—¡Buenas noches, vecina!
No contesté. Me apoyé en la puerta por dentro, con el pulso alterado por motivos que no pensaba examinar, y me dije que aquello tenía arreglo.
Bastaba con no coincidir. Dos personas pueden vivir puerta con puerta sin verse jamás si una de ellas se lo propone en serio, y yo llevaba casi dos años siendo experta mundial en no ver a la gente.
Duré hasta las siete y cuarto de la mañana siguiente.
La primera noche pared con pared fue una lección de acústica.
Descubrí que mi dormitorio y su salón compartían un tabique del grosor de una hostia consagrada, y que Mateo Durán, hombre incapaz de estarse quieto de día, tampoco sabía estarlo de noche.
A las doce, la tele. A la una, la tele más baja y él hablando por teléfono con alguien a quien llamaba «mamá» y a quien tranquilizaba sobre sus piernas con una ternura que no le pegaba al golfo del timbre.
A las dos, unos golpes rítmicos contra el suelo que tardé en identificar como sus ejercicios, porque…
¿quién hace rehabilitación a las dos de la madrugada? Él, por lo visto.
Me quedé escuchando esos golpes tercos más rato del que pienso confesar, dándome cuenta de que la pared no me protegía de él.
La guerra de vecinos empezó con un pósit y degeneró deprisa.
El primero apareció en mi puerta al tercer día.
LAS BOTAS DEL PASILLO NO SON MÍAS. SON DE QUIQUE.
ASÍ QUE NO ME RIÑA. Yo no había dicho nada de las botas.
Pero, ya que él sacaba el tema, contesté.
EL RELLANO ES ZONA COMÚN, NO EL VESTUARIO DEL PARQUE.
RETIRE EL CALZADO, EL CASCO Y LA BICICLETA.
Al día siguiente el cactus del descansillo tenía un pósit nuevo. NO LO REGUÉIS MÁS, ES DE MI MADRE. UN POCO DE RESPETO.
Le puse un pósit de vuelta. SI NO QUIERES QUE LO RIEGUEN, MÉTELO EN TU CASA.
Encontré la respuesta clavada en mi felpudo con un tenedor. TIENE USTED UNA VENA CRUEL QUE ME PARECE PRECIOSA. ¿SIGUE SIN QUERER CENAR?
Le respondí con la verdad, que es lo más cruel que tengo.
NO CENO CON PACIENTES. La nota volvió en diez minutos.
YA NO SOY SU PACIENTE, ME DIO EL ALTA USTED MISMA.
Y había grapado debajo, en efecto, su informe de alta, sellado por el servicio y firmado con mi rúbrica ilegible bajo un escueto DRA. BLASCO.
Lo de las siete y cuarto fue lo que me hundió del todo.
Abrí mi puerta para irme a trabajar y me lo encontré sentado en el primer peldaño de bajada, con las dos muletas, la bota ortopédica por delante y una taza de café humeando al lado, contemplando el hueco de la escalera con la solemnidad de un alpinista ante el K2.
—Buenos días —dije, con las llaves en la mano y el firme propósito de pasar de largo.
—Buenos días, vecina. Estoy midiendo la ruta. Son sesenta y cuatro escalones hasta la calle. Pedí que me los contaran anoche.
—Sesenta y cuatro escalones, una pierna recién operada y la otra dentro de una bota. Eso no es una ruta, es una mala idea, se lo aseguro.
—Por eso la esperaba. Usted sabe de huesos.
—Yo solo sé de huesos rotos, no de milagros. Llame a un compañero.
—Están trabajando. Salvando gatos, apagando Madrid, lo de siempre. —Dio una palmadita al escalón contiguo, invitándome a sentarme en mi propia escalera—. Solo necesito un brazo y una mala cara para que me dé miedo caerme. Y las dos cosas las tiene usted de sobra.
No pensaba ayudarlo. Se lo dije mientras le quitaba una muleta, se la colocaba bajo el brazo y le hacía agarrarse al pasamanos con la otra mano.
Bajamos los sesenta y cuatro escalones de uno en uno. La izquierda, sin apoyar. La derecha, dentro de la bota, haciendo todo el trabajo permitido. Yo iba un peldaño por debajo, preparada para sujetarlo si perdía el equilibrio.
Parábamos en cada rellano para recuperar el aire y discutir sobre quién había tenido la brillante idea de vivir en un edificio diseñado para castigar articulaciones.
En el segundo rellano la contera de la muleta resbaló medio palmo. Le planté una mano en el pecho y la otra en la cintura antes de que se venciera hacia delante, y durante un instante quedamos pegados contra la barandilla, con las narices a un palmo, mientras resoplábamos los dos.
—Si nos ve alguien —jadeó—, va a pensar mal.
—Si nos ve alguien, pensará que un inconsciente casi mata a su médica en unas escaleras.
—Yo lo contaría más romántico.
—Usted lo contaría desde una camilla. Agárrese al pasamanos, no a mí.
Se agarró al pasamanos. Respiré y seguimos bajando.
—Esto es un disparate, Durán. Se va a hacer una lesión mayor.
—Solo es temporal.
—Es temporal solo si no se mata en el intento. ¿Sabe la de fracturas de cadera que veo al año por caídas en escaleras?
—Cuéntemelas. Me encanta cuando me habla sucio.
Le solté un poco más de la cuenta en el penúltimo escalón, y llegó al portal entre risas y quejidos a partes iguales. Sudando los dos, apoyado en la pared para recomponerse, me miró con una gratitud que no supe dónde poner.
—Gracias —dijo, y por una vez lo dijo sin envoltorio—. En serio.
—De nada. No lo repita.
—¿El gracias?
—La escalera. La próxima vez baja usted rodando y le recojo los pedazos abajo, que es más rápido.
A partir de esa mañana me convertí, sin firmar nada, en su servicio de escaleras a domicilio.
Bajaba con él a las siete y cuarto cuando entraba de día, y a esa hora había en el escalón dos cafés en vez de uno, el mío con la leche justa que yo nunca le había dicho que tomaba y que él había averiguado espiándome la taza en el hospital.
No se lo agradecí ni una vez, pero me los bebí todos.
Cuando volvía de noche, me lo encontraba «tomando el aire en el portal», que era su manera de pedir que lo subiera.
Aprendí a reconocer a sus compañeros por el ruido a través del tabique.
Sabía cuándo venía Quique, que se ríe como suena una alarma de incendios.
Sabía cuándo estaba solo, porque entonces la pared se quedaba en silencio y a mí me daba por preguntarme cosas que no me convenían.
Subirlo era peor que bajarlo, y una noche lo comprobé en directo.
Volvía de guardia a las tantas cuando me encontré media dotación en mi escalera intentando ahorrarle el esfuerzo a su capitán.
Quique y otro lo llevaban prácticamente en volandas, uno por cada lado, mientras Mateo protestaba porque la pierna izquierda se le iba hacia delante y Nuria dirigía la maniobra a gritos como si estuviesen realizando un rescate en un pozo.
—¡A la de tres! ¡Una, dos…!
—Alto. —Me oyeron sin necesidad de levantar la voz—. Si lo levantáis así, la pierna operada va dando bandazos hasta arriba. Suelo, pasamanos, una muleta y el paso que marque él. Despacio.
Subió a mi manera, despacio, con uno delante por si resbalaba y otro detrás sin tocarlo salvo que hiciera falta. Al llegar a su rellano Mateo se dejó caer contra su puerta, agotado, y me señaló con la barbilla ante todo el parque.
—¿Veis? Os dije que era la jefa.
—Yo no soy la jefa de nadie.
—En huesos, hacedle caso —confirmó Nuria—. Para todo lo demás ya discutís luego.
Una noche llegué reventada, de esas en que ni el ascensor que no tengo habría arreglado nada, y me encontré en el felpudo un plato tapado con papel de aluminio y un pósit que decía: PIZZA DE SObrA PARA LA DOCTORA MÁS TRABAJADORA.
NO ES CARIDAD, ES AGRADECIMIENTO. Debajo, más pequeño, otra línea.
TENGO SAL SI LE HACE FALTA, ME LA PRESTÓ UNA VECINA MUY GUAPA.
Me la comí de pie en la cocina, aún con la bata puesta, y me reí sola dos veces, cosa que no me ocurría desde hacía tanto que casi me asusté. Al día siguiente le devolví el plato limpio con mi propio pósit. GRACIAS, ESTABA MUY RICA.
En el hospital el secreto duró tres días. Al cuarto, Elvira entró en el control con una sonrisa que no auguraba nada bueno y una bandeja de la cafetería.
—Blasco, una duda. —Dejó la bandeja—. ¿Es verdad que el capitán de bomberos ha terminado viviendo en el piso de al lado?
—Sí, y tiene una pierna recién operada. Fin del informe.
—No era un informe, era curiosidad. —Me alargó un café—. Pero desde que vive ahí llegas con menos cara de querer denunciar a la humanidad.
—Elvira.
—Solo digo que te sienta bien tener algo en la cabeza que no sea esta planta. —Se encogió de hombros y volvió a los partes—. Ya está. No voy a hacerte una intervención.
No supe qué contestar a eso, así que le robé una rosquilla de la bandeja y me fui a pasar visita.
Al del primero me lo crucé una mañana, bajando con Mateo, plantado en su puerta con la misma camiseta que un día fue blanca y cara de haber llevado la cuenta de cada visita de la semana.
—Mucho jaleo arriba —dijo—. Entra y sale gente a todas horas, y se oyen golpes por la noche. Antes esto era un edificio tranquilo.
—Estoy con las piernas rotas, jefe —contestó Mateo, amable—. En cuanto ande le devuelvo la calma del edificio, se lo prometo.
El hombre no le siguió la broma. Miró la bota, las muletas y luego a mí. —Y procurad no dejar la puerta del portal abierta —dijo antes de meterse en su casa. Cuando salimos a la calle, Mateo tardó un poco más de lo normal en recuperar la sonrisa.
—No le gustan las visitas —dijo bajito—. Eso lo entiendo. Lo que me gusta menos es que parezca saber a qué hora entramos y salimos.
—No sabía que los bomberos también hacían de detectives.
—Hacemos de todo. Sobre todo mirar antes de entrar. Costumbre profesional.
La cena fue inevitable. Una tarde, al volver, encontré al cactus medio muerto mudado de sitio, plantado justo delante de mi puerta con un pósit clavado en una espina. CREO QUE HARÍAIS BUENAS MIGAS. LOS DOS PINCHÁIS. CENA A LAS NUEVE, TRAIGA HAMbrE Y BAJE LA GUARDIA.
Fui. Me dije que iba a devolver el cactus y a dejar clara una postura, y crucé el rellano.
Su piso era un caos de cajas a medio abrir con una mesa puesta con una pulcritud que no encajaba en el resto. Había dos velas y me quedé en la puerta mirándolas.
—Esas velas sobran.
—Es que se fue la luz —mintió, encantado, con la lámpara de Quique perfectamente encendida a su espalda—. Siéntese, doctora. Le juro que no muerdo. No llego, con estas piernas.
Cené. Pasta que le había hecho su madre y que él recalentó fingiendo que la había cocinado, vino de una botella que no era la mía pero podría haberlo sido, y una conversación que terminó, sin que yo lo autorizara, en cosas que no le cuento a nadie.
—¿Y usted? —contraataqué—. ¿Por qué se mete en sitios de los que la gente huye?
—Porque alguien tiene que ir a buscar a los que se quedan dentro. —Se encogió de hombros con la naturalidad de quien recita una obviedad—. Y siempre hay alguien dentro. A veces por miedo. A veces porque cree que no merece que lo saquen.
Sentí que no estábamos hablando de incendios y me levanté antes de que la frase encontrara mi cara.
—Gracias por la cena de su madre.
—Vuelva cuando quiera, que ya sabe dónde vivo. Puerta con puerta, para su desgracia.
Volví a mi casa con el cactus que no había devuelto, cerré mi puerta y me apoyé en ella por dentro.
Golpeé la pared una vez, un golpe tonto que no decidí dar. Del otro lado, tras un segundo, respondieron dos. A la mañana siguiente dejé el cactus junto a su puerta con una nota que decía: TE LO DEVUELVO. YA TENGO BASTANTE COMO PARA AÑADIRLE MÁS RESPONSABILIDAD A MI VIDA.