Un bombero muy poco paciente Capítulo 3
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Capítulo 3

Me había comprado un vino bueno para celebrar la paz recuperada, pero se quedó nueve noches sin abrir en la encimera. Una no descorcha un rioja caro para bebérselo sola mirando la pared. Lo guardé en el armario el mismo día en que decidí bajar a rehabilitación.

Elvira lo notó antes que yo. Era la supervisora de planta, llevaba treinta años en el oficio y tenía un radar para cualquier cambio cerca de su control.

—Estás rara, Blasco —me soltó una mañana, sin levantar la vista de los partes—. Estás… como menos borde.

—Quizá sea porque he dormido siete horas seguidas. Casi nunca lo consigo.

—Ya. —Pasó una hoja—. Pues sigue durmiendo así. Nos sale rentable a todos.

No le di el gusto de contestar. Pero al décimo día bajé a rehabilitación, y no fue del todo por trabajo.

Bajé con la excusa de un paciente mío, un albañil con una muñeca reconstruida que se negaba a hacer los ejercicios y necesitaba que alguien le metiera el miedo en el cuerpo.

Marta, la fisio, que es más seca que yo y reserva su mejor sonrisa para cuando va a hacerte daño, estaba al fondo de la sala, doblando una toalla y sonriendo hacia una camilla.

—Vamos, campeón, otra serie. No me seas flojo.

—Marta, mi vida, llevo cuarenta minutos. Deme un respiro, por Dios.

Conocía esa voz. Y la habría reconocido hasta debajo del agua si hubiese hecho falta.

—¡Doctora Blasco! —Se incorporó en la camilla con los brazos abiertos, radiante—. Marta, mire quién baja a los sótanos. Se preocupa por mí.

—Bajo por un albañil, no por usted. —Me giré hacia Marta—. El de la muñeca. No hace los deberes.

—Como el noventa por ciento. —Suspiró y señaló a Mateo con la barbilla—. Este es del diez que sí. Trabaja como un animal, es lo único bueno que tiene.

—Gracias, Marta.

—De nada, campeón. Otra serie.

Resolví lo del albañil en cuatro frases y me marché prometiéndome no volver a pisar rehabilitación en el horario del bombero.

Volví dos días después a otra hora, convencida de que no coincidiríamos, y allí estaba otra vez, sentado al borde de una camilla mientras Marta le hacía trabajar la movilidad de la pierna izquierda.

Me saludó con una muleta como si hubiéramos quedado.

La tercera coincidencia dejó de parecerme casual. La cuarta empezó a parecerme culpa mía.

Lo peor fue el día del busca. Estaba en planta, entre dos altas, cuando me avisaron de que un paciente de rehabilitación pedía ver a la cirujana que lo había operado, con urgencia, por un problema con la herida.

Bajé los tres pisos de dos en dos pensando en dehiscencias y en infecciones tardías, con el corazón en la boca.

Y me encontré a Mateo sentadísimo en su camilla, con la cicatriz de la izquierda impecable, señalándosela con un dedo.

—Es que me pica —dijo—. ¿Es normal que pique?

—He bajado corriendo tres pisos.

—Y qué bien le sienta el ejercicio. Está usted resplandeciente.

—Pica porque cicatriza. Como le pasaría a cualquier humano de la Tierra con dos dedos de frente y sin acceso a un teléfono. —Recogí mi dignidad del suelo—. La próxima vez que use la palabra «urgencia» para esto, le juro que le pongo la bota ortopédica de sombrero.

Se rio tanto que Marta tuvo que sujetarle la pierna.

A la cuarta coincidencia empecé a sospechar que se había aprendido mis horarios de bajada con la misma dedicación con que se aprendía todos los nombres menos el mío. No tenía pruebas, pero tampoco me hacían falta para empezar a evitar el ascensor de rehabilitación con una precisión ridícula.

Debería haber cambiado a mis pacientes de fisioterapeuta, o de hospital, o de vida.

En lugar de eso, empecé a bajar con una frecuencia que ni el albañil justificaba y a inventarme dudas clínicas que podía resolver perfectamente por teléfono.

Me di cuenta de lo que estaba haciendo una tarde en el ascensor y decidí no volver a repetirlo, que para disgustos ya tenía bastante con los reales.

Luego me lo prohibí, como quien se prohíbe el azúcar, y funcionó tres días.

Al cuarto ya estaba buscando una excusa lo bastante digna para no reconocer la verdadera.

Echaba de menos discutir con un hombre que me llamaba Patricia.

A los treinta y alguno, con la vida que me había montado, aquello rozaba la emergencia médica.

No todas las coincidencias acabaron en guerra. Una tarde lo encontré solo, esperando turno, sin público al que darle espectáculo, y me senté a dos sillas de distancia a rellenar un informe que podría haber rellenado en cualquier otro sitio.

—¿Cuánto me queda? —preguntó. Y, por una vez, iba en serio—. De verdad. Sin adornos.

—La izquierda va a necesitar varias semanas con carga muy limitada y después iremos aumentando según lo que digan las radiografías.

La derecha seguirá protegida con la bota, con apoyo según tolerancia.

Y va a necesitar mucha paciencia. La rehabilitación será larga, Durán.

No le voy a mentir. Pero volverá a entrar en edificios ardiendo, si eso es lo que le preocupa.

—Es lo único que sé hacer.

—Sabe hacer más cosas. Ha convertido una planta de traumatología en un club social. Eso ya tiene mérito.

Se rio, pero se le quedó algo debajo de la risa.

—Es raro estar quieto. Toda la vida corriendo hacia el fuego y de repente no puedo ni con una escalera. No sé qué hacer con esto. No me conozco.

Lo miré. Aquello lo había pensado yo, con otras palabras, casi dos años atrás, cuando aquella casa en la que llevaba años viviendo se me quedó demasiado grande de golpe y no supe quién vivía en ella. No se lo dije. Pero por un segundo dejé de rellenar el informe.

—¿Y usted, doctora? —dijo, bajito—. ¿Qué hace con su vida?

—Yo no hago nada, porque estoy ocupadísima.

—Uno también puede ocuparse para no quedarse a solas consigo mismo. Lo llevo practicando desde lo de mis piernas, sé de lo que hablo.

No tenía respuesta para eso. Tampoco tenía una que no lo fuera y me atreviera a decir.

—Termine la serie, Durán.

—Todavía no me toca.

—Pues empiécela antes.

Unos días después lo encontré sin camilla.

Estaba de pie entre las dos barras paralelas, agarrado con las manos, avanzando despacio.

Llevaba la derecha dentro de la bota y, bajo la supervisión de Marta, descargaba casi todo el peso en los brazos y apenas rozaba el suelo con la izquierda, tal como le habían autorizado.

Eran pasos cortos, con Marta a un lado vigilando sin tocarlo.

Me quedé en la puerta sin anunciarme, porque no quería que me viera mirar.

Llegó al final de las barras, se dio la vuelta él solo y me descubrió allí parada. No sonrió con la sonrisa de siempre, la que reparte a todo el mundo. Sonrió con otra, más parecida a la que se le había escapado la noche de la mala guardia.

—Doctora. Mire. Ya casi puedo andar.

—Todavía anda usted fatal —dije, porque lo otro que quería decir no me salía—. Pero anda.

—He pensado mucho estos días que usted era la primera persona a la que quería enseñárselo. —Se agarró con más fuerza a las barras—. Mire. Esto es gracias a su placa. Es usted la mejor. Cuando quiera la invito a un café para agradecérselo.

Marta, discretísima, descubrió de pronto una toalla al fondo de la sala que necesitaba toda su atención.

—Durán.

—¿Qué?

—Termine la serie.

Aquella tarde salí de la última guardia de la semana sintiéndome más vacía que otras veces y subí a mi tercero con las pocas fuerzas que me quedaban.

Vivo en un edificio viejo del centro, sin ascensor, con escaleras de mármol gastado que crujen bajo los pies.

Cuando me mudé, lo del tercer piso sin ascensor me pareció un inconveniente.

Ahora hasta lo agradecía: nadie sube tres pisos andando sin una buena razón y llevaba mucho tiempo sin dársela a nadie.

Subí el primer tramo y a la altura del entresuelo empecé a sospechar que pasaba algo en mi edificio.

Había una cómoda en el descansillo. Una cómoda que no era mía y que hasta esa mañana no existía.

Un piso más arriba, dos hombres a los que no conocía maniobraban un sofá de tres plazas contra la curva de la escalera con la fe de quien cree que la física es negociable.

—Perdón —dije.

—Un segundo, señora, que lo tenemos.

No lo tenían. El sofá estaba encajado entre la barandilla y la pared con una violencia geométrica que solo se arregla con sierra.

Me pegué al muro, pasé por debajo del reposabrazos y seguí subiendo entre cajas apiladas, una bicicleta, un galán de noche y un cactus enorme que alguien había abandonado en un peldaño con un pósit encima. NO REGAR, decía. YA LO HE REGADO YO.

—¡Doctora Blasco! —Uno de los del sofá levantó la cabeza, de pronto encantado—. ¡No fastidie! ¿Vive usted aquí?

Lo miré intentando colocarlo y no pude. Por la familiaridad con que me hablaba, debía de haber pasado por mis manos en algún momento, pero yo veía demasiadas caras al año como para conservarlas todas.

—Eso parece —contesté, y seguí subiendo antes de que me recordara qué le había operado o decidiera enseñármelo allí mismo.

En la puerta del primero, entreabierta, había un vecino al que solo conocía de vista mirando el trasiego. Flaco, con una camiseta que un día fue blanca y cara de llevar demasiado rato aguantando una mudanza ajena. No ayudaba ni protestaba. Solo miraba.

—Cuánta gente —dijo, sin dirigirse a nadie—. Antes aquí no había tanto ruido.

—Ya casi terminan —contesté por decir algo.

Me miró un segundo más de la cuenta y cerró la puerta. No fue nada. Un vecino molesto por una mudanza, me dije. Aun así, cuando seguí subiendo tuve una sensación incómoda.

Reconocí la letra del pósit del cactus. Era la misma del cartel que le habían colgado sobre la cama, la del SE ADMITEN VISITAS DE GUAPAS. Y ahí, a mitad de escalera, se me encendió una sospecha horrible que subió los últimos peldaños más deprisa que yo.

Al llegar a mi rellano me encontré la puerta del tercero B abierta de par en par. Llevaba meses vacío. Ahora salían de allí voces de hombre, muebles arrastrándose y un olor inconfundible a pizza.

Sobre una caja con la palabra COCINA escrita a rotulador, estaba Quique. Sudando. Con una lámpara en las manos y cara de haberla subido tres pisos a pulso.

—¡Doctora! —soltó, radiante, con el mismo gesto fácil de su capitán—. ¡Qué casualidad!

—Quique. —Me quedé plantada con las llaves en la mano y el corazón haciendo algo raro que decidí ignorar—. ¿Qué hacéis en mi rellano?

—La mudanza. El pobre no puede cargar nada con las piernas así.

Lo hemos hecho entre todos en una tarde.

—Bajó la voz, orgulloso—. Su piso era un quinto sin ascensor con escaleras dentro.

Este son dos pisos menos y no tiene desniveles y el alquiler es barato, que le vendrá muy bien mientras se recupera.

—¿Qué? Me estás diciendo que… —No daba crédito a lo que acababa de escuchar—. Pero aun así… este edificio son tres pisos de escaleras.

—Ya. Eso lo pensamos luego, pero siempre será mejor que el otro.

—¿Y de quién fue la idea de traerlo justo a mi rellano?

—Del destino y de un casero con buen precio. —Se encogió de hombros—. ¿Por?

—Por nada, Quique. Por nada.

Desde dentro, la voz que llevaba semanas intentando quitarme de la cabeza subió de volumen, feliz, ajena a la catástrofe que me caía encima.

—¡Quique! ¿Con quién hablas?

—Con la vecina.

Un golpe de muleta contra una baldosa, un roce de la bota ortopédica contra el marco, y Mateo Durán asomó por la puerta de lo que a partir de esa noche iba a ser su casa, apoyado en las dos muletas, con la sonrisa más ancha que le había visto nunca.

—¿Doctora Blasco? —Lo dijo relamiéndose, y no supe si por mí o por la pizza—. ¿Es usted mi vecina? ¡No me lo puedo creer!

Su puerta tenía una B de latón. La mía, la A, quedaba a su izquierda, formando un ángulo en el rellano. Apenas dos pasos separaban los umbrales y, detrás de ellos, nuestros pisos compartían un tabique entero.

—Esto es una broma —dije.

—Esto es el destino —dijo él mientras le daba un mordisco a la pizza de su compañero que acababa de asomarse también—. Oiga, ya que la tengo aquí. No tengo sal. ¿Me presta?