Capítulo 2
—¡Doctora! —Levantó una lata de refresco a modo de brindis—. Llega justo. Le presento al parque. Bueno, a la mitad. La otra mitad está trabajando, que alguien tiene que apagar Madrid.
Quique, el pelirrojo, me saludó con la mano llena de tortilla. A su lado, una mujer menuda me miró de arriba abajo con un interés distinto al de los demás.
—Así que usted es la doctora Blasco. —Se limpió la mano en el pantalón antes de tendérmela—. Nuria. Encantada. Llevamos desde que ingresó oyendo hablar de usted.
—Espero que bien.
—Siempre bien.
Nuria sonrió, y fue la primera persona de aquel cuarto a la que le tuve algo de respeto. El resto seguía a lo suyo, contándose a gritos una historia de un tejado y una manguera que terminó con todos riéndose y con Mateo apretando los dientes de la risa por el dolor.
—Esto es una habitación de hospital, no el retén —dije, cuando conseguí que me miraran—. Ahí hay un señor operado de cadera que necesita descansar, y aquí un operado de una pierna que va a necesitar una grúa si sigue comiendo así.
—La tortilla es rehabilitadora emocional —protestó Mateo.
—La tortilla es colesterol puro. Os quiero a todos fuera en diez minutos.
Un grandullón con bigote levantó la mano como en el colegio.
—Doctora, ¿y si nos quedamos calladitos?
—Ustedes no saben quedarse callados. Fuera —repetí, y algo en mi tono los puso en pie a todos a la vez.
Se fueron, no sin antes hacerme prometer uno por uno que cuidaría de su capitán. Porque era, me enteré entonces, el capitán de la dotación. Nuria fue la última en salir. Se paró en el marco y miró a Mateo antes de volver a mirarme a mí.
—El tejado de una galería cedió bajo sus pies. Alcanzó a empujar a la mujer hacia una terraza inferior y se giró para que ella cayera encima de él, no contra el suelo —dijo, ya sin broma—. Sabía lo que podía pasar y aun así entró. Es idiota, pero es nuestro capitán.
Se marchó antes de que yo encontrara una respuesta a la altura. Me quedé con un táper en la mano y una sensación incómoda en el pecho que decidí atribuir al olor a tortilla.
El quinto día entré y lo noté antes de mirar la gráfica, porque el que estuviese tan callado era una alarma en sí misma.
Tenía la pantorrilla izquierda más hinchada de la cuenta, la piel tirante y brillante, y febrícula desde la madrugada.
Le puse la mano en la pierna y él, que llevaba cinco días buscando cualquier excusa para que lo tocara, ni siquiera hizo el chiste.
—¿Desde cuándo te duele así? —Se me había ido el usted sin darme cuenta.
—Desde anoche. No quería molestar.
—Me molestas por la gelatina y ahora que te duele de verdad te callas —dije mientras pedía una analítica y una ecografía—. No te muevas. Voy a descartar dos cosas y no me gusta ninguna.
Por una vez me hizo caso. Se quedó quieto, mirándome mientras yo daba órdenes por el pasillo, y cuando volví a entrar seguía observándome con una atención rara, sin descaro, casi con cuidado.
—Estás asustada —dijo bajito.
—Solo estoy siendo profesional.
—Has dejado de tratarme de usted.
—Un lapsus. No te acostumbres.
Tres horas después, las pruebas salieron limpias. Era un hematoma que se estaba reabsorbiendo: nada de trombo, nada de infección. La febrícula cedió sola por la tarde. Cuando entré a darle la buena noticia, ya había recuperado la sonrisa y volvía a ser el mismo.
—Estabas preocupadísima por mí. Admítelo.
—Estaba preocupada por mi placa de titanio. Me costó más de lo que imaginas colocarla.
—Ya te caigo bien, aunque solo sea un poco. ¿Verdad?
No respondí y salí de la habitación antes de que siguiera diciendo tonterías. Definitivamente la morfina le sentaba fatal.
Dos noches después me tocó guardia otra vez, y fue de las malas. No todas las historias de este hospital terminan bien. Un chico de veintidós años, una moto y nada que pudiéramos hacer. A las tres de la mañana firmé lo que se firma en esos casos y salí al pasillo vacío porque necesitaba respirar.
Sin pensarlo demasiado, terminé frente a la puerta de la 214. No sabía qué iba a decirle, así que me quedé en el umbral, con la bata mal puesta y la cara que se me había quedado después de aquello.
Mateo estaba despierto. Me miró y, por una vez, no hizo ninguna broma, ni preguntó nada.
—¿Una guardia mala?
Asentí.
—De las peores.
Se hizo a un lado para alcanzar el vaso de agua de la mesilla y me señaló la silla junto a la pared.
—Siéntate cinco minutos antes de volver ahí fuera.
Lo hice. Él no preguntó qué había pasado y yo tampoco se lo conté, pero nos quedamos un rato en silencio, cada uno en su sitio.
—No siempre se puede —dijo al cabo de un rato.
—Ya lo sé.
Y lo sabía. El problema era que saberlo nunca servía de mucho.
Me levanté unos minutos después, le di las buenas noches y volví a la planta algo más despejada. Mateo no había hecho nada especial, y quizá por eso me había ayudado.
La tarde siguiente vino la señora del incendio.
Ochenta y tantos, un bastón, un bizcocho envuelto en papel de aluminio y una hija sujetándola del brazo.
Le besó las dos manos a Mateo, lo llamó hijo y se echó a llorar.
Él, colorado por una vez, insistía en que no había hecho nada especial, como si haberse roto medio cuerpo por sacarla de aquella cocina entrara dentro de lo normal.
Lo observé desde la puerta, con la gráfica contra el pecho. Hasta entonces me había resultado fácil verlo como el paciente pesado de la 214, pero aquella tarde me costaba un poco más.
Cerré la puerta y seguí con la ronda.
Debajo del payaso, además, había un cabezota de cuidado.
Una mañana entré sin avisar y me lo encontré intentando ponerse de pie.
Tenía las dos manos aferradas a la barra de la cama, la pierna derecha, dentro de la bota, apoyada como le habíamos indicado y la izquierda descargada.
Aun así, sudaba, temblaba y tenía la cara descompuesta por el esfuerzo, muy lejos de su habitual sonrisa de anuncio.
—¡Durán! —Crucé la habitación en tres zancadas y le pasé el brazo por la espalda antes de que se fuera al suelo—. ¿Te has vuelto loco? No debes intentar ponerte de pie sin supervisión, te lo dije el primer día. ¿Quieres cargarte la placa cayéndote al suelo?
—Solo quería… —Apretó los dientes mientras yo lo sentaba, y durante un instante fue peso muerto, calor y respiración agitada contra mi hombro—. Solo quería ver si me tengo en pie. Necesito saber que voy a volver a tenerme en pie.
Lo dejé sentado. Le temblaban las manos. No era el de las bromas, era otro, uno que se había pasado la vida entrando en sitios de los que los demás salen corriendo y que ahora no podía ni ir al baño solo.
—Vas a volver a caminar muy pronto —dije, y me salió menos seco de lo que pretendía—. Pero solo lo conseguirás si haces lo que te digo, no si intentas romperte tú solo a las ocho de la mañana. Esto no se gana con prisa. Se gana con paciencia, y ya sé que la paciencia no es lo tuyo.
—Ni lo tuyo.
—Ni lo mío. Por eso lo sé.
Se rio flojo y me miró desde abajo con algo que no supe aguantar mucho rato.
—¿Me vas a castigar sin postre, doctora?
—Te voy a poner a Marta, la fisio. Será peor que el postre.
Me quedé un momento más de la cuenta, comprobándole un pulso que no hacía falta comprobar.
—¿Por qué te metiste a esto? —preguntó, y por el tono supe que no hablaba de la medicina en general, sino de mí en concreto.
—Porque se me da bien arreglar cosas que se rompen. —Le solté la muñeca—. Descansa, Durán.
Salí sin mirar atrás, molesta por haberle contestado con más verdad de la que pensaba soltar aquella mañana.
Los últimos días se portaron mejor. La herida evolucionó bien, la derecha toleró la bota y la febrícula no volvió.
El señor Durán, ya sin sustos, retomó su ocupación favorita, que era ponerme motes.
Me llamó Patricia un lunes, Inmaculada un martes, y el miércoles decidió, entornando los ojos con aires de adivino de feria, que en realidad yo tenía pinta de llamarme algo corto y seco.
—Un nombre de una sílaba —sentenció—. Cortante y con clase. Como usted.
—Céntrese en andar, Durán. Ya me pondrá motes cuando no sea mi paciente.
—¿Y cuándo dejo de ser su paciente?
—Pronto —dije, y no me gustó la sensación.
Cuando por fin le di el alta, un par de semanas después, le expliqué las pautas a Quique, que tomaba notas en el móvil con una seriedad conmovedora, repasé las revisiones, que a partir de entonces llevaría otro traumatólogo del servicio, y le tendí la mano a Mateo para despedirme, muy profesional.
Él me la cogió con las dos suyas.
—Doctora Blasco.
—Durán.
—Su nombre. Última oportunidad. Me lo he ganado, le he sonreído con dos fracturas y una febrícula.
—Se ha ganado una bota, una placa que le va a durar más que muchas relaciones y una lista de instrucciones que espero que lea. Con eso vaya tirando.
—Es usted durísima.
—Soy eficaz. No lo confunda.
Me soltó despacio, sin dejar de mirarme, y por un momento me pareció que debajo del golfo había alguien que me estudiaba con la misma atención con que yo observaba una fractura.
Y entonces llegó la caballería. Media dotación en pleno, con Quique al frente y Nuria detrás, dispuestos a bajar a su capitán en volandas.
Lo acomodaron en la silla con más entusiasmo que puntería, le colgaron el casco del respaldo y montaron un pasillo de aplausos que sacó a las enfermeras de sus puestos.
Mateo saludaba con las dos manos, feliz, repartiendo besos al aire a media planta.
Nuria se rezagó un segundo a mi lado.
—Gracias por todo lo que ha hecho por él. —Nuria echó un vistazo hacia el pasillo, donde Mateo seguía saludando como si hubiera ganado unas elecciones—. Y gracias por aguantarlo. Nosotros podemos apagar incendios, pero con él no siempre podemos hacer milagros. Está jodidamente loco.
No me dio tiempo a fingir que no la había entendido. Ya se iban, rodando a su capitán hacia la puerta automática, hacia una vida que ya no era la mía.
Y ya está, me dije. Se acabó.
Volví a mis cuarenta camas y a mi café frío. La 214 quedó libre esa misma tarde y la ocupó un señor con una cadera nueva. Y me pasé la ronda de la noche esperando un timbre de urgencias por una gelatina que ya no iba a sonar.