Un bombero muy poco paciente
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Capítulo 1
Llevaba doce horas de guardia y solo le pedía una cosa sencilla a la vida.
Que me dejase sentarme cinco minutos con un café decente antes de que alguien más se rompiera algo.
Y el universo, con su típico humor retorcido, me contestó a las cuatro y cuarto de la madrugada con la cabeza de la enfermera de triaje asomándose por la puerta.
—Blasco, viene de camino un trauma por caída de altura. Bombero. Está estable.
Solté el bolígrafo sobre el informe que estaba escribiendo y me puse en pie. Después de tanto tiempo en piloto automático, el cuerpo obedece antes que la cabeza. Ni me molesté en terminar el café. A la vuelta estaría frío, pero no me quedaba más remedio.
—Doctora —dijo, y le brillaban los ojos de pura morfina—, dígame que es usted la que me va a arreglar. Porque si es así, casi ha merecido la pena caerse.
—Casi —contesté, ya con las manos en su pierna izquierda—. A ver qué nos dice la radiografía.
Uno de los compañeros, un armario ropero con barba pelirroja, me miró con cara de disculpa anticipada.
—No le haga caso. Es que se pone muy gracioso cuando algo le duele.
—Y cuando no le duele… —añadió otro.
—Y cuando duerme —remató el de la barba.
El de la camilla levantó un dedo pidiendo turno, muy digno para venir de donde venía.
—Mateo —se presentó—. Durán. Treinta y cuatro. Sano, guapo y, hasta hace media hora, entero.
—Doctora Blasco —dije yo, apretando donde tenía que doler para ver si reaccionaba al dolor—. De guardia y sin tiempo para el resto de su currículum.
Apretó los dientes y el color se le fue de la cara medio segundo. Luego volvió a sonreír, terco.
—Tiene usted unas manos muy poco delicadas para lo bonita que es.
—Tengo unas manos que en dos horas van a decidir si vuelve a andar. Sea simpático conmigo.
—Toda la vida —prometió—. Empezando ahora.
El estudio inicial descartó lesiones graves fuera de las piernas.
Las placas confirmaron lo que ya sospechaba.
Tibia y peroné izquierdos partidos con desplazamiento, para abrir, colocar titanio y unos cuantos tornillos y rezarle a la biología.
En la derecha, una fractura aislada y estable del peroné, sin desplazamiento: bota ortopédica, apoyo según tolerancia y paciencia.
Se lo expliqué de camino al quirófano mientras él flirteaba con la celadora, que tenía sesenta años y cuatro nietos.
La operación salió bien. Muy bien, de hecho.
De esas que le recuerdan a una por qué eligió esto antes de que la vida le pusiera encima el resto.
Coloqué la placa donde tenía que ir, los tornillos entraron firmes y el eje quedó perfecto.
Cerré satisfecha, cosa rara en mí después de tantas horas, y creí, ingenua, que ahí terminaba mi trabajo con el señor Durán.
Lo subieron a la 214 esa misma tarde, y a partir de ese momento el señor Durán pasó a ser, oficialmente, mi condena.
El problema de operar a alguien es que después hay que verlo. Todos los días. En mi servicio la traumatóloga que abre es la que pasa visita hasta el alta, así que cada mañana, quisiera o no, me tocaba entrar en aquella habitación con una sonrisa esperándome antes incluso de que cruzara el umbral.
—Buenos días, mi cirujana favorita.
—Su única cirujana. —Cogí la gráfica de los pies de la cama—. Y no me llame favorita, que su compañero de habitación se pone celoso.
El señor de la 214-B, operado de cadera y con la paciencia de un santo mártir, ya me miraba como si me conociese. Mateo había convencido a media planta de que yo tenía un lado tierno escondido en alguna parte.
—Una pregunta rápida, doctora —dijo Mateo aquella primera mañana, muy serio—. ¿Cómo se llama?
—Doctora Blasco.
—¿Y cuál es su nombre de pila?
—Ese no le interesa. Usted llámeme como pone en la bata: doctora Blasco.
—Yo diría que es usted una Carmen. Tiene cara de Carmen.
—Tengo cara de cuarenta pacientes esperándome. —Le revisé el vendaje, la coloración, los pulsos—. La pierna tiene buen aspecto. Usted, en cambio, tiene aspecto de necesitar menos morfina.
—Cierto, yo solo la necesito a usted cerca.
Lo que curaba al señor Durán, comprobé enseguida, era hacerme perder el tiempo.
El primer día descubrió el timbre de llamada y lo trató como una atracción de feria.
Lo pulsó para preguntarme si la gelatina llevaba azúcar y, dos horas después, para informarme de que creía que su compañero tenía apnea del sueño.
—Durán, este botón es para urgencias.
—Y esto es una urgencia. No sé vivir sin saber lo del azúcar.
—Voy a pedir que se lo pongan más lejos.
—No lo hará, porque le alegro las mañanas. Y lo sabe.
Lo que conseguía todas las mañanas era darme dolor de cabeza, pero eso no se lo dije.
Al día siguiente ya me esperaba con deberes. Había decidido que yo no comía lo suficiente y pensaba arreglarlo desde la cama.
—Doctora, ¿usted come bien?
—¿Perdón?
—Que si come. Comida. Ha entrado a verme cuatro veces hoy y cada vez tiene más cara de hambre.
—Como cuando puedo.
—Eso no es comer, eso es repostar. —Señaló la bandeja de su desayuno intacta—. Le guardo el zumo. No puedo hacer mucho más por usted con las dos piernas rotas, pero un zumo si puedo ofrecerle.
Cogí el zumo para que se callara y me lo bebí en el pasillo, de pie y furiosa conmigo misma por haber accedido.
Para el tercer día, el señor Durán era el alcalde no electo de la tercera planta.
Se había hecho amigo del celador de los desayunos, de las dos enfermeras del turno de tarde, de una señora de la 210 a la que había convencido de jugarse las natillas al dominó y de su propio compañero de cuarto, que no paraba de reírle todas las gracias, como buen traidor.
Aquella tarde salí de otra habitación y me lo encontré en el pasillo, en la silla de ruedas, con las dos piernas por delante como un ariete, empujado a toda velocidad por el celador mientras los dos discutían de fútbol.
—¡Durán!
Frenaron en seco y el celador puso cara de crío pillado.
—Doctora. —Mateo abrió los brazos desde la silla, encantado de verme—. Estaba haciendo rehabilitación preventiva.
—Está usted a doscientos metros de su cama, operado hace tres días y sin autorización para pasear en Fórmula 1 por mi planta.
—Es que su planta se estaba quedando muy sosa. Le doy ambiente.
Lo devolví yo misma a la 214, empujando la silla, mientras él saludaba a sus súbditos con la mano y me señalaba a cada uno con orgullo de feriante, como si fuera el peluche gigante que había ganado en la tómbola.
Me juré que en cuanto le diera el alta iba a celebrarlo con una copa de vino en mi casa, y lejos de los bomberos.
Esa noche hice la última ronda pasadas las once. En la 214 el señor de la cadera roncaba y Mateo estaba despierto en la penumbra, sin público por una vez, mirando el techo.
—¿No duerme, Durán?
—Me duele al dormir. Pero no me quejo, que no quiero asustarla. —Giró la cabeza hacia mí—. Siéntese un momento. Lleva de pie desde las siete.
—Es lo que hago todos los días. No tengo tiempo de sentarme.
—Ya. —Sonrió, pero fue una sonrisa más lenta, sin batería de por medio—. Insistiré hasta que algún día lo consiga.
No le contesté eso. Le revisé la vía, comprobé la pierna, apunté la pauta de la noche y me marché. En el ascensor me sorprendí sonriendo sola, y me borré la sonrisa con el dorso de la mano, molesta conmigo misma.