Epílogo
Nos casamos un año y medio después del incendio, en el patio del edificio reconstruido. Para entonces ya no era un esqueleto ennegrecido, sino nuestra casa otra vez, con una escalera nueva, ascensor por fin y el portal pintado.
Quique ganó la porra de la boda. La había abierto él mismo, así que había cierta trampa, pero nadie se lo discutió.
Fue padrino, lloró más que nadie y dio un discurso que empezó contando cómo su capitán se había mudado al piso de al lado de la mujer que lo había operado y terminó abrazado a Bernal y ya no se le entendía nada.
Me casé de blanco roto y con un ramo que no tiré, porque me lo quedé.
Mi madre lloró desde la primera nota de la música y no paró hasta el postre.
Marina fue mi testigo. Nos cogimos de la mano en el altar improvisado igual que nos las habíamos cogido siempre, y cuando el oficiante dijo mi nombre en voz alta —Elena—, Mateo se giró hacia los invitados con una cara de triunfo absoluto que decía «¿lo veis?
, al final lo conseguí». Todo el parque de bomberos, sentado en bloque en las tres primeras filas, estalló en aplausos por un motivo que solo nosotros entendíamos del todo.
El cactus presidió la mesa principal. Tan muerto como siempre.
Elvira vino, cómo no, y en algún momento del banquete, con una copa de más y treinta años de oficio a la espalda, me pilló a solas.
—Bueno. La doctora Blasco se casa. —Me miró con los ojos brillantes—. La misma que hace tiempo me decía que estaba mejor sola, que no necesitaba a nadie, que el amor era una pérdida de tiempo para gente con poco trabajo. ¿Me equivoco?
—Palabra por palabra.
—Pues mira. —Levantó la copa—. Me alegro un montón de que estuvieras equivocada. Es lo mejor que te ha pasado, equivocarte tanto.
Brindé con ella. Tenía razón. Como casi siempre.
Mi madre, entre plato y plato, le contó a todo el que quiso escucharla que ella lo había visto venir desde el primer día, lo cual es rotundamente falso, pero nadie se lo discutió, porque era su día casi tanto como el mío.
Y Marta, la fisio, apareció al final, se tomó una copa rápida, miró a Mateo bailar sin bastón en mitad de la pista y soltó, con la sequedad que a estas alturas ya me caía bien, que menudo trabajo le había costado esa pierna y que más le valía a él no volver a rompérsela porque no pensaba empezar de cero.
Fue lo más cariñoso que le he oído decir nunca.
Vivimos desde entonces en el tercero del edificio de siempre.
Volvimos en cuanto terminaron las obras.
Podríamos habernos quedado en el bloque nuevo, pero ninguno quiso.
En el primero, donde vivieron Amparo y Tomás, hay una pareja joven con un bebé que llora algunas noches.
Antes el ruido me sacaba de quicio. Ahora ese llanto me parece el sonido de una casa viva, de una familia que sigue adelante.
Mateo continúa haciendo guardias y yo todavía duermo peor cuando le toca noche, pero es lo que hay.
La vida siguió, con la maravillosa normalidad de las cosas cuando por fin salen bien.
Yo sigo en el hospital, operando a todo el que se rompe, aunque ahora salgo de las guardias con ganas de llegar a casa en lugar de con miedo a la casa vacía.
Mateo volvió al parque y cumplió su palabra.
Es el pesado de la seguridad, el que revisa los arneses dos veces, el que da la brasa a los novatos con lo de no confiarse en las alturas, y por lo que me cuenta Bernal, el mejor capitán que ha tenido ese parque en años.
Los pósits no se acabaron con el incendio.
Nos seguimos dejando notas por la casa, en la nevera, en el espejo, dentro de la fiambrera que le preparo para las guardias.
La letra de él sigue siendo horrible, pero es nuestro idioma. No hemos encontrado otro mejor.
Sé que su trabajo no permite promesas absolutas.
Alguna noche tardará demasiado en responder y yo imaginaré lo peor.
Ese es el trato que acepté al querer a un hombre que corre hacia el fuego.
Aun así, prefiero convivir con ese miedo a no haber tenido ninguno de los días que vinieron después de aquel primer pósit; a haberme quedado sola a mi lado del tabique, a salvo y medio muerta.
De Tomás supimos por cartas. Mateo le escribió todos los meses, con la autorización correspondiente, aunque durante casi un año no recibió respuesta.
Decía que no escribía para que Tomás contestara, sino para que supiera que alguien fuera no se había olvidado de él.
Un día llegó una carta corta, con la misma letra temblorosa de la tira de papel.
Después llegaron algunas más. Nunca escribió la palabra perdón, pero contaba cosas: que estaba en un lugar tranquilo, que la medicación le ordenaba un poco el ruido de la cabeza y que había una terapeuta que lo escuchaba sin que tuviera que prender fuego a nada para conseguirlo.
En la última decía que le habían dejado cuidar el huerto de la unidad y que estaba sacando adelante una tomatera.
No sé si eso es un final feliz para Tomás.
Seguramente no. Hay heridas que no cierran del todo y vidas que empiezan a arreglarse demasiado tarde para ser lo que podrían haber sido.
Pero un hombre que había prendido fuego a un edificio para no quedarse solo estaba ahora cuidando una tomatera en un huerto, con gente alrededor.
Y eso, viniendo de donde veníamos, a mí me pareció más que suficiente.
A veces, cuando Mateo está de guardia y la casa se queda en calma, me siento en el escalón de nuestro rellano, que ahora es de mármol nuevo, pero ocupa el mismo sitio, y me acuerdo de todo.
De un bombero cabezota con las dos piernas rotas que se mudó al piso de al lado.
De los pósits. De los golpes en la pared.
Del beso a oscuras. Del incendio. De su cara negra de humo preguntándome a mí si estaba bien.
De todo lo que tuvo que arder para que yo aprendiera a no salir corriendo.
Me acuerdo también de mi padre, sin que me duela ya como antes.
Creo que le habría caído bien Mateo. Creo que le habría gustado saber que su hija, la que se quedó tan seria y tan sola después de todo aquello, encontró al final a alguien que le hacía reír a las tantas de la mañana.
Se lo cuento a veces, cuando voy al cementerio, que ahora ya no voy sola.
Y pienso que hay amores que son un incendio, de golpe, que arrasan todo lo que tocan. Y otros que van a fuego lento, sin que te des cuenta, calentándote despacio hasta que un día levantas la vista y descubres que llevas meses ardiendo y que no quieres apagarte. Y el nuestro fue de los segundos.