CAPÍTULO 7. EL LÍMITE DE LA SUMISIÓN.
La frialdad del aire subterráneo me erizó la piel en cuanto mi vestido rojo cayó al suelo.
Me quedé allí, completamente desnuda bajo la luz mortecina de la mazmorra, sintiéndome desamparada y expuesta ante las miradas de aquellos dos hombre que parecían devorarme.
Evité los ojos de Víctor; no quería ver la indiferencia ejecutiva que había mostrado minutos antes.
El señor Sato dio dos pasos lentos hacia mí.
El eco de sus zapatos sobre el suelo de piedra resonó como una cuenta atrás.
Su rostro, habitualmente inexpresivo, se transformó al mostrar un brillo de deseo oscuro y contenido.
Alargó una mano, con los dedos abiertos, aproximándose con una lentitud tortuosa hacia la línea de mi clavícula.
Cerré los ojos, conteniendo la respiración, esperando un contacto que sabía que me quemaría de asco. Mi mente gritaba la palabra de seguridad, la tenía en la punta de la lengua, a punto de romper el silencio.
Pero no me hizo falta pronunciarla.
—Suficiente —retumbó la voz de Víctor.
No fue una orden empresarial; fue un rugido cargado de una posesión salvaje que hizo eco en las paredes de la estancia. Antes de que los dedos de Sato llegaran a rozar mi piel, Víctor interceptó el brazo del japonés en el aire, agarrándole la muñeca con una fuerza brutal.
El señor Sato se tensó de inmediato, clavando sus ojos negros en los de Víctor. El silencio que se instaló en la mazmorra se volvió cortante como una cuchilla.
—Señor Alday —articuló Sato con un hilo de voz fría, manteniendo las formas a duras penas—, esto no es lo que estipulaba nuestro acuerdo para la firma.
—Me importa un demonio el acuerdo, Sato-san —espetó Víctor. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía a punto de fracturarse, y sus ojos grises centelleaban con una furia peligrosa que nunca antes le había visto—. El contrato de exclusividad de Iris me pertenece a mí. A nadie más. Nadie la toca.
Soltó la muñeca del magnate con un desprecio evidente y, sin apartar la mirada de él, se quitó la chaqueta del traje de un solo movimiento.
Se dio la vuelta hacia mí y me envolvió con ella, cubriendo mi desnudez con la calidez de su propia ropa.
Sus manos temblaban levemente mientras me subía las solapas, un detalle que me atravesó el corazón.
En ese instante comprendí que su fachada de hielo se había desmoronado por completo.
—Víctor... —susurré, con la voz trémula.
—Vístete, princesa. Nos vamos —me ordenó, pero esta vez su tono no buscaba doblegarme a mí, sino protegerme del resto del mundo.
El señor Sato dio un paso atrás, alisándose la manga de la camisa con una sonrisa gélida y contrariada.
—Espero que sea consciente de lo que esto significa, Víctor. Industrias Alday no volverá a hacer negocios en Asia. Mañana mismo daré la orden de rescindir todas nuestras alianzas.
Víctor ni siquiera se dignó a mirarlo mientras yo, con las manos torpes por la adrenalina, me subía a toda prisa el vestido rojo bajo el cobijo de su chaqueta.
—Quédese con sus millones, Sato —sentenció Víctor, agarrándome firmemente de la mano y arrastrándome hacia la salida—. Hay cosas que su dinero puede comprar, pero ella no es una de ellas.
Salimos de la casa del señor Sato cogidos de la mano. Víctor me la apretaba con una fuerza casi dolorosa, como si temiera que me desvaneciera si me soltaba un solo segundo. En cuanto subimos al coche y las puertas se cerraron, aislándonos del mundo, toda su fachada de autocontrol se desmoronó.
—Lo siento... Perdóname, Iris. He sido un estúpido. Creí que... —empezó a decir con la voz entrecortada, girándose hacia mí.
No lo dejé terminar. Me abalancé sobre él y lo abracé con todas mis fuerzas, hundiendo el rostro en su cuello.
En ese instante me sentí, por fin, ligera.
El asco y la tensión de la mazmorra se disiparon, sustituidos por la certeza absoluta de que, a pesar de todo el miedo, había tomado la decisión correcta.
Víctor se tensó por un segundo ante mi abrazo, sorprendido por mi falta de reproches, pero tardó apenas un instante en rodearme con sus brazos pesados.
Me apretó contra su pecho con una desesperación que nunca antes le había conocido, escondiendo el rostro en mi pelo.
Sentí los latidos desbocados de su corazón martilleándome contra las costillas, el pulso salvaje de un hombre que acababa de librar una batalla interna y lo había arriesgado todo.
—Creí que te perdía —susurró contra mi oído, y su voz, siempre tan firme y modulada, tembló de una forma que me encogió el estómago—.
Cuando vi a Sato acercarse a ti... Cuando entendí que estabas dispuesta a soportar semejante humillación solo por obedecerme...
Me dio asco mi propio orgullo, Iris. Me di asco a mi mismo.
Nos separamos un poco, lo justo para que pudiera mirarlo a los ojos. Sus facciones seguían rígidas por la adrenalina, pero la frialdad corporativa se había evaporado por completo. Solo quedaba Víctor. Mi Víctor.
—No vuelvas a dudar de mi sumisión —le dije, acariciándole la línea de la mandíbula con los dedos—. Pero tampoco vuelvas a usarla como un arma para castigarme.
Él cerró los ojos ante mi tacto, exhalando un suspiro largo y pesado. Tomó mi mano, la besó en el dorso y la mantuvo presionada contra su muslo mientras el coche se deslizaba en silencio por las avenidas de Tokio.
—Sé por qué lo hiciste —admitió él, mirando al frente, aunque no soltó mi mano ni un segundo—.
Lo de esta tarde... Fue mi manera estúpida y cobarde de reaccionar a la oferta de Nueva York.
Cuando me dijiste que Global Creative Partners te quería a partir de septiembre, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
El fin de nuestro año de contrato se acerca, Iris, y la idea de que cojas ese avión y me dejes atrás... me aterroriza.
Escucharlo confesar su miedo en voz alta, sin la protección de sus títulos o de sus normas de Dominante, fue el bálsamo definitivo. La ligereza que había sentido al abrazarlo se transformó en una maravillosa seguridad.
—No voy a coger ese avión, Víctor —respondí con suavidad.
El coche frenó ante un semáforo en rojo y él se giró hacia mí con una mezcla de incredulidad y esperanza contenida en los ojos.
—¿Qué?
—Iba a decírtelo en el desayuno, antes de que te cerraras en banda —sonreí de lado, sintiendo cómo se me saltaba una lágrima de puro alivio—.
Rechacé la oferta de Nueva York ayer por la tarde, antes de que saliéramos hacia el aeropuerto.
El contrato con ellos se habría hecho efectivo cuando terminara el nuestro, pero no quiero que nuestro contrato termine, Víctor.
No quiero ser libre en septiembre si eso significa estar lejos de ti.
El trayecto hasta Chiyoda se nos hizo eterno, pero cuando el coche finalmente se detuvo frente a la imponente fachada del hotel The Peninsula, la atmósfera entre nosotros ya había cambiado por completo.
Subimos en el ascensor en un silencio sepulcral, pero esta vez no era el silencio tenso de la oficina de Madrid, sino uno cargado de una urgencia eléctrica y contenida.
Víctor no me soltó la mano ni un solo segundo.
En cuanto cruzamos el umbral de la suite, la puerta se cerró a nuestras espaldas y el mundo exterior desapareció.
Víctor me acorraló suavemente contra la madera de la entrada. Me quitó la chaqueta de su traje, que aún llevaba sobre los hombros, y la dejó caer al suelo sin apartar sus ojos grises de los míos. Estaba respirando agitadamente.
—¿Lo decías en serio? —preguntó, con la voz rota, acunando mi rostro entre sus manos—. ¿Rechazaste Nueva York por mí?
—Lo hice porque te amo, Víctor —confesé, dejando que la verdad fluyera libre por primera vez—. El contrato de un año que firmamos era solo un papel con reglas, pero lo que siento por ti no entiende de plazos ni de fechas de caducidad. No quiero una libertad que me aleje de tu lado.
Un suspiro tembloroso escapó de sus labios y, antes de que pudiera añadir nada más, me besó.
Fue un beso completamente diferente a los anteriores: no había castigo, ni Dominación, ni la fría técnica de un amo exigiendo obediencia.
Era un beso hambriento, desesperado, cargado de una vulnerabilidad tan pura que me hizo estremecer.
Me aferré a sus hombros, respondiendo con la misma intensidad, dejando que el calor de su cuerpo borrara definitivamente el último rastro del asco de la mazmorra.
Nos separamos jadeando, con las frentes unidas. Víctor me miró con una devoción que me encendió el pecho.
—He estado a punto de destruirlo todo por mi maldito orgullo —susurró, acariciándome la mejilla—. He arruinado el mercado asiático, he perdido a Sato... pero me da igual. Si te hubiera perdido a ti, Iris, Industrias Alday no habría tenido ningún sentido.
Sonreí, entrelazando mis dedos en su nuca.
—Entonces, ¿qué hacemos con nuestro contrato en septiembre, señor? —le pregunté con un deje de picardía en la voz, usando el término que tanto nos definía.
Víctor sonrió de lado, con esa seguridad arrolladora que me volvía loca, aunque esta vez sus ojos brillaban con una calidez nueva.
Me tomó en vilo, levantándome con facilidad mientras caminaba con paso firme hacia el gran ventanal de la suite, desde donde las luces de Tokio empezaban a encenderse bajo el crepúsculo.
—En septiembre romperemos ese papel, princesa —dictaminó, depositándome con suavidad sobre la inmensa cama king-size—. A partir de hoy, ya no hay plazos. Ya no eres mi sumisa por contrato; eres mi mujer. Y esta noche, en esta suite, vamos a empezar a escribir nuestras propias reglas.
Me tendí sobre las sábanas blancas, contemplando cómo Víctor se desabrochaba lentamente los botones de la camisa sin dejar de mirarme.
Sabía que el futuro sería un lienzo en blanco, que habría desafíos y que tendríamos que reconstruir muchas cosas, pero mientras me sumergía en la profundidad de su mirada, tuve la certeza absoluta de que el viaje más importante de mi vida acababa de empezar.
FIN