CAPÍTULO 6. TOKIO
—Es... un mensaje de mi madre —mentí, tragando saliva y forzando una sonrisa a medias mientras bloqueaba la pantalla—.
Ha tenido un pequeño percance con una tubería en casa y estaba un poco agobiada, pero ya está solucionado.
Me asusté al ver tantas llamadas perdidas suyas, por eso me he quedado de piedra.
Víctor no se movió. Se quedó apoyado en el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre su pecho desnudo. Esos ojos grises me escanearon con una lentitud que me hizo desear tener la ropa puesta.
—¿Un sábado a las seis de la tarde? —comentó con voz suave, analizando cada uno de mis gestos—. ¿No sabía que los problemas de fontanería de tu madre te provocaran taquicardia, Iris? Estás temblando.
Dio un paso hacia mí, implacable. El pánico de que me quitara el teléfono y viera el membrete de Global Creative Partners me obligó a actuar rápido.
Dejé el móvil boca abajo sobre mi cama, renunciando a él para demostrar que no tenía nada que ocultar, y caminé recta hacia sus brazos.
Me pegué a su torso desnudo, buscando el calor de su piel, y apoyé la cabeza en su pecho en un gesto de sumisión espontáneo.
—Lo siento —murmuré, notando el latido constante de su corazón—. Me ha pillado desprevenida. Mi mente todavía estaba... en la terraza, supongo. El cambio de chip ha sido demasiado brusco.
Sentí cómo el cuerpo de Víctor se tensaba un instante antes de relajarse ligeramente. Apelar a su ego y al sexo reciente era mi mejor escudo. Su mano subió por mi espalda desnuda, enredándose en mi pelo para obligarme a mirarlo.
—No quiero que cambies de chip, gatita —dictaminó, mirándome con una mezcla de posesión y advertencia—. Tu familia puede esperar a mañana. Este fin de semana me perteneces a mí. ¿Ha quedado claro?
—Sí, señor —respondí, sintiendo un alivio inmenso en el pecho al ver que la tensión se disipaba. Había colado.
Los siguientes días transcurrieron en una tensa calma.
Seguía sin atreverme a confesarle a Víctor la propuesta de Global Creative Partners, devorada por la duda de qué camino tomar.
Aquello era la oportunidad de mi vida, una cumbre profesional indiscutible, pero también significaba romper el cordón que me ataba a él para siempre.
¿Qué deseaba mi corazón? Esa era la pregunta que me desvelaba por las noches.
—Te noto distante, princesa. ¿Te ocurre algo? —inquirió una mañana, observándome por encima de su taza de café mientras desayunábamos.
—Es que… hay algo que debo contarte y no sé cómo te lo vas a tomar. —Apreté los puños bajo la mesa; era el momento de dar el salto al vacío—. Me han hecho una oferta formal en Global Creative Partners para ocupar el puesto de directora creativa.
—¡Vaya! Mi enhorabuena, eso es una noticia fantástica —dijo, con un destello de genuino orgullo en los ojos.
—Sí, lo es… pero la sede no está aquí. Tendría que trasladarme a Nueva York.
El orgullo se evaporó de sus facciones en un parpadeo. Su rostro mutó por completo, revistiéndose de una seriedad gélida y cortante.
—Nueva York —repitió Víctor en un susurro. La emoción con la que había recibido la noticia se congeló en sus facciones, sustituida por una seriedad gélida que me encogió el estómago—. ¿Y cuándo se supone que tendrías que incorporarte?
—A primeros de septiembre —respondí, sosteniéndole la mirada a duras penas. El silencio en el comedor se volvió asfixiante—. Justo después de que termine nuestro año de contrato, Víctor. No quebrantaría nuestro acuerdo.
Escuchar la mención del fin de nuestro contrato flotando en el aire del desayuno fue como recibir un golpe físico. Víctor dejó su taza sobre el plato con una lentitud milimétrica. Sus ojos grises, fijos en mí, se volvieron indescifrables.
Ninguno de los dos lo dijo en voz alta. Ninguno se atrevió a verbalizar el abismo que se abría ante nosotros.
La realidad era que faltaban apenas unos meses para que ese papel dejara de tener validez, y la idea de que llegara septiembre y tener que separarnos nos aterraba a los dos por igual.
Pero el orgullo de Víctor era un muro infranqueable, y mi miedo a salir lastimada, también.
—Ya veo —articuló él al fin, reclinándose en la silla. Su tono recuperó esa distancia ejecutiva con la que intentaba protegerse—. Lo tienes todo fríamente calculado, por lo que veo. Vas a aceptar la propuesta y te irás en cuanto nuestro contrato se acabe, ¿verdad?
—No, no sé aún lo que voy ha hacer. —protesté, sintiendo un nudo en la garganta—. Es la oportunidad de mi vida a nivel profesional. Solo quería saber qué opinabas... qué significo yo para ti.
Busqué en su mirada un ruego, una orden, un "quédate conmigo porque te quiero" camuflado de mandato de Dominante. Lo que fuera. Pero Víctor se limitó a levantarse de la mesa, abrochándose la chaqueta del traje con gestos mecánicos.
—Es una oferta excelente, Iris, tienes toda la razón. A nivel corporativo, sería estúpido rechazarla —sentenció, con una frialdad que me desgarró por dentro—. Y como bien has dicho, en septiembre serás una mujer completamente libre. Podrás hacer con tu vida lo que te plazca.
Dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Se detuvo un segundo en el umbral, de espaldas a mí, con los hombros tensos. Por un instante pensé que se giraría y me arrastraría hacia él para decirme que quería que me quedara porque sentía algo por mí, pero no lo hizo.
—Nos vemos en la oficina en una hora —añadió antes de marcharse, dejándome a solas con un desayuno que se había vuelto amargo y un contrato que, de repente, pesaba más que nunca.
Cuando llegué a la oficina una hora más tarde, el ambiente estaba extrañamente enrarecido.
Víctor se mostraba especialmente irascible; lo oí quejarse de todo y discutir con su secretaria con una severidad inusual.
Tratando de no hacer ruido, entré en mi despacho.
Sobre la mesa me esperaba un dossier impecable.
Al abrirlo, el corazón me dio un vuelco: era la ficha de nuestro cliente más importante en Tokio, Takeshi Sato.
Meses después de mis primeras veinticuatro horas de sumisión, había descubierto que el misterioso voyeur que nos había observado aquella noche en la distancia, era él.
Junto al expediente del señor Sato descansaban un billete de avión y un exhaustivo plan de trabajo para una semana.
En ese preciso instante, Víctor llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta.
—Ya lo has visto, por lo que veo —dictaminó, clavando sus ojos en los míos—. Mañana mismo nos vamos a Tokio. Será tu último viaje conmigo; tómatelo como una despedida.
Una despedida. ¿De verdad iba a dejar que me marchara? ¿No iba a pedirme que me quedara con él? Esa palabra “despedida” pesó sobre mí más que la tristeza de saber que no iba a hacer nada, que quizás yo no le importaba tanto como había supuesto.
Llegamos a Tokio a las siete de la mañana del día siguiente, tras un agotador vuelo desde Madrid con escala en Doha. Según me había informado Víctor, nos alojaríamos en una de las suites más lujosas del hotel The Peninsula Tokyo.
Y, efectivamente, así fue. Cuando cruzamos el umbral, me quedé totalmente impresionada.
Era una estancia espectacular; contaba con un gran salón distribuido en dos zonas de estar diferenciadas: una perfecta para relajarse frente al televisor y otra pensada para conversar ante un imponente ventanal que ofrecía una panorámica de toda la ciudad.
Además, disponía de un comedor sumamente espacioso, un dormitorio principal con una cama king-size, un vestidor casi tan grande como la propia habitación y un baño completo equipado con una bañera de ensueño.
Según el plan, aquella mañana no había nada previsto; no sería hasta el mediodía cuando nos encontraríamos con el señor Sato.
Al parecer, y según me había contado Víctor, comeríamos con él en su propia casa.
Me preparé a conciencia para la cita; quería causarle una impresión impecable, ya que nuestro primer encuentro a través de la pantalla de la tableta, durante mis primeras veinticuatro horas con Víctor, no había tenido el carácter adecuado para la posición y el estatus del señor Sato.
—Estás espectacular —admitió Víctor al verme.
Desde que habíamos aterrizado en Tokio, su actitud conmigo había cambiado bastante. Ya no se mostraba tan frío y distante como tras enterarse de la oferta de Global Creative Partners.
—Gracias.
Había elegido un vestido rojo de corte entallado y escote palabra de honor, combinado con unos zapatos de tacón a juego. Cuando llegamos a la residencia del señor Sato, este se deshizo en halagos nada más verme.
—Es un auténtico privilegio tenerla en mi hogar, señorita Iris —insistió el señor Sato, acompañando sus palabras con una elegante inclinación de cabeza—. Las fotografías y las pantallas no hacen justicia a su belleza ni a la luz que proyecta en persona.
Sentí que las mejillas me ardían ligeramente bajo su mirada. La alusión a la pantalla de la tableta fue tan sutil que cualquiera habría pensado que se refería a las videoconferencias de trabajo, pero la fijeza de sus ojos oscuros me indicó que estaba evocando el mismo recuerdo que yo.
—El privilegio es nuestro, Sato-san —intervino Víctor.
Di un paso hacia atrás de manera instintiva cuando noté que Víctor se colocaba a mi lado.
Su mano derecha se posó en la curva de mi cintura, sobre la tela roja del vestido, apretando con una firmeza que rozaba la advertencia.
No era un gesto de afecto común; era una reclamación de propiedad en toda regla ante el hombre que una vez me había consumido con la mirada en la distancia.
El señor Sato sonrió, captando el mensaje al vuelo, y nos invitó a pasar al interior guiándonos a través de un pasillo de madera pulida que desembocaba en un espectacular comedor acristalado, con vistas a un jardín zen privado.
—He hecho preparar un almuerzo tradicional —explicó nuestro anfitrión mientras nos acomodábamos—.
Sé que Industrias Alday está pasando por un momento de gran proyección internacional, Víctor, y que el trabajo de la señorita Iris como directora creativa es impecable.
Sería una verdadera lástima que el mercado occidental nos arrebatara un talento tan puramente magnético.
El aire pareció congelarse en el comedor.
Dejé las manos sobre el regazo, apretando el tejido de mi vestido.
¿Acaso Sato sabía algo de la propuesta de Nueva York?
Miré de reojo a Víctor. Su mandíbula se tensó notablemente, pero mantuvo una sonrisa perfecta, puramente ejecutiva, mientras fijaba sus ojos grises en el cliente.
—En Industrias Alday sabemos retener lo que nos pertenece, Sato-san —respondió Víctor con una voz aterciopelada que me hizo estremecer—. El contrato de Iris es de una exclusividad absoluta.
—Me alegra oírlo —replicó Sato, alzando su copa de sake hacia mí con una lentitud deliberada—. Porque el deseo es una fuerza difícil de controlar cuando se le da demasiada libertad, ¿no es así, Iris?
No supe a qué se refería con esa frase, pero no tardé en saberlo.
Tras la comida, cuando logramos quedarnos a solas, fue Víctor quien me explicó el verdadero propósito de nuestro viaje: había hecho un pacto con el señor Sato.
Tendríamos una sesión en la mazmorra privada del japonés mientras él nos observaba en directo.
—¿Qué? ¿Tú estás loco? —le recriminé a Víctor, dando un paso atrás, con el corazón golpeándome con fuerza el pecho.
—Tuve que prometerle eso y… tu cesión por esta noche con él —añadió Víctor, sosteniéndome la mirada con una frialdad que me heló la sangre—. Era la única manera de asegurar el contrato.
Me quedé de piedra, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. El vestido rojo, los halagos en la mesa, su actitud protectora desde que llegamos a Japón... Nada de eso era porque le importara. Todo había sido una maldita estrategia de venta.
—Me has vendido —susurré, con la voz rota por la indignación—. Una cosa es que me entregue a ti en la intimidad, Víctor, y otra muy distinta es que me utilices como moneda de cambio para tus negocios. Mi sumisión te pertenece a ti, no es una propiedad que puedas alquilar al mejor postor.
Víctor dio un paso hacia mí, acortando la distancia. Su mandíbula se tensó y, por un instante, vi un destello de culpa en sus ojos grises, rápidamente sepultado por su máscara dominante.
—No te he vendido, Iris —dijo, agarrándome firmemente de las muñecas, obligándome a mirarlo—.
Es un acuerdo controlado. Estaré allí en todo momento, vigilando.
Pero necesitas entender que tu contrato conmigo expira en unos meses.
Si vas a marcharte a Nueva York con Global Creative Partners, al menos asegúrate de dejar mi imperio en la cima antes de romper tus cadenas.
Me pareció sucio que jugara con aquello, con mi futuro profesional, e iba a rebatirle cuando apareció el señor Sato.
—¿Qué les parece si nos trasladamos a la mazmorra para hacer efectiva la primera parte del trato? —sugirió el japonés con cortesía implacable.
Un escalofrío me recorrió de arriba abajo; pero esta vez no era por la excitación, sino por el asco profundo que me provocaba ser utilizada como una burda moneda de cambio. Víctor me tomó del brazo y, tirando de mí con firmeza, zanjó la discusión:
—Vamos.
Descendimos por unas escaleras siguiendo al japonés hasta llegar a lo que parecía una bodega subterránea. El señor Sato abrió una puerta pesada tras la que se escondía una mazmorra perfectamente equipada, fría y profesional.
—Quiero que la señorita se desnude ya —ordenó el señor Sato, clavando sus ojos oscuros en mí.
—Ya lo has oído, Iris —secundó Víctor, con una voz desprovista de toda calidez—. Desnúdate.
Sentí que no tenía otra opción, o al menos eso quise creer en ese instante de pánico, así que mis manos temblorosas buscaron la cremallera del vestido rojo y empecé a desnudarme.
El Sr. Sato sonreía, observando mi cuerpo con los ojos encendidos de deseo.