UN AÑO DE SUMISIÓN (RELATOS PERVERSOS nº 4) CAPÍTULO 5. SECRETOS DE PASILLO.
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CAPÍTULO 5. SECRETOS DE PASILLO.

El sudor frío empezaba a perlar mi frente mientras la gota seguía su curso implacable por mi pantorrilla.

Miré de reojo la pantalla de la tableta; los números de los balances del primer trimestre bailaban ante mis ojos, borrosos.

Alejandro continuaba hablando, gesticulando con la suficiencia de quien se cree dueño de la situación, ajeno por completo al drama físico que se desarrollaba a apenas dos metros de él.

La presión de la mano de Víctor en mi muslo, oculta bajo la mesa de juntas, se intensificó. Sentí el calor de su palma como una orden silenciosa: mantén el tipo.

Entonces, con una parsimonia impecable, Víctor extendió la mano derecha para alcanzar su taza de café.

Fue un movimiento apenas perceptible, un calculado error de cálculo.

Su puño rozó el borde del vaso de agua de Alejandro, volcándolo por completo sobre el dossier impreso que este acababa de desplegar.

—Vaya, lo lamento —dijo Víctor. Su voz sonó calmada, corporativa, sin un solo rastro de la agitación que nos había envuelto minutos antes—. Qué torpeza por mi parte.

Alejandro soltó un bufido de frustración, apartando su esmoquin y los papeles mojados para evitar que la mancha se extendiera. El caos momentáneo rompió el foco de atención que estaba clavado sobre mí.

Víctor se giró hacia mí, fingiendo una total normalidad ejecutiva. Su mirada gélida contuvo una chispa de complicidad que solo yo supe descifrar.

—Iris, por favor, ve a mi despacho. Sobre la mesa de café dejé la copia física del contrato de contingencia de primavera. Tráela para que podamos sustituir este informe mientras el personal limpia la mesa.

—Por supuesto, señor Alday —respondí. Mi voz tembló ligeramente, pero logré camuflarlo como la prisa por ser eficiente.

Me levanté con una lentitud calculada, manteniendo las rodillas lo más juntas posible y usando la propia carpeta de cuero de mi tableta para cubrir la parte trasera de mi falda de tubo por si acaso.

Alejandro estaba demasiado ocupado sacudiendo las hojas húmedas como para fijarse en mi extraña rigidez al caminar.

Salí de la sala de juntas con el corazón desbocado.

En cuanto la pesada puerta de roble se cerró a mi espalda, me deslicé por el pasillo a paso rápido, directa al baño privado del despacho de Víctor.

Necesitaba recomponerme, limpiar el rastro de su posesión de mi piel antes de que la realidad nos atrapara a ambos.

Ya en el cuarto de baño, tras haberme limpiado, me quedé fija mirando mi reflejo en el espejo mientras los pensamientos se agolpaban en mi mente.

Aquella mujer era yo; una versión completamente distinta a la de medio año antes, más sumisa en mi relación con Víctor y también...

¿más enamorada? Sí, aunque a veces me costara horrores admitirlo, me estaba enamorando de él.

Me había enamorado de su magnetismo, de su control y de su sutil modo de guiarme en la sumisión.

Con Víctor tenía todo lo que siempre había soñado en secreto.

La verdadera pregunta que me helaba la sangre era: ¿sería capaz de dejarlo cuando el año llegará a su fin? Solo quedaban seis meses.

Cuando llegó la primavera, la pregunta seguía dando vueltas en mi cabeza y sentía que cada día estaba más enamorada de él.

Pero ¿y él? ¿Qué sentía por mí? Generalmente se mostraba tan frío que resultaba imposible adivinar cuáles podrían ser sus verdaderos sentimientos.

Una tarde de sábado, en la que el sol ya empezaba a calentar con fuerza, Víctor propuso comer en la terraza.

Estábamos solos, como cada fin de semana, y yo me encargué de poner la mesa y preparar la comida. Apenas comenzaba a desplegar el mantel cuando Víctor se acercó a mí por la espalda y me ordenó:

—Desnúdate. A partir de ahora irás completamente desnuda.

Su demanda me pilló por sorpresa, haciéndome contener el aliento.

—¿Aquí, ahora? —protesté en un susurro, mirando de reojo hacia el exterior—. Pueden verme los vecinos.

—Me da igual —respondió él, tomándome de la barbilla para obligarme a mirarlo—. Es más, quiero que vean la mujer tan hermosa que tengo.

Ante el peso de su autoridad y la inesperada caricia de su halago, mis defensas se desmoronaron. No tuve más remedio que obedecer y empezar a desvestirme bajo el cielo abierto.

Me quedé completamente desnuda y continué preparando la mesa, colocando los platos y sirviendo la comida bajo el sol. Durante todo el proceso, Víctor no dejó de observarme con esa mirada analítica suya, la misma que usaba cuando estaba planeando qué iba a hacer conmigo. Cuando terminé, le anuncié:

—Ya podemos comer.

—No, aún no. Espera —me frenó.

Víctor entró en la casa y regresó al cabo de un minuto sosteniendo un consolador entre las manos. Era una pieza bastante grande, de silicona firme, con una ventosa en la base que fijó con un golpe seco sobre la silla en la que debía sentarme yo.

—Ahora sí, ya puedes sentarte —ordenó, clavando sus ojos en los míos—. E intenta que eso entre bien dentro de ti.

Un escalofrío me atravesó la espina dorsal. Sentí cómo se me erizaba la piel y cómo la excitación florecía de golpe en mi interior, desbocada, al imaginar lo que estaba a punto de suceder.

Me acerqué a la silla, guié la punta del consolador hacia mi intimidad húmeda y empecé a descender despacio, obligando a aquel miembro de goma a entrar en mí. Cuando Víctor vio que lo acogía por completo, una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.

—Muy bien, estás casi perfecta.

Ese «casi» me advirtió que tenía algo más en mente.

Caminó hacia el tendedero, cogió un par de pinzas para la ropa y regresó a mi lado.

Sin darme margen a reaccionar, las colocó apresando mis pezones.

Un dolor sordo me hizo estremecer; por puro instinto, me elevé ligeramente sobre el consolador, solo para volver a descender y encajarlo de nuevo unos segundos después debido a la punzada.

—Ahora sí, vamos a comer —dijo él, sentándose a la mesa frente a mí.

Comer en esas condiciones fue una tortura exquisita.

Cada movimiento que hacía, cada vez que me inclinaba ligeramente para alcanzar la sal o beber un sorbo de agua, el consolador se movía dentro de mí, recordándome su presencia constante.

Las pinzas en mis pezones tiraban con cada pequeño gesto, enviando descargas de dolor y placer que me hacían contener la respiración.

Víctor, por su parte, comía con total tranquilidad, como si nada estuviera sucediendo.

—¿La comida está a tu gusto? —preguntó, con una sonrisa ligeramente burlona.

—Sí, señor —respondí, esforzándome por mantener la voz firme.

—Me alegra —dijo, cortando un trozo de carne con parsimonia—. Quiero que te concentres en disfrutar de la comida, Iris. Cada bocado, cada movimiento, debe ser un recordatorio de lo que eres para mí.

Tragué saliva, sintiendo cómo sus palabras me calaban más profundamente que el consolador o las pinzas.

Me obligué a comer, a masticar y tragar, aunque mi mente estaba completamente centrada en las sensaciones que recorrían mi cuerpo.

Cada vez que me movía, el consolador rozaba algún punto sensible, y las pinzas parecían apretar aún más con cada latido de mi corazón.

—¿Te duele? —preguntó Víctor, observándome con atención.

—Un poco —admití, en un hilo de voz.

—Bien —dijo, asintiendo con aprobación—. El dolor es una forma de recordarte tu lugar.

El comentario me hizo estremecer, y me mordí el labio para contener un gemido. Víctor siguió comiendo, aparentemente imperturbable, pero yo notaba su mirada fija en mí, evaluándome, midiendo cada una de mis reacciones.

—Quítate las pinzas —dijo de repente, cuando aún me quedaba la mitad del plato.

Alcé la vista, sorprendida por la orden.

—¿Señor? —pregunté, sin entender.

—Quiero ver cómo te las quitas —explicó, con calma—. Hazlo despacio.

Suspiré tratando de tomar fuerzas, pues sabía que me iba a doler, llevé las manos a mis pezones y comencé a soltar una de las pinzas. El dolor al liberarla fue intenso, como una corriente eléctrica que se extendió por todo mi pecho. Gemí sin poder evitarlo, y Víctor sonrió al ver mi reacción.

—La otra —ordenó, y yo obedecí, soltando la segunda pinza con un jadeo.

Mis pezones, ahora liberados, ardían y palpitaban, sensibles al más mínimo roce del aire. Víctor se levantó de su silla y se acercó a mí por detrás, colocando sus manos en mis hombros.

—Muy bien —dijo, acariciando mi piel con las yemas de los dedos—. Ahora quiero que te toques para mí.

—¿Aquí? —pregunté, con un hilo de voz.

—Sí, aquí —respondió, inclinándose para susurrar en mi oído—. Quiero ver cómo te complaces mientras aún tienes eso dentro de ti.

El reto era abrumador. Miré alrededor, a las terrazas de los edificios colindantes, recordando la posibilidad de que los vecinos pudieran verme, y sentí cómo la excitación y el miedo se mezclaban en mi interior. Pero la autoridad en su voz no admitía réplica.

Lentamente, llevé una mano entre mis piernas y comencé a acariciarme, sintiendo cómo el consolador se movía ligeramente con cada gesto. Víctor se sentó de nuevo frente a mí, observándome con una mirada que me desnudaba aún más que mi desnudez física.

—Así está bien —dijo, con un tono que era casi un elogio—. No te detengas.

Cerré los ojos, concentrándome en las sensaciones, en el roce de mis dedos y en el movimiento del consolador dentro de mí. Pero Víctor no me dejó sumergirme por completo en mi placer.

—Ábrelos —ordenó—. Quiero que me mires mientras lo haces.

Abrí los ojos y lo encontré mirándome fijamente, con una expresión que era una mezcla de dominio y satisfacción. Sus ojos no se apartaban de mí, y supe que estaba disfrutando de mi lucha interna, de mi vulnerabilidad expuesta ante él.

—Eres hermosa así, Iris —dijo, con una voz más suave de lo habitual—. Tan entregada, tan mía.

El halago me recorrió como un latigazo, y un calor que no era solo físico me subió por la piel. Aceleré mis movimientos, cada vez más cerca del orgasmo, pero Víctor no me dio tregua.

—No te corras —dijo, con un tono que no admitía discusión—. No hasta que yo te lo permita.

La orden me cortó la respiración en seco. Luché por contener las oleadas de placer que amenazaban con desbordarme, aferrándome a su mirada, a la calma con la que me sostenía.

—Por favor —supliqué, en un susurro.

—Todavía no —respondió, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Quiero que aguantes un poco más. Ahora come, nos falta el postre.

El almuerzo llegó a su fin conmigo al límite de la resistencia, ansiosa por culminar lo que habíamos comenzado. La goma seguía fija dentro de mí; a cada respiración, su roce me arrancaba pequeños gemidos.

—Ven, vamos dentro. —Víctor me tendió la mano y me ayudó a ponerme en pie.

Un vuelco en el estómago y un profundo estremecimiento me sacudieron al sentir el consolador deslizarse hacia fuera de mi cuerpo.

Sin darme tiempo a recuperarme, me llevó al salón y me dispuso en cuatro sobre el sofá.

Al situarse a mi espalda, descubrí que ya se había liberado de sus pantalones.

Iba a poseerme, no había margen para la duda.

Sentí el calor abrasador de su glande rozando mis labios y cómo empujaba con deliciosa parsimonia contra mi intimidad. Víctor se inclinó sobre mi espalda, abrazándome mientras musitaba contra mi oído:

—Eres mía.

Y justo mientras lo decía, empujó con fuerza y se hundió por completo en mí. Con un ritmo implacable, embestida tras embestida, repitió con la voz ronca:

—Mía, mía, mía.

Parecía como si con cada golpe quisiera reafirmarse, convencerse a sí mismo e incluso a mí de que, contrato o no, yo le pertenecía por entero.

Nos quedamos dormidos en el sofá, agotados tras la sesión que había empezado en la terraza.

Cuando desperté, Víctor seguía sumido en un sueño profundo, abrazándome por la cintura.

Con sumo cuidado para no despertarlo, me deshice de su abrazo y me levanté; mi cuerpo reclamaba una ducha urgente.

Al mirar el reloj de la pared, vi que eran casi las seis de la tarde.

Fui al baño y, al salir, sintiéndome la piel fresca pero la mente extrañamente inquieta, cogí mi móvil del bolso que había dejado en mi habitación.

Al encender la pantalla, vi que tenía varias notificaciones de correo electrónico.

Una de ellas destacaba sobre las demás: provenía de Global Creative Partners, una de las agencias de consultoría estratégica y desarrollo de marcas de lujo más influyentes del mundo

Con el corazón latiéndome deprisa en el pecho, deslicé el dedo para abrir el mensaje. Mis ojos devoraron las líneas escritas con una formalidad impecable.

«Estimada Sra. Iris... Tras analizar su impecable trayectoria en el sector y los extraordinarios resultados de sus últimas campañas de posicionamiento, la junta directiva de Global Creative Partners desea extenderle una propuesta formal para incorporarse a nuestra sede de Nueva York como Directora Creativa Global... »

Me tapé la boca con una mano, conteniendo el aliento.

Un puesto global. Presupuestos millonarios.

El olimpo de mi profesión al alcance de la mano.

La oferta económica que adjuntaban en un documento PDF cifrado era tan astronómica que me mareó, pero lo que de verdad me hizo temblar las piernas fue la implicación de la fecha de incorporación: querían que asumiera el cargo a primeros de septiembre.

Justo un mes después de que expirara mi contrato con Víctor.

Un crujido en el parqué me hizo dar un respingo de culpabilidad. Bloqueé la pantalla del móvil de inmediato y me di la vuelta con el corazón desbocado, pegando el teléfono contra mi muslo.

Víctor estaba junto a la puerta del baño, con el pelo ligeramente revuelto por el sueño y los pantalones del traje puestos, pero desabrochados en la cintura.

Su torso desnudo aún conservaba algunas marcas rojas de nuestro encuentro.

Me miró con esos ojos grises e inteligentes que parecían capaces de leer a través de la piel, y arqueó una ceja al notar mi rigidez.

—¿Qué haces ahí de pie a oscuras, Iris? —preguntó, con la voz todavía ronca por la siesta.