CAPÍTULO 4 LA REUNIÓN
Los flashes de las cámaras parecieron congelarse en el aire, esperando una respuesta que amenazaba con destruir mi fachada.
La mano extendida de Alejandro de la Torre seguía suspendida entre nosotros, como un guante arrojado en un desafío directo.
Sentí que el plug de acero cedía un milímetro en mi interior debido al sudor frío que me recorría los muslos, y tuve que apretar los dientes para no flaquear sobre mis tacones de aguja.
Fue entonces cuando Víctor intervino.
No hubo prisa en sus movimientos, ni rastro de la violenta posesividad que había demostrado minutos antes en la terraza.
Recuperando su máscara de imperturbable presidente de Industrias Alday, Víctor esbozó una sonrisa gélida y perfecta para los fotógrafos.
Sin embargo, antes de responder, deslizó su mano madura y firme por mi espalda baja, aferrando mi cintura con una fuerza invisible para el resto del mundo.
El empuje de su palma aplastó la seda roja de mi vestido contra la base del rubí, hundiéndolo de golpe en mi profundidad.
Un jadeo mudo murió en mi garganta y mis ojos se dilataron ante la brutal sacudida de placer..
—Agradezco el gesto, Alejandro —dictaminó Víctor, con una voz aterciopelada y firme que resonó con autoridad en todo el vestíbulo—, pero temo que el tiempo de mi directora creativa es un lujo que tu club no se puede permitir mañana.
Iris tiene una sesión privada con el consejo a primera hora y la noche ya ha sido lo bastante larga.
Alejandro entornó los ojos, asimilando el golpe corporativo delante de la prensa. Intentó mantener la sonrisa, pero la tensión en su postura delató su derrota.
—En cuanto al baile... —continuó Víctor, pegando mi cuerpo al suyo de tal forma que pude sentir el calor residual de nuestro encuentro clandestino a través del esmoquin—. Reservó sus mejores movimientos exclusivamente para las grandes decisiones de mi empresa. Con permiso, caballeros.
Sin darle tiempo a replicar, Víctor me guió con paso firme hacia las grandes puertas acristaladas del Palacio de Santa Bárbara.
Caminé como en un trance, obligando a mis piernas heridas de deseo a seguir su ritmo ejecutivo mientras los periodistas se apartaban a nuestro paso.
Solo cuando el aire fresco de la noche madrileña nos golpeó la cara y la silueta del Mercedes-Maybach apareció al final de la escalinata, me atreví a soltar el aire que retenía en los pulmones.
Llegamos al ático unos minutos más tarde.
Yo seguía con los nervios a flor de piel, atrapada en un torbellino emocional que no sabía cómo apaciguar.
Víctor me guió en silencio hasta la habitación.
Con una delicadeza que me desarmó, me desvistió pieza a pieza, me retiró el plug con sumo cuidado y me acomodó entre las sábanas antes de susurrarme las buenas noches.
Tras aquel episodio, los días se deslizaron con rapidez y la rutina terminó por instalarse entre nosotros.
Febrero llegó casi sin darnos cuenta; había pasado ya medio año desde el día en que firmé el contrato, lo que significaba que solo nos quedaba la otra mitad.
Ninguno de los dos había vuelto a mencionar el documento, ni mucho menos lo que sucedería cuando el plazo llegará a su fin, como si nombrarlo pudiera romper el frágil equilibrio en el que vivíamos.
A finales de febrero, con los proyectos de primavera ya bastante avanzados, Víctor parecía más inquieto de lo habitual.
Una mañana, tras encadenar varias reuniones, cerró la puerta de su despacho con llave y se giró hacia mí.
Sus ojos grises tenían un brillo que yo conocía muy bien; estaba maquinando algo, y no tardó en llegar la primera de sus órdenes:
—Arrodíllate.
Obedecí de inmediato, abandonando mi silla para posar las rodillas sobre la crujiente moqueta del despacho. Víctor caminó hacia el sofá que tenía junto a la entrada, en la zona donde solía recibir a los clientes para hablar de negocios, y se sentó de forma imponente.
—Ven aquí, gatita —me ordenó.
Avanzando a gatas, me desplacé hacia él, emulando el movimiento de un felino en celo, dándole exactamente lo que buscaba. Mientras tanto, él comenzó a desabrocharse el pantalón con una calma y una lentitud exasperantes. Cuando me detuve frente a sus piernas, me pidió:
—Quítame los zapatos.
Desatendí cualquier atisbo de orgullo, desabroché los cordones con dedos ágiles, aflojé el cuero y le retiré los zapatos uno a uno, quitándole también los calcetines.
—Muy bien, gatita, ahora sácala —dijo.
Obedecí de inmediato, liberando su miembro erecto diestramente. Víctor se reclinó aún más en el sofá, observándome con una expresión que mezclaba satisfacción y exigencia.
—Chúpala —ordenó, y su voz sonó como un mandato inapelable.
Acerqué mi boca y empecé a lamer el glande, luego el tronco, pasando la lengua suavemente arriba y abajo.
Víctor soltó un suspiro apenas audible, pero no cerró los ojos; me miraba fijamente, como si quisiera asegurarse de que yo era consciente de cada movimiento, de cada gesto.
Aumenté la intensidad, tomándolo más profundamente, y él apoyó una mano en mi cabeza, guiando mis movimientos con firmeza.
—Así —dijo, con un gruñido bajo—. No pares.
Mi mandíbula comenzaba a doler, pero no me atrevía a disminuir el ritmo. Víctor guiaba mi cabeza con más fuerza, empujándome hasta el fondo, y yo luchaba por no atragantarme mientras su respiración se hacía más pesada.
—Basta —dijo de repente, apartándome con un gesto brusco.
Me quedé quieta, jadeando, mientras él se levantaba del sillón y me rodeaba con sus manos firmes. Me empujó contra el escritorio, apartando con un movimiento brusco los papeles y el portátil que había encima.
—Inclínate —ordenó, y yo me apoyé en el escritorio, sintiendo el frío de la madera contra mi vientre.
Víctor levantó mi falda con un movimiento decidido, acarició mi nalga desnuda con suavidad. Sentí el aire frío contra mi piel expuesta y supe lo que venía a continuación.
—Abre las piernas —dijo, y yo obedecí, separándolas lo suficiente para darle el acceso que deseaba.
Sus dedos rozaron mi sexo, comprobando mi humedad, y un gemido se escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo.
—Estás mojada —observó, con un tono que no era de sorpresa, sino de satisfacción— Me gusta saber que tu Amo te pone como una perra en celo.
Sentí la punta de su miembro presionando en mi entrada, y un escalofrío me recorrió al saber que no habría más preámbulos.
Víctor me penetró con un movimiento brusco y decidido, y un gemido ahogado se escapó de mi garganta. Sus manos se aferraron a mis caderas con fuerza, marcándome con sus dedos, y comenzó a moverse con un ritmo lento pero firme, como si quisiera prolongar mi agonía.
—Mírate —dijo, y yo levanté la vista para ver nuestro reflejo en el ventanal del despacho.
Allí estaba yo, inclinada sobre su escritorio, con la falda levantada y él moviéndose detrás de mí, su rostro impasible mientras me observaba en el reflejo. La humillación y la excitación se mezclaban en mi interior, y supe que estaba perdida.
—Te gusta esto, ¿verdad? —preguntó, y su voz sonó más cercana a mi oído—. Te gusta ser usada así, en mi despacho, sabiendo que podríamos ser interrumpidos en cualquier momento.
No respondí, pero él no lo necesitaba. Sus embestidas se hicieron más fuertes, y yo me aferraba al borde del escritorio para no caer. Cada movimiento suyo me empujaba más cerca del borde, y sabía que no tardaría en llegar al orgasmo si continuaba así.
—Pídemelo —dijo, y su tono era frío y controlado, a pesar del esfuerzo físico.
—Por favor —susurré, con la voz rota.
—¿Por favor, qué? —preguntó, deteniendo sus movimientos de repente.
—Por favor, déjame correrme —supliqué, sabiendo que era lo que él quería oír.
Víctor soltó una risa baja y volvió a moverse, esta vez con más brusquedad. Sus embestidas se volvieron más rápidas, más intensas, y yo sentí cómo la tensión se acumulaba en mi cuerpo, a punto de estallar.
—Córrete para mí —ordenó, y su voz sonó como un látigo.
No pude contenerlo más. El orgasmo me golpeó con una fuerza que me hizo arquear la espalda y gemir sin control, mientras Víctor continuaba moviéndose dentro de mí, prolongando mi placer hasta que él mismo llegó al límite.
Sentí cómo se corría dentro de mí, con un gruñido bajo que sonó más como una afirmación de dominio que como un gemido de placer. Se quedó quieto un momento, aún dentro de mí, mientras yo luchaba por recuperar el aliento.
Pero Víctor no había terminado. Se apartó de mí con un movimiento brusco y me observó, con su semen goteando entre mis piernas y mi respiración aún agitada.
—No te limpies —dijo, con voz firme—. Ahora ve a la sala de juntas. Tenemos una reunión con el cliente en diez minutos. Quiero que lo atiendas así, tal y como estás.
La humillación me golpeó como un puño en el estómago, pero también sentí una extraña excitación al saber que llevaría su marca visible durante la reunión. Asentí en silencio y me arreglé la ropa lo mejor que pude, sabiendo que no podría ocultar del todo lo que acababa de ocurrir.
Sentía el rastro cálido del semen de Víctor deslizándose lentamente por mi entrepierna mientras caminaba hacia la sala de juntas, obligándome a mantener un paso rígido y medido para no delatarme.
Sin embargo, al abrir la gran puerta, el aire se me congeló en los pulmones: allí estaba él, Alejandro de la Torre.
—¡Vaya, señorita Valero, qué agradable sorpresa! —exclamó, recorriéndome con esa mirada descarada que ya conocía.
La verdadera sorpresa me la llevé yo, sobre todo cuando el impacto de verlo allí me hizo tensar los músculos, provocando que el fluido descendiera un centímetro más por mi muslo. Luché por mantener la compostura a pesar del caos que llevaba por dentro.
—Buenas tardes, Alejandro —lo saludó Víctor, entrando justo detrás de mí con una calma gélida que llenó la estancia al instante.
—Buenas tardes, Víctor.
—No te esperábamos hoy, Alejandro —añadió Víctor con una voz desprovista de cualquier emoción, mientras me indicaba, con un sutil gesto de la mano, que tomara mi asiento habitual a la cabecera de la mesa, justo a su derecha.
Caminar esos tres pasos fue una tortura china. A cada movimiento de mis piernas, sentía el fluido cálido y denso abrirse camino hacia mi rodilla bajo la tela de la falda de tubo. Me senté con una rigidez extrema, juntando las piernas por completo y apretando los muslos.
—He venido a traer los informes de auditoría en persona —respondió Alejandro, entrelazando los dedos sobre la mesa de caoba—.
Me gusta asegurarme de que las cosas se hacen bien.
Aunque veo que vosotros también habéis tenido una mañana...
productiva. Señorita Valero, la noto un poco pálida.
¿El ritmo de Industrias Alday está resultando demasiado exigente?
Sus ojos se clavaron en mi rostro, analizándome con una agudeza que me hizo tragar saliva.
El corazón me latía con tanta fuerza en el pecho que temí que el sonido me delatara.
En ese preciso instante, una gota helada resbaló por la parte interna de mi rodilla.
Estaba bajando por mi pantorrilla. Si seguía descendiendo, acabaría manchando el suelo de la sala. El pánico me oprimió la garganta.
—La señorita Valero rinde siempre al máximo nivel, Alejandro. No tienes de qué preocuparte —intervino Víctor.
Extendió el brazo sobre la mesa para coger los papeles que Alejandro ofrecía, pero al hacerlo, su mano izquierda bajó discretamente por debajo del borde de la mesa de juntas.
Su palma firme se posó sobre mi muslo tenso, apretándolo con fuerza.
Fue una orden muda, un anclaje físico que me exigía un control absoluto.
—Por supuesto —sonrió Alejandro, arqueando una ceja ante el silencio que se había instalado en la sala—. Empecemos entonces con los balances del primer trimestre.
Desplegó los gráficos sobre la mesa. Yo tenía que tomar notas en mi tableta, pero mis dedos temblaban tanto que apenas lograba sostener el lápiz digital, concentrada únicamente en contener los músculos de mis piernas bajo el peso de la mirada de Alejandro y la presión asfixiante de la mano de Víctor.