UN AÑO DE SUMISIÓN (RELATOS PERVERSOS nº 4) CAPÍTULO 3. LA VIDA DOBLE #2
44%

CAPÍTULO 3. LA VIDA DOBLE #2

El salón principal del palacio era un despliegue de opulencia: lámparas de cristal de bohemia, música clásica de fondo y el murmullo de la élite empresarial del país.

En cuanto cruzamos el umbral, sentí cómo varias miradas se clavaban en nosotros.

El contraste de mi vestido rojo entre la marea de esmóquines negros era evidente, pero lo que realmente me hacía caminar con una rigidez felina y sofisticada era el secreto de acero que albergaba mi cuerpo.

Cada paso sobre el mármol pulido era un desafío a mi autocontrol.

No tardamos en ser abordados por un grupo de inversores.

Entre ellos estaba Alejandro de la Torre, un joven y agresivo competidor de Víctor, conocido tanto por su fortuna como por su fama de seductor.

Su mirada recorrió mi silueta con un descaro absoluto, deteniéndose en el escote y en la pronunciada abertura de mi falda.

—Víctor, qué magnífico despliegue —saludó Alejandro, aunque sus ojos seguían fijos en mí—. Pero admito que lo mejor de tu firma esta noche no son tus balances de resultados, sino tu directora creativa. Señorita Valero, está usted absolutamente deslumbrante.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Sentí cómo el plug se acomodaba en mi interior ante la tensión del momento. Miré de reojo a Víctor; su rostro seguía siendo una máscara perfecta, pero la presión de sus dedos sobre mi brazo se intensificó notablemente.

En ese instante, un camarero se acercó con una bandeja de plata. Víctor tomó una copa de champán y, rompiendo el hilo de la conversación, me la tendió. Sus ojos grises se clavaron en los míos, reclamando mi atención absoluta. Era el momento de poner en práctica las reglas que me había dado.

Sostuve su mirada, muda y sumisa, transmitiéndole con los ojos, el fuego que me quemaba por dentro, antes de dar un sorbo lento al espumoso.

—Gracias, señor —susurré, lo suficientemente bajo para que solo él lo entendiera, aunque Alejandro arqueó una ceja, intrigado por la intensa electricidad que flotaba entre nosotros.

—Dígame, Iris —insistió Alejandro, dando un paso hacia mí y acortando la distancia de forma excesiva—, ¿qué hace una mente tan brillante como la suya atada a Industrias Alday? Un talento como el suyo merece total libertad... y un socio que sepa apreciarla en todas sus facetas.

Mientras hablaba, de la Torre deslizó su mano hacia mi espalda, rozando la tela roja con una familiaridad intolerable.

El ambiente se congeló. Antes de que la mano de Alejandro llegara a apoyarse en mi cintura, Víctor dio un paso al frente, interponiéndose físicamente entre los dos.

La frialdad de su habitual cortesía corporativa se había evaporado, sustituida por una mirada tan seria y cargada de una posesividad tan violenta que a Alejandro se le borró la sonrisa del rostro.

Víctor estaba furioso, y esta vez no era por los negocios.

Temí que fuera a golpear a Alejandro, pero, en lugar de eso, me tomó de la mano con firmeza y tiró de mí, alejándonos de la multitud y dirigiéndonos hacia la terraza del salón principal.

—Víctor, él solo quería ser amable —traté de disculparlo, intentando calmar su furia.

—¿Amable? Te estaba devorando con los ojos; lo único que quiere ese imbécil es follarte. Pero eres mía.

Salimos a la terraza, y pude sentir el aire fresco de la noche sobre mi piel.

Nos detuvimos al llegar a la balaustrada de piedra que daba al jardín. Víctor se pegó a mí por la espalda, anulando cualquier distancia. Sus manos acariciaron mis hombros desnudos y descendieron por mis brazos hasta aferrar mi cintura.

—¿Estás excitada? ¿Te ha encendido llevar mi juguete ahí dentro? —me susurró al oído. Su respiración era caliente y acelerada; él también estaba excitado, tanto que podía sentir su miembro rígido y erecto presionando contra mi retaguardia a través de la tela de su pantalón.

—Sí, mucho —jadeé, inclinando la cabeza hacia atrás.

Sin esperar más, su mano subió por la seda del vestido, deslizándose entre mis muslos para comprobar mi humedad. El sutil sonido de su cremallera al bajarse me congeló la sangre.

—Víctor, por favor... Pueden vernos aquí. Si alguien sale a la terraza...

—Me da igual. Eres mía y quiero que lo sepan, que lo vean si hace falta.

Deslizó su miembro hasta mi hendidura empapada y, con un empuje firme y pausado, me penetró. La doble presión hizo que el plug se moviera de nuevo en mi interior, arrancándome un gemido ahogado que delató mi absoluto deseo.

Víctor inició entonces un viaje imparable.

Comenzó a embestir con una fuerza y una rapidez que me dejaron sin aliento, hundiéndose en mí una y otra vez sin contemplaciones.

La fricción de su cuerpo contra el mío, sumada al movimiento del acero del plug, creó una combinación abrumadora; me sentía completamente invadida, llena y expuesta al límite bajo el cielo estrellado de Madrid.

Mis dedos se aferraron al frío mármol de la balaustrada para no caer, mientras el eco de la fiesta flotaba a pocos metros de nosotros.

El orgasmo no tardó en llegar; se apoderó de mis músculos en una oleada abrasadora que me hizo explotar en un éxtasis demoledor.

Gemí excitada, incapaz de contener el espasmo.

Ajeno al peligro, él continuó empujando con fuerza unas cuantas veces más hasta que un gruñido ronco escapó de su garganta, derramándose dentro de mí al alcanzar su propio clímax.

Después, se dejó caer sobre mi cuerpo exhausto y me abrazó con una urgencia casi dolorosa, mientras susurraba en mi oído como un mantra:

—Eres mía. Solo mía.

Tardamos unos minutos en recuperar el aliento bajo la brisa fresca de la noche.

El eco de la música clásica seguía llegando desde el interior, recordándonos el peligro del que acabábamos de escapar.

Víctor se apartó despacio, recolocándose la ropa con esa parsimonia impecable que lo caracterizaba; en cuestión de segundos, volvía a ser el frío e inalcanzable presidente de Industrias Alday, como si sus manos no hubieran estado grabadas en mi piel unos segundos antes.

Me giré hacia él y vi como me evaluaba con la mirada.

Bajó la seda roja de mi vestido y, con dedos firmes pero sorprendentemente delicados, se aseguró de que todo estuviera en su lugar.

Mis muslos aún temblaban, y el plug anal —que ahora se sentía más pesado y caliente en mi profundidad— me obligó a contraer los músculos para no perder la compostura.

—Arréglate el cabello, Iris —ordenó, con una voz que recuperaba su habitual tono ejecutivo—. Y mírame.

Alcé la vista, encontrándome con sus ojos grises. Ya no quedaba rastro de la furia de los celos, solo una fría advertencia.

—Vamos a volver a entrar. Vas a caminar erguida, vas a sostenerle la mirada a Alejandro de la Torre si te cruzas con él, y vas a sonreír. Que nadie note que llevas mi marca dentro.

—Sí, señor —susurré.

Saqué del bolso el carmín rojo y repasé mis labios frente al reflejo del cristal de la gran puerta. Con el corazón latiéndome con fuerza en la garganta y una electricidad residual recorriéndome las piernas, me colgué de su brazo.

Cuando cruzamos el umbral de regreso al salón, las luces deslumbrantes y el murmullo de la multitud nos recibieron de golpe.

A lo lejos, divisé la silueta de Alejandro de la Torre, que nos observó regresar con una mezcla de curiosidad y despecho.

Víctor ni siquiera se dignó a mirarlo; se limitó a avanzar entre los invitados con paso firme, obligándome a seguir su ritmo, obligándome a recordar con cada pisada de mis tacones que, bajo toda aquella sofisticación, yo seguía completamente sometida a él.

Justo cuando nos dirigíamos hacia la salida, ansiosa por escapar de las luces y el escrutinio, Alejandro de la Torre nos cortó el paso en el vestíbulo principal. No estaba solo; se encontraba rodeado por un pequeño grupo de empresarios y varios periodistas que aún cubrían el evento.

—Víctor, espera —dijo Alejandro en voz alta, alzando su copa y asegurándose de captar la atención de los presentes—.

No os podéis ir todavía. Mañana organizo un almuerzo privado en mi club para celebrar el éxito de la fundación, y doy por hecho que la señorita Valero asistirá como mi invitada de honor. De hecho…

Alejandro dio un paso hacia mí, desafiando abiertamente la mirada asesina de Víctor, y me ofreció su mano con una sonrisa cargada de arrogancia.

—... me otorgaría un gran favor si me concediera el último baile de la gala aquí mismo, antes de que os vayáis. Para limar asperezas y hablar del futuro.

Varios fotógrafos giraron los focos hacia nosotros, deslumbrándonos con sus flashes, esperando mi reacción ante el despliegue de caballerosidad de De la Torre.

El pánico me congeló la sangre. Bailar un vals con Alejandro frente a la prensa, sintiendo cómo el acero del plug rozaba mis paredes internas con cada giro y cada paso, era una misión suicida.

Un solo movimiento en falso, un jadeo fuera de lugar o un tropiezo por la intensa estimulación y todo nuestro secreto saltaría por los aires en las portadas del día siguiente.

Miré a Víctor, muda de terror, suplicándole con los ojos que me salvara.

Su mandíbula estaba tan apretada que una línea rígida cruzaba su rostro y sus dedos se clavaron con una fuerza invisible en mi antebrazo.

Los flashes continuaron centelleando a nuestro alrededor, devorando nuestro silencio mientras toda la alta sociedad esperaba su respuesta.