CAPÍTULO 3. LA VIDA DOBLE
La alarma sonó, como cada mañana, a las siete en punto.
Víctor la apagó casi al instante; jamás la dejaba sonar más de lo necesario.
Me levanté y me dirigí al baño. Mientras comenzaba a ducharme, él se afeitaba frente al espejo, para luego deslizarse bajo el agua conmigo.
Vertía el jabón sobre la esponja y la deslizaba con lentitud por todo mi cuerpo, deteniéndose con deliberada insistencia en mis pechos y en mi sexo, logrando que me excitara en cuestión de segundos.
Sin embargo, justo cuando el deseo empezaba a desbordarme, Víctor salía de la ducha dejándome con ganas de más.
Me obligaba a continuar sola, a enjuagarme, lavarme el pelo y salir del agua con el cuerpo encendido y la mente fija en él.
Tras la ducha, me peiné y me vestí. Para entonces, Víctor ya se encontraba en la cocina, donde Adela le había servido el desayuno.
—Buenos días, señorita Valero. ¿Qué desea tomar hoy? —me preguntó Adela con su característica amabilidad.
—Unas tostadas, Adela, muchas gracias.
La mujer sonrió y, mientras yo me acomodaba a la mesa, Víctor levantó la vista de su periódico y me dijo:
—Esta noche tenemos la cena de gala a beneficio de la investigación contra el cáncer. Debes ponerte el vestido rojo que compramos el otro día.
—Sí, señor —respondí en un susurro, aceptando su mandato. Tras repasar mentalmente la agenda del día, salimos juntos hacia la oficina.
Tras llegar a la oficina, el día transcurrió en una vorágine de reuniones, llamadas y correos que demandaban mi atención constantemente.
Víctor se movía con su habitual precisión, delegando tareas y cerrando acuerdos con una frialdad que imponía respeto; mientras tanto, yo me esforzaba por mantener el ritmo, dolorosamente consciente de que cualquier error por mi parte sería juzgado con dureza.
A media tarde, Víctor se acercó a mi despacho, yo estaba de pie junto a la ventana, pensando en como abordar el informe de riesgos de uno de nuestros clientes; Victor sin mediar palabra, dejó una pequeña caja de terciopelo sobre mi escritorio.
—¿Un regalo? —le pregunté, alzando la vista hacía él sorprendida.
—No. Es algo que debes llevar esta noche —sentenció con voz plana, mientras cerraba la puerta tras él.
Abrí la caja con expectación. En el interior descansaba un impecable plug anal de acero inoxidable, rematado en la base por un precioso rubí de un rojo intenso y magnético.
El corazón se me aceleró con violencia al comprender su propósito; jamás había usado nada parecido y el frío del metal me intimidó.
—Dóblate sobre la mesa —ordenó Víctor, dando un paso hacia mí—. Será mejor que te lo ponga ya.
Apoyé las palmas sobre la madera fría del escritorio y me incliné, entregándole el control. Primero me subió la falda, y entonces escuché el sutil chasquido del bote de lubricante, un segundo después, sentí el tacto helado del acero rozando mi intimidad. Un escalofrío me erizó la piel.
—Respira, Iris —ordenó Víctor cerca de mi oído, con una calma que me aceleró el pulso—. Relájate o te dolerá.
La punta cónica comenzó a presionar con lentitud.
La sensación de invasión fue tan inmediata y desconocida que un jadeo ahogado escapó de mis labios; mis músculos se tensaron por puro instinto de defensa.
Víctor se detuvo un instante, manteniendo la presión exacta, dándole tiempo a mi cuerpo para ceder ante el metal.
Con una paciencia implacable, empujó un poco más, abriéndose paso centímetro a centímetro hasta que la parte más ancha del plug dilató mi entrada.
Apreté los dientes, aferrándome al borde de la mesa mientras sentía cómo el juguete terminaba de encajar en mi profundidad.
Un gemido de alivio y sumisión vibró en mi garganta cuando la base del plug topó contra mi piel, dejándome completamente llena, sellada por el peso del rubí.
Víctor me bajó la falda y me incorporé despacio. La sensación de plenitud era extraña, casi invasiva, pero terriblemente excitante. Di unos pasos titubeantes por el despacho bajo su atenta mirada, aprendiendo a caminar con aquel peso en mi interior.
—Nos vamos en media hora —dictaminó él, recorriendo mi silueta con su mirada gris —. Tienes que prepararte para la gala. Quiero que todos admiren a la mujer que tengo a mi lado.
Sonreí, preguntándome hasta qué punto ese «la mujer que tengo» encerraba un significado real para él, o qué clase de posesión implicaba.
En cuanto Víctor salió, me quedé sola frente al gran ventanal. Observé el vaivén de la calle, contemplando a los peatones que caminaban ajenos por completo al secreto que yo guardaba en mi cuerpo.
Media hora más tarde, ya en el asiento trasero del coche, emprendimos el regreso a casa.
El trayecto se convirtió en una mezcla de sutil incomodidad y deseo; el metal se enfriaba y se calentaba con mis movimientos, manteniéndome constantemente excitada.
Sin embargo, Víctor se mostró extrañamente tierno.
Se acercó a mí y comenzó a besarme con una urgencia devoradora, como si el mundo fuera a terminarse esa misma noche.
Al llegar al ático, la urgencia de los besos en el coche se transformó en una expectación silenciosa.
Víctor me soltó con una última mirada de advertencia y se retiró a su vestidor.
Yo me dirigí al mío, caminando con cautela; cada paso que daba hacía que el acero se moviera en mi interior, provocándome un eco de excitación que amenazaba con derretir mi compostura.
Me senté frente al tocador para maquillarme. Mis mejillas ya tenían un rubor natural, encendidas por el secreto que guardaba bajo la piel. Con manos meticulosas, me recogí el cabello en un moño alto y pulido, dejando mi nuca y mis hombros completamente expuestos.
El vestido rojo me esperaba colgado en la puerta: una pieza de seda salvaje que se ceñía al cuerpo como una segunda piel, con un escote palabra de honor y una caída impecable.
Deslicé la tela hacia arriba. Al no llevar ropa interior por orden de Víctor, el contacto directo de la seda contra mi piel desnuda y el peso del rubí rozando la tela en mi retaguardia me hicieron soltar un suspiro.
Me miré al espejo: exteriormente parecía una mujer de la alta sociedad, sofisticada y segura de sí misma; por dentro, era una sumisa completamente entregada a su dueño, vibrando ante la inminencia de la noche.
—¿Estás lista? —preguntó Víctor, entrando en mi vestidor justo en el momento en que me calzaba los zapatos de tacón.
—Sí. Me ató las sandalias, cojo el bolso y ya podemos irnos.
—Bien, déjame comprobar una cosa —dijo.
Sin previo aviso, deslizó su mano bajo la seda roja, subiendo el vestido hasta dar con el plug. Su pulgar presionó la base del rubí, empujándolo suavemente hacia mi interior.
—¡Ah! —Un pequeño gemido placentero escapó de mi garganta ante la repentina presión.
—Perfecto. Vamos.
Me ofreció su brazo y yo lo tomé, aferrándome a él para recuperar la estabilidad.
Bajamos en el ascensor hasta el aparcamiento, donde nos esperaba el coche más imponente de su colección: un impecable Mercedes-Maybach S 680.
Nos acomodamos en el asiento trasero y pusimos rumbo al Palacio de Santa Bárbara, situado a escasos minutos de nuestro ático.
El habitáculo del Mercedes-Maybach nos aisló del mundo en un lujo silencioso.
Las luces de ambiente integradas teñían la tapicería de cuero de un tono azulado sutil, creando una atmósfera casi irreal.
Víctor se recostó en su asiento con una elegancia impecable, cruzando las piernas mientras el chófer iniciaba la marcha con una suavidad ejecutiva.
Sin embargo, por muy suave que fuera la suspensión del coche, el movimiento era inevitable.
Al tomar la primera curva pronunciada hacia el paseo de la Castellana, mi cuerpo se desplazó ligeramente sobre el asiento.
El cambio de postura hizo que el acero inoxidable del plug presionara un punto dolorosamente sensible en mi interior.
—¡Ah! —un jadeo involuntario se me escapó de los labios, y apreté las manos contra la seda roja de mi vestido para contener el temblor.
Víctor no pasó por alto mi reacción. Una sonrisa ladina, casi imperceptible, asomó a sus labios.
Estiró el brazo y posó su mano firmemente sobre mi muslo desnudo, justo donde la abertura del vestido revelaba mi piel.
Su presión me impidió volver a cambiar de postura, obligándome a encajar el estímulo con cada aceleración y frenada del vehículo.
—Aprovechemos estos minutos para repasar las normas de la noche, Iris —dijo, con una voz baja y pausada que contrastaba con el fuego que yo sentía entre las piernas—.
Esta noche vas a ser la brillante vicepresidenta creativa de Industrias Alday.
Vas a deslumbrar a los inversores y vas a conseguir que firmen los contratos que nos interesan.
Pero no vas a olvidar ni un solo segundo quién dicta las reglas bajo esa tela roja.
Su pulgar se hundió con un poco más de firmeza en mi muslo, quemando mi piel.
—Cada vez que te ofrezca una copa de champán, me mirarás a los ojos antes de beber. Cada vez que sientas que el metal se mueve dentro de ti, sonreirás al hombre que tengas enfrente y recordarás que estás en una sala llena de gente poderosa, pero que tu cuerpo me pertenece solo a mí. ¿Entendido?
—Sí, señor —logré articular, con la respiración entrecortada y el pulso desbocado, justo en el momento en que el Maybach reducía la velocidad.
A través de los cristales tintados, los primeros flashes de los fotógrafos empezaron a destellar en la entrada del Palacio de Santa Bárbara. La función iba a comenzar.
Victor bajó del coche y luego me ayudó a bajar a mí. Nada más ponerme en pié otro movimiento del plug hizo que mi piel se erizara. Sin duda, no iba a ser una noche tranquila aquella, estaba segura. Victor me tomó del brazo y me guió hasta el interior del salón donde se celebraría la cena.