UN AÑO DE SUMISIÓN (RELATOS PERVERSOS nº 4) CAPÍTULO 2. LAS REGLAS
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CAPÍTULO 2. LAS REGLAS

Con el paso de los días, nuestra rutina cobró una forma definitiva y estricta.

Cada mañana, tras levantarnos, Víctor asumía el control decidiendo incluso el vestuario que luciría en Industrias Alday.

Luego compartíamos el trayecto al trabajo.

El suspense era constante: en ocasiones desataba el juego en la parte trasera del coche; en otras, aguardaba a cruzar el umbral de la oficina.

Su voluntad era la única ley que gobernaba nuestros días.

Un mes después de nuestra primera noche en el ático, Víctor me comunicó que tendríamos una reunión con el cliente más importante de la firma. Se trataba de Heinrich Brandt, de Brandt Capital Europe, uno de los fondos de artículos de lujo más relevantes de toda Europa.

Entramos juntos en la sala de juntas, acompañados por Amelia, su secretaria. Ella dispuso los informes sobre la mesa y Víctor la despachó con un gesto imperioso, ordenándose:

—Ve a recibir al señor Brandt a recepción.

En cuanto la puerta se cerró, llegó la primera orden:

—Ponte sobre la mesa. Piernas abiertas.

Obedecí de inmediato, revelando mi sexo desnudo.

Fue entonces cuando lo vi: de su maletín extrajo el mismo vibrador que habíamos usado en nuestras primeras veinticuatro horas.

Me obligó a chuparlo antes de introducirlo en mí, asegurándolo con un arnés que lo mantenía encajado en mi profundidad.

Me ayudó a incorporarme a toda prisa al oír pasos acercándose y apenas tuve tiempo de alisar mi ropa y recuperar el aliento cuando el cliente ya cruzaba el umbral junto a Amelia.

Tras las presentaciones, Víctor y Heinrich ocuparon sus asientos, mientras yo me dirigía a la pizarra digital para exponer la estrategia de la campaña. En cuanto mis dedos rodearon el rotulador, una sacudida eléctrica me recorrió la espina dorsal: Víctor acababa de activar el mando a distancia.

—El lujo ya no se trata solo de exclusividad, sino de experiencias que transforman al consumidor en un embajador de la marca —comencé, forzando un tono de voz firme y profesional bajo su mirada expectante.

Proyecté un gráfico que detallaba el crecimiento del mercado y el posicionamiento de nuestros competidores.

Apoyé una mano en el borde de la mesa para disimular el temblor de mis piernas; Víctor, con una crueldad matemática, no dejaba de subir y bajar la intensidad de la vibración, obligándome a luchar por cada palabra.

—El arte de lo irrepetible —dije, aunque un pequeño gemido se me escapó a traición—. Tenemos que conseguir que cada producto tenga una historia única y una expe... riencia inmersiva.

—¿Le ocurre algo, señorita Valero? —preguntó el señor Brandt al verme temblar, entornando los ojos con sincera preocupación.

En ese momento, Víctor intervino con una voz calmada y casi indiferente, como si estuviera simplemente facilitando la reunión:

—Iris ha estado trabajando sin descanso en esta propuesta, señor Brandt. A veces su pasión por el proyecto la lleva a olvidarse de sí misma.

Su comentario, aunque sonaba como una defensa, en realidad era una amenaza velada para mí: me estaba recordando que no debía fallar, que era su “propiedad” incluso en ese entorno. Aproveché ese segundo de tregua, con la vibración detenida, para responder:

—No, estoy bien, ha sido solo un... —Tragué saliva, pero la frase murió en mi garganta. Víctor había vuelto a presionar el botón, aumentando la potencia de golpe.

Un espasmo me recorrió el vientre. Apoyé ambas manos en el borde de la mesa, aferrándome a la madera lacada para no perder el equilibrio mientras mis muslos temblaban de forma evidente.

Fue en ese milisegundo de debilidad cuando lo supe.

El señor Brandt no era un hombre fácil de engañar; un magnate de su calibre vivía de descifrar las debilidades ajenas.

Dejó de mirar los gráficos de la pizarra. Sus ojos recorrieron despacio la rigidez de mi espalda, bajaron hacia mis piernas inestables y, finalmente, se posaron en la mano de Víctor, sospechosamente oculta bajo el borde del escritorio.

En lugar de mostrar sorpresa o incomodidad, una sonrisa sutil, fría y aristocrática dibujó la comisura de sus labios.

Brandt no iba a airear el secreto; pertenecía a ese club exclusivo de hombres poderosos que reconocían un juego de propiedad privada cuando lo tenían delante.

Se recostó en su sillón de piel con una parsimonia deliberada, cruzó las piernas y clavó su mirada directamente en la mía, convirtiéndose en el cómplice silencioso de mi amo.

—Excelente —pronunció Brandt, con una voz arrastrada que me heló la sangre—. Continúe, señorita Valero. Me interesa mucho ver hasta dónde es capaz de llegar con esa... experiencia inmersiva.

Miré de reojo a Víctor. Su expresión seguía siendo una máscara clínica, pero el sutil destello de autosuficiencia en sus ojos me indicó que el desafío acababa de subir de nivel. El contrato apenas comenzaba, y yo ya estaba expuesta ante el mundo.

Cuando la reunión por fin terminó y se firmaron los preacuerdos, el aire de la sala seguía cargado de una electricidad insoportable. Yo apenas podía mantenerme en pie, con el cuerpo exhausto y el pulso tembloroso tras haber soportado la vibración hasta el último segundo.

Tras levantarse de la silla, Heinrich Brandt se abrochó la chaqueta del traje y miró a Víctor con una sonrisa de complicidad masculina. Luego, desvió sus ojos hacia mí con una condescendencia que me escoció en la piel.

—Una presentación brillante, Alday —comentó Brandt, arrastrando las palabras—.

Aunque debo admitir que me sorprende que mantengas a una directora creativa tan...

distraída a cargo de tus cuentas principales.

Es una bonita distracción, desde luego, pero ten cuidado de que el juguete no te arruine el negocio.

El ambiente se congeló. Esperaba que Víctor compartiera la burla o me ordenara bajar la cabeza, pero cuando lo miré, su mandíbula estaba tensa y sus ojos se habían transformado en dos rendijas de hielo. No había rastro de diversión en su rostro.

—La señorita Valero no es un juguete, Heinrich —respondió Víctor.

Su voz sonó baja, pausada y con un filo tan peligroso que Brandt borró la sonrisa de inmediato—.

Es la mente más brillante de esta firma y la única razón por la que tu marca va a salvar el trimestre.

No vuelvas a confundir su entrega con una debilidad.

Brandt parpadeó, sorprendido por la brusquedad del corte, y se limitó a asentir con una tensa cortesía antes de marcharse. Yo me quedé inmóvil, con el corazón desbocado, procesando lo que acababa de ocurrir. Víctor me había defendido. Por primera vez, el Amo había dejado paso al hombre.

Cuando el eco de los pasos de Brandt se disipó por el pasillo, un silencio denso y pesado cayó sobre la sala de juntas.

Me quedé inmóvil junto a la pizarra, con el corazón desbocado y la mirada fija en Víctor.

Me había defendido. Había puesto en juego un acuerdo millonario solo por proteger mi dignidad.

Una calidez desconocida empezó a abrirse paso en mi pecho, eclipsando por un momento el zumbido sordo que seguía vibrando en mi vientre.

—Víctor... —susurré, con la voz rota por la emoción y el cansancio.

Él no me miró de inmediato. Se dio la vuelta, dándome la espalda mientras recogía los informes de la mesa con una parsimonia deliberada.

Pude ver la rigidez de sus hombros. Cuando finalmente se giró hacia mí, la máscara de frialdad absoluta había vuelto a su rostro, pero sus ojos grises todavía guardaban un destello de la tormenta anterior.

Le aterraba lo que acababa de pasar. Le aterraba haber dejado entrever que le importaba.

—No te confundas, Iris —cortó, con una voz tan gélida que me hizo dar un paso atrás—.

Brandt es un estúpido pretencioso. He defendido tu posición porque eres la directora creativa de mi firma y, sobre todo, porque eres mi empleada.

Nadie en este mundo tiene derecho a juzgarte o a decidir cuándo estás distraída. Solo yo. ¿Ha quedado claro?

Tragué saliva, asintiendo en silencio. Su dureza era solo un escudo para ocultar la grieta que acababa de abrirse en su control.

Víctor caminó hacia mí, deteniéndose a escasos centímetros. Bajó la vista hacia mis piernas, que aún temblaban levemente por culpa del arnés. Sacó el mando del bolsillo y, con un clic sutil, apagó el aparato, dejándome flotar en un repentino y doloroso vacío.

—Arréglate la falda —ordenó, recuperando por completo el tono de mando—. Ve a tu despacho y termina el informe de Brandt. Te quiero en el ático a las ocho en punto. Esta noche comprobaremos si has aprendido la lección sobre cómo mantener la compostura.