LISTA SECRETA
Prometo que el placer valdrá la pena.
El final de una historia es solo el principio de una nueva obsesión.
Si la historia de Iris y Victor te ha dejado sin aliento, prepárate para un nuevo escenario. La historia de Estela y Alejandro será la siguiente pronto podrás leerla, estate atenta a mis redes.
Aquí tienes, en primicia, los primeros pasos de:
EL ASCENSO
Los fluorescentes del techo parpadeaban con un zumbido bajo, tiñendo de un blanco mortecino las oficinas vacías.
Eran las ocho de la noche; recorría los pasillos alfombrados con pasos firmes, mientras el eco de mis tacones resonaba como el tictac de un reloj implacable.
Sostenía contra el pecho una carpeta gruesa: el informe que había perfeccionado durante toda la semana, listo para el gran jefe.
No era la primera vez que me quedaba hasta tarde.
En la editorial mi dedicación era de sobra conocida; nadie lo pedía, pero el compromiso era mi forma de destacar.
Mi traje sastre gris, impecable por la mañana, ahora se sentía restrictivo, ceñido a mi cuerpo tras un día de reuniones y correcciones de última hora.
El cansancio pesaba, pero el ascenso dependía de esto.
«Ya casi está», me prometí en el espejo del ascensor. El reflejo me devolvió una mirada que mezclaba agotamiento y una chispa de determinación. Esa noche, el piso ejecutivo guardaba mi futuro.
Esta opción mejora el ritmo, elimina redundancias (como repetir el nombre y apellido tan seguido) y afila los diálogos para que se sientan más naturales y magnéticos.
La planta ejecutiva me recibió con una atmósfera completamente distinta.
Las luces, atenuadas, envolvían el espacio en un silencio casi opresivo que contrastaba con el bullicio diurno de las áreas comunes.
Avancé por el pasillo de moqueta gris, pasando de largo las puertas cerradas hasta detenerme ante la última.
En la placa de metal brillante se leía un solo nombre: Alejandro Márquez, Director Ejecutivo.ç
Inspiré hondo y llamé suavemente con los nudillos antes de empujar la puerta.
La oficina era imponente, dominada por un ventanal panorámico que devoraba la ciudad iluminada.
Detrás de un escritorio de caoba estaba él.
Llevaba las mangas de la camisa remangadas y mantenía los dedos suspendidos sobre el teclado.
Sus ojos, de un gris tormentoso bajo la luz tenue, se clavaron en mí con una intensidad que, por un instante, me hizo sentir completamente al desnudo.
—Estela —pronunció. Su voz, grave y pausada, pareció vibrar en el aire—. No esperaba verte a estas horas.
Me erguí, apretando la carpeta contra el pecho como si fuera un escudo.
—Buenas noches, señor Márquez. Traigo el informe del proyecto Carver. Quería asegurarme de que lo tuviera sobre su mesa antes de la reunión de mañana.
Él asintió pausadamente, recorriéndome con unos ojos grises que parecieron desnudarme las intenciones.
—Eres una de las pocas personas en esta empresa que entiende el valor del trabajo bien hecho —dijo, sosteniéndome la mirada. El silencio que siguió se estiró de forma deliberada, cargando el aire de una expectación casi asfixiante—. Pero ya lo veremos en detalle. Siéntate.
El estómago se me contrajo en un vuelco repentino.
No era propio de él romper las distancias de ese modo, y su voz, pausada y firme, llevaba implícito un mandato que me hizo dudar de mi propio juicio.
Tratando de ocultar el temblor de mis manos, obedecí.
Me senté en la silla frente a él, manteniendo la carpeta apretada contra las piernas, consciente de que estaba en su terreno y a merced de su próximo movimiento.
Alejandro abrió la carpeta. Sus dedos recorrieron las páginas con un ritmo pausado, estudiándolas con verdadero detenimiento, mientras yo contaba los latidos de mi corazón en el silencio del despacho. Al terminar, deslizó el informe hacia un lado y se inclinó levemente hacia delante.
—El informe está impecable, como siempre —dijo, y su voz pareció envolverme.
Sus ojos me recorrieron el rostro, deteniéndose en mis labios con una fijeza que me hizo contener el aliento.
Había una chispa allí dentro, un hambre indescifrable—.
Quiero proponerte un ascenso. Deseo que seas mi mano derecha, mi sombra.
Pero el puesto exige un requisito exclusivo. Una prueba.
—¿Una prueba de qué tipo, señor Márquez? —atiné a preguntar, intentando mantener la fachada profesional.
—Una prueba de obediencia —sentenció él, sosteniéndome la mirada con una autoridad implacable—. Quiero saber si eres capaz de someterte a mí.
El aire pareció evaporarse de la habitación. Escuchar términos como «obediencia» y «sometimiento» en mitad de una oficina ejecutiva resultaba desconcertante, pero el estremecimiento que recorrió mi espina dorsal me dijo que, en el fondo, una parte de mí ya entendía perfectamente a qué se refería.
Un calor súbito e inesperado me subió por el cuello, tiñendo mis mejillas.
Mi mente racional me gritaba que me pusiera de pie, que tomara mi carpeta y saliera de ese despacho inmediatamente.
Sin embargo, mis piernas no se movieron.
En lugar de indignación, una curiosidad ardiente, casi prohibida, se instaló en la boca del estómago. El pulso me golpeaba en los oídos.
—¿Someterme? —la palabra escapó de mis labios en un susurro, más como una forma de saborearla que como una queja. Me obligué a sostenerle la mirada, buscando una grieta en su compostura—. Señor Márquez, estamos en una editorial. No entiendo qué tiene que ver mi obediencia con un puesto ejecutivo.
Alejandro esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible, pero cargada de una autosuficiencia que me hizo estremecer. No le había pasado desapercibido mi tono, ni el hecho de que no hubiera salido corriendo. Supo, en ese mismo instante, que había captado mi interés.
—Tiene que ver todo, Estela —dijo, reclinándose en su sillón de piel, adoptando una postura de absoluta comodidad—.
Mi mano derecha debe anticipar mis necesidades, ejecutar mis órdenes sin dudar y confiar ciegamente en mi criterio, incluso cuando no lo comprenda.
No busco una empleada eficiente; de esas tengo decenas. Busco lealtad absoluta. Busco entrega.
Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras me envolviera en la penumbra del despacho. Sus ojos grises descendieron un segundo hacia mis manos, que aún aferraban la carpeta sobre mis piernas.
—La prueba empieza ahora mismo —continuó, con una voz baja y modulada que aceleró mi respiración—. Deja la carpeta sobre el escritorio. Despacio. Y luego, colócate las manos detrás de la espalda. Quiero ver si eres capaz de dar el primer paso.