UBI TU, IBI EGO 47 TORNEREMO
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47 TORNEREMO

Benedict extendió la palma de su mano al notar el agua colándose dentro del Panteón, donde había comenzado una importante tormenta en cuestión de segundos.

—¡Tiene que ser una broma!

Elio unió su frente a la de Apronia. Ella estaba asustada y él sufriendo por verla de tal forma.

Una fuerte ventolera sacudió las llamas de las velas, que se apagaron en el instante en el que un relámpago iluminó el lugar: Aquel estallido de fulgor reflejó en los cuerpos de Agatha y Lorenzo los rostros de la pareja que los había antecedido siglos atrás.

—¡No fastidies! —Federico, de tal susto que se había dado con aquello, cayó al tropezar con la mochila que su amiga dejó tirada en el suelo, como de costumbre.

—¿Estás bien…? —Yara lo ayudó a incorporarse como pudo, pero las fuerzas empezaban a flaquearle: estaba asustadísima, pero no lo confesaría.

—Si alguien no hubiera dejado la mochila en medio, lo estaría.

—Anda ya, no ha sido a posta. Lo que menos quiero es que quien nos ha colado aquí se parta una pierna y tengamos que darles explicaciones a las autoridades de porqué estamos aquí, de noche e ilegalmente, porque resulta que mi amiga tenía sueños que la transportaban a la Roma de antaño, y claro…

Como creíamos que se trataba de un antepasado suyo, vinimos aquí a…

¡No sé qué hacemos aquí! —extendió ambos brazos —Elio y Apronia miraron a la morena como si la cosa no fuera con ellos, pero Benedict chasqueó la lengua, cansado: cosa que llamó la atención de ambos—. ¿Algo que objetar?

—En absoluto.

—Ben, no me mientas. ¿Qué tienes que decir, listillo? ¡Vamos, suéltalo!

—Que no debí seguiros en esto. Yo vine a Italia a disfrutar de la ciudad, a pasar tiempo con mi colega y a desconectar de la tesis doctoral, no a… ¡buscar fantasmas!

—Merecemos una disculpa. No somos… fantasmas.

—¿Alguna vez habéis visto una película de miedo, donde poseen a las personas…? ¡Pues es que justamente es lo que habéis hecho con mis amigos!

—No sé lo que es una película —murmuró Apronia, que se dirigía directamente a Federico, ya que en él encontró no solo un punto de cordura en todo aquello, si no de apoyo.

Parecía ser el más sensato de todos, y al fin y al cabo ese hombre había sido quien la había acompañado desde su posesión en el cuerpo de esa tal Agatha.

—¡La culpa es tuya por haber propuesto volver aquí…!

—¿Podríais parar? —pero nadie lo escuchó—. Fortuna, este mundo no nos pertenece.

—¿Y qué hacemos? ¿Cómo salimos de aquí? No quiero arrebatarle a esa chica una vida que no es mía, pero tampoco puedo volver a estar sin ti.

—Ven aquí… —entonces la estrechó entre sus brazos con toda la fuerza que le fue posible, y sin buscarlo, comenzó a sollozar, asustado.

—¿Qué sucede?

—Que no puedo vivir sin tu presencia, pero tampoco sé morir sin ti, no quiero…

Apronia lo besó, tratando de disimular una tierna sonrisa: a pesar de su aspecto en aquel momento, donde parecía un maleante… los ojos de aquel chico que, sin quererlo, le había prestado el cuerpo, eran los mismos que los del hombre al que un día amó: Elio Ignivarus.

—Ya ha llegado el momento —admitió, uniendo ambas frentes: lo supo definitivamente cuando un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—¡No es culpa de nadie! —oyeron de fondo, seguido de un llanto extremadamente exagerado…

Era esa chica rubia que soltaba las cosas como le venían bien, sin meditarlas previamente y que parecía ser…

demasiado intensa. Pero no está mal que Yara, ni nadie, sea así—.

¡Echo de menos a mi amiguinha! —y Apronia no escuchó más nada tras aquello, porque un remolino de ecos…

de voces… les había rodeado: eran los susurros de Cornelia Mayor, de Tito, de Domiciano, Tullia…

De todas aquellas almas que un día formaron parte de sus vidas…

No distinguieron qué decía cada cual, pero ambos supieron que su momento en el plano terrenal, había llegado a su fin.

—Ubi tu… ibi ego.

—Ubi tu, Ibi ego…

El aire movió las cortinas como si estuviera furioso por lo que estaba sucediendo allí mismo, sacudiéndolas con ganas, violentamente…

Los truenos y relámpagos no cesaban, era un fenómeno atmosférico nunca antes visto en ningún otro lugar, y lo que ellos no sabían es que mientras allí estaba ocurriendo eso, afuera, en la ciudad de Roma, las calles se estaban inundando,

los coches chocaban porque se había ido la luz de los semáforos, y la de todas partes…

La gente estaba aterrada.

De forma constante, un relámpago sucedía a un trueno, pero cada vez era más fuerte, más intenso…

Tanto así fue, que el italiano, las portuguesas y el británico se vieron en la obligación de taparse los oídos, cubrirse la cabeza y refugiarse los unos en las otras, porque de verdad creyeron por un momento, que aquel sería el fin de todos.

—¡Me ha encantado conoceros! —bramó Yara, abrazada al grupo, sollozando.

—¡Perdón por todas esas cosas horribles que he dicho, no las pensaba realmente! —continuó Benedict.

—¡Callaos y abrazadme! —ellos también fueron partícipes de lo que aquellas voces provenientes del cielo, chillaban.

Y pese a ser que el único que entendía alguna de las frases que esas lenguas muertas decían, Federico no prestó atención por estar más pendiente de cómo aquella pareja se desplomaba en el suelo, sin llegar a soltarse…

Una última volada de viento estampó a todo el grupo contra el suelo, cayendo unos encima de otros, hasta que de repente… todo cesó por fin. Yara había sido la peor parada de todos al caer debajo del montón.

—¡Aparta tu culo gordo de mi cara!

—No tengo el trasero gordo, sabes que es volumen por ir al gimnasio…

—¿En serio que ni si quiera ahora vais a parar de pelear?

—Es mi hermana… Lo raro sería no hacerlo —explicó, sacudiéndose el pantalón.

Federico, ignorándolas, corrió hacia los cuerpos de sus amigos y después de comprobar que estos aún se mantenían con pulso, se dejó caer de rodillas junto a su vecina.

—Están vivos —admitió aliviado.

—Yo no confiaría en que se trate de Enzo y Agatha… ¿Y si ahora toman su corporalidad… no sé, dos personajes de la edad media…? Estoy empezando a cogerle tirria a esta historia —su hermana mayor negó ante eso con un ligero gesto de cabeza.

Lorenzo se incorporó de golpe sin darle chance a ninguno de procesar lo que acababa de suceder, y como si hubiera visto por una mirilla lo que había pasado ahí mismo —que así fue—, se giró hacia ella, que yacía en un sueño profundo del que no tardaría demasiado en despertar.

—¿Eres tú…? —susurró Benedict, rozando el hombro de su amigo, que acababa de ignorarlo por completo por estar concentrado en Agatha y en que despertase de una vez… De que todo volviera a la normalidad…

No pestañeó ni un instante. No apartó sus ojos de ella.

—Agatha… —susurró, mientras le acariciaba la mejilla. Y como si aquello hubiera sido justamente lo que ella necesitaba, la británica abrió los ojos, despacio—. Estamos en casa, al fin —explicó con una sonrisa.

Parecía estar desubicada. Pero sí, lo habían conseguido, habían vuelto a su hogar… El uno junto al otro, y junto a un grupo de amigos que los miraba esperando una explicación de lo que había sucedido.

Explicación que les darían pasados algunos días, muy a pesar de Yara Pereira, que no quería otra cosa más que enterarse de todo chismorreo habido y por haber.

—Estamos en casa, Destino.

—Estamos en casa, Fortuna.