UBI TU, IBI EGO 46. ANIMA
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46. ANIMA

Comenzó a caminar sin saber a donde se dirigía: todo estaba oscuro, demasiado en realidad. Solo podía oír como sus pies descalzos daban sonoros pasos sobre los pequeños charcos de agua que se habían formado por una tormenta que ella no había presenciado.

—Eh… ¿Hola…? ¿Hay alguien por aquí? —a ella jamás le gustó estar en la oscuridad, y encontrarse en un espacio desconocido para ella, y que nadie jamás conocería, le resultaba de lo más agobiante. ¿Qué había sucedido?

Oyó algo así como unos susurros que provenían de quien sabe donde, pero una cosa era cierta: le hablaban a ella.

Lo hacían en una lengua que le resultaba lejana…

poco conocida. Comenzó a llover, y unas cuantas gotas le mojaron el rostro: había empezado siendo algo ligero, lento e incluso agradable, pero poco a poco la suave lluvia se tornó en una importante tormenta: fuertes truenos, gotarrones impactando contra los charcos, estruendos atemorizantes…

Y ella seguía sin poder ver nada a su alrededor.

Estaba tan asustada, que volvió a sentirse igual que una pequeña niña que se acurrucaba en los brazos de su madre al ser testigo de una tormenta, de la magnitud que fuere, por lo que optó por sentarse en el frío y mojado suelo,

encogida entre sus propias piernas hasta que aquello cesase de una vez por todas.

Empezó tarareando una canción porque recordó lo que su madre siempre le decía: «El que canta, el mal espanta», y vaya si tenía razón, porque llevaba años empleando esa estrategia desde que tenía al menos siete años.

Como si todo no hubiera sido otra cosa más que producto de su mente, la tormenta cesó, y con ella la lluvia dejó de mojarla por fin: estaba completamente empapada, y aún así no tenía frío, dado que sus manos irradiaban un extraño calor…

como nunca antes… y de forma instantánea, una ventolera de aire la sorprendió.

Su pelo se agitó con el viento, hojas secas de árboles que antes no estaban ahí, aparecieron, chocando con su rostro, así como unas florecillas rojizas que se enredaban en su cabello…

Hasta que de pronto lo vio.

Un atisbo de una radiante luz esperaba por ella al final de aquel oscuro rincón: tenía un color anaranjado que le recordaba a los atardeceres junto al Coliseo. Aquello empezó a brillar más… y más… hasta que, como si fuera una bombilla fundiéndose, se apagó y la dejó en completa penumbra, otra vez.

—No, no, no, no… Por favor, tengo que salir de aquí —caminó a tientas hacia donde se suponía que debería estar esa luminiscencia, pero al percatarse de que estaba dando vueltas sobre un mismo círculo, se paró en seco.

Como resultado de aquello, algo chocó con su espalda—.

¡Basta…! —recordó la historia de terror que le contaron una vez en un campamento de verano y aquel monstruoso bicho que perseguía al protagonista de la historieta, vino a su mente.

—¿Quién anda ahí…? —una voz masculina habló detrás de ella—. Perdóname, no quería chocar contigo… Cazzo, ¿tú también has visto esa luz?

—¿Lorenzo…?

—¡Rizos! ¡Agatha! No me creo que estemos aquí, ¿qué cazzo ha sucedido?

—Diría que ha funcionado. Pero no sé donde estamos.

—Parece mi mente —bromeó, pero ella no respondió—. Jammo, ¿te encuentras bien? Normalmente puedo adivinar lo que estás pensando con solo verte las expresiones, pero… la maldita oscuridad no me lo permite —extendió el brazo hasta dar con ella: necesitaba sentirla cerca.

—Estoy asustada. No entiendo qué está pasando con nosotros. ¿Y si hemos… muerto? —apretó la mano de Lorenzo con fuerza.

—¿Qué…? Rizos, todavía nos queda mucha vida por delante, ¿sabes?

—Sí. Pero como yo, tú has visto lo que ha sucedido en el Coliseo… ¿verdad…? —él asintió apenado.

—Juraría que nuestras almas se están dando un paseo —pese a no tener la más mínima gracia, ella rió ante aquello: no tenía sentido, pero a la vez tenía todo el del mundo.

—Tal vez tienes razón y nuestras almas se hayan quedado atascadas por aquí… ¿Y si no logramos regresar jamás?

—Entonces viviré sabiendo que tengo a mi lado todo lo que me importa, Agatha.

—¿Y qué hay de tu guitarra? —bromeó.

—Puedes cantarme tú siempre que quieras.

—No sé si alguno de los dos quiere oír eso realmente… —las risas de ambos resonaron con eco por aquel lugar, y eso los trajo de vuelta a la situación en la que estaban sumergidos. Lorenzo suspiró cansado.

—Rizos, yo te… quiero —confesó—. Jamás he querido tanto a alguien. Esto es especial.

—Claro que lo es. No conozco a nadie que pueda decir que ha encontrado un amor de otra vida.

—No. Sí. No. Quiero decir… Cazzo! Me refiero a que bueno, independientemente de que tú fueras Apronia, y yo Elio… No quiero vivir la vida de nadie.

—No entiendo a donde quieres llegar —él chasqueó la lengua. Y antes de poder continuar con su explicación, de nuevo, ese extraño ardor brotó de las manos de ambos—. ¿Tú también lo sientes, Enzo?

Pero no respondió: le tomó de las manos y justo en ese instante, cuando sus pieles se rozaron, fue como si para ambos se tratase de una sola piel… De esa unión emanó un resplandor que, poco a poco, fue creciendo, hasta rodearlos por completo.

La británica estaba igual de sorprendida que él, porque, ¿acaso era normal ese aura anaranjado que los acordonaba…? En absoluto… Pero es necesario recordar que en la historia de Agatha y Lorenzo, nada lo es.

Unas pequeñísimas chispas de color amarillo los sobrevolaban, a lo que a ella, en tensión, le flaquearon las piernas.

—¿Son luciérnagas? —cuestionó él.

—Diría que no. Pero es… precioso.

Impulsado por una corriente invisible, extendió su mano izquierda, sin soltar la derecha de Agatha, para rozar esas diminutas partículas tan curiosas, que sintió como le hacían cosquillas en las puntas de los dedos: rió sorprendido.

—Es agradable… Prueba tú —pidió, guiando la mano de la mujer, que sonreía cuando notaba el hormigueo desde las yemas de los dedos hasta el cuello.

—Podría estar aquí siempre —admitió.

—Jammo, estás empapada… Te resfriarás.

—Pero no siento… nada. Aquí no —se pellizcó a sí misma en el brazo, y era cierto—. Juraría que estamos muertos, Lorenzo… Esto no es para nada normal.

—Ya. Yo tampoco siento nada, ¿pero de verdad crees que…?

Agatha no respondió. El italiano optó por tomarla de ambas mejillas, embriagado de la emoción por lo que estaba sucediendo en ese momento, la besó con firmeza.

Si esos eran realmente sus últimos instantes juntos, no estaba dispuesto a olvidar el tacto de sus labios, y lo que la pelirroja provocaba en él desde el minuto uno en el que la vio sentada en esa plaza, repleta de gente, donde solo ella le importó.

Escucharon algo en la distancia, y cuando hubieron girado el cuello en la dirección de donde provenía el sonido, se percataron de que otra vez había un halo de luz a lo lejos, pero que a diferencia del primero, en este se veían a varias personas…. Discutiendo.

—¡La culpa es tuya por proponer que volviésemos aquí!

—¿Cómo dices…? ¡Si a estos dos los han poseído, no es culpa de nadie…!

—¡Parad de discutir! Habéis conseguido que empiece a llorar otra vez—. Al oír eso, Agatha entrecerró ligeramente los ojos, tratando de ver con más claridad, pero no fue necesario…

—¿Y ahora por qué lloras? —se oyó.

—¡Porque echo de menos a mi amiguinha, y no quiero perderla, ni que estos dos suplanten sus lugares!

—Es Yara —dijeron al unísono.

Agatha tomó a Lorenzo de la mano y lo condujo a paso apresurado hasta lo que parecía ser un portal, y cuando estuvieron frente a este, se cercioraron de que se trataba de sus amigos, pero… También estaban ellos dos: no entendían nada de lo que sucedía.

—¿Crees que podamos regresar?

—Lo único que nos queda es probar, Enzo.

Él tiró de ella suavemente y ambos se fundieron en un abrazo que sin palabras, dejaba claro lo que sentían el uno por el otro. Y sí… Tal y como el italiano había confesado, no tenía que ver lo más mínimo con estar atados a un recuerdo que no eran capaces de olvidar…

Cuando se hubieron separado, se mantuvieron tomados de la mano, viendo como la pareja del otro lado, se soltaba entre lágrimas amargas de aquel estrujón: pareciera que jamás volverían a encontrarse, que la vida y la muerte tenían planes para ellos, distintos a lo que planearon en su momento…

Pero esas vidas no les pertenecían, porque eran de Agatha y Lorenzo… Dos almas destinadas.

—Ha llegado el momento —dijo ella, momentos antes de cruzar juntos ese portal.