UBI TU, IBI EGO 45. STIAMO BENE
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45. STIAMO BENE

La pelirroja canturreaba por lo bajo, a la par que acariciaba la mano del que aquella gente desconocida le dijo se llamaba Lorenzo, pero ella sabía a la perfección que no se trataba de tal hombre, si no de uno que conoció tiempo atrás.

No notó cuando la mano del italiano apretó apenas un instante la suya: fue algo no deliberado, rápido, que indicó que estaba a punto de despertar…

Pero eso Apronia lo pasó por alto por mantenerse sumida en aquella melodía que jamás había escuchado anteriormente, o al menos eso creía, pero que de alguna forma conocía cada entonación de la misma.

—Ubi tu, ibi ego… —musitó aún dormido. En ese mismo instante, el resto se pusieron en pie para prestarle atención: nadie lo mencionaba, pero sabían que el fin de la historia andaba cercano.

—¿Qué debo hacer ahora? —cuestionó en un susurro. Con nerviosismo, se arrodilló como si estuviera buscando un punto en el que apoyarse.

—Solo acompáñalo… Debe tenerte cerca cuando regrese.

La chica de apariencia jovial, movía su pié el ritmo de una canción que nadie oía, y aunque Yara no lo confesaba, estaba la mar de angustiada, ¿de verdad que todo eso estaba sucediendo, realmente…?

—Vamos Elio… Estoy aguardando por ti —susurró cerca de su oreja—. No deseo cosa diferente a reunirnos de nuevo.

El cuerpo del músico se removió, y aún tendido en el suelo, alzó una de sus piernas como si quisiera patear algo, o a alguien; giró la cabeza de un lado al otro, y pareciera que Apronia hubiera sentenciado un hechizo con aquellas palabras, porque el hombre se incorporó ávidamente, de repente,

asustándoles.

—Caralho, hombre!

—¡Has vuelto…! Te hemos echado de menos —el italiano miró a le morena de media melena, aún con la respiración agitada por culpa de ese mal sueño. Frunció el ceño, mirándola dudoso.

Por otro lado, no sentía que una mujer de rizados cabellos le estaba apretando la mano con fuerza, quien sabe si asustada, o buscando llamar su atención.

—Dinos, ¿cómo te encuentras…? —Federico se colocó en cuclillas frente a él.

—¿Quiénes sois…?

—Oye, Solista… No fastidies… Tu amiga «Apronia» ha hecho lo mismo al despertar —admitió desganado. Realmente no supo lo que acababa de hacer mencionando ese nombre.

—¿Apronia…? —repitió, con un atisbo de confusión en la mirada. Por fin la sintió… Su mano, sosteniendo la de esa mujer a la que tanto deseaba.

Giró la cabeza topándose con los ojos de Cornelia Apronia, brillando en lágrimas…

Pero estaba diferente a como él la recordaba: llevaba algo denso en las pestañas que se había corrido de su sitio por, muy probablemente, haber estado llorando anteriormente.

Varias pecas adornaban la piel de su nariz y mejillas, tenía la cabellera ensortijada y un aro de color plateado le adornaba la nariz.

Verla así era un tanto extraño, pero… estaba tan preciosa como siempre.

—¡Elio…! —sin esperar la reacción de este, se lanzó a los brazos del hombre porque necesitaba estrecharlo con fuerza y sentir que esos siglos que habían concurrido sin poder abrazarlo, no habían sido para tanto.

—Te creía por muerta, Apronia… —admitió, escondiendo su cara entre los rizos del color del cobre, que olían a lavanda—. Esto… ¡no puede ser posible! Yo mismo sostuve tus cenizas en mis últimos momentos… Ese maldito desgraciado acabó con nuestras vidas y nuestra historia… ¡Qué injusticia!

—Pero no lo ha hecho —replicó, tocándole la cara—. Mira donde nos encontramos ahora… Aquí, juntos de nuevo.

—Então, tortolitos… Una sugerencia un tanto estúpida…

No creo que pretendáis quedaros por siempre en esos cuerpos, ¿a que no…

? Es que me encantaría recuperar a mi amiguinha y a su…

novio, creo… No termino de entender lo que son, sé que llevan días acostándose y actuando como si fueran una pareja, pero…

—No recuerdo haber oído tu nombre todavía.

—Yara. ¡Claro que no lo has oído…! No te lo he dicho, y aunque lo hubiera hecho no me habrías prestado la menor atención por estar… demonstrando-vos cariho. Hay un evidente problema, ¿sabéis?

—Negaré haber dicho esto, pero la Pirada tiene razón. Si Elio y Apronia están aquí, ¿dónde están Agatha y Enzo…?

Elio se rascó la cabeza y fue consciente en ese momento de que en ambas manos portaba grandes anillos, en su cuello una cadena de color plateado, un chaleco con chapas y definitivamente… ese no era su cuerpo… no era él.

—Ésta gente tiene razón —susurró.

—¿Y qué pretendes hacer? Ya te perdí una vez, no deseo volver a hacerlo.

—Tampoco podéis arrebatar la vida de nadie, pá,.

—¡Pero es justo lo que hicieron con nosotros…! —bramó ella, poniéndose en pie—. Tenemos derecho a ser felices… Tenemos derecho a criar juntos a nuestro bebé.

—Apronia… —Federico caminó despacio hacia ella y tomándole de ambas manos, con toda la delicadeza que le fue posible, la trajo de vuelta a la realidad—. Este cuerpo no te pertenece, tu alma lo ha tomado como…

—Como un huésped —concluyó Mia.

—Exactamente. Tu alma ha tomado el cuerpo de mi amiga como un huésped… Y va a sonarte la mar de raro esto que voy a decirte, pero y seguramente creas que estoy tarada o algo así, pero… Agatha y tú, Apronia, sois la misma persona… Solo que os separan unos… ¿Mil años?

—Mil novecientos cuarenta y tres, exactamente.

—Veinte siglos.

—Caralho…! No es necesario poner hasta el último punto en cada cosa que digo —replicó mirando a Benedict y a su hermana—. ¿Entiendes a donde queremos llegar…?

Apronia negó con la cabeza. Por un lado era cierto que no acababa de entender de lo que estaban hablando esas personas, pero por otro, algo en su interior parecía decírselo a gritos, pero ella no deseaba verlo. Elio, entonces, se puso en pie y caminó hasta ellos.

—Creo que lo que ésta jóven pretende decirnos es que nuestro tiempo… Ya pasó. Estamos ocupando un espacio que no nos pertenece, Apronia.

—Pero yo deseo retomar lo que un día nos arrebataron.

—Y yo, créeme que no anhelo otra cosa —suspiró—. Pero Fortuna, es un acto de mala fe hacerlo, ¿no opinas acaso como yo…?

—Voto porque le hagas caso al chico guapo.

—Yara… —renegó la mayor.

—Entonces, de ser así y tener ellos razón… ¿por qué hemos acabado aquí? En dos cuerpos que no nos conciernen.

—Quizá la vida ha querido que resolváis algún que otro asunto que os quedó pendiente. Mi nonna siempre decía que los espíritus se van una vez tienen todo bien atado.

Apronia lo pensó: ¿espíritus…? ¿eso eran entonces…? Ella siempre creyó que una vez pereciera, su alma se iría a recorrer las tranquilas aguas gobernadas por Caronte, y posiblemente reencontrarse con su hermana Cornelia Mayor, pero… Algo cambió…

—Está bien —accedió—. Pero antes, hay algo que debo decirte Elio. ¿Recuerdas cuando nos unimos ante los dioses?

—¿Cómo olvidarlo? Fue para mí uno de los más felices días en mi existencia.

—Bien. Debí haberte hecho caso… Esa mujer no era de fiar, Eumachia fue la culpable de que nos hallemos hoy aquí.

—No comprendo… ¿De qué hablas, Apronia? —rió, como si no terminara de creer lo que estaba oyendo—. Siempre confiaste en ella, dijiste haberle encomendado tu vida.

—Y desgraciadamente también la tuya —tomó aire antes de continuar—. Yo confesé a esa vieja a donde pretendíamos marchar, cuáles eran nuestros planes, y… Sí, claro que ella era la única que conocía de mi estado.

—¿Qué estado? —susurró Yara, en el oído de Federico.

—El embarazo… —murmuró de igual forma.

—Toda la culpa es mía, Elio… —se le anudó la voz, y el sollozo la venció—. ¡No debí haber hecho tal cosa…!

—¿Crees que ella habló ante Domiciano…? —la mujer asintió sin mirarle—. ¿Y qué habría conseguido con ello?

—Poder… denarios… No lo sé, ¡estoy tan confusa!

—¿Pero cómo sabes que fue ella?

—Bien… —su pecho se llenó de aire—. Cuando tomamos aquel caballo reconocí a Eumachia refugiada entre las sombras… Se dirigía al Monte Palatino, con lo cual…

—Entiendo —respiró hondo—. ¿Y por qué tienes tan seguro que fue ella…?

—Porque… bueno, ya lo hizo… en otras ocasiones.

—¿Cómo dices…?

—¡Sí! Ella misma, en acto de amistad… creo… Me confesó haber descubierto que contando los secretos de otros, podía hacerse con algunas monedas que la ayudasen a subsistir… ¡Soy una ignorante, lo sé!

—Pero no termino de entender porqué Eumachia haría tal cosa… Ella era influyente, adinerada… ¿qué necesidad tendría de hacer semejante cosa…? —ambos miraron a Federico que se encontraba de brazos cruzados.

—¿De qué hablas?

—Veréis, Eumachia tenía poder en Pompeya, cierta riqueza, solía codearse con gente importante… ¿Es que acaso no atendisteis a mi explicación en la ciudad consumida por la lava…? Me canso de repetir y repetir y repetir…

—¿Debo recordarte que no se trata de nuestros amigos? Estás hablando con sus antepasados enamorados.

—Cierto… —carraspeó—. El caso es que dudo mucho que esa Eumachia fuera la real.

Os engañó, ya siento ser yo quien os dé semejante noticia.

Además, la erupción del Vesubio fue en el setenta y nueve, justo cuando Tito comenzaba a gobernar.

Y la sacerdotisa, la real… vivió en la época en que Augusto gobernaba.

Cicè, ¿me comprendéis? —pero la pareja intercambió miradas de incomprensión, en absoluto silencio.

—¡Que os tomaron el pelo, tortolitos…! Fede dice que esa mujer no era quien decía ser, sino una impostora.

—¿Realmente fui tan ingenua de dejarme engañar…?

—Eso no importa en este momento Apronia.

Lo que verdaderamente me inoportuna es que por culpa de una farsante, no pudiéramos hacer nuestra vida como planeábamos —le acarició la mejilla mientras que le sonreía con tanta ternura, que hasta sus propios ojos se llenaron de lágrimas que escaparían en cualquier instante—.

Creo que ha llegado el momento, Fortuna mía.

No lo verbalizó, pero no estaba preparada para tal acto. Al menos no hasta que Elio la tomó de ambas manos se dieron pequeños besos y al fin pronunciaron a la par:

—Ubi tu, ibi ego —y en ese mismo momento, empezó a llover en el interior del Panteón de Agripa.