UBI TU, IBI EGO 44. ROCA TARPEYA
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44. ROCA TARPEYA

Pasó toda la noche en vela viendo como las llamas hacían arder la leña, consumiendo por completo los requejos de la que un día resultó ser su más grande amor… Hasta que fue obligado a marchar de allí para ser llevado a su final. Y ese momento llegó.

Le resultó tan extraño ver cómo, lo que había llegado a ser su vida entera, había sido reducida a una pequeña urna de color blanquecino…

Eso partió su alma todavía más, si es que aquello era acaso posible.

Pero no estaría completamente solo en sus últimos momentos de vida, Celsius pidió estar ahí acompañando a su gran compañero, porque al fin y al cabo, sentía debérselo de algún modo…

Nadie supo si lo hizo por puro remordimiento, por aprecio a Elio, o por qué…

Pero a pesar de todo, el tipo estuvo allí y fue testigo de su fin.

—¡Ha llegado el tan ansiado momento…! —Domiciano se frotó las manos mientras que sonreía con burla.

Siempre le tuvo cierto aprecio al que un día apodó como su «mercenario», pero jamás llegó a sentir el más mínimo cariño por este…

La única cosa que quería, era la sensación de poder que le otorgaba tener algo así como un perrito faldero, que fuera allá donde él iba, y que hiciera cuanto él ordenara…

Pero eso se truncó con la llegada de su esposa. Y con ello, algo en su interior: Celos.

Celos, de no ser el único hombre en la vida de Cornelia Apronia…

Rabia, por ser señalado y humillado ante la ciudadanía porque hasta el menos enterado, comentaba de la vida privada del matrimonio.

Traición, de quien supuestamente debería haber vivido por él y para él…

Domiciano jamás recibió un «no» por respuesta, y esos dos habían logrado poner su estabilidad del completo revés…

Sentía que en cierto modo, todo se truncaría, pero en el fondo le quedaba la esperanza de que con la futura muerte de su hermano, más temprana que tardía, conseguiría al fin el poder que anhelaba desde bien niño, y el cual creía como su lugar en el mundo: El máximo emperador de Roma.

Comenzó a llover con demasiada fuerza, acto que llamó la atención de quienes estaban allí presentes: Los ancianos no habían augurado tormentas para esos días, y resultó ser como si los dioses se hubieran enfurecido por la muerte que estaba por ocurrir…

Pero en el fondo, Elio confió en que fuera ella la causante de aquel cambio meteorológico, llorándole desde la distancia.

Deseaba que estuviera aguardando por él.

Dos soldados se encargaron de acompañarlo hasta lo más alto de la abrupta pendiente.

Ignivarus no miró ni una sola vez al vacío que esperaba por él, no tuvo valor de hacerlo…

En su defecto, no apartaba la mirada del cielo, de las nubes que daban la sensación de observarlo desde lo más alto.

Con cada pisada que daba sobre el barro, pensaba que caería en cualquier momento, dado que la lluvia empapó el camino que lo conduciría a la muerte: las rocas eran tan resbaladizas en ese momento, que incluso el propio Tito, resbaló en alguna que otra ocasión.

—¿La habéis traído?

—Es un simple contenedor de cenizas Elio… No queda nada de ella ya.

—¿La habéis traído, si o no…? —volvió a cuestionar con una voz tan autoritaria, que hasta los propios soldados parecieron temerle por un momento.

—Aquí está —Domiciano tomó la urna, mostrándosela al pobre Elio, mientras que a este le iba ascendiendo una imparable sensación de rabia, que enrojeció las mejillas.

—Quiero sostenerla por última vez —por un instante, un atisbo de comprensión y pena atravesó el alma de Domiciano, que al mirar fijamente los ojos del traidor, lamentó lo mismo que él al sostener la vasija por vez primera.

En silencio, extendió ambos brazos y dejó que Elio la estrechase entre los suyos…

Aquel simple gesto conmocionó a más de uno de los allí presentes…

Y no, claro que no fue inteligente por parte de los hermanos el optar por su ejecución en lo alto de roca Tarpeya, porque pese a hacerlo cuando el sol estaba recién saliendo, varios curiosos que paseaban por el Foro en ese momento, se acercaron a ver de quién se trataba: era Elio Ignivarus,

y a diferencia de lo que toda Roma creía, no había huido a Hispania…

Pero nada pudieron hacer ante aquello, en realidad, les fue igual que muriera o viviera.

—¿Algo que decir antes de ser lanzado por mis guardias? —Domiciano extendió de nuevo los brazos, pidiendo, en silencio, la urna, donde reposaban las cenizas de a quien una vez consideró suya. El condenado apartó lentamente la mirada que tenía puesta en el cielo, para desviarla al cinerario.

Su rizada melena se empapó con la lluvia, las ropas estaban cubiertas de sangre, barro y arena del Coliseo. Sus manos, aunque repletas de heridas, apretaban con fuerza lo que quedaba de ella, y el que un día fue algo así como su amo, creyó leerle la mente.

—Ignivarus, dámelo —el hombre respiró hondo, y caminando de espaldas, sus sandalias rozaron el borde de la pared de piedra que se encontraba junto a la cima sur de la Colina Capitolina, donde tantos hombres antes que él fueron lanzados al vacío—.

¡Mercenario, te ordeno que me devuelvas lo que me pertenece! ¡Es mía!

Elio sonrió de lado: estaba tan cansado… le dolía el cuerpo, el corazón le latía apresuradamente y era conocedor de que todas las miradas estaban puestas en él, por lo que dejó escapar un fuerte suspiro y se atrevió a pronunciar:

—Ya no seremos tuyos nunca más —sentenció, justo antes de dejarse caer al vacío.

Quienes estaban ahí presentes pudieron escuchar con claridad como su cuerpo rebotaba contra las salientes, para finalizar con un eco ensordecedor que se oyó por encima de las gotas de lluvia: Elio acababa de perder la vida.

Y aún con todo, el último ruido que se escuchó, fue el de la vasija quebrándose. Pero él, por suerte, no sufrió dolor alguno.

Justamente, antes de abrazar a la muerte por decisión propia, parpadeó: al hacerlo, sus últimos instantes de vida, así como su alma, se llenaron de plenitud y una extraña felicidad…

Vino a él el recuerdo de Hispania, de su hermana, su esperada espada de madera en el Coliseo, la primera victoria en la batalla, la vez que fue llevado al lupanar y salió de allí espantado, casi corriendo, y como no… La vez que conoció a Apronia…

Aunque ella creyó que su primer contacto fue al conocer a su esposo, en compañía de su familia, no fue así, pero Elio jamás se lo confesó.

La primera vez que contempló a esa mujer la encontró paseando por el Foro en compañía de Tullia y Cornelia Mayor.

La más joven trataba de ajustarse el cinturón que adornaba su túnica, con cierta torpeza, pero este se le soltaba al instante…

Vio cómo Tullia ejercía maternalmente y se lo colocaba correctamente con cariño…

Y pese a que Apronia jamás recordó el momento, su mirada se cruzó con la de un todavía jovencísimo Elio, que no era capaz de parar de mirarla con vergüenza, escondido tras una columna…

Ella le sonrió gentilmente y volvió a poner la atención en la conversación que mantenía con su hermana, pero él quedó marcado para siempre por esos redondos ojos que sin haber pronunciado ni una sola palabra, consiguieron atravesar su alma…

Tiempo después volverían a encontrarse en una reunión con Domiciano, pero el gladiador se mantendría al margen…

Hasta que finalmente, dio con ella en la cascada.

—Ubi tu, ibi ego —pronunció justamente antes de que su cráneo impactara contra el suelo.

Ubi tu… Ibi ego...