43 CREMAZIONE
Una vez se hubieron llevado el cuerpo inerte de Apronia, Elio continuó por horas tirado en la arena de aquel anfiteatro que tanto le había dado en su día, y tanto le había arrebatado más tarde.
Se lamentaba por lo sucedido y es que no cesaba de pensar en que quien debió morir, tuvo que ser él y no ella.
Tito y Domiciano tuvieron que salir huyendo del lugar debido a que un enfurecido grupo de personas comenzaron a lanzarles, no solo frutas podridas, también piedras.
El pueblo adoraba a Cornelia Apronia, y aunque deseaban la muerte de Elio por supuesta traición, todo el mundo quería que la mujer viviera… Por no mencionar de que al enterarse del estado de la mujer, la situación se agravó todavía más.
Celsius, a petición personal, y casi como un favor que debería devolver más adelante, fue el encargado de ir a recoger a su compañero: al llegar lo encontró boca arriba, con ambas palmas extendidas hacia el cielo y la mirada clavada en el atardecer de delicados toques anaranjados.
—Arriba, culo gordo… Nos vamos de aquí —no le respondió—. Muy bien, entonces me veré obligado a tirarme junto a ti… Si no puedes con el enemigo, únete a él —se recostó a su lado mientras que ambos contemplaron las nubes y sus formas—. Siento mucho lo ocurrido.
—No lo sientes…
—¡Por supuesto que sí!
—Si realmente estuvieras tan apenado como quieres hacer ver, me habrías socorrido y podríamos haber escapado de esas malditas celdas, para dar con Apronia… Podríamos haber evitado todo esto, Celsius…
—No no hubieras podido —suspiró—. Domiciano le pidió a su esposa que te quitara la vida, y haciéndolo ella quedaría libre para retomar su vida junto a él… Nadie pensaba que una mujer tan joven y bella como Apronia fuese a dar su vida para salvar la de…
—La de un simple mercenario.
—No pretendía decir eso, pero sí. Es otro modo de verlo. De todas formas, eres libre Elio… La espada de madera es tuya por segunda vez. La vida te ha dado una nueva oportunidad para que te marches de Roma —estiró sus brazos, exhalando— Dicen que Hispania es un buen lugar, pero tú eso ya lo sabes…
—Allí era donde mi intención sería darle una mejor vida, y ahora por culpa de mi enajenamiento… Aquí me encuentro, lamentando su pérdida.
—Tengo la certeza de que cuando Caronte la haya acompañado hasta las orillas, Cornelia Mayor habrá sido la encargada de recogerla y guiarla… Ella espera por ti, Elio.
—¿A qué te refieres?
La noche había empezado a caer sobre ellos, dando paso a unas pequeñas estrellas, relucientes, que auguraban cual sería el destino del hispano.
—Domiciano ha dado orden de acabar definitivamente con tu historia: sus chismosas han empezado a difundir el rumor de que has logrado escapar a Hispania, a tu tierra natal, para rehacer tu vida…
Pero la realidad es que tiene el Coliseo rodeado de soldados…
Me han enviado por ti, Elio… No quisiera ser yo el responsable de esto, pero una orden es una orden, y…
El caso es que todos esperan a tu salida.
He pensado en que quizás si me golpeas, puedas escapar por la parte de atrás y así ellos creerán que me has dejado inconsciente… ¿Qué opinas?
—¿Cómo será? —cuestionó sin apartar la mirada de las estrellas: Elio ya había tomado una decisión.
—¿El qué…?
—Mi muerte. ¿Cómo pretende Domiciano que sea mi último suspiro?
—Te ha concedido la asistencia al funeral de Apronia.
Pero tras eso, serás llevado a la roca Tarpeya y allí los dioses dirán que sucederá contigo.
Pero no tenemos demasiado tiempo, hermano…
Si vas a golpearme, hazlo ya y aprovecha que estoy tendido aquí, en el suelo.
¡Huye e inicia una nueva vida! No dejes que los pocos que te conocemos nos quedemos con tu recuerdo como el de un mártir…
—Ella ha sido la única mártir de toda ésta historia.
Lo fue desde el primer momento en que su familia antepuso su riqueza y estatus ante la dignidad de Apronia.
Pero eso ya no importa, y no… No iré a ninguna parte, Celsius.
Ella merece que la siga hasta el inframundo y dé con su alma…
Solo así lograré encontrar la felicidad… A su lado.
—¡Te estoy dando una oportunidad, maldita sea!
—He dicho que no —se puso en pie—. Ahora guíame hasta ella, desearía poder despedirla una última vez y recordar su rostro antes de…
—Está bien… está bien…
Celsius obedeció: lo sacó del Coliseo como el prisionero que era y fue llevado ante Domiciano, que lloraba la pérdida de su esposa: nunca antes nadie lo había visto de tal forma.
No hubo velatorio en el monte Palatino, ni pompa fúnebre, ni tampoco plorantes que actuasen…
Solo el emperador que acompañaba la pérdida de su hermano, soldados y Elio.
Tampoco se permitió que la familia de Apronia acudiera porque pese a que Domiciano la quería, continuó teniéndola por una traidora a su ser, y en cierto modo, la honró de esa forma no tanto por ella, sino por el no nato que llevaba en su vientre y que él tanto ansiaba.
Lo llevaban preso, atado de ambas manos, e incluso algún que otro soldado sin moral alguna, había aprovechado la ocasión para golpearle la cara: su rostro ya era casi irreconocible por el paso de los días y de las palizas que Celsius le propinó en esas celdas, mientras estuvo recluido.
Pero el dolor de los golpes a nada se asemejaba al que sentía su corazón, el cual sintió romperse al ver el cadáver de Apronia sobre la pila de leñas…
Domiciano se encargó de posar una moneda en cada ojo de la difunta y de llamarla una última vez por su nombre.
—Apronia… —susurró con dolor, pero no fue menor al de Elio, que incapaz de moverse vio como un guardia, al fin, prendía las chascas, a las cuales, como objeto personal, el viudo lanzó los pendientes que tiempo atrás se crearon específicamente para ella… Para su luna.
—¿Qué harán con sus cenizas? —cuestionó con la mirada perdida en el fogonazo que empezaba a consumir los restos de Apronia.
—Será llevada a nuestro hogar —explicó, sin mirarlo directamente—. De donde jamás debió salir, y menos aún para irse contigo, rata inmunda.
—¿Volverás a apresarla otra vez…?
—Ella no era prisionera de nadie.
—Claro que sí. Lo fue primero de su familia, y después de ti… ¿Es que acaso no lo ves?
—Ni es el momento, ni es el lugar… —intervino un soldado cualquiera, al que, por aquello, más tarde apalearían.
—Por tu culpa Elio… Todo esto ha sucedido por ti.
—No ansío otra cosa más que reunirme con ella… Mátame de una vez si es lo que tanto codicias.
—Todo a su debido tiempo. Verás, la diferencia entre tú y ella, es que Apronia se reunirá con Cornelia Mayor, mientras que tú quedarás para carroña de las aves —rió amargamente—. Ahora, ¿alguna última voluntad? Me veo obligado a concederte un último pedimento.
—Sí. Llevad la urna con sus cenizas allá donde yo vaya a exhalar mi último aliento. Siempre pensé que al llegar a viejos, sería ella quien se viera en tal tesitura de despedirme, y no al revés…
—¡No pienso hacer tal cosa! ¡Tu castigo es este!
—¡Lo haré yo de ser necesario! —habló por fin el emperador—.
Sé cuanto dolor está soportando en estos momentos tu tan oscuro corazón, y por mucho que hayas caído en la tentación de traicionar a quien un día te abrió las puertas a una nueva vida…
También sé lo difícil que es perder a quien amas.
Por eso mismo, las cenizas de Cornelia Apronia serán llevadas a Tarpeya, ahora, lleváoslo…
Mañana al amanecer sucederá lo que mi hermano ansía.
—Déjame pasar mis últimos instantes junto a ella —imploró.
—No tengo claro que sea lo correcto.
—Tu estuviste junto a los restos de Cornelia Mayor hasta que fue sepultada en el panteón familiar… Permíteme a mí acompañar a Apronia hasta que sus huesos sean finalmente arena… Te lo ruego.
—A diferencia de ti, maldita cucaracha, ¡mi hermano es un Dios…!
—Está bien, quédate… Pero serás escoltado por guardias.
—¡No…! ¿Cómo osas…?
—¡Silencio hermano! Aquí mi palabra siempre será la última… Recuérdalo para la posteridad.