UBI TU, IBI EGO 42. stai bene?
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42. stai bene?

Observó el cuerpo de la mujer. Estaba tendido sobre el suelo y removiéndose por fin, por lo que sin hacer ruido caminó hasta ella y le tomó el pulso.

—¿También creéis que llevan demasiado tiempo…? —Mia, algo sorprendida por la pregunta de Benedict, miró su reloj de muñeca y asintió levemente—. No tengo ni la más mínima idea de cuanto suelen tardar, pero… esto comienza a ser un tanto extraño.

—Ha dejado de haber cobertura —explicó Yara, levantando su teléfono móvil, con el que trataba de pillar señal.

—Has tardado en darte cuenta —murmuró Federico, soplando la cara de Agatha, con la esperanza de que aquello le ayudara a despertar—. ¿De verdad que nadie tiene un abanico, o algo?

—Mi Destino… —bisbeó desde el suelo, removiéndose, hasta que por fin fue abriendo los ojos poco a poco, para cruzarse con los del resto del grupo—. ¿Dónde me hallo…? —se tocó la cabeza, y después el vientre—. ¡El bebé!

Federico y Mia intercambiaron miradas silenciosas: ninguno sabía lo que estaba sucediendo, y cuando pareció que Yara iba a ser la única en atreverse a hablar, Agatha se incorporó casi de un salto para después ir de un lado a otro, inquieta.

—¿Vas a contarnos lo que has visto…? —preguntó la portuguesa que continuaba sentada en el suelo con ambas piernas cruzadas, la una sobre la otra.

—¿Quiénes sois…? —preguntó de repente.

—Ma dai —susurró Federico—. ¿Cómo que quiénes somos? ¿Ahora tienes amnesia, o qué?

—Sí, pues a mí me debe doce pavos del último cubata, más le vale que no lo haya olvidado también.

—¿Cuál es tu nombre? —cuestionó Benedict, que parecía ser el único en entender lo que pasaba por la mente de la pelirroja.

—Todo el mundo me conoce como Cornelia Apronia.

—Caralho, ¡Estarás de broma!

—Cállate… Apronia, ¿podrías decirnos qué ha ocurrido?

—Estábamos en el Coliseo cuando de pronto mi esposo nos pidió pelear, pero… todo fue demasiado rápido —se frotó la cara, exasperada—. Solo recuerdo haber dado mi vida por él, cuando de pronto todo se tornó oscuro y… Ahora estoy aquí… ¿Dónde estoy?

—Estamos en el Panteón. Verás, soy Benny, él es Fede, y esas dos son tus amigas las portuguesas, ¿nos recuerdas?

—¿Y él…? —señaló al pobre Lorenzo, que continuaba estático en la misma posición del inicio.

—Él… es Enzo… Lorenzo, ¿lo reconoces? Ven, acércate.

El británico agarró con cuidado a Agatha por la muñeca y la hizo arrodillarse junto al italiano: lo miró de pies a cabeza y le resultó tan extraña esa ropa que vestía…

la cantidad de anillos que portaba en ambas manos…

Lo que más llamó su atención fueron unas raras marcas de color negro en la piel de sus brazos.

—Son tatuajes —explicó Yara—. Y a ti te encantan.

—No sé qué es eso…

Cuando la inspección llegó hasta la cara del hombre, se detuvo largos instantes porque… era él. Un suspiro ahogado escapó de su garganta, obligándola a taparse la boca, impresionada.

—¿Qué te ocurre, Apronia…?

—Es Elio. ¿Qué le ha ocurrido? ¿Acaso ha muerto?

—No, no es Elio… Se llama Lorenzo, ya te lo ha explicado Ben.

—Eh, verás Mia… —susurró el chico—. Deberíamos seguirle el rollo, ¿vale? Lo más probable es que al haber tratado de hacer esa especie de regresión, su mente se haya quedado atrapada entre el ayer y el ahora… ¿Me explico?

—En absoluto. Pero como no quiero que la amiguinha vuelva a salir por patas del Panteón… ¡Apronia, querida, cuánto tiempo sin verte…! Cuéntanos, ¿que es de tu vida?

—Yara por favor… Sé más seria. Está claro que la pobre Agatha está sufriendo.

—¿Quién es Agatha…? —entonces, todos la miraron porque, ¿cómo le explicas a alguien quién es realmente…?

—Cicè… Eres tú.

—Os estáis equivocando. Yo soy Cornelia Apronia: descendiente de Cornelio, reconocido senador. Hermana de la emperatriz de Roma, y esposa de… Domiciano —admitió tristemente.

—¿Dónde se encuentra tu esposo? —intervino Federico.

—Recuerdo que estaba en el palco, creo, o no… ¡No comprendo nada! ¿Qué hago aquí…? ¿Por qué vestís de tan rara forma?

—Creo que su alma está atrapada en un lugar desconocido para todos nosotros —sugirió el guía, cruzándose de brazos—. Ten, bebe agua y descansa, ¿vale? Cuando te repongas un poco, hablaremos de esto.

Obedeció sin rechistar: bebió de aquel recipiente tan peculiar y translúcido, mirándolo extrañada. Pero pronto sostuvo la mano de Lorenzo, el cual daba ligeros toquecitos con su dedo índice… Algo que pasaba totalmente desapercibido.

—¿Qué le ocurre? ¿Acaso está enfermo?

—Diremos que está sumido en un sueño profundo.

Pasaron larguísimos minutos en absoluto silencio, donde parecía que la mujer tenía la mente en otra parte, totalmente ajena a lo que estaba ocurriendo en el interior del Panteón.

No hablaba, solo se movía al parpadear levemente…

Tanto así, que tan apenas exhalaba en algunos momentos, como si aquello que sentía en su interior fuese a desaparecer.

Hasta que el chico más alto y de aspecto famélico a su parecer, tomó asiento frente a ella, justo a la izquierda de un dormido Lorenzo, y al fin habló, en voz bajita.

—¿Alguna vez has oído hablar de las almas gemelas? —cuestionó, pero ella lo miró un momento, y negó confundida—. ¿No…? Vaya, mi deber será explicártelo, entonces —sonrió—. Aquí en occidente es muy común pensar en que cada alma tiene a su otra mitad…

—Como la «media naranja» —intervino Yara.

—A esta ni caso… Dai, el tema es que todos nosotros estamos destinados a encontrarnos en algún punto del tiempo, y si tenemos en cuenta la visión del alma gemela, ésta podría ser alguien con quien compartir una profunda conexión que… vaya más allá del tiempo y el espacio.

—No comprendo qué pretendes decirme, Fede —pronunció con dificultad, exactamente como si fuera la primera vez que lo hacía… Y su vecino rió por lo bajo al recordar la tarde en que las llaves adornadas con un pompón de color rosita, impactaron en su propia puerta.

—Que esas almas están predestinadas a reencontrarse aún por más que las personas tomemos diferentes caminos en nuestras vidas, o seamos separados… obligadamente.

—Qué romántico es cuando quiere —aseguró Mia, poniéndose en cuclillas junto a su amiga.

—Aunque sí es muy bonito eso que dices, yo, honestamente, prefiero optar por el padre del psicoanálisis —carraspeó Benedict—. Carl Gustav Jung habló a cerca de la sincronía y de la coincidencia significativa de eventos que no… están relacionados de forma casual. Pero que parecen conectarse.

—No entiendo nada —canturreó Yara.

—Si me escuchases más cuando hablo, pirada… Entenderías a lo que me refiero, verás: Cuando dos personas están destinadas, como Fede asegura, el universo orquesta eventos para que todo suceda a su debido momento… de forma adecuada… Que lo de estos dos está predestinado, resumiendo.

Apronia, que en ese momento habitaba el cuerpo terrenal de Agatha, seguía sin comprender nada por mucho que lo intentaba.

Esa extraña gente hablaba tan deprisa, eran tan ruidosos…

y lo más infrecuente de todo, es que parecía que cada cual tenía un acento distinto al anterior, pero que por alguna razón, comprendía lo que hablaban.

—¿Y si los budistas tienen razón? —soltó Mia de repente—.

Según el karma, nuestras acciones pasadas influyen en nuestro presente y futuro…

Y como consecuencia de ellas, nos ocurren ciertas cosas…

pá, quiero decir que no es que sea algo aleatorio que les haya sucedido a Lorenzo y a Agatha, sino que puede que realmente en otra vida como…

Elio y Apronia, hicieran algo que ahora deban pagar en ésta vida.

—Yo no he hecho nada.

—Estás en confianza, estelinha. Puedes hablar libremente con nosotras, sabes que jamás te juzgaríamos Agatha.

—¡Que no soy Agatha…! E insisto, yo no he hecho nada.

—Tranquila Apronia… —Federico le acarició el brazo con toda la delicadeza del mundo—. Te creemos… ¿Estás casada con Domiciano? —esperó a que ella asintiera, sin mirarlo—. Y, ¿podrías contarme qué ha ocurrido y cómo es que has acabado en el Coliseo?

—Elio y yo huimos juntos y nos encontraron. Esperaron que yo fuera en su contra, algo que por cierto jamás haría, y mi esposo puso en mi mano una daga con la que pretendió obligarme a asesinar a mi único amor.

—¿A Lorenzo? —susurró Yara, que andaba algo perdida.

—A Elio… —Benedict rodó los ojos, ya cansado. ¿Es que acaso la portuguesa no atendía cuando le hablaban?

—¿Y lo asesinaste? —preguntó la morena.

—¡Jamás cometería tal acto! Recuerdo haber perecido entre sus brazos, pero no comprendo porqué me encuentro aquí… Me siento… diferente.

—Estás atascada entre el ayer y el ahora, Cornelia Apronia.