UBI TU, IBI EGO 41. colosseo #2
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41. colosseo #2

Un desubicado Elio, lanzó la navaja y las espadas bien lejos, mientras gruñía como si de una bestia se tratase: su oponente sintió verdadero terror, pero no iba a dejarse amedrantar tan fácilmente…

Al fin y al cabo solo era un mercenario cubierto de sangre y con sed de pelea.

Fue el primero en dar el paso y embestir a Elio, golpeándolo contra el suelo, y pese a que su cabeza dio de lleno en la arena y empezó a ver borroso, aún fue capaz de darle la vuelta a la situación y lanzar un golpe de puño en el estómago de aquel grandullón, después en la cara, en el pecho,

de nuevo en la cara…

Y así hasta que lo dejó inmóvil en el suelo…

Pero no, no lo había asesinado, no aún. Se puso de pie, cogió la pesada defensa y subiéndose a horcajadas del tipo, soltó un golpe detrás de otro con el borde del escudo, en la boca de este…

Siguió así hasta que al fin consiguió desfigurar por completo, lo que ya eran los restos de aquel pobre desgraciado al que le fue prometida la espada de madera, y con ella la libertad.

Otra vez ese silencio sepulcral en el Coliseo.

El que hasta hacía pocos días fue el protector de Domiciano, continuó teniendo la visión algo borrosa por el golpe que le habían asestado en la nuca, pero eso no le impidió ponerse en pie y maldecir hacia el palco donde Tito y su hermano se encontraban perplejos.

—¡Desgraciado…! ¿Buscabas mi muerte, no es así? ¿Tienes algo más que echarme a la cara…? ¿Leones, jabalíes quizá…? ¡Vamos, suelta a esas bestias, lo estoy deseando!

Domiciano tragó saliva y clavó en él una mirada que no pedía obediencia: la exigía… Fue así que movió su mano derecha indicando que había llegado el momento, y una puerta se abrió ante el luchador.

Este notó la sangre correr ávidamente por sus venas: la adrenalina, el éxtasis de haber resultado vencedor, y no poder ver con claridad lo que fuera que se avecinaba hacia él le obligó a clavar sus sandalias en la arena, inconscientemente, buscando firmeza.

Lo que él percibió similar a una nube de color rojizo, aproximándose a él con gran velocidad, las gotas de sudor que le caían en los ojos, la sangre en la cara…

Todo aquello no lo dejó ver qué era eso que pretendía abalanzarse sobre él.

Elio no esperó a recibir el golpe, si no que con el escudo que aún tenía algún que otro diente incrustado en él, empujó con todas sus fuerzas a la figura, logrando que cayera al suelo.

—¡Es esta la verdadera personalidad del hombre con el que deseabas huir, esposa mía…! —al oír semejantes palabras, el mercenario parpadeó hasta alcanzar a ver con más nitidez, que había golpeado a Cornelia Apronia.

Había golpeado a Apronia. Jamás se perdonaría tal acto.

Ella que solo corrió hacia él al verlo, con el único deseo de refugiarse entre sus brazos, recibió el golpe más doloroso que jamás le fue asestado, justamente en el alma… ¿Por qué el hombre al que tanto amaba, había reaccionado de esa forma?

La mujer gritaba de dolor, dado que atizó su espalda a base de bien, por no hablar de que muy probablemente le hubiera partido la nariz, que estaba sangrándole a borbotones.

—Fortuna… —se arrodilló a su lado y quiso redimirse de lo que él mismo ocasionó, pero ella retrocedió atemorizada. Aquel no era él, estaba fuera de sí… Y claro que por primera vez desde que lo conocía, tenía miedo de él—. Apronia, no deseaba hacerte esto.

—¡Pero lo has hecho…! ¿Por qué?

—Creía que era una bestia la que corría hacia mi. Jamás te hubiera visto vestida de…

—De ramera… Dilo sin miedo, hombre.

Domiciano ordenó ataviarla con una túnica de color rojo, —característica de quienes trabajaban en el lupanar— pretendiendo que fuera una humillación pública. Como si encerrarla en el Coliseo ante los ojos de miles de personas no bastara.

Su segundo esposo la ayudó a ponerse en pie.

Se miraron a los ojos unos largos instantes y al fin pudieron abrazarse… Pero no todo podía ser tan bonito como parecía.

—¡Creo que habéis olvidado cuáles son las reglas en la arena…! Dos gladiadores deben luchar hasta que uno de ellos muera si es que así lo desea el emperador.

—¡No pelearemos…!

—Moriréis los dos, entonces —seguido de aquello, miles de personas empezaron a corear cosas que ni Apronia ni Elio lograron comprender, pero se mantuvieron abrazados, como si ambos supieran lo que estaba a punto de suceder.

Tito se puso en pié y alzó su mano pidiendo que todo el mundo guardara silencio para él hablar.

—Una traición no puede quedar impune, ¿qué opinarían los ciudadanos si dejamos que te marches, como si nada…

? Mi hermano ha sido traicionado por ambos, y en cierto modo, también me habéis traicionado a mí, a la máxima autoridad de esta ciudad…

Pelearéis… Solo si lo hacéis, existe la posibilidad de que uno de vosotros salga de aquí con vida.

—¡No! ¡Me niego! —insistió él, pretendiendo que sus protestas se escucharan más fuertes que los aclames del público—. ¡Jamás pondría la mano encima de mi esposa!

—¡Parece que ella opina diferente…! —pronunció el maestro de ceremonias, mientras señalaba a la mujer y reía descaradamente.

El mercenario se giró en dirección a la mujer, que entre lágrimas sostenía una daga y apuntaba directamente a él.

—¿Qué piensas hacer, Apronia…?

—Lo que debí haber hecho hace tiempo —sollozó. Las manos le temblaron con miedo antes de sentenciar—. Siempre serás mi Destino.

Fue entonces que él vio —lentamente— suceder todo frente a sus ojos.

La mujer hizo un rapidísimo movimiento con el filo del arma, clavándoselo a sí misma en el vientre… Apronia cayó de rodillas en la arena… Lo hizo de un golpe seco: la sangre empezó a salirle por la boca mientras que ella continuaba llorando asustada.

El gladiador no lo dudó ni un instante: corrió hacia ella y abrazó su cuerpo mientras este convulsionaba del dolor. Las extremidades de Apronia comenzaron a entumecerse rápidamente, siendo así que lo único que notaba en ellas era un frío que sacudía su cuerpo.

—¡No! ¿Por qué lo has hecho? ¡Maldigo a los dioses! —la recostó sobre la arena, intentando atrapar sus últimos suspiros entre delicados besos—. ¿Por qué has tenido que hacerlo…? Era más fácil matarme a mí. Tú llevas una vida aquí —sollozó, tocando el vientre apuñalado de la mujer.

—No sería capaz de asesinar al amor de mi vida, y dejar que él mismo lo haga para salvarme a mí es otra forma de matarlo —sonrió apenada, mientras que de su boca continuaba brotando la sangre y se retorcía de dolor.

—Apronia…

—Era tuyo. —susurró con dificultad. Su vida se estaba apagando poco a poco, lo veía en sus ojos.

—¿El qué…? —acarició su mejilla alternando la mirada entre sus labios y sus ojos.

—El hijo… Era tuyo. —tosió, le quedaba poco.

—Apronia no… —recostó su cabeza sobre el pecho de ésta y gimoteó—. Juro buscarte en el inframundo y juro no parar hasta dar con tu alma así me cueste siglos hacerlo.

—Mi Destino…

—Mi Fortuna… —no obtuvo respuesta, por lo que alzó la mirada y ella ya no estaba... Su alma había huido del cuerpo terrenal.

El amor de su vida ya no estaba, y había sido algo tan intenso como efímero que le costaba creerlo. Las gradas se mantuvieron en silencio absoluto: hubo quienes lloraron lo ocurrido, pero la mayor parte optó por el sigilo.

Elio continuó abrazado al cuerpo inerte de Cornelia Apronia y fue entonces que Domiciano tomó consciencia de que su plan había salido justo al revés de como él habría querido… Su esposa se sacrificó por otro hombre, y ese malnacido seguía con vida.

—¡Matadlo! —ordenó fuera de sí.

—¡No! Roma se caracteriza por ser justa y cumplir con lo que dice… —detuvo Tito— Se ha dicho que uno de los dos podría salir de aquí vivo y por ende, ser libre… ¡Elio Ignivarus, eres libre!

Pero no le importó.

Tampoco prestó atención cuando un soldado se acercó para hacerle entrega de la espada de madera que lo haría libre una segunda vez.

Así como esclavos entraron a recoger los cadáveres de los gladiadores que habían perecido a manos de Elio, un cortejo enviado por Domiciano, que lloraba la pérdida desde lo alto, recogió el cuerpo sin vida de Apronia.

Claro que el hermano del emperador la quería, pero no era amor, o al menos no como el de Elio… Ignivarus observó desde la arena impregnada de sangre como aquellos hombres la subían a una camilla y se la llevaban del lugar.

Lo había perdido todo, no le quedaba absolutamente nada. Entonces ¿cuál iba a ser el destino de Elio…?