UBI TU, IBI EGO 41. colosseo
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41. colosseo

Esa vez la suerte no estuvo de su lado, y no lo estuvo dado que la misma noche en que Apronia trato de buscarlo, sin éxito…

él fue trasladado al bien conocido para Elio, ludus, donde los recuerdos de la primera vez en que fue capturado como esclavo, y obligado a convertirse en gladiador a las malas, por su fornida musculatura y sus grandes dotes en el cuerpo a cuerpo, volvieron a su mente.

El mismo corredor, el mismo habitáculo y la misma sensación de fragilidad e indefensión que sintió al ser arrancado de su aldea, los estaba sintiendo en ese momento.

Durante los días en que lo mantuvieron recluido, no le dieron otra cosa que no fuera pan duro y agua, y pese a no buscar matarlo del hambre, sí que buscaron debilitarlo, para que llegado el momento, todo fuese según lo planeado.

No era conocedor del plan que Domiciano había tramado para él, el cual consistía en obligarlo a enfrentarse a gladiadores que le superaban en peso y altura…

algún que otro león, y si todavía aquello no había acabado con Elio, le asestarían el más doloroso golpe que su corazón jamás hubiera recibido anteriormente: su amada Apronia sería la encargada de deshacerse de él, tal y como se le había ordenado… De ese modo, ella quedaría impune.

Oyó como Celsius arrastraba un palo de madera por los barrotes de metal, que mantuvieron preso a Elio por días.

Su intención no era otra que despertarlo, pero el pobre no había sido capaz de conciliar el sueño en la tan larga noche, dado que a pesar del cansancio y la debilidad de su cuerpo, lo único que le importaba era en que Apronia podría estar siendo maltratada y torturada de mil y una formas posibles.

—¡Levanta ese culo gordo…! Ha llegado el momento.

—¿Momento de qué…? —cuestionó, sentándose en el suelo y rascándose la cabeza.

—Puede que hoy la suerte esté de tu parte Elio, y consigas la tan ansiada espada de madera… por segunda vez.

—Domiciano desea mi muerte. Tu propia boca admitió tal codicia…

—Celsius miró en ambas direcciones, y habiéndose asegurado de que ningún otro guardia o soldado le viera, lanzó al interior del habitáculo un pequeño puñal—.

¿Qué se supone que debo hacer con esto…?

¿Rajar mis venas y evitar la humillación pública? ¿Es eso…?

—En tu mano está lo que decidas hacer con ella, pero opino que no te vendría mal llevarla contigo, encima… durante la pelea allí arriba —señaló hacia donde se encontraba la arena, y a donde Elio estaba a punto de ser obligado a subir.

—¿Por qué me ayudas?

—Tú mismo lo dijiste. Somos compañeros, y claro que sé lo que es estar perdidamente enamorado de una mujer por la que daría mi vida… Así que permíteme colaborar aunque solo esa en esto… No obstante, más te vale no mencionar mi nombre cuando te descubran ese arma.

El preso asintió a modo de agradecimiento ante tal detalle, pero no apartaba de su mente la idea de que si Celsius le había otorgado el puñal, el combate sería de todo, menos algo tranquilo.

Y así fue cómo horas más tarde pasarían a buscarlo para acompañaron a la que todos preveían sería su muerte, y con ella, el final de la historia del conocidísimo Elio Ignivarus.

Desde detrás del portón oyó el sonido de trompetas que anunciaban el inicio de una batalla injusta, seguido por los abucheos del público.

—¡Elio Ignivarus…! —proclamó el maestro de ceremonia.

Al abrirse las puertas, se hizo de golpe, y con ello, el hombre dejó atrás la penumbra en la que se encontraba sumido: la luz del sol inundó la arena y mientras avanzaba despacio, era consciente de que las miles de miradas presentes estaban clavadas en él.

Estaba siendo abucheado: las malas lenguas habían sido encargadas de contar una historia para nada real sobre él, y sobre como había engatusado a la dulce Apronia…

la esposa de Domiciano. Esa vez no hubo pompa gladiadora, ni música, ni aplausos previos…

Tito se puso en pie, seguido por su hermano, y entonces, todo el Coliseo guardó silencio.

—¡Elio Ignivarus…! —habló el emperador—. Decidiste apostatar no solo de los dioses, sino de lo que ellos mismos unieron en su día… ¡Te entrometiste en una consolidada relación…! Por ello mismo, si deseas la libertad, deberás luchar una última vez, aquí y ahora…

El acusado intentó ignorar los silbidos que venían de las gradas: Quienes en su día amaban la fiereza del luchador, ahora lo detestaban y pedían s gritos su muerte.

—¡Mi señor! ¡Jamás hice tal cosa! Solo seguí mi corazón.

—¡Falacias…! —intervino Domiciano. Lo acusaba con el dedo índice, y aunque la lejanía no le permitió verlo con claridad, el hombre que buscaba la venganza tenía los ojos inyectados en sangre—. ¡Tú separaste a mi adorada esposa de mí, y serás tú el que pague por ello frente a toda Roma…!

—¡Ciudad de Roma…! ¡Yo no separé a esa mujer de su esposo… Solo fui partícipe de su libertad…! ¡Cornelia Apronia jamás deseó estar a tu lado, Domiciano! ¡Tú la obligaste a hacerlo! —confesó por fin.

—Y si no hubiera deseado hacerlo, ¿por qué iba a estar esperando un hijo mío…? Dime, Elio.

El público empezó a gritar, unos e alegría por la noticia y otros solo querían ver la pelea… Pero una cosa estaba clara: esas palabras resultaron como una cuba de agua helada en el gladiador… ¿Apronia estaba en cinta…? ¿Por qué no le había dicho nada…? ¿Acaso… por eso mismo quiso huir con él?

—¡Apronia teme de ti como toda Roma lo hace! Pretendéis contentar al pueblo con pan y circo, pero no… ¡No es suficiente…!

—¡Calla, rata asquerosa…! Ahí tienes el arma con el que lucharás —señaló una espada tirada en mitad de la arena y que estaba siendo recalentada por el calor del sol.

Cuando Elio se acercó a recogerla se percató de que aquella espada era… una de madera. Domiciano estaba siendo aún más cruel de lo que nadie hubiera podido imaginar. ¿Cómo podría defender su vida con aquello…?

—¡Es una maldita espada de madera! ¡No es real!

—Si tan buen gladiador eres, y tan puro es tu corazón… Mis dioses no dejarán que ésta se rompa en tu lucha —todos los allí presentes guardaron silencio, porque llevar una espada de madera, sin casco o armadura que pudieran protegerlo, era una muerte anunciada.

Elio respiró hondo.

Siempre que iba a iniciar una batalla, fuera cual fuere el tipo de la misma, repetía el mismo ritual, el cual consistía en tocar su corazón con la mano izquierda, y apretar el puño con la derecha…

Un gesto simple que aunque él lo empleaba como suerte, sin saberlo era su forma de autorregularse la ansiedad que preveía lo que pudiera ocurrir.

Las puertas que tenía a los laterales se abrieron: de ellas surgieron dos gladiadores armados hasta los dientes, que corrieron en su dirección sin darle oportunidad de preparación…

Pero Elio corrió hacia un lateral del semicírculo, y alzando la espada con la que podría —o no—, obtener su libertad, asestó el primer golpe a uno de ellos, chocándola contra la pierna de su oponente con más fuerza de la esperada, haciéndole caer de bruces contra el suelo…

En ese mismo momento, Elio tomó provecho de la situación, se hizo con una espada real y se la clavó en el estómago al murmillo.

—No puede ser —murmuró Domiciano desde lo alto.

El segundo, trató de dar un golpe sucio: intentó desviar la atención del acusado hacia las gradas para entonces asestar un golpe que sería el final de Elio… Pero este fue más inteligente, así que se lanzó a la arena, rodó por esta y hundió el filo de la espada entre las vértebras de aquel hombre.

—¿Ahora qué…? —chilló, con la cara manchada de sangre y rabia en la mirada—. ¿Al fin soy libre?

—¡Esto acaba de empezar…! —explicó Domiciano. Acto seguido, cuatro hombres salieron esa vez, avanzando en semicírculo y probando las distancias. Ninguno tenía prisa por acabar con él porque estaba claro que era una batalla a favor de ellos, lo superaban en número, y posiblemente en energía.

El que era el más delgado, atacó obligándolo a retroceder; el segundo buscó flanquearlo mientras que los otros dos aguardaron pacientes, esperando un error que fuera clave.

Elio tragó saliva angustiado. Giró sobre sí mismo: cada movimiento era premeditado porque no podía permitirse caer, lo único que tenía en mente en ese momento no era sobrevivir, a diferencia de lo que todo el mundo creía.

Solo ansiaba salir ileso del Coliseo e ir a buscarla a ella.

Daba igual que no supiera donde se encontraba, necesitaba tenerla consigo.

El de más baja estatura cometió el error de retroceder y tropezar: cayó de espaldas… Elio aprovechó el momento para degollarlo y arrebatarle el escudo.

Aún así, los otros cerraron filas y estrecharon el cerco. El supuesto traidor empleó la parma, lanzándola contra otro de ellos, que aunque no murió al instante, Elio lo tiró contra el suelo, abriéndolo en canal, bajo la atenta mirada de hombres, mujeres y niños… ¿Cómo era posible…?

Los dos restantes parecían tenerle miedo porque contra todo pronóstico, Elio se estaba deshaciendo de ellos, uno a uno…

y sin ayuda de nadie. Pero en un momento dado, el más fuerte lo golpeó dejándolo aturdido: la afilada espada cayó lejos de él, y como pudo se arrastró por la arena hasta alcanzar la espada de madera que le había sido otorgada en un inicio.

Pero el grandullón la partió en dos, con un solo azote de acero, y cuando apuntó al cuello del hispano, este sorprendió a todos sacando una navaja de su cinturón y clavándosela al tipo detrás de la rodilla…

Gritó de dolor y lo maldijo de diferentes formas, pero Elio no perdió el tiempo, no podía hacerlo, le clavó la minúscula hoja en el ojo derecho al atacante, para después, con su propia espada, insertarla en el pecho del gladiador…

Estaba totalmente fuera de sí, ya hacía tiempo que había dejado de ser consciente de lo que estaba haciendo, de donde estaba y de quién era, porque en su mente lo único que buscaba era la libertad.

—¡Si tan valiente eres, pelea al descubierto…! —propuso el último, que pensó sería mejor idea enfrentarse cuerpo a cuerpo que con espadas.