40. non è giusto
Fue llevada hasta el lugar en donde compartía su día adía con Domiciano: su hogar, o al menos eso creía él.
La despojaron de las esposas y dejaron que caminase a sus anchas por el peristilo que tanto apreciaba, pero sí, siendo vigilada de forma constante por los guardias que mantenían rodeado el lugar, como si fuese a echarse a correr de un momento a otro,
siendo que ni fuerzas para mantenerse en pie tenía apenas.
¿Acaso aquel gesto había sido un regalo de su esposo…? ¿O es que a lo mejor la iban a asesinar y ese era el último acto de buena fe de su esposo…?
—Mi Luna… —se escuchó. Su marido venía acompañado por el mismo artista que había tallado la escultura de mármol en mitad del jardín.
—¿Está seguro de esto, mi señor…? —cuestionó, apenado.
—Adelante —tras esa simple orden, la estatua de Apronia que había sido esculpida con un detalle tan preciso, que cualquiera hubiera dicho que echaría a andar en cualquier momento, comenzó a recibir golpes de mazo y cincel, destruyéndola poco a poco…
Así como a la propia mujer… El rostro que una vez mostró una serenidad inquebrantable en la figura, desapareció para siempre.
—¿Por qué haces esto, Domiciano? —preguntó de forma inconsistente mientras deslizaba sus dedos hasta la mano de la figura que vestía una túnica de mármol ceñida a su cintura, tal y como Apronia acostumbraba a vestir.
—Porque como bien sabes, el mayor de los castigos será borrar tu retrato, y con ello… Tu existencia futura. Nadie te recordará jamás, porque nadie sabrá que una vez exististe.
—Por favor, esposo…
—¿Esposo…? —soltó una teatral carcajada que hizo a más de un soldado girarse a mirarlo—. Creía que así era como llamabas ahora a Elio… Y no, no pienso pedirte que confieses tal acto, soy conocedor de ello desde mucho antes de lo que tú te crees.
—¿Pero cómo lo sabes?
—Verás, mi luna —el escultor clavaba el cincel para deshacerse de todo posible rastro de esa figura que en su día fue creada para rememorar la belleza y la bondad de Cornelia Apronia.
Su primer esposo caminaba alrededor de la mujer de carne y hueso observándola meticulosamente, estudiándola, como siempre—.
No es que fueseis muy cuidadosos que se diga…
Te comenté en su día que algunas de las prostitutas os veían entrar y salir del lupanar, algunos de los guardias te reconocían volviendo de quien sabe donde en las noches, refugiada bajo una túnica, que aunque tu creyeras que lo haría, te delataba…
¿De verdad crees que otra mujer que no fuerais tú o tu hermana podríais vestir con prendas bordadas con oro… ?
—A más de una patricia.
—Pero solo tú eres portadora de tal belleza, y solo tú caminas con ese aire tan desenfadado con el que en silencio le gritas a todo el mundo que se aparte de tu camino…
Porque pareciera que el mundo es tuyo y de nadie más.
Bueno, por eso, y porque cierta sacerdotisa confesó haberos unido ante los dioses bajo vuestras amenazas…
—¿Qué…? ¡Falacias…! Lo hizo a cambio de una bolsa de veinte denarios, ¿Sabes?
—Acabas de admitirlo. Muy bien, ¡Soldados, devolvedla a su celda!
Elio no se equivocó al desconfiar de esa maldita bruja: Eumachia traicionó a Apronia, pero, ¿como era eso posible…
Si fue ella misma quien la guió en cada uno de los pasos que la condujeron a su destino…
? Las lecturas de laureles, el corte en la mano de ambos, la unión sagrada, las bebidas, los remedios, las sabias palabras, los consejos, la compañía, su apoyo durante el duelo por Cornelia…
¡No era posible que Eumachia hubiera hecho algo así!
¿Por qué…? Porque Apronia le confiaba su vida, y con ella, la de su único amor: Elio Ignivarus.
—Matadme de una vez, por favor —susurró cuando un guardia la tomó del brazo, tirando de ella… Pero Domiciano la escuchó.
—Parad… —ellos obedecieron. El hermano del emperador caminó hasta quedar cara a cara con ella—. ¿Qué has dicho, esposa mía…?
—Que acabes con mi sufrimiento de una vez por todas, no soy capaz de seguir con esto.
—¡Tu fuiste quien decidió empezar!
—Estás siendo muy injusto. Admito ser la única culpable de lo sucedido, lo admito, está bien…
Pero has acabado con la vida de una anciana que su único crimen fue quererme como a una hija, la que jamás le fue concedida.
Estás torturando sin cesar a un pobre panadero que solo busca una salida, como la mitad de los ciudadanos de esta ciudad…
¡Y a saber lo que estarás haciendo con Elio!
—sollozó, incapaz de seguir conteniéndose ni un instante más.
—¿Quieres saber cuál será el destino de ese traidor…? Peleará en la arena, y tú serás quien termine con su miserable y asquerosa vida frente a toda Roma. ¿Recuerdas la daga…? Esa será tu salvación, esposa mía.
—¿Mi… salvación?
—Eso es. Deberás clavarle el filo tan adentro, que le remuevas las vísceras… Elio morirá, y habiendo cumplido con ello, podrás regresar a de donde nunca debiste huir… Tu sitio en este mundo está a mi lado —le acarició la mejilla.
—Pero no quiero hacerlo. Jamás he acabado con la vida de alguien, Domiciano.
—En la arena, o matas o mueres… Pero hasta entonces continuarás en las celdas —se giró predispuesto a marcharse, pero se detuvo una última vez—.
Ah, y que ni si quiera se te pase por esa cabecita tuya tan retorcida hacer algo para intentar escapar…
Porque lo que pueda ocurrirle a Quinto o Elio, será mucho peor aún.
Esa misma noche, no le dieron alimento alguno: querían torturarla de todas las formas posibles, no tanto con el consentimiento de Domiciano, que jamás habría permitido algo semejante porque aún con todo, continuaba queriéndola.
Sin que él lo supiera, Priscus volvió a visitarla, pero sus intenciones no eran conocidas por nadie.
—Desvístete —ordenó.
—No otra vez.
—He dicho que te quites esos harapos desgastados, o no querrás que yo lo haga por ti.
—Ante la negativa de la mujer, el soldado desenfundó una navaja que llevaba siempre consigo, y sin decir ni una sola palabra, apuntó hacia ella, que al final se quitó la ropa con calma porque estaba aterrorizada…
Si pensaba volver a burlarse de las marcas en sus piernas o de meter en su cabeza la idea de que Elio solo la había utilizado, no sería capaz de resistirlo más, estaba deshecha, porque por más que pretendía no sucumbir a esos pensamientos…
el hambre, la sed y el cansancio extremo le hicieron dudar del amor que su Destino tenía por ella, que era más fuerte que cualquier otra cosa.
—¿Pero qué tenemos aquí…? Esa marca es nueva —señaló un hematoma cercano a su seno derecho, pero Apronia fue incapaz de levantar la mirada, solo quería que la humillación con la que tanto disfrutaba ese engendro acabase cuanto antes—.
Como veo que te aburren mis visitas, haremos que hoy sea un poco más especial…
¡Vamos a ir un paso más allá…! —rió—. Deseo saber qué se siente al catar lo que Domiciano tanto ansía…
Aunque yo en su lugar me habría deshecho de ti hace tiempo, porque mírate…
Priscus, tras obligarla a ponerse en pie, la empujó contra la fría piedra de la pared, aprisionándola entre ésta y el cuerpo orondo de aquel bastardo.
—¿Qué piensas hacer…? ¿No te es suficiente con la humillación mental…? ¡Basta, que esto es un delito! Parece que no sepas con quien estás tratando.
—¿Un delito…? Que la esposa de Domiciano sea ahora la zorrilla de su séquito no es delito alguno… —volvió a reír—. Insisto, necesito saber porqué traes tan de cabeza a dos hombres como Elio y Domiciano… Así que, ¡allá vamos!
—¡No! ¡Para! —se removió cuando notó como con una mano le atrapaba las muñecas, mientras que con la otra le tiraba del largo y ahora sucio cabello hacia un lateral—. Por favor… es suficiente… —rogó.
Hizo caso omiso a las insistentes súplicas porque estaba tan concentrado en morderla y herirla, que apenas notó el cabezazo que buscó darle… sin demasiado éxito.
—Un baño no te vendría mal, sabes asquerosa —rió desagradablemente, y la verdad es que ese asqueroso ser estaba acostumbrado a tratar de esa forma a cualquier mujer con la que se topase… Cuando las prostitutas lo veían aparecer por el lupanar, se echaban a suertes quien sería la desafortunada…
De donde pudo, Apronia sacó fuerzas y consiguió patear el estómago al desgraciado que pretendía violarla, que se retorció de dolor en el suelo, y aprovechando que la navaja había caído al suelo, Apronia corrió a tomarla ávidamente.
Y sí, claro que podría haber huido en ese momento, pero el miedo la paralizó por completo…
Sostuvo la pequeña arma con ambas manos porque sí, estaba asustada y temblando: tenía calor, tenía frío…
y ver que Priscus se ponía en pie y caminaba en su dirección con un creciente enfado, no ayudaba en absoluto.
—Maldita zorra. Ahora sí que no pienso tener compasión contigo —se abalanzó sobre la mujer: con una mano la agarró del cuello y con la otra presionaba su estómago contra la piedra—. Si no lo hacemos a las buenas, será a las malas porque yo de aquí no me voy sin cat…
Pero no pudo terminar la frase. Apronia había hundido el filo de la navaja en el cuello del guardia, justo debajo de la mandíbula, consiguiendo que el cuerpo del abusador se desplomase antes de poder si quiera gritar…
Lo vio perder toda su sangre, tomar un color grisáceo e incluso hacer aspavientos en el suelo hasta morir…
Porque era lo único que ese monstruo merecía, después de todo.
Los gotarrones de sudor le caían por la frente. Nerviosa, se mordió los labios resecos, agrietados y con cortes, a la vez que se miraba las manos temblando, dio un paso atrás al verse las manos empapadas en una sangre que no era la suya…
—¿Qué has hecho…? —se dijo a sí misma—. Maldita sea Apronia, ¿qué has hecho…
? —ella que jamás en su vida había herido ni al más minúsculo de los insectos acababa de asesinar a un hombre a sangre fría.
El miedo y la rabia la poseyeron, y en búsqueda de su propia calma, se tocó la cara, manchándola también con ese espeso líquido y de tan desagradable olor…
Acababa de caer en cuenta de lo que realmente había ocurrido cuando volvió a dar otro vistazo al cadavérico Priscus, al que dio una fuerte patada con la que soltó toda la rabia que llevaba consigo…
Al fin escapó de donde la tenían recluida desde hacía días.
Y no, por supuesto que no sabía como lo haría, pero pensaba ir en búsqueda de Elio, y claro que lo hizo…
Se recorrió todos los pasillos en su búsqueda, pero el ruido de unas pisadas acercándose cada vez más, la distrajo de su búsqueda.
Consiguió esconderse frente a una cavidad en la pared, tratando de quedarse lo más quieta posible.
—Ayudadme, por favor… —estaba suplicando en susurros, que los dioses en los que siempre había creído, la guiasen y cuidasen de ella—. Sé que he obrado mal, pero no merezco lo que me está sucediendo…
Como si estos hubieran oído sus plegarias, vio como los soldados pasaban de largo, pero todavía era capaz de sentir el traqueteo de las sandalias en su cabeza.
Y al darse la vuelta ya aliviada y dejar escapar un suspiro tranquilizador, unas rugosas manos le taparon la boca y la sostuvieron con fuerza impidiéndole moverse…
La habían capturado otra vez.