39. RINCHIUSI
No fue llevado al Foro para ser juzgado y ejecutado frente a los altos cargos de la ciudad.
A diferencia de lo que él creía, había amanecido entre humedad y penumbra…
Claramente lo arrastraron hasta la Cárcel de Mamertina, donde tantas veces él se vio en su día en la obligación de…
ver y oír cómo torturaban a los prisioneros que Tito y Domiciano le ordenaban.
Celsius, que había sido compañero suyo durante años era el que, aún sin querer hacerlo, golpeaba repetidas veces el estómago del pobre Elio, al que habían atado sus muñecas con unas pesadas cadenas en lo alto de la celda…
Ya no sentía sus extremidades porque notaba que toda la sangre se le había bajado hasta los pies: estaba suspendido, pero si estiraba el dedo pulgar del pie conseguía rozar el suelo.
El hombre tocó su propio puño, el cual tenía dolorido por tantos golpes que le había estado proporcionando al pobre mercenario, que intentó respirar profundamente antes de que se le asestara un golpe más…
Momentos después de sentir el impacto, la sangre que hacía horas resbalaba desde su nariz, ahora se entremezclaba con la de una brecha en su ceja izquierda.
Y sí, volvió a sacudirlo. Trató de aclarar la visión que tan nublada comenzaba a estar, así como cada respiración resultaba todo un esfuerzo para él…
Pero aún así lo que más dolor le causaba era el acelerado latir del corazón, que resonaba en sus sienes como el ritmo de un tambor.
—No creas que disfruto haciendo esto —aseguró Celsius limpiándose los nudillos con un paño de seda—. Solo hago lo que… me corresponde… Si hicieras esto más fácil y confesaras de una vez, podría parar.
Elio alzó la mirada con dificultad: su ceja izquierda estaba partida, así como su nariz, su ojo derecho estaba tomando un color morado que hacía juego con los cardenales de su torso. Y aún así esbozó una ladeada sonrisa que dejaba entrever que le habían saltado un par de dientes.
—¿Fácil…? —susurró con voz ronca—. Qué aburrido sería eso, ¿no crees?
—Maldita sea… —susurró, mientras negaba repetidas veces con la cabeza sin mirarlo directamente: estaba avergonzado de la tarea que le habían encomendado, pero trabajo era trabajo—. Solo dilo de una vez y todo parará. ¡Me duele estar aquí… atizando a mi mejor compañero!
—¿Y qué se supone que deba decir, compañero?
—Que has traicionado la confianza de Domiciano y la del imperio, Elio.
—¿Por amar libremente ahora resulta que soy un traidor al imperio…? —se le cruzó una bocanada de sangre que lo hizo toser con tanta fuerza, que le dolieron las costillas.
—No pararán… pararemos —rectificó—. Hasta que ella o tú confeséis… Deberías saber que han cogido a esa vieja que ha pagado por culpa vuestra —al verlo fruncir el ceño, continuó—. Ya sabes hombre, esa que servía en casa de Cornelio… ¡Esa que fue testigo de tu unión con Apronia!
—¿Cómo sabes tal cosa…?
—Parece mentira que todavía no lo sepas, Elio: ésta ciudad tiene ojos por todas partes, y vosotros no es que fuerais demasiado cuidadosos… Continuarán cayendo inocentes… ¿En qué estabas pensando al marcharte con esa mujer…? ¡Es la esposa de Domiciano! ¡De tu amo…!
—Yo no tengo amo desde tiempo, Celsius.
—Eso es lo que tu quieres creer, pero dime, ¿por qué si no trabajarías día y noche para él…? Compró tu supuesta libertad a ese lanista… Por todos los dioses, esto me recuerda a cuando esa mujer que lleva el burdel compró a esas chicas tan exóticas traídas de tu tierra…
Celsius continuaba con su monólogo porque en realidad no deseaba seguir apaleando al que en su día llegó a ser el mejor compañero de guardias con el que había podido toparse jamás.
Pero este no le estaba escuchando: su mente se había atorado en que «Domiciano había comprado su libertad…» Lo peor de todo es que tenía razón.
—Entonces… ¿seré condenado por amar? —repitió.
—Yo no soy quien dicta las leyes, Elio….
Solo sirvo a Roma y a mis señores —bebió agua antes de proseguir—.
Domiciano ha ordenado que pelees en el Coliseo una última vez, y no debería andar contándote tal cosa, pero siempre fuiste algo así como un hermano para mí.
Te enseñé todo lo que sabes sobre las batallas, peleamos juntos…
¡Maldita sea, me salvaste la vida en alguna que otra ocasión…
! Pero él pretende acabar, uno a uno, con quienes fueron cómplices de su traición… Terminando contigo.
—¿Qué hay de ella?
—Nadie lo sabe, salvo los dioses… El destino es incierto para esa pobre muchacha, nadie conoce las intenciones de un esposo afligido por el engaño. Hay quien rumorea que la perdonará y que vivirán como si nada hubiera sucedido, y hay quien dice que será… lapidada.
—¡Jamás consentiré que algo así le ocurra!
—Lo siento hermano, pero vuestro destino… Está escrito en las tablas de los dioses desde vuestros nacimientos.
—¿Te atreves a llamarme hermano…? —escupió al suelo—. Ayúdame a salir de aquí y rescatarla, y podrás denominarme de tal forma, Celsius.
—Eres conocedor de que mi familia me necesita. No puedo arriesgarme por nadie —Elio respiró con fuerza.
—Al menos dime cómo está ella. Es lo único que te imploro como… compañeros que algún día fuimos.
—Nadie lo sabe —insistió—. Lo único que ha podido llegar a mis oídos es que Priscus ha ido a hacerle una visita a su celda… Lo siento tanto por ella… Es amable con todo el mundo, lo mejor que pueda ocurrirle es la muerte.
Se apuró en salir de la celda mientras que dejaba a Elio bramando por una respuesta, necesitaba ayuda para poder sacarla de ahí, porque sí lo mejor que podría ocurrirle a la pobre si ese energúmeno iba a visitarla era morir justo antes de que él apareciera por la puerta de su cárcel…
El mercenario habría dado su vida por poner a salvo la de ella…
¿Acaso no podían haber optado por el simple destierro?
Hubiera sido lo más fácil: enviarlos lejos del imperio romano, a su suerte…
Seguramente se las habrían arreglado de maravilla por su cuenta: una pequeña casita en la frontera, se dedicarían a las cosechas, y lo que más ansiaba su corazón era engendrar una pequeña niña tan bella e inteligente como a la que aclamaba su Fortuna…
Cuando estuvo en el frente, no solo fantaseaba con la idea de acariciar a Apronia antes de acostarse, también lo hacía con poder arrullar a una criatura que tuviera sus ojos, y la naricilla como la de Cornelia Apronia…
Pero todo aquello no eran más que ensoñaciones…
Falsas ilusiones que lo mantuvieron con las fuerzas necesarias para resistir en el campo de batalla una noche más…
Entretanto, al otro lado de las celdas, lo más alejada posible de él, la mujer con la que Elio fantaseaba, oía los incesantes gritos que provenían de algunas celdas más allá de la suya, donde andaban torturando a Quinto… Otra pobre alma desgraciada, víctima de aquel amor furtivo.
Se abrazó a sí misma, llorando desconsoladamente, porque se sentía, cuanto menos, culpable de lo que le hacían a ese pobre hombre que no tenía culpa de nada, y que, a cambio de unas monedas, aceptó formar parte de aquello.
Pero esas monedas le costaron la integridad física: porque no solo le cortarían la mano izquierda, también quedaría ciego de un ojo a causa de las palizas que le propinaron día tras día, hora tras hora…
Se iban turnando para golpearlo hasta que todo acabó.
El sonido de unas pisadas aproximándose a su celda la distrajo unos momentos, porque ese tal Priscus había merodeado en más de una ocasión por su celda…
La golpeó, la despojó de sus ropas, se burló de su figura y la había obligado a cubrirse nada más, que con una tela similar a la que los esclavos vestían…
Asustada, se escondió entre sus propias piernas, ¿qué sería lo siguiente… ?
—Cornelia Apronia, acompáñame.
Pero por suerte para ella, quien aguardaba por ella era un soldado al que aún no conocía: era alto, demasiado hubiera dicho, e imponente.
Con un movimiento rápido de llaves abrió la puerta, pero al ver que la mujer no se inmutaba, y sin demasiado tiempo que poder perder, la arrastró por el suelo lleno de mugre y orina hasta lograr sacarla de allí.
—¡Levántate, vamos…! —la pobre se mantuvo en el suelo cubriéndose el rostro, hasta que el hombre le propinó, sin ganas, una patada en el muslo—. ¡He dicho que te pongas en pie, vamos…! ¡Camina!
Como le fue posible, obedeció. Mientras que ese hombre le iba dando empujones para obligarla a caminar delante de él, oía los desgarradores gritos de Quinto, que cada vez eran más agudos y cercanos:
Al pasar delante de la celda le fue inevitable girarse a ver lo que andaban haciéndole a ese pobre panadero, y es que dos soldados lo apaleaban sin cesar, con ayuda de una barra metálica y un palo astillado que más tarde romperían en sus costillas.
Quinto trataba de protegerse a sí mismo encogido en el suelo y sin poder escapar de los golpes que ulcerarían su piel…
El eco de su sufrimiento retumbó entre las frías paredes de aquel lugar, y ella sintió como una especie de atascamiento en su estómago al ver tal escena…
Pero el guardia le obligó a seguir caminando porque en cierto modo si continuaba allí, se arriesgaba a ser la siguiente.
—¿Por qué lo hacen? —se atrevió a preguntar a quien la acompañaba, que no mostraba ningún tipo de emoción porque parecía estar acostumbrado a tales escenas de violencia y barbarie.
—Por tu culpa —aseguró: justo eso la hizo detenerse ante el dolor que empezaba a invadirla, pero el hombre no le permitió sentir su dolor, porque volvió a empujarla hacia adelante—. Venga, no tenemos tiempo para estupideces…
El estrecho pasillo se alargaba de forma interminable: cad vez parecía ser más sombrío, y el sonido de los golpes se desvanecía en la distancia, pero la imagen del panadero sufriendo, continuó grabada en la mente de la mujer, que no dejaba de pensar en lo que estaba por venir…
Lo que llegaría a ser su destino si no trataba de salir de allí, pero jamás lo haría sin él.
Cuando llegaron hasta la pesada puerta de madera y hierro, el soldado que la guiaba, abrió sin decir ni una sola palabra, y la luz del sol ardió en los ojos de Apronia, que llevaba días sin salir de esa celda tan lúgubre…
Otro empujón al exterior le hizo tambalearse unos pasos adelante a la vez que se cubría la cara.
Fue entonces cuando el guarda dijo las palabras que quedarían marcadas para siempre en su memoria: «A tu derecha»…
Apronia tomó aire y miró en la dirección que le había sido ordenado, pero lo que vio a continuación heló su sangre…
Se echó a correr sin importar el dolor de su cuerpo, ni las heridas hasta llegar a una pica de madera, donde estaba expuesta la cabeza de alguien a quien ella quería con toda su alma, y por quien hubiera dado su vida…
—¡No, no, no, no…! —lanzó un grito ahogado, dejándose caer ante las piedras que rodeaban aquella pica, que al caer le rasgaron la piel de las rodillas, pero poco le importó: no sintió otra cosa que el dolor de corazón que amar libremente, y no obedecer le provocó.
—Tullia…
Asesinaron a esa pobre anciana sacándola de la cama en mitad de la noche y arrastrándola frente a Domiciano, que no solo le gritó las peores injurias habidas y por haber, si no que ordenó ser degollada y expuesta en aquel patio trasero,
donde Apronia era incapaz de apartar la mirada de lo poco que quedaba de quien un día ejerció de madre con ella.
—Perdóname… —susurró, sin fuerzas en su interior, era como si tratase de asegurarse de que lo que sus ojos veían, era cierto.
—Esto solo es el principio —vociferó el soldado desde atrás—. No te creas que a Elio le espera un destino mejor...