38. tradimento
Con el macuto al hombro y más nervios que tiempo del que disponían, consiguieron sortear a la guardia pretoriana que aguardaba el Monte Palatino: pudieron escabullirse con la ayuda de Eumachia,
que les sugirió hacerse con el caballo de Apronia que tantas veces la acompañó en su momento cuando lo único que ansiaba era huir de la realidad.
Antes de salir galopando a lomos del animal, Apronia le preguntó a donde irían ahora que ya no tenían… nada.
Elio propuso ir a Ostia para recuperar fuerzas, allí nadie los conocería.
Y tras contarle que un militar al que conoció una vez, y que murió peleando, bueno, no exactamente porque el pobre hombre falleció a causa de la infección que le provocaron al amputarle la mano, pero esa es otra historia, y es que Elio, guiado por sus raíces y por querer volver a su lugar de origen,
estaba seguro de que en Hispania podrían comenzar una nueva vida.
—Creerán que estamos muertos —aseguró. Pero fue al cruzar la Limes que supieron al fin estar lejos de la ley de Roma.
Apronia se sostenía a las espaldas del hombre con fuerza, y viéndose lejos de su sufrimiento, lloró de felicidad porque… Lo habían hecho: habían salido de ahí con vida y sin ser vistos… O eso creyeron.
Varios días al trote más tarde, —escondiéndose y de las malas lenguas—, se asentaron a las faldas de una gran colina donde la mujer aprovechó para dormir plácidamente, mientras que Elio se encargaba de vigilar el fuego y trazar en su mente el camino que los conduciría hasta su nuevo hogar…
Incluso pensó en los nuevos nombres con los que serían conocidos en Hispania…
Pero algo lo sacó de su ensoñación: el corcel que estuvo tranquilo hasta ese momento, comenzó a agitarse porque había oído algo acercarse.
El mercenario que no quería asustar a su, ahora, esposa, se colocó en pie y con su espada en alto estuvo alerta de cualquier posible peligro, pero por suerte nada ocurrió, por lo que tomó de nuevo asiento junto al fuego y entonces fue cuando la vio: estaba encogida,
sosteniéndose la cabeza con el brazo a modo de almohada, y en cierto modo Elio sintió pena de su situación, porque se culpaba de haberla apartado de una cómoda vida para convertirla en una… fugitiva.
Oyó algo a sus espaldas.
Al girarse, algo le golpeó la nariz con fuerza. Con tanta, que logró desviarle el tabique…
Resulta que un hombre con la cara cubierta por una tela oscura le acababa de atizar con el mando de su espada, tirándolo al suelo… Pero este hombre no iba solo, no… Lo acompañaban otros cinco que vestían como la guardia pretoriana de la que hacía pocos días habían logrado escapar.
Los habían encontrado…
Poco tardó Elio en arrastrarse hacia atrás, tratando de protegerla, pero continuaba estando aturdido por el golpe, y aunque Apronia no se despertó con todo aquello,
sí que ll hizo cuando los guardias la sorprendieron tomándola e volandas y obligándola a subirse al caballo mientras que a él lo apaleaban una vez tras otra…
—¡Basta, lo vais a matar! —sollozó. Pese a intentar lanzarse del caballo para detener tal acto, no pudo porque uno de los hombres había atado sus manos al corcel, impidiéndole cualquier vía de escape posible.
—No lo mates —ordenó el que parecía tratarse del cabecilla—. Lo quiere vivo… Subidlo al caballo.
El mercenario quedó inconsciente por semejante golpiza, así que entre tres de ellos lo montaron a lomos, a la vez que Apronia no paraba de gritar y llorar desesperada porque… ¿qué sería lo siguiente…? ¿Cuál iba a ser su castigo por amar libremente… o al menos intentarlo?
Le cubrieron la cabeza con un saco que olía a excremento, la maniataron con una recia soga y fue obligada a caminar descalza sobre afiladas piedras que se habían ido clavando en las plantas de sus pies descalzos, causándole cortes con los cuales le costaría andar.
Aunque no pudo ver la cara de quien le propinaba fuertes tirones, creyó que sería el mismo hombre que la había golpeado en piernas y espalda, causándole importantes heridas que ardían con cada paso que ella daba.
—Más despacio, por favor… —rogó sedienta, muerta del hambre y con un agotamiento extremo que la condujo a gritar con desesperación—. ¡Soy la esposa de Domiciano, vuestra futura emperatriz…! ¡Deberíais obedecerme!
—Nunca acataré las órdenes de quien traiciona a mi pueblo —la hizo detenerse en seco y por fin le quitó esa asquerosa tela de la cabeza que no solo olía a estiércol, también a sangre y sudor.
La primera cosa que la mujer hizo fue llevarse ambas manos a la cara, intentando cubrirse de la intensa luz que había en el interior de donde quiera que estuviese.
Parpadeó varias veces y al percatarse de donde se encontraba…
suspiró con angustia, porque sí, estaba en la Curia…
La toga blanquecina que vestía desde su huida, se había teñido de un suave marrón, con roturas y manchas rojizas en varias partes de la misma, y es que su propia sangre, la tierra del camino y los escupitajos de esos hombres habían tintado su tan bonita vestimenta… humillándola…
Pero lo peor vendría después, cuando un grupo de bien ataviados hombres sostenían copas en sus manos mientras observaban con todo lujo de detalles todo lo que acontecía, hasta que uno de ellos derramó el vino de su trago a sus pies.
Como si el guardia que iba tirando de Apronia por el camino le hubiese leído el pensamiento, estiró con tanta fuerza de la cuerda, que consiguió tirarla contra el suelo, justamente sobre el charco de vino tinto…
Oyendo las risas masculinas a su alrededor, secó su cara como pudo, con el borde de la toga, pero en lugar de deshacerse de los restos de vino, lo único que consiguió fue empeorar su aspecto.
Levantó la mirada, abochornada, y fue ahí donde se dio cuenta de que el séquito de hombres que no dejaban de mirarla, algunos con pena, otros con indiferencia, se trataban de los miembros del magistrado…
Estos vestían blancas túnicas y trapos rojos al hombro, y entre ellos pudo distinguir al cónsul…
La cosa pintaba peor de lo esperado… Aún se agravó más cuando el círculo abrió paso a una imponente figura que apareció detrás de ellos, alzando su mano derecha y señalando a la mujer.
—Eres una traidora… No solo te abrí las puertas de mi hogar, también las de mi corazón… Y lo único que obtengo son mentiras, mentiras ¡y más mentiras…! ¡Infiel!
—¡No…! Domiciano, atiéndeme, por favor…
—¡Silencio mujer! —alguien a espaldas de ella la golpeó de nuevo, haciéndole caer de boca contra el charco rojizo que parecía oscurecerse cada vez más.
Lloró de impotencia, de vergüenza, de miedo…
No es que solamente le doliera la mayor parte de su cuerpo por culpa de los golpes y el cansancio, es que le dolía el alma en lo más profundo: por eso mismo cuando sus manos entraron en contacto con el alcohol y los rasguños en los nudillos empezaron a escocer, no lo notó tan apenas.
Fue entonces que Domiciano lanzó algo ante ella: se trataba de una pequeña daga con el mango dorado y una bonita piedrecilla de color rojo en el centro, y por un instante Apronia dejó de tener miedo.
—¿Vas a matarme…? —susurró, casi suplicándole que lo hiciera.
—No deseo hacerte la existencia tan fácil después de lo que me has hecho pasar… Te he creído secuestrada, asesinada… ¡Pensaba que te había ocurrido lo peor…! —se agachó a la altura de ella y le sostuvo las mejillas con tanta fuerza, que dejó en ellas marcadas sus propios dedos.
—¿Para qué es entonces ese arma…? —hubiera querido clavársela a él en mitad del rostro, pero no se movió por culpa del terror que sentía al verse rodeada de decenas de hombres que observaban la escena de una mujer siendo humillada, con… gusto.
—No. Ya sabes qué hacer con ella. Me juraste lealtad, querida…
Y yo como un iluso te creí… —suspiró de forma forzosa buscando que su argumento enterneciera a quienes veían expectantes el teatrillo que él mismo había organizado—.
Supongo que me dejé llevar por tus encantos…
Conseguiste lo que anhelabas: Casarte con un dios.
—¡Yo no deseaba tal cosa…! ¡Fui obligada y eres consciente de ello…! —recibió otro golpe en su espalda.
—¡Basta! Si lo que quieres es recuperar la confianza de un esposo que te aprecia, deberás usar esa daga con quien te arrastró a huir y traicionar mi confianza.
—Nadie me arrastró a tal cosa, Domiciano —aseguró. Con cierta valentía del momento quiso ponerse en pie, pero le flaquearon las piernas.
—¿Ah, no…? ¿Tratas de decirme que Elio Ignivarus no metió falsas ideas y esperanzas en tu mente…? ¡Ese maldito malnacido lo ha roto todo…! Y por supuesto que tendrá lo que se merece.
—¡No, no, no! Dejadlo en paz, por favor… La idea fue mía y solo mía, Domiciano, te lo imploro… Deja a Elio en libertad, la culpa es enteramente mía.
—¿Lo ven, señores…? Ese deshecho humano le ha comido la cabeza a mi hermosa esposa. Está aturdida, no sabe lo que dice.
—Haré lo que sea necesario, pero por favor… Si alguna vez me has amado de verdad, déjalo en libertad.
Domiciano se mantuvo en silencio unos largos segundos que para ella parecieron siglos de eternidad: el hombre se movía de un lado al otro, con las manos a sus espaldas y la barbilla alzada, como siempre.
—Deberá confesar su traición frente a toda Roma —propuso uno de los magistrados: ante aquella proposición, Apronia asintió repetidas veces, rápidamente, porque de verdad estaba dispuesta a hacer todo lo necesario para que él continuase viviendo sin sufrimiento.
—Pero el pueblo adora a ese hombre. Sería lanzar tierra sobre Domiciano —explicó otro de larga barba.
—¡Pero a mí me adoran más…! —aseguró cual niño pequeño enfadado—. ¡Debe tener su merecido, no es justo…!
—Y lo tendrán, señor mío, pero permítame insistir… Roma idolatra a Cornelia Apronia, así como lo hacían con Cornelia Mayor, por lo que opino… Lo mejor sería explicarle a los ciudadanos romanos que ésta preciosísima joven ha sido engatusada por Elio, y que este la ha obligado a huir con él.
—¡Son todo falacias…! ¡Estoy en mis malditas plenas facultades!
Todo lo que hice, lo hice a sabiendas de lo que estaba ocurriendo…
Elio no me ha engatusado, Elio no me ha secuestrado, Elio no me ha obligado a acostarme con él noche tras noche mientras su único objetivo era engendrar descendencia…
—espetó, mirando directamente a Domiciano—.
Por lo que si vais a matarme, hacedlo de una vez, no deseo continuar escuchando tales sandeces de este grupo de hombres de pensamientos inamovibles…
¡Rancios, estúpidos…! Todos tienen doble moral, ¿o es que acaso ninguno de los aquí presentes ha visitado los lupanares en alguna ocasión…
? ¿Y también me dirán que jamás han asistido a las verbenas que mi esposo realizaba cada cuarto día de la semana, durante la madrugada…
? ¡Vamos, que todos conocemos de qué pie cojeamos cada cual… ! ¡Matadme ya, os lo ordeno!
—Mejores planes aguardan por ti, esposa mía...