37. destino e fortuna
No había resultado tarea fácil: Eumachia se negó en un principio a tan descabellada idea porque juraba que si alguien los descubría, la primera cabeza que rodaría sería la de ella misma.
Apronia tuvo que prometerle una bolsa llena de denarios de oro y esos pendientes tan ostentosos que Domiciano le regaló en su día, pero con aquello, en menos de un mes en el que se celebró un evento especial en el Coliseo y la tan ansiada marcha militar,
al fin habían conseguido fechar el momento con el que tanto tiempo llevaban soñando.
Aún con todo no perdían ni una sola oportunidad si es que ésta se les presentaba, en reunirse en las termas durante dos noches a la semana, y verse a escondidas en el lupanar,
ya que era el único lugar donde podían dar rienda suelta a sus sentimientos sin que nadie pudiera hablar de ello con Domiciano.
La estaba mirando con una amplia sonrisa cuando la tomó de ambas manos y la atrajo hasta él: la túnica que había elegido para la ocasión dejaba los hombros de la mujer al descubierto, permitiéndole ver ese lunar que tantas veces había besado a escondidas del mundo.
—Estás preciosa —admitió en bajito.
Habían sido citados en el Campo de Marte: el mismo solar donde antaño se alzaba un antiguo templo dedicado a los dioses, pero que sin nadie saber cómo, se incendió tiempo atrás…
Eumachia aprovechaba la soledad del edificio que continuaba marcado por el humo de las llamas, para enlazar a furtivas parejas, y ninguno de ellos llegaría a verlo para poder contarlo, pero esa construcción llegaría a ser uno de los edificios más emblemáticos… El Panteón de Agripa.
Vieron como la vieja se acercaba a ellos con un par de bolsitas de tela y cara de pocas ganas.
—¿Es acaso un regalo de bodas eso que traes? —bromeó la joven mujer.
—Son denarios… Que seguro vosotros no lo habéis traído como os ordené, ¿a que no…
? —no respondieron, porque era cierto—. También traigo pan, laurel y el anillo…
Porque a ver si lo adivino: Tampoco lo habéis traído —se miraron y apretaron los labios, aguantándose las risas—.
¡Lo sabía! Veo que al menos sí habéis traído a los testigos… Espero sean de confianza, ¿eh?
Tullia accedió antes las súplicas de a la que quería como a una hija, mientras que Quinto, un panadero con el que Elio siempre tuvo buen trato, accedió a cambio de algunas monedas que lo ayudarían a pasar el resto del año.
Habiéndose colocado junto a la pareja, Eumachia empezó a sacar las cosas de las bolsas marrones y colocarlas sobre un improvisado altar, encima de los restos de lo que en su día llegó a ser una pared de piedra.
Le entregó el pan a la chica, el anillo se lo dio a Elio, y el laurel reposaba sobre dicho altar: el aro era algo simple, hecho de hierro y podría decirse que hasta algo feo, pero para Cornelia Apronia era lo más especial del mundo.
—Al menos dime que has traído una ofrenda.
—¿Esto sirve…? —mostró unas pequeñas flores de color blanco, que Apronia nunca antes había visto—. Las vi y pensé en ella —confesó, refiriéndose a su futura esposa.
—Creo que sí, servirán… Empecemos, que no tengo todo el día… ¿Has traído eso?
—Viva el romanticismo —murmuró Apronia de mala gana, mientras que sacaba una bolsa llena de monedas y la dejaba caer sobre el altarejo—.Veinte denarios.
La experimentada anciana extendió los brazos y tomó aire en repetidas ocasiones, iniciando la ceremonia con una ofrenda de pan e invocando a los dioses que bendecirían la unión: Entregó una triza de pan a cada uno, que temblando,
aceptaron y comieron a la vez para sellar el compromiso con el aliento sagrado…
—El anillo va en el dedo anular —explicó con cierto tono jocoso al ver como Elio iba directo a colocarle la alianza donde no era. Pero al final lo colocó con cuidado en la mano izquierda de Apronia, que veía como le temblaban las manos al mercenario…
Tan rudo y tan frágil en ocasiones…
—¿Nervioso…? —le susurró.
—Un poco… —admitió sin mirarla—. Verás, pese a que tú seas una experimentada en esto del matrimonio, este es mi primer enlace, ¿lo sabías…? —ante la broma, Apronia soltó una fuerte carcajada que hizo carraspear a Eumachia.
—Niña, es tu turno… —la joven mujer suspiró antes de mirarlo fijamente a los ojos: nunca antes habían tenido tanto brillo y tanta dulzura como aquella vez…
—Ubi tu, ibi ego —esa simple, pero poderosa afirmación, indicó que desde ese instante y ante los dioses, estarían compartiendo una vida… un hogar… y un destino.
La anciana derramó un poco de agua sobre las manos de ellos, queriendo purificarlos, y acto seguido sacó una tablilla donde, con un gesto, invitó a los testigos a firmar el contrato matrimonial.
Por fin había acabado la ceremonia, y mientras que Quinto y Tullia garabateaban en la tabla, Elio tiró de la mano de su, ahora, esposa para separarla del resto y empezar a colocar flores en su trenzado cabello.
—¿Es este el regalo de bodas? —rió.
—Lo es… Al fin soy tu…
—¡Esposo, sí!
—Jamás me gustó ese término. Es como si… sintiera que estuviéramos atados el uno al otro. Y a diferencia de Domiciano, a mí sí que me elegiste por voluntad propia, ¿no?
—Así es… ¿Pero qué otra forma propones entonces…?
—Tú mi Fortuna. Yo tu Destino —ella sonrió cabizbaja, se había enamorado de aquello.
—Fortuna y Destino —repitió en bajito.
Y pese a que habrían deseado poder huir ese mismo día, fue tarea imposible dado que Tito había recibido noticias de que el imperio Parto trataría de asediar Roma en cualquier momento, por lo que la legión debió ponerse en marcha, y la familia imperial a salvo…
Pero todo pasó rápidamente, por suerte.
Cayó la noche, y con ella la penumbra: Apronia se sentía feliz por haber contraído matrimonio con Elio, pero vacía por verse obligada a compartir cama una noche más al lado de Domiciano,
que dejaba pequeños besos sobre el hombro de la mujer que recostada sobre el colchón buscaba hacerse la dormida para que así este la dejase el paz… Pero no.
—¿Ocurre algo, querida mía?
—En absoluto. Es que hoy estoy cansada —mintió.
—Tu ancilla me ha comentado que ésta es la segunda falta que tienes… ¿Cuándo pensabas contármelo? —Apronia se incorporó de un brinco sobre la cama, mientras lo observaba en silencio.
Muy a diferencia de lo que ella creía que ocurriría, Domiciano la abrazó tan fuerte como pudo porque realmente estaba feliz de tener al fin a alguien a quien llamar Heres…
Porque tenía claro que se trataba de un varón—.
Debiste hacerme partícipe, esposa mía… ¡Seremos padres!
Al fin has sido bendecida por Venus, ¿no estás feliz… ?
—No estaba segura de decírtelo aún. Claro que estoy feliz, Domiciano… —mintió descaradamente—. Me congratula tanto darte un primer hijo, que tenía miedo de tu reacción.
—¿Acaso no es mío ese hijo que esperas…? —bromeó.
—¡Claro que lo es…! ¿Por qué dices tal cosa? —cuestionó ella a la par que iba haciendo números en su cabeza y caía en cuenta de que al igual que existía una posibilidad de que sí fuera descendencia de Domiciano, también podría serlo de Elio Ignivarus.
—Solo es una broma, querida mía —volvió a recostarse sobre el colchón para continuar su tarea de acariciar la espalda de la que llegaría a ser la madre de su progenie—.
¿Puedes creer lo que una prostituta le ha dicho a Tiberio…
? Que a veces te ve donde ella trabaja, en compañía de un atractivo hombre.
—¿Al guarda nocturno…? —tragó saliva—. ¡Eso solo son falacias, Domiciano…! ¿Cómo me iba yo a lanzar a los brazos de otro hombre, teniendo a un Dios por esposo? —pero el hombre alzó una ceja mosqueado porque, ¿en qué momento Apronia se había vuelto tan devota a él…?
—No ha sido la única persona en decir algo así. ¿Lo sabías…? Tu ancilla no solo me ha dicho que estás en cinta, también me ha jurado haberte visto detrás de los rosales con un fornido hombre… Dime, ¿lo conozco?
—No hay ningún hombre, Domiciano.
—Eso espero...