36. cascata
Sesenta fueron las veces que el sol se escondió y apareció de nuevo tras haber sido testigo del reencuentro entre Apronia y Elio: mientras ella intentaba evitar cualquier posible contacto que los pusiera en riesgo a ambos, a él parecía gustarle asumir riesgos…
Estuvo haciéndole visitas a Domiciano día sí y día también, en la mañana y en las tardes, con el pretexto de organizar un desfile militar, en el que podrían mostrarle a Roma cuánto poder tenían Tito y él, y nada más le gustaba a Domiciano que la grandeza…
Pero el verdadero propósito del mercenario no era otro que sacar un ratito para verla a ella, intercambiar aunque solo fueran dos monosílabos y dejarle cada día una flor roja en el peristilo del que tanto solía disfrutar,
y en donde su esposo había mandado construir una hermosa estatua de lo más preciado que tenía: Cornelia Apronia.
—Veo que tu esposo tiene preocupación en hacerte feliz… Me alegra que lo seas, hija.
—Madre, que Domiciano haya ordenado construir esto, en mitad del jardín…
No quiere decir que se preocupe por su esposa.
Es más, prácticamente está todo el día en otros lugares…
—no pretendía darle demasiadas explicaciones de lo que el hermano del emperador solía hacer, prácticamente todo el mundo en el Palatino era conocedor de ello—.
Además, si con ver feliz a tu hija te refieres a verla ser una desdichada, lo seré entonces.
El sexto día de la semana, Apronia solía visitar a su familia en el que un día llamó hogar, y fue así hasta que Cornelio le solicitó al hermano del emperador una villa, con más esclavos y esclavas y ganado con el que comerciar…
Su yerno acató órdenes porque no deseaba otra cosa más que contentar a su familia política…
No tanto por Apronia, no… Fue a causa de que Cornelio y él llegaron a un acuerdo económico beneficioso para el más joven.
Las malas lenguas aseguraban que Cornelia Apronia no iba a visitar a su padre y madre, si no a jugar con su pequeño hermano que cada vez estaba más alto y hermoso, y encontrar en Tullia el calor de una madre…
Y mira por donde que esas lenguas no iban desencaminadas, pero también huía ahí para librarse algunas horas de su martirio: su marido, y el supuesto hogar en el que la tenía recluida.
—No eres desdichada, hija. Además… Tienes una piel tan perfecta éstas últimas semanas…
—le acarició la mejilla—. Dime, ¿estás ya en cinta?
—no le respondió porque todo aquel con quien se juntaba le hacía la misma pregunta…
¿Es que acaso toda Roma deseaba que Domiciano tuviera descendencia…
? ¿Acaso no solo podía ser una simple falta?
—Hija, si lo estás puedes hacérmelo saber, soy tu madre.
—No, madre. No estoy en cinta.
—Ya voy teniendo edad de ver correteando a mis nietos… Piensa en que tu hermano también tendría un sobrino con el que jugar.
Apronia se sentía tan presionada con ese dichoso tema… Ella se consideraba demasiado joven para dar a luz, pese a que a los ojos de la sociedad no fuera así. Quizá esa creencia era debida a lo ocurrido con su hermana mayor.
Esa misma tarde se dijo a sí misma que no deseaba ver a Elio Ignivarus, así que suponiendo que habría ido por ella al Monte Palatino, con la miserable escusa del desfile militar, galopó hasta la cascada a lomos de un caballo de doradas crines, donde al llegar, lo dejó atado al árbol de siempre.
El animal aprovechaba para comer pasto mientras que ella jugueteaba con su brazalete de color dorado, perdida en la inmensidad de la cascada: Con el paso de la última estación crecieron más tipos flores y arbustos, y árboles de los que surgían frutos apetecibles, pero para nada comestibles…
El sol le rozó la cara. Inspiró varias veces dejando a sus pulmones llenarse de aire fresco y aroma a naturaleza, recostada encima de la hierba, con los ojos cerrados.
Sentía que no necesitaba nada más, que podría quedarse allí el resto de su miserable vida, huyendo de su esposo, del imperio y de la ciudad de Roma…
Hasta que algo tapó el sol que tanta paz y calorcito le proporcionaba.
Al creer que se trataría de un manto de nubes abrió los ojos, topándose con la figura de un hombre de anchos hombros y largo cabello… No podía ser… Se sobresaltó e incorporó ávidamente, y mientras la veía llevarse una mano al pecho asustada, él rió.
—No buscaba asustarte.
—Lo has conseguido —tomó aire, tratando de calmarse a sí misma—. ¿Qué haces aquí… Creía que estarías con tu buen amigo Domiciano —escupió.
—Juraría que estamos haciendo lo mismo: escapar de sus sandeces.
Bueno, en realidad yo… Te buscaba porque llevo semanas tratando de mantener una conversación contigo —tomó asiento junto a ella y pasaron largos minutos en silencio hasta que se decidió a confesar—.
No tenía la intención de decírtelo porque siempre lo tuve más como una especie de ensoñación, ¿sabes… ?
—Déjame adivinar, te has comprometido con esa mujer tan hermosa que Domiciano te presentó, ¿me equivoco?
—¿Qué…? ¡En absoluto, Apronia! —soltó una fuerte carcajada sin llegar a mirarla—. No sería capaz de estar con una persona que no fueras tu. Quiero decirte que no hay noche desde mi partida, y desde… ya sabes, en la que no deje de pensar en ti ni un solo instante.
—¿Cada noche…? —ella sintió una punzada en el estómago.
—Cada noche. Cada día. A cada momento… Si no es contigo, Cornelia Apronia, si no me mantengo a tu lado, la vida para mí no tiene sentido alguno —la tomó de la mano, acariciándola con cuidado—. Soy consciente de que tu destino ante los dioses no es otro que permanecer atada a ese malnacido, pero…
—No lo es —murmuró.
—Fortuna, lo juraste ante los dioses —ella negó con la cabeza—. ¿Cómo que no…? Mira, odio recordar tal cosa, pero yo fui testigo de esa ceremonia, muy a mi pesar.
Pero Apronia sonrió, mostrándole como había unido su dedo pulgar con el anular de su mano izquierda.
—¿Lo ves…? Puedo jurar todo cuanto desee y no tener validez ante ellos —explicó, refiriéndose a los dioses—.
¡Juro no amar a este hombre…! —repitió tal gesto, él la miraba apenado—.
Estoy tan cansada de ésta vida, Elio… Primero te marchaste tú, después Cornelia…
¿Qué sentido tiene todo, si no me queda nada?
—Tienes a Domiciano. Te oí decirle como no tenías interés en otro hombre que no fuera él… Concretamente, en un «simple mercenario».
Ante tal confesión, las palabras se atascaron en la garganta de la mujer al oírlo hablar con ese tono autoritario y dolorido, y pese a no pretender ofenderle, lo hizo en su momento… Elio no era alguien sin importancia en su vida, pero no podía confesarlo.
—Solo anhelo una cosa, a pesar de no tener nada… Te quiero a ti, y desearía poder pasar el resto de mis días junto a ti… Mi eternidad si es que eso fuera posible.
Él, sin decir absolutamente nada, la tomó de ambas mejillas y depositó un ansiado beso en sus labios, que Apronia sintió como desesperado… Y la verdad es que ambos llevaban tiempo deseándolo, necesitándolo… Y por fin se tenían de nuevo.
—Juro ante los dioses que daría mi vida por pasarla junto a ti —alzó las manos de una forma divertida y sonrió—. ¿Lo ves…? Ahora he dicho la verdad.
No dejaba de mirarla y sonreír ocultando que todo eso le dolía en el alma.
Pasaron un largo rato en silencio, regalándose caricias y oyendo el sonido del agua cayendo desde las alturas.
A decir verdad, la noche en la que Elio regresó de la batalla, donde habiéndose cruzado a mitad de camino como un golpe del destino, se unieron en un solo corazón, ocultos en el establo donde el caballo de Apronia descansaba junto al de Domiciano…
Y desde entonces todo había cambiado en ambos: él lo tuvo claro, ella rehuía de él.
—¿En qué piensas…? —cuestionó, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Fortuna… Quizá sea una locura lo que voy a decirte y que me castiguen por ello, pero creo que…
Deberíamos irnos de aquí… Comenzar una nueva vida, lejos…
Lejos de Roma y de Domiciano —suspiró—. Mira, cuando volví lo hice por ti, Apronia, porque no deseo otra cosa más que al fin dejes de ser prisionera de esa cárcel de oro y mármol en la que habitas…
Desde el día en que me confesaste que no anhelabas unirte a él, en este mismo lugar donde hoy nos hayamos…
Esto mismo que ahora voy a decirte surgió en mi mente…
—carraspeó nervioso—. Quiero que huyamos juntos y al fin tengamos la vida que merecemos…
Y sí, lo sé, fui un cobarde por aceptar la propuesta de Tito y de su hermano para irme al frente, pero te oí hablar de tal modo y…
—Seríamos libres —concluyó—. Te digo que sí Elio, no necesito explicaciones o que te excuses por tus decisiones en el pasado… Huyamos… Pero antes de hacerlo necesito la seguridad que el matrimonio te da.
—¿Estás proponiendo que nos unamos…?
—Justo eso… Una ceremonia íntima: Eumachia, tú y yo.
—¿Esa vieja bruja…? Ni hablar… Una vez me cogió desprevenido e hizo un corte en la palma de mi mano para luego venirme con cuentos de que mi destino estaba sellado.
—No es una bruja, es sacerdotisa… Gracias a ella y a sus maravillosas plantas es que Domiciano aún no tiene descendencia… —ante eso, el mercenario respiró pesadamente porque no había caído antes en cuenta de que aquello era una posibilidad que para nada tenía contemplada.
—¿Confías en ella…?
—Claro que lo hago. La he visto unir en secreto a decenas de parejas.
—Bueno, si tu estabas presente ya no era tan secreto.
—O lo tomas o lo dejas.
—Vale, vale… Quienes se alían a mi futura esposa lo hacen a mí.
—Como tú has dicho, habrá que escapar… ¿De verdad estás dispuesto a dejar atrás todo por lo que tanto has luchado? Al fin tienes la villa que deseabas.
—Fortuna… Mi alma aprendió a amarte desde la distancia que siempre nos separó, y lo único que mis manos buscan es tocar tu cabello cada mañana, besar tus labios cada noche… Intenté alejarme de ti pero nunca sabes cuanto amas a alguien hasta que tratas de distanciarte y te duele el corazón.
—Estás loco —rió.
—Lo más loco que he hecho por alguien ha sido esperar, y me he cansado de hacerlo Apronia… Habla de una vez con esa curandera y unamos nuestras almas ya.
Cornelia Apronia lo miró enternecida: No supo ni cómo ni por qué, pero cuando tiempo atrás coincidieron en ese mismo lugar, supo que estaban destinados el uno a la otra…
Los grandes y redondos ojos de él calaron en lo más profundo de su ser, y cada vez que la miraba, algo en ella la alentaba a volverse un poco menos cuerda…
Codiciaba poder estar arrullada entre sus fuertes brazos toda la eternidad…
Por no hablar de su cabello y de la idea de unos pequeños piececillos correteando por toda la villa, con el rizado pelo de Elio que la llamasen ««madre»…
Tal cosa encogía su estómago de felicidad cada vez que lo pensaba.