35. bendizione
Una vez más, el olor del laurel en aquella avenida tan poco concurrida volvió a atraerla hasta donde su consejera, en quien ponía toda su confianza residía y ejercía.
Cada tercer día de la semana Apronia se envolvía en una túnica, y buscando evadir a los soldados cubría su rostro para ser capaz de caminar a su antojo por el centro de Roma, donde en ocasiones pasaba por los puestos del foro en búsqueda de novedades,
pero la gran mayoría de veces era porque andaba buscando huir de la calma y refugiarse en el barullo de la gente…
Pero el recorrido que más solía repetir era el que la conducía hasta la puerta de Eumachia, donde sin tocar ni pedir permiso, entraba, tomaba asiento y esperaba a ser atendida por la anciana de pocas palabras.
—¿Otra vez por aquí, mi señora…? —hizo una leve reverencia ante ella y dejó sobre la mesa un cubo repleto de carne cruda—. ¿Qué necesita ésta vez…? ¿Más artemisa? Va a acabar con las cosechas de toda Hispania, y le vengo a recordar que las más efectivas son las que se recogen durante el verano…
—No vengo por eso, vengo a una lectura de laureles, Eumachia. La última vez no acertaste. —sobó su frente, cansada.
—¿Que no acerté…? —soltó una falsa risotada y remangó su toga antes de tomar asiento—. Niña, el destino habló y por lo que puedo leer en tus ojos… No eres feliz.
Antes de continuar la tomó de la barbilla levantándola y observando sus ojos con detenimiento.
—El brillo en ti es hoy distinto… ¿Ha vuelto ese hombre? —ante tal cuestión, la saliva se atascó en la garganta de Apronia, que por poco no pudo continuar la conversación.
—¿Volver quién? —dijo sin demasiado interés, apartando la mano de la anciana de su cara justo antes de recostarse en su asiento, claramente incómoda. Pero Eumachia cogió la mano de Apronia y la giró mostrándole la cicatriz en su palma.
—Ese hombre… —repitió—. Según me cuentas, me he equivocado. Pero dime, ¿también sabes como yo, que vuestros caminos continúan unidos…?
—No lo sé. Y es por eso que acudo a ti una vez más, y porque… Siento que con el paso de las noches, mi mundo se tambalea un poco más.
—Mis laureles me dicen que vienes aquí porque soy la única en quién confías desde la muerte de tu hermana, y a quien percibes como una amiga…
—Si ya sabes lo que pienso, ¿por qué me martirizas?
—Mero entretenimiento… —bromeó.
Después soltó la mano de la chica, y caminó hasta el pequeño altar al fondo de la estancia, donde se estaban quemando algunos requejos de laurel. Del mismo lugar tomó unas hojas secas con agilidad, como si repitiera esa acción a diario.
Cuando el ritual empezó, el pulso de Cornelia Apronia se aceleró, pero ella permaneció sentada, sosteniéndose de su propia túnica.
—El destino jamás se equivoca, mi señora… —explicó dejando caer las hojas al fuego—. Somos las personas quienes no deseamos ver lo que ya fue decidido.
Las llamas chisporrotearon a la vez que consumían lentamente el laurel: los ojos de la sacerdotisa se entrecerraron al ver el humo ascendiendo en espirales, tratando de buscar aquello que Apronia temía nombrar.
—Lo has llamado con tu incesable pensamiento… No regresa sin motivo, algo lo trae de vuelta… Más bien alguien. Y diría que ese «alguien» se trata de ti.
A eso, la joven sintió como un escalofrío le recorría la espalda, y es que, ¿acaso lo había estado llamando en secreto con cada pensamiento que no confesó…? ¿Con cada noche en la que su nombre ardía sobre su pecho?
—¿Y eso qué significa? —se atrevió a preguntar, pero lo hizo con voz temblorosa… Tanto, que Eumachia se giró lentamente hacia ella, mirándola oscura y profundamente.
—Trae consigo intenciones, niña… Son puras, es cierto. Pero lo que os une… aún no se ha roto ni lo hará fácilmente, porque él sabe que todavía no ha terminado… Quizá deberías preguntarte si su regreso es una bendición, o una condena…
Y la vieja no estaba equivocada, como siempre.
Algunos días después, con la tarde habiendo caído sobre la ciudad que celebraba la nueva conquista del imperio a manos del ejército, Elio Ignivarus, tal y como le había sido prometido, se había hecho con un nombre que resultaba poderoso…
Y con ello, estaba claro quien sería el sucesor del general Augusto, pero entre tanto Domiciano lo proclamó ‘Mercenario del pueblo’, y es que la gente lo adoraba porque creían que gracias a él, Roma estaba siendo guiada a la más absoluta grandeza.
A su llegada gozó de inimaginables lujos, pero su único propósito al aceptar tal encomienda no fue otro que mantenerse alejado de la única mujer a la que había amado durante su vida.
Tito y su hermano esperaban ansiosos por su llegada, que estaba siendo recibido con aplausos, vítores y de más, cuando subía los escalones sin llegar a levantar la mirada del suelo que iba pisando.
—¡Hermano…! —Domiciano lo recibió con ambos brazos abiertos: todo era teatro, sabía que las miradas del pueblo estaban puestas en Elio, y en su lógica, si la ciudadanía amaba a Elio, y él era gentil con Elio, la población adoraría a Domiciano… Necesitaba ser siempre el centro de todo.
Elio pronto se inclinó ante el emperador y notó como sus ojos denotaban una profunda tristeza, por mucho que al momento de su llegada lo hubiera recibido con amplias sonrisas.
—Me congratula que estés de vuelta —admitió, apretándole el hombro.
—Siento lo de Cornelia Mayor… Era una buena mujer —el viudo asintió apenado, porque a diferencia de su hermano que lo único que pretendía era poseer a Apronia y mantenerla bajo sus órdenes, Tito sí estaba enamorado de su esposa, y aquello era sabido por toda Roma.
—¡Mi mercenario…! —insistió, colocándose entre ambos—. Como me alegra tenerte aquí, ¡otra grandiosa conquista para el imperio! Y todo gracias a ti.
—Me alegra verte, Domiciano —pero este, pronto siguió con su conversación propia porque le encantaba ser oído por todo el mundo…
Eso lo hacía sentirse poderoso, pero Elio no lo escuchaba, sentía su voz como un eco en la distancia al ver las cortinas detrás de Tito moverse: Apronia apareció ante él de forma silenciosa, no parecía la misma persona que había dejado atrás hacía un tiempo, sin despedirse si quiera.
Notó la creciente presión en su pecho al contemplar las marchas de color gris bajo los ojos de la mujer, que siempre había tenido tales marcas, pero no tan evidentes como en ese momento…
Su postura ya no era tan erecta ni estirada porque caminaba menos erguida, como si quisiera esconderse del mundo entero.
—¡Querida, acércate a saludar! —ordenó y ella obedeció. Caminó despacio permitiendo que el sol le acariciase la piel. Los destellos de luz se reflejaban en su cabello dejando a Elio sin aliento unos instantes al verla.
Apronia extendió su mano de forma protocolaria una vez estuvo frente a frente, Elio la tomó con sumo cuidado antes de depositar un pequeñísimo beso en el dorso de ésta.
—Me alegro de verte, Cornelia Apronia.
—Y yo de tu regreso… —susurró, mirándolo detenidamente: su mandíbula estaba más marcada que de costumbre, había ganado músculo en brazos y piernas, llevaba heridas de la batalla por todas partes y lo que más apreció fue la longitud de su cabello, que le caía por los hombros.
Ella sonrió—. Buen cambio, te favorece.
Desde la distancia, Domiciano captó al sonrisa de su esposa, y lo que debería ser normal resultó extraño para todos los presentes, ya que desde el fallecimiento de Cornelia Mayor, hacía meses que nadie veía en ella un atisbo de felicidad… Por lo que su corazón se llenó de celos.
—Siento mucho lo de… tu hermana —ella negó con un destello melancólico en los ojos y él le apretó la mano con cuidado, como si ese gesto tan simple pudiera sostener algo más que solo la piel: Parecía buscar atrapar el tiempo perdido entre ambos—. ¿Estás bien? —cuestionó en voz bajita.
Pero Apronia desvió la mirada porque estaba luchando contra el peso de los recuerdos: aunque la muerte de Cornelia todavía escocía, la presencia de Elio trajo consigo un alivio inesperado, como si por fin una parte de ella volviera a estar al completo.
—¿Has vuelto para quedarte…? —cuestionó con un hilo de esperanza, pero temerosa de la posible respuesta.
—Tenía la opción de retirarme un tiempo a una villa que queda a dos días de aquí a caballo, pero… He vuelto por ti —susurró, soltando al fin la mano de la mujer.
Domiciano entornó los ojos muerto de celos: no le gustaba la familiaridad entre ambos, ni tampoco la forma en que la rigidez de Apronia se suavizaba ante la presencia de Elio.
—Deberías ir a descansar —la voz de Tito resonó demasiado autoritaria, rompiendo la burbuja en la que se habían sumergido ellos dos.
El corazón de la mujer latió fuertemente con una mezcla de miedo y deseo, que no se veía capaz de controlar porque durante meses se había visto obligada a mantenerse firme, a no ceder…
Pero teniendo de nuevo a Elio Ignivarus tan cerca, todo su autocontrol se tambaleó, su respiración se volvió errática cuando el calor de su cuerpo invadió el espacio que los distanciaba.
Se había repetido a si misma una y otra vez que no debía cruzar esa línea, que no podía permitirse sentir nada más por ese hombre, pero entonces…
Elio alzó la mirada una última vez antes de desaparecer tras las cortinas por las que ella había hecho acto de presencia minutos antes y notó como la miró desde la distancia, con esos ojos tan brillantes y repletos de anhelo…
Que sus manos temblaron de ganas de alcanzarlo y deshacer la distancia que los mantuvo separados por tanto tiempo.
Pero el silencio que continuó se espesó…
Estaba cargado de todo lo que un día dejaron de decirse.
Y sí, con una sola mirada más, se desmoronaría ante él.