34. caronte
Tito había sido el encargado de comunicarle a Apronia el deceso de su hermana, así como al resto de la familia…
Al recibir la noticia, la mujer entró en cólera, comenzó a romper todo objeto que encontrase a su paso, y quien debería de haber estado para consolarla, probablemente también habría muerto al frente.
Entonces, ¿qué motivos tenía para continuar viviendo… ?
Pero para sorpresa de todos, Domiciano la acompañó en todo momento, y es que al final sí que pareció tener algo de humanidad en su oscuro corazón.
Al verla intentar envenenarse a sí misma con cicuta aquella noche en la que el mundo se apagó para ella, solo quería ser dueña de su propio destino, pero Domiciano no se lo permitió: golpeó su mano instantes antes de que le diera un sorbo a esa asquerosa bebida, porque no podía perderla…
Por lo que en búsqueda de algo que remediara su incesante tristeza interior, recurrió al medicus Augusti, quién le proporcionó opio para tomar cada noche antes de dormir…
Aquello la mantenía en un estado de ausencia constante durante el día, porque sí… Abusaba de las cantidades.
Las plañideras lloraban y se lamentaban en voz alta. Apronia apretaba una moneda en la palma de su mano, con rabia, enfado y desesperación al ver a su madre sosteniendo la cadavérica mano de Cornelia al llorarle y pedirle a los dioses entre susurros que cuidasen de su hija.
Tito, que hasta entonces solo observó el cuerpo pálido, frío y sin vida de su esposa, caminó despacio hacia ella: la madre se apartó y entre llantos abrazó a su esposo, que también lloraba la pérdida de uno de sus tesoros más valiosos.
Pero el emperador tenía un dolor distinto…
Su mirada se perdía en el vacío, sentía que su imperio acababa de desmoronarse ante sus ojos porque ya no la tenía junto a él…
Cornelia había muerto, Livia había muerto.
Apronia tocó su propio vientre angustiada no solo con la partida de su hermana y su sobrina nonata, sino con la idea de que ella podría ser la siguiente en correr el mismo futuro…
El viudo se agachó a la altura del cuerpo, y temblando sostuvo la mano de la que era su esposa, besó su frente buscando recoger su último aliento y se despidió para siempre de ella.
La menor se percató del detalle en los pies del cuerpo: Apuntaban hacia la puerta haciendo simbolismo a su partida a la par que las velas parecían contonearse en una danza al rededor de sus restos.
—Es tu turno, querida —susurró sobre el hombro de Apronia, que no se movió por seguir mirando el inmóvil cuerpo de su hermana, esperando que despertara en algún momento.
Le rozó el brazo intentando llamar su atención—.
Esposa mía… —al fin lo miró directamente a los ojos, pero el corazón de Domiciano se encogió al verla llorar de esa manera…
Parecía una pequeña niña, por lo que la envolvió en un cálido abrazo…
Y ella, a falta de poder refugiarse en quien realmente amaba, se dejó abrazar y consolar por su esposo, que acariciaba su cabeza despacio, dejando pequeños besos en su frente,
—No puedo hacerlo —confesó.
—Es lo último que puedes hacer por ella —explicó con voz tierna, como nunca antes.
—Debería haber sido yo y no ella quien estuviera ahí —y lejos de sentir tristeza por tal confesión, los ojos del hombre se oscurecieron de enfado… ¿de verdad había dicho aquello?
Pero cuando sintió el peso de las miradas sobre ella, Apronia se separó despacio de su esposo y caminó hacia el cuerpo inerte de Cornelia, al que había ataviado con una túnica morada de flores en los bajos…
Su preferida. Y ahora se había marchado para siempre…
Era la primera pérdida cercana para Apronia y al no haberse visto en esa tesitura, aún no era capaz de gestionar sus propios sentimientos.
Empezó a hipar al estar al lado de Tito, que sin mirarla se frotó la cara a la vez que se apartaba del cuerpo de la mujer que amaba.
—Lo era todo para mí —confesó, al pasar a su lado.
La mano de Apronia tembló al estirar el brazo hacia Cornelia, y con cuidado, depositó una moneda sobre la boca de ésta.
—Caronte… Guía su alma a través del río Estigia hasta el inframundo… Plutón… —se le entrecortó la voz al soltar un fuerte sollozo y obligarse a sí misma a apoyarse sobre el abultado vientre de su hermana—. Cuida de ellas y deja a sus almas descansar…
El tiempo pasó, pero la pena en ella continuó: Tito jamás volvió a tener amantes.
Creía estar maldecido porque era la segunda vez que le ocurría algo similar: Primero con Arrecina y más tarde con Cornelia, por lo que se acusó a sí mismo de portar la mala suerte.
Apronia por su parte iba cada mañana al mausoleo familiar a visitar los restos de Livia y Cornelia, y como si ya fuera parte de un ritual no establecido verbalmente, Domiciano acudía a buscarla cuando llegaba el medio día, durante el punto más álgido del sol en el cielo.
La veía con pena sin poder evitar sentir su corazón contraerse al verla ahí sentada, porque incluso desde la distancia vio como entre sus manos portaba la cinta de seda morada que su hermana siempre llevaba consigo, deslizándose entre sus dedos,
como recordatorio de lo efímera que podría llegar a resultar su existencia…
A la mente de ella acudió el recuerdo de como no hacía si quiera un año completo desde que las hijas de Cornelio habían contraído matrimonio con Tito y Domiciano…
Aunque unas calientes manos se posaron sobre sus hombros, apretándolos despacio y buscando reconfortarla, no se asustó, en cambio secó sus lágrimas con la cinta antes de ponerse en pie, como pudo, mientras miraba a un punto fijo en el césped.
—Querida, podemos estar aquí todo el tiempo que consideres necesario —admitió.
Por fin intercambió miradas con él: era cierto que desde la muerte de su hermana, Domiciano se mostraba algo más humano con ella, pese a haber condenado su vida por el resto de la eternidad.
La ciudad de Roma tenía en gran estima a Apronia: tan educada, tan bonita, tan compasiva con quienes menos suerte habían tenido en la vida…
Si bien ella vivía una vida llena de lujos y comodidades, cada vez se sentía más sola y vacía porque todo lo que le importaba, en algún momento, desaparecía dejando una enorme huella en su ser.
—Vayámonos —propuso.
Mientras caminaban en silencio, su esposo la tomó de la cintura acercándola a sí, y en cierto modo las palabras que anteriormente al matrimonio le había dicho, fueron ciertas: había aprendido a quererlo, o al menos a convivir con su presencia, como quien aprende a vivir con un lastre de infelicidad…
—Esposa mía, esta mañana te ves más hermosa de lo habitual, si es que tal cosa es posible —pero ella lo ignoró—. Deberías sentir felicidad, el ejército está a poco de volver tras haberse hecho con una nueva zona de Britania.
—Han masacrado al pueblo, así como Tito hizo con Judea, ¿debería alegrarme porque centenas de inocentes hayan perecido, esposo?
—él, sin mostrar expresión en su rostro, deslizó la mano hasta uno de los mechones del cabello de su esposa y tiró de este, haciéndola gemir de dolor: pese a estar acostumbrada a esos gestos, no lo estaba al dolor que cada vez iba incrementando.
—Te tengo dicho que no me lleves la contraria…
Tu rostro refleja un brillo diferente últimamente —admitió—.
¿Has sido ya bendecida por Venus…? —Apronia negó lentamente, mientras tocaba la zona de donde su esposo había tirado—.
Todo lo que tienes de hermosa, lo tienes de inservible —susurró antes de alejarse varios metros.
Y es que resulta que la pareja llevaba tratando de concebir un heredero desde antes de fallecer Cornelia, o eso creían todos, porque en realidad Apronia dormía cada noche rezándole a Bona Dea para que no le concediera la fertilidad que su esposo tanto ansiaba en ella:
No deseaba traer al mundo otra criatura igual de desdichada que ella y que ésta viviera bajo las órdenes de uno de los hombres con más poder de todo el imperio… Su propio padre.
Gracias a tales rezos —y a unas fantásticas infusiones de ruda y artemisa—, conseguía librar cada mes una batalla silenciosa de la que nadie era conocedor.