UBI TU, IBI EGO 33. lotta
71%

33. lotta

Trató por todos los medios posibles de parar aquello…

Nunca antes le había gustado la idea de que dos hombres peleasen eventualmente hasta la muerte, mientras miles de personas los observaban con la única intención de huir de sus propios problemas, refugiándose en los de otros…

¿Acaso había algo peor que morir en el Coliseo… ? ¿O que ser humillado públicamente…?

Quizá sí. La muerte en vida; sentir que estás entre unas paredes invisibles de las que te es imposible escapar por más que lo desees. Como era el caso de Apronia…

Insistió y persistió, pero su esposo no le atendió ya que todo lo que él planeaba y llevaba a cabo era por algún interés político o personal… Y en esa ocasión había aprovechado la oportunidad de llegar a un acuerdo con un miembro importante de la clase ecuestre.

La recién casada hubiera deseado poder prestar atención a lo que su esposo y ese hombre hablaban, pero el bullicio; los gritos; el sonido de las espadas…

Todo eso la mantenía atrapada completamente…

Y es que con cada golpe que el hierro le propinaba al acero, un pequeño pedazo de su alma se escabullía entre los suspiros de sus labios, que por mucho que buscase tomar aire y retenerlo con toda la fuerza que le era posible, en sus pulmones,

este escapaba al ver al único hombre al que un día amó genuinamente, batallar por su propia vida frente a una Roma Flavia que no veía como personas a los gladiadores… Si no como actores.

—¡Acaba con él! —eso la sacó de sus pensamientos: Al girar la cabeza y mirar a su esposo con enfadó, algo que él notó, negó repetidas veces con la cabeza en señal de clara desaprobación.

Y él lo notó—. ¿Qué…? ¡No me digas que estás preocupada…

! —la tomó del brazo con posesión—. Querida, no son otra cosa más que burdos gladiadores.

—Hace tiempo que Elio dejó de serlo, y aún siendo un liberto, eligió protegerte con su propia vida.

Domiciano se acercó a ella peligrosamente, aunque ella ya estaba más que acostumbrada a eso: él siempre intentaba achantarle y hacerla de menos ante él, pero Apronia le había cogido el truco y las amenazas ya no funcionaban con ella.

—Elio será lo que yo desee que sea… —afirmó dejando un beso sobre sus labios.

—No es tuyo.

—Todo aquí es mío, mi esposa —recalcó.

Apronia estuvo a punto de responderle pero el sonido de los gritos del público volviéndose loco no se lo permitieron.

De forma disimulada empujó a su marido hacia atrás, apoyándose con fluidez en el palco y observando la escena con horror: Elio tirado en la arena.

Su pierna amoratada, no podía apoyarla. Su frente sangrando.

Su pecho subía y bajaba con extrema rapidez…

Sentía furia y miedo, y ella lo sabía. El contrincante estaba sobre él, apuntando a su cuello con la afilada espada, y es que el arma estaba tan cerca de él que si hacía un solo movimiento, él mismo se la clavaría… Estaba a punto de morir.

—Domiciano, por favor… —susurró angustiada.

—O matas, o mueres… ¡Esto es Roma!

La gente en las gradas y el palco esperaban la reacción de Tito, que sería quien tomaría la decisión final: por un lado su hermano le hacía señas, asintiendo, ordenándole que lo hiciera… Sus ojos proyectaban una insaciable sed de sangre, así como la ira que Apronia creyó vislumbrar en ellos.

Cuando el emperador alzó el brazo, el corazón de la mujer martilleó fuerte sobre su pecho, porque iba a perderlo para siempre y no podría hacer nada ante aquello…

Y sin ser consciente, las lágrimas amenazaron con brotar, su cuerpo empezó a temblar ligeramente de miedo…

y de rabia… y la única persona en todo el Coliseo que se percató de tal cosa —además del administrativo con el que Domiciano había estado haciendo ciertos chanchullos—, fue Cornelia Mayor, que lo tuvo claro…

Aquel hombre de cabellos rizados no era un gladiador más…

Y lo supo porque Apronia miraba a Elio tal y como ella miraba a Tito, por lo que tomó el brazo de este y acariciándolo con cuidado, actuó.

—Piensa bien en lo que haces, esposo mío. El público ansía sangre, pero debes saber que si ese hombre muere hoy… El inútil de tu hermano dejará de tener protección, así como mi hermana… Te ruego no dejes que él muera.

—¡Degollarlo! —se oyó desde las gradas.

El emperador tenía la última palabra siempre, pero también estaba dispuesto a escuchar: lanzó una mirada cómplice a su esposa, que le sonrió de forma suave al haber dado justo en el punto clave, porque Tito tenía en fuerte estima a su hermano menor,

pero jamás negaría que en ocasiones no solo le resultaba cargante y controlador…

También le agotaba la paciencia, y solo por llevarle la contraria —y no poner su pescuezo en juego—, alzó el puño sin llegar a mostrar el dedo pulgar… Elio viviría.

El oxígeno que comprimía los pulmones de Apronia se evadió lentamente, y buscando sostenerse de algo, apretó con fuerza su túnica blanquecina mientras miraba a Cornelia y con una sonrisa le agradeció el gesto,

y es que al fin y al cabo era muy probable que el hombre al que amaba no hubiera muerto gracias a ella, y a su influencia sobre Tito…

Que al contrario que Domiciano, sí amaba realmente a su esposa, la escuchaba y la hacía partícipe de importantes temas: podría decirse que Domiciano solo la tenía como una cara hermosa que mostrarle a la ciudadanía romana.

—¡Pero el pueblo quiere sangre!

—¡No, hermano! Tú eres el que la desea —respondió bajo el aplauso del público que celebraba la vida de Elio: por su parte, un experimentado hombre cercano a los cuarenta años, le ofreció la mano y lo ayudó a ponerse en pie.

El herido, como pudo, se apoyó sobre la espada, alzando la mirada al palco y al fin la vio…

Apronia sostenía entre sus manos una flor de color rojo como la llama del fuego…

Elio sonrió. No supo si porque los dioses romanos —y Tito— le habían permitido vivir un poco más de tiempo, o por tener de nuevo dos grandes ojos a los que mirar y sentir el cosquilleo de su estómago.

Él se agachó, tocó la arena y después rozó su propia frente, ese era el modo en el que Elio agradecía la vida en la arena y honraba a quienes la habían perdido.

—¡Te doy las gracias…! —exclamó.

Apronia llevó la flor a su nariz e inspiró como si tratase de regularse a sí misma aunque al final todo había acabado…

¿o no…? Su esposo en cambio se percató de la ilusión en ella, en el brillo de sus ojos, en la rojez inmediata de sus mejillas…

Pero no quiso darle más relevancia de la que podría tener, porque había conseguido lo que quería: pan y circo.

Meses más tarde, Tito y Domiciano solicitaron reunirse con Elio Ignivarus y con Cneo Julio Agrícola porque el menor de los hermanos se había empeñado en que era el momento preciso de hacerse con Britania de una vez por todas…

Y a Tito le pareció una excelente idea, ya que esa estrategia había empezado cuando él aún servía a su padre, como general…

Pero entonces era muy diferente porque ya no participaría activamente, si no supervisando como el emperador…

—Deberíamos consolidar nuestro control de una vez.

—¿Por qué no primero fortificamos nuestras fronteras…?

Cornelia Mayor y Cornelia Apronia estaban sentadas algunos metros alejadas de la reunión, fingiendo no prestar la más mínima atención, pero la realidad es que ambas estaban haciéndose esquemas mentales de lo que podría llegar a ocurrir en caso de, al fin, hacerse con Britania.

—¿Tú qué opinas, Elio? —cuestionó Domiciano pidiéndole con un gesto de mano que tomase asiento junto a ellos.

—Yo no creo que deba intervenir en estos asuntos.

—¡Claro que deberías…! Verás, mi hermano y yo hemos estado conversando y ambos creemos que sería muy buena opción que tú…

Elio Ignivarus… Participases en todo esto.

No me refiero a solo aconsejar, para nada…

Sabemos que lo tuyo es actuar, por lo que queremos que acompañes a Agrícola —sonrió como si aquella hubiese sido la mejor propuesta que le hubieran hecho al hispano en toda su vida—.

¿Qué me dices…? Podrías llegar a convertirte en general el día que él falte.

Apronia miraba a un punto fijo mientras que apretaba sus labios buscando contener todo lo que tenía para decirles a ese par: ¿Acaso le estaban proponiendo ir a una muerte anunciada…

a la guerra…? Definitivamente los dioses estaban conspirando contra su amor por ese hombre, como si por ser algo prohibido no tuviera derecho alguno a existir.

—¿Y yo qué gano con eso? —cuestionó, tamborileando sus dedos sobre la mesa frente a la que se había sentado.

—Estatus. Hacerte un nombre. Mujeres…

—No te imaginas la de pretendientas que un general tiene —soltó Agrícola, a lo que todos rieron, aunque Elio lo hizo más por cortesía que otra cosa.

—¿Qué me dices…? ¿Lucharás por nuestro imperio? Si lo deseas podríamos llegar a un acuerdo. Estamos dispuestos a cavilar lo que sea que nos propongas a cambio, pero la verdad… A mí ya me habrían convencido con lo de tener a todas las mujeres babeando por mí —soltó Domiciano.

Apronia de espaldas a ellos y bajo la atenta mirada de su hermana, hizo un gesto de desagrado, negando con la cabeza: Claro que era consciente de que cuando se le antojaba, su esposo iba y venía al lupanar, y que incluso montaba sus propias convivia, donde después de comer hasta saciarse,

se iba en compañía de otros hombres.

—Debo pensarlo —admitió.

—¿Qué debes pensar, amigo mío…? No tienes una esposa ni una descendencia por la que mirar.

No tienes nada que te ate a estas tierras —frente a esa confesión, Elio levantó la mirada para observar a la mujer que le daba la espalda en la lejanía, pero pronto notó como Cornelia le observaba, por lo que se puso en pie, nervioso.

—Está bien. Iré.

Tito, Agrícola y Domiciano aplaudieron como si de un mero juego se tratase, aunque el general estaba acostumbrado a las victorias, la sangre, y la muerte, no era motivo de celebración que un simple protector fuera a luchar en batallas que no deseaba.

—¿Entonces, eso es todo…? —murmuró Apronia para sí misma, pero su hermana la oyó, y buscando evitar que a ésta se le soltase la lengua del enfado, —algo muy común en ella—, la tomó por los hombros y la condujo hasta sus aposentos con el pretexto de mostrarle la nueva decoración de estos.

—¿Por qué no dejas de venir a las reuniones? —cruzó el umbral, siguiendo a la joven—. No te hacen bien, además… Considero que deberías alejarte de ese hombre.

—No sé de lo que me hablas.

—Apronia. El que no desea verlo es porque está ciego… Como tu esposo se percate… —suspiró— hasta mi esposo es consciente de lo que os traéis entre manos, hermana.

—No nos traemos nada entre manos, hermana —imitó.

La morena caminó despacio y tomó asiento sobre la cama sin apartar la mirada de Apronia, que se había colocado frente al espejo y trataba de ajustar los pendientes que Domiciano había ordenado hacer para ella: eran bonitos y ostentosos,

pero pesaban demasiado y al final del día acababan doliéndole los lóbulos de las orejas.

—Apronia, os estáis poniendo en peligro de forma constante. Creo que deberías olvidarte de él de una vez porque Domiciano y tú estáis unidos ante los dioses…

—Márchate, por favor —Cornelia hizo caso omiso y continuó replicando, pero la más joven no le dio oportunidad de seguir martirizándola—. ¡Fuera, ahora…!

Con aquello último, la esposa del emperador salió, pero no sin antes golpear un asiento cercano: Le dolía en lo más profundo ver así a su hermana, pero había firmado un contrato no escrito con Domiciano, con sus padres, con todo el mundo…

No podía romperlo por haberse encaprichado de un simple mercenario…

Pero lo que Cornelia Mayor no sabía es que aquello no era un capricho.

Cuando por fin estuvo sola, trató de despejar sus pensamientos con la excusa de esos pendientes tan dolorosos, hasta que un destello de sol se reflejó en el espejo obligándola a cubrir sus ojos por un instante cegador, y al volver a mirarse ya no era ella…

Una figura la miraba desde el otro lado con perplejidad: Una muchacha de pelo cobrizo, pecas sobre su nariz y pómulos, labios rosados y una vestimenta peculiar, parpadeaba a la par que ella, movía sus manos de igual forma y parecía estar igual de confundida que Apronia…

Hasta que la vio angustiada, y ante tal gesto, Cornelia Apronia se giró habiendo notado antes una presencia a sus espaldas: era él…

—¿Ocurre algo, querida? —la miró con deseo, a lo que ella agachó la cabeza unos instantes en los que terminó de colocarse el dichoso abalorio bajo la cruel y ávida mirada de Domiciano, que le rozó la piel del hombro con delicadeza.

Ella sintió un nudo formándose en su estómago, pero se resignó, no le quedaba otra alternativa.

—Me aburría con temas de guerra —mintió.

—¿Opinas que he tomado la decisión correcta…? Ya sabes, enviando a Elio al frente —soltó de repente.

—Siempre haces lo correcto, esposo.

—¿Te importa que haya hecho tal cosa? Haberlo propuesto como posible… futuro general.

—¿Por qué iba a importarme un hombre que no fueras tú? ¿Un simple mercenario…? —bufó intentando sonar desinteresada, pero claramente estaba calumniando.

Domiciano la estrechó con fuerza entre sus brazos mientras sonreía, pero lo que ninguno de ellos sabía, era que al otro lado del umbral, escondido detrás de las paredes, se encontraba él oyéndolo todo…

Y esa conversación fue lo último que necesitó para decidirse enteramente por marchar al frente…

¿Acaso tan rápido se había olvidado de su amor por él?

¿Un simple mercenario…? Ese hombre hubiera dado su vida por ella de haber sido necesario, pero por el momento, Elio marchó a la batalla manteniendo la esperanza de que su hermana cuidase de ella…

Lo que ninguno conocía era el cruel destino que los dioses tenían para esa mujer, porque el mismo día que Elio partió junto al ejército, Cornelia Mayor le confesó a Apronia que estaba esperando descendencia, y ocho meses más tarde, el parto se adelantó, complicándose…

El bebé no llegó a nacer, Cornelia pereció entre los brazos de su esposo, y el mundo dejó de tener color para Apronia…

Su hermana, con quien se había criado y a quien solía acudir, ya no volvería a regañarle por llevarle la contraria, y la que esperaba que fuera su sobrina, la pequeña estrella de sus ojos, Livia…

ni si quiera le dio la oportunidad de poder sostenerla entre sus brazos y arrullarla mientras le contaba historias que Tullia le narraba cada noche a ella cuando era una niña.