UBI TU, IBI EGO 32. jupiter
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32. jupiter

Por mucho que trató de hacerse la remolona y tardar más de la cuenta para intentar evitar lo inevitable, el momento había llegado por mucho que no quisiera…

Apronia jugueteaba nerviosa con sus propias manos, y es que la presión sobre su pecho pudo con ella al verse rodeada de tanta gente, siendo el centro de atención y acaparando miradas y comentarios.

Le faltaba el aire, el corazón le latía rápidamente cuando él la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo.

—¿Te encuentras bien, querida? —asintió de un rápido movimiento—. No le mientas a tu futuro esposo… ¿Estás así por la gente? —susurró—. Puedo pedirles a todos que se marchen si es lo que deseas.

La pareja estaba siendo observada por los asistentes.

Apronia, colocada junto a él y sobre el altar del templo, alzó la mirada cruzándose con la de Domiciano, y ante tal comentario que claramente no era posible, no pudo evitar dejar escapar una ligera sonrisa al percibir que el hombre buscaba agradarla y tranquilizarla, pero jamás sería Elio.

—¡Para ti, Júpiter! —pronunció, posando un pedazo de pan como ofrenda, antes de girarse hacia la gente y gritar—: ¡Que tu gracia divina guíe mi unión con ésta mujer, y la descendencia con la que me obsequie!

Aunque la gente aplaudió como si fueran borregos, Apronia tragó saliva con dificultad a la vez que su mirada iba y venía a un punto en concreto: Elio la contemplaba desde la distancia, y pese a jamás antes haberla visto tan hermosa, tampoco la había visto tan triste como esa tarde.

Domiciano le hizo un gesto de dominación en el que le advertía que debía repetir lo que él había hecho, así que con las manos temblorosas, la mujer dejó caer el trozo de pan en el mismo lugar, bajo la expectante mirada del hombre.

—Debes decir algo —susurró despacio.

—¡A ti, Júpiter! Protege ésta unión —teatralizó en un tono neutral ante el que su hermana no pudo evitar dejar escapar una risilla… Era típico de Apronia actuar de tal modo cuando las cosas no salían como ella deseaba, pero debía cumplir con su obligación.

—Es que es algo vergonzosa —explicó su madre al darse cuenta de que los asistentes se habían quedado poco convencidos con el gesto.

El pontifex tomó la mano derecha de Apronia, ofreciéndosela con cuidado al hermano del emperador, que la tomó sin parar de mirarla.

—Con este gesto, honrando a Fedes, me uno a ti, Apronia… Soy tuyo, eres mía —fue entonces cuando la respiración de la mujer se entrecortó porque las palabras de Domiciano pesaban sobre ella.

—Ubi tu Gaius… Ego Gaia —concluyó la ahora recién casada.

Detrás de la pareja, a tan solo unos cuantos metros, Elio sostenía todavía la rosa que le había sido entregada como regalo, mientras que inconscientemente la apretaba sobre la callosa palma de su mano, pinchándose con las espinas de la misma,

pero no lo notó hasta horas más tarde por andar intentando controlar sus impulsos e ir hacia Domiciano…

La miró sin ser capaz de apartar la mirada de esos ojos tristes que casi no alzaban la mirada del suelo más que cuando era estrictamente necesario hacerlo, ¿acaso nadie se percataba de tal cosa salvo él…

? Pudo incluso ver cómo alguna que otra lágrima le caía por las rosadas mejillas mientras que un sonriente Domiciano la tomaba por ambas mejillas, depositando un fiero beso sobre sus labios mientras que ella continuaba inmóvil, y cuando se hubieron separado, unió ambas frentes y susurró:

—No puedes imaginar las ganas que tenía…

Ante eso, Elio miró al cielo unos instantes buscando contener todo lo que había acumulado en su pecho. Dejó escapar un largo y pesado suspiro e intentó retirarse del lugar, pero algo lo detuvo.

—¿A dónde vas, Elio? Acércate —caminó hasta el mercenario y tomándolo de la mano, lo guió hacia el altar. Le apretó el hombro, tomó aire y anunció con una sonrisa—: ¡En honor a este enlace se celebrarán unos juegos en el Coliseo!

—¿Qué tengo que ver yo con eso? —cuestionó, girándose hacia Domiciano, que lo ignoró.

—¡He querido que mi mercenario, que Elio sea quien me represente en ellos! —entonces la gente estalló en aplausos.

Pero la realidad es que Apronia y el liberto se miraron ávidamente buscando respuestas uno en el otro. Ninguno entendía lo que estaba ocurriendo.

—Dejé de ser gladiador hace tiempo.

—Harás lo que se te ordene.

—Pero ya no soy un gladiador —insistió.

—Jamás dejaste de serlo, Elio… Una espada de madera no significa nada para mi, y no ha habido, ni habrá un mejor gladiador que tú… Confío en ti, no me decepciones —le obsequió con dos fuertes palmadas sobre la espalda y continuo—. Es un honor poder representar al futuro padre de Roma, ¿no crees?

—¿Padre de Roma…? —repitió Apronia—. Ese título te queda algo grande, ¿no crees? —Domiciano la miró de reojo con una sonrisa: ya había empezado el juego que tanto le gustaba a él donde era constantemente retado por ella, pero rápido volvió a dirigirse a Elio.

—No me defraudes —carraspeó—. Ahora, me voy a estrenar aposentos con mis nueva esposa —susurró en su oído, como si supiera exactamente donde darle para infringir más daño.

Frente a eso, Elio sintió su rostro arder.

Sus manos se cerraron en puños y una extraña sensación sacudió su estómago al ver a Domiciano sosteniendo la mano de la que él consideraba ‘Su Fortuna’, alejándose del lugar…

No sin antes dejar una caricia en el fuerte brazo del mercenario, de forma que nadie notó por suerte.

Al día siguiente del enlace cada uno de ellos había comenzado con su nueva vida: Apronia iba donde su esposo lo hacía, y Elio los seguía de cerca, asegurándose de que nada les ocurriera, pero cada vez que el hermano del emperador andaba cerca de un ventanal o de un alto muro,

la idea de arrojarlo abajo pasaba por la mente del castaño, que no lo hizo jamás porque no deseaba que ella sufriera más, si es que aquello era posible.

La mujer había cumplido tal y como se esperaba de ella, y su esposo no podía estar más contento de haber conseguido lo que tanto anhelaba, pero estaba claro que aquello no era amor, ni devoción, ni admiración.

La menor de los Cornelio era para él un capricho al que había obligado a atar su vida a la de un hombre al que no amaba… Pero le daba igual.

Al sentir los rayos del sol sobre su rostro despertó y con delicadeza dio pequeños golpes a tientas sobre el colchón, intentando dar con la figura de su esposa, pero no la encontró, y creyendo que habría huido, saltó del camastro en completa desnudez,

pero pronto la presión de su pecho dejó de ser molestia al verla sentada en la terraza y apoyada en la piedra, mientras miraba a un punto fijo: el peristilo.

—¿En qué piensas, esposa mía? —cuestionó, pellizcándole con cariño la mejilla.

—Es bonito —admitió señalando el jardín.

Se agachó a la altura de ella, observándola en silencio, esperando una respuesta que no hablase de la belleza del jardín que él mismo había ordenado decorar a su gusto, para la llegada de la mujer.

—¿Qué ocurre? —cuestionó con un tono de voz que olía a amenaza encubierta.

Apronia tragó saliva ante la insistente mirada de Domiciano, que era intensa, sofocante y parecía intentar desentrañar sus pensamientos con solo mirarla.

—Nada. De verdad —mintió, desviando la mirada. Pero él no se movió, su proximidad buscaba hacerla sentir atrapada como una ratita bajo las garras de un aguilucho.

—No me engañes —susurró suavemente, pero aquello desprendía un aura peligroso: ella notó como un escalofrío recorría su espalda mientras que su mente trabajaba en buscar una salida.

—Me preguntaba… ¿Qué se siente ser un Dios en vida…? Así como tú lo eres.

Pero Domiciano entrecerró los ojos: su expresión cambiaba por momentos yendo del orgullo a la diversión, porque no había pasatiempo preferido para él más que ser retado por su esposa.

—Muy inteligente, querida. Pero esa no era la pregunta… correcta.

—¿Cuál es entonces? —se atrevió a cuestionar, a lo que Domiciano se inclinó un poco más, rizando su aliento cálido contra la piel del hombro de ella.

—¿Qué se siente ser mortal… ante un Dios?

—Supongo que la misma sensación que debe tener un Dios al saber que un día caerá —replicó con una falsa sonrisa, a la par que se sostenía a sí misma de su propia toga. El hombre la miró un largo segundo y después una sonrisa peligrosa y lenta, muy lenta, se curvó en sus labios.

—Interesante visión… Lo tendré en cuenta llegado el momento —se puso en pie, cruzó los brazos tras la espalda y comenzó a caminar cerca de ella, de un lado a otro

—Deberías cubrirte —admitió ella, ya incómoda.

Pero Domiciano sonrió inconscientemente porque le encantaba aquella dinámica que tenían desde el primer momento: ella lo provocaba y le lanzaba indirectas que más adelante se convertirían en enfrentamientos que buscaban no hacerla ver como un ratoncito asustado…

Pero para él todo era un juego, porque siempre tenía lo que quería.

La tenía. La deseaba. La poseía. Pero ella en cambio resistía; sobrevivía ante aquella situación en la que, increíblemente, su propia familia, sus propios progenitores, la habían condenado de por vida…

Puede que debiera haber huido y priorizarse a sí misma, pero los límites jamás fueron propios de Apronia.