31. ignivarus
Iba envuelta en una suave túnica recta de lino blanco y estaba acabando de anudarse un cinturón de lana a su cintura, que horas más tarde simbolizaría su fidelidad y la protección del matrimonio… Al verse reflejada en el espejo, suspiró resignada.
—No te olvides de esto —alzó la palla dorada que la hija mayor de Cornelio había vestido anteriormente, en su enlace con el emperador Tito—. Representa la luz, la felicidad y…
—La fertilidad. Lo sé, pero no deseo darle descendencia a ese monstruo —Tullia sonrió apenada.
—Mírate, ya eres toda una mujer. Todavía recuerdo cuando tan solo eras una niña que en los días de lluvia salía a pisotear los charcos de barro y enfadar a tu madre… No has cambiado.
—Quería… darte las gracias por todo. Siempre estuviste ahí, ejerciendo de madre incluso más que la mía propia.
—No digas tal cosa, te lo ruego.
—Lo hago porque es cierto. Los dioses son testigos de que no miento, Tullia —la mujer la estrechó en un abrazo maternal que logró arrancar las lágrimas de Apronia.
Instantes después de eso pudieron oír unos pasos detrás del portón de madera que separaba la estancia del pasillo donde, no debía aguardar ningún soldado, pero alguien deslizó bajo la rendija de la puerta un pequeño pergamino medio doblado sin demasiado cuidado,
que Tullia no dudó ni un instante en leer mientras que oía como del otro lado las mismas pisadas se alejaban apresuradamente.
—Apronia… ¿En qué andas metida…? —susurró con decepción, mostrándole el escrito en el que rezaba lo siguiente:
«Mi Fortuna… Desde esta misma tarde nuestros caminos se distanciarán para siempre, y no hay pena que más haga doler a mi corazón, que verte infeliz… Supongo que mi condena será mirarte y no tenerte a mi lado. Así que como último acto de amor, te pido que acudas al rosal junto al Foro…
Antes del enlace. Te estaré esperando».
Ante aquella confesión sus manos temblaron sosteniendo el papel. Estaba claro que se trataba de Elio…
Comenzó a llorar cual niña pequeña, y como figura maternal, Tullia le sostuvo ambas manos mientras buscaba calmarla.
—Es el joven de rizados cabellos, ¿cierto?
Ese que va allá donde Domiciano lo haga —Apronia alzó la mirada y sin responder, sus ojos cuestionaron a la anciana cómo sabía de aquello que se suponía nadie debía conocer—.
Niña, antes de ser capturada por el ejército romano y vendida a tu familia…
Yo dí a luz a cuatro hermosas criaturas, de las cuales tristemente solo sobrevivieron dos…
Pero después de muchos… muchos años… Puedo distinguir la mirada de un hombre enamorado —carraspeó—.
Hay que ser muy zopenco para no darse cuenta de como te ve, Apronia —la mencionada sonrió mientras se limpiaba las lágrimas de la mejilla—.
Ve al rosal, es la última voluntad de un hombre enamorado antes de que la mujer a la que ama tome otro rumbo.
Y aunque en ese instante la mujer se dejó caer sobre el asiento, buscando pensar en qué sería lo correcto, poco tardó en cubrir el traje que llevaría más tarde en la ceremonia de unión: Una túnica oscura la tapaba por completo, porque lo que menos deseaba era ser reconocida,
al fin y al cabo en pocas horas de que el sol llegase a su punto más álgido del cielo, siendo así que el destino de la mujer quedaría sellado de por vida, y ella sería conocida como «La esposa de Domiciano», muy a su pesar.
Se detuvo bajo la sombra de una de las columnas, respirando hondo y sintiendo el aroma del pan recién horneado y de las diferentes especias que los vendedores ofrecían a gritos.
Fue al ver a los soldados que andaban de patrulla por la zona cuando ella cubrió su rostro de forma disimulada, porque lo que menos deseaba era ser vista por ellos, y que las malas lenguas hicieran llegar habladurías a oídos del hermano del emperador,
que tenía fama de poco compasivo con quienes le fallaban.
Apronia era más que consciente de que al llegar a ese rosal se enfrentaría a un adiós que creía incapaz de pronunciar, por lo que se tomó su tiempo para acercarse a este…
Caminó sin prisa, tratando de alargar el momento lo más que le fue posible, mientras que con su mano izquierda apretaba la nota con la que había sido citada, como si se estuviera aferrando a la esperanza.
Estaba a tan solo unos pasos del lugar: el rosal había crecido salvajemente contra la piedra, desafiando la dureza del mármol, con la delicadeza de los pétalos de sus flores, que eran de un rojo tan profundo que parecían arder bajo la incandescente luz del sol.
Algunas de las rosas habían empezado a marchitarse, y es que sus bordes se habían oscurecido como si el tiempo las hubiera rozado con su cruel dedo esquelético y mortuorio…
Pero Apronia rozó una de las espinas con la punta de su índice, repleto de vida, notando un leve pinchazo, como si se tratara de un recordatorio de que incluso la belleza más frágil podría herirla.
Una mano áspera rozó su hombro, trayéndole de vuelta.
—Elio —susurró cuando lo vio.
—Has venido… —sonrió ligeramente— No tenemos demasiado tiempo, pero quiero enseñarte algo antes de…
Bueno, ambos lo sabemos —ladeó la cabeza poco antes de tomarle de la mano y conducirla hasta una pared cercana, donde pudo ver que cientos de nombres estaban grabados, pero que solo uno de ellos tuvo el honor de ser rozado por Cornelia Apronia.
—Elio Ignivarus —murmuró con asombro—. El valiente del fuego… ¿Eres tú? —él asintió pesadamente—. ¿Y cómo?
—¿Te refieres a que cómo acabé trabajando para tu futuro esposo?
—rió sin ganas—. Verás, cuando un gladiador se convierte en liberto, vuelve a su hogar junto a su familia, pero yo no tenía tal cosa hasta que…
Te conocí —admitió—. Así que supongo que Domiciano cayó en mis encantos y me propuso ser su mercenario —dijo con cierto tono jocoso, pero la realidad es que estaba más nervioso de lo habitual y buscaba restarle importancia al hecho de que la mujer que consideraba su refugio, su hogar,
fuese a enlazarse con ese vil gobernador.
—¿A esto lo llamas libertad?
—Vas a casarte con él en unas horas. Tú deberías hacerte esa pregunta, Apronia…
—ella lo miró en silencio dado que sus palabras habían surtido el mismo efecto que un puñal sobre su pecho.
Viendo que había cometido una indiscreción, Elio sacó un objeto punzante del bolsillo, el cual ella no alcanzó a distinguir hasta verlo tallando algo justo al lado de su propio nombre.
Cornelia Apronia
—¡Por todos los dioses…! ¿Pero qué haces? —rió nerviosa buscando apartar la mano de Elio de la pared—. Este muro es para honrar a quienes libraron batallas en su día.
—Pues desde hoy tú eres una gladiadora más, Mi Fortuna. Tu también libras tu propia batalla a día de hoy…
Ella lo miró en silencio: una vergonzosa y diminuta sonrisa asomó por la comisura de sus labios, y es que en cierto modo él tenía razón, aunque no había peleado en la arena, cuerpo a cuerpo, ni su piel había acabado sangrando por las heridas…
Sí que estaba lidiando su propia batalla: Una contra su cabeza.
Besó los nudillos del hombre a modo de agradecimiento, a lo que él se estremeció tan solo unos instantes en los que ella aprovechó para seleccionar la rosa que más llamativa le resultó: la arrancó y se la entregó a Elio.
—Roja como el fuego —explicó—. Tu me regalaste una y es ahora mi turno de hacerlo —al dársela se pinchó con una de las esquinas, pero poco le importó cuando vio una de sus típicas sonrisas ladeadas.
Dejó una pequeñísima caricia sobre la mejilla de la mujer, y eso fue suficiente para encender algo en el interior de Apronia, que le retuvo la mano llena de heridas secas y costras en los nudillos sobre su cara.
Él miró en ambas direcciones, y cuando se hubo asegurado de que estaban completamente a solas, sin nadie que pudiera estar observándoles, acarició los labios de Apronia con su pulgar.
—En ocasiones los dioses pueden resultar ser tan crueles… Mi Fortuna —aseguró sin quitar la mirada de los penetrantes ojos de la mujer.
—No digas tal cosa, te lo ruego.
—Si ellos no me permiten estar junto a ti en mi existencia, juro que te buscaré en cada una de mis próximas vidas, si es que las hay… Hasta encontrarte en todas ellas, Apronia.
Elio jamás fue creyente en los dioses romanos, él había crecido bajo la creencia de deidades Celtibéricas y donde él había decidido serle devoto a Endovélico: Dios de la salud, la adivinación y el inframundo…
Pero cuando fue secuestrado por el ejército romano se vio en la obligación de, cara al resto, convertirse a las creencias del imperio.
Acercó sus labios a los de ella y como si de una tímida caricia se tratara, los besó con cuidado.
El tiempo se detuvo para ambos en ese instante, como si el peso de todo lo que les rodeaba se hubiera desvanecido con el delicado roce de sus bocas.
Ambos sabían que aquella sería su despedida, por lo que Apronia cerró los ojos permitiéndose sentir, aunque fuera por un breve instante, algo más que no fuera rabia o miedo…
Sino esperanza, felicidad, amor… Y aunque ninguno quiso hacerlo, tomaron distancia en la que él acarició su rostro una última vez mientras sonreía apenado.
—Márchate. Tu futuro te estará esperando...