30. UBI TU, IBI EGO
En la noche del veinte de agosto, el aire era bastante frío, algo muy extraño para esa época, estuvo lloviendo día sí y día también… Algo poco común. Y es que fue como si el cielo supiera exactamente lo que estaba por ocurrir esa noche…
Ella tomó aire despacio, dejándose llevar por el inconfundible aroma que la ciudad tenía, y de fondo, el sonido de los coches y la música callejera.
En su regazo mantenía abierto por la página número cincuenta, lo que había sido su mejor compañero de viaje: Un cuaderno que compró en una librería de Notting Hill poco antes de partir a Italia, donde iba escribiendo día tras día algo así como una especie de diario,
con todo lo que iba viendo y viviendo…
Algo que ella no sabría hasta finales de agosto, es que esa libreta se convertiría en una valiosa herramienta que le resultaría de lo más útil una vez decidiesen volver a cruzar el portal… Como sus amigos lo habían apodado.
El bolígrafo de color negro descansaba entre sus dedos cuando su mirada se mantuvo perdida en la fachada del Coliseo…
Jamás se cansaría de aquello por mucho que el mundo a su alrededor continuase girando, y es que para Lawson, esa construcción era un refugio invisible, una burbuja en la que nada más importaba, porque sabía que de algún modo, el Coliseo era un pequeño pedazo de su alma.
La brisa que en ese instante pareció ser algo más cálida, jugueteó con los pliegues de su falda del color del fuego y que combinaba perfectamente con los mechones de su cabello… Y sí, Yara fue la encargada de instarle a comprar aquella prenda.
En su pecho se posó la sensación de que aquella noche todo acabaría al fin, y de que todo tendría una explicación clara, pudiendo así vivir el presente sin necesidad de recordar el pasado.
Federico cerró las puertas y acto seguido, el grupo salió de sus escondites: al igual que la vez anterior, el italiano se encargó de apagar las cámaras de video-vigilancia y de atrancar las entradas al Panteón, y es que no quería jugársela una segunda vez, ya que la primera,
con el maremoto de lo ocurrido, se le pasó la hora y por poco fue pillado por su compañero que llegaba a cambiarle el turno.
—Esta vez he traído algunas bebidas y comida, por si los tortolitos tardan más tiempo del esperado en volver.
—Muy considerada por tu parte, caramelito.
—¡Lo sé! Estoy al tanto de cada detalle.
—Ignoradla… ¿Habéis traído «eso»? —cuestionó su hermana, dejando su mochila a un lado.
En respuesta a su duda, Lorenzo sacó una pequeña caja de hojalata que contenía, por lo menos, una docena de varillas de incienso de mirra que le había pedido prestadas a la mujer de su tío Antonio con el pretexto de que era un regalo para la chica que le gustaba,
y como Luigia era una romántica empedernida…
Se las había dado sin intención de cobrarle, y es que no deseaba otra cosa más que, Lorenzo, al que tenía como un hijo más, encaminase al fin su vida y dejase de ir dando tumbos de un lado a otro, porque aunque para Antonio lo era todo, la música para Luigia era mero entretenimiento,
algo de lo que no sentirse orgulloso.
Por su parte, Agatha nunca fue de tomar las cosas sin voluntad de devolverlas, pero…
Esa vez se vio obligada a coger el atrapa-sueños de color azul que colgaba a modo decorativo en la puerta de entrada de su vecina del primer piso…
Y sí, fue lo más parecido al sonido de una campanita que encontró…
Y aunque no se lo daría de vuelta, sí que le prepararía un bizcocho y se lo daría días antes de volver a Londres, a su vida.
—He traído unas velas —explicó Benedict, sacando un paquete de pequeñas velas sin aroma, y de color blanco.
—¿Acaso tienes miedo, hombretón?
—Yo no le temo a nada… Solo pretendo darle un ambiente íntimo a la situación —explicó, sacando el dedo corazón en la dirección de Federico.
Momentos después, y sumido en un silencio sepulcral, el británico, como si las almas que la construcción guardaba consigo se lo hubieran ordenado, comenzó a colocar esas pequeñas candelas formando un círculo, justamente debajo del óculo del Panteón…
En el lugar exacto en el que los cuerpos de sus amigos se habían desvanecido la vez anterior.
Mia ayudaba a Lorenzo a prender algunos palos de incienso, que como no, le estaban poniendo un fuerte dolor de cabeza a Yara, ya que no soportaba los aromas intensos, mientras que Benedict y esta investigaban la forma correcta de colocar el atrapa-sueños,
y que este ayudase a Agatha a lograr el efecto que buscaban… Porque si no, todo habría sido en vano…
—Oye, tenemos todo bajo control… Dudo que sean necesarios esos comodines —admitió su vecino, viéndola sacar del bolso la hoja seca de laurel que la strega le había dado semanas atrás, y la moneda que encontró en la cala.
—Es por si lo primero no funciona.
—¿Por qué no iba a hacerlo, Pecas?
Ella miró con disimulo al guitarrista: Estaba dando vueltas de un lado a otro y sin parar de enredar con la bandana que colgaba de su pantalón vaquero. No lo confesaría, pero era el que más nervioso de todos estaba…
Agatha tomó a su amigo del brazo y lo apartó, alejándolos de resto del grupo.
—Eh… Hace semanas que no siento ese chispazo cuando Lorenzo me roza… ¿Y si ya nada de esto surte efecto?
—Cicè, si cada vez que ese guitarrista te toca, sintieras una corriente…
Estarías electrocutada hace tiempo, ¡deja de darle vueltas al asunto!
Va a salir bien. Estaremos con vosotros en todo momento…
Estaré justo aquí contigo —explicó, viendo como Yara se acercaba a ellos y tomaba por el brazo a la pelirroja, con demasiada delicadeza.
—¡Pues claro que estaremos aquí, amiguinha! He traído palomitas, pero si empiezas a levitar o a hacer cosas raras… Ten por cuenta que saldré corriendo por patas.
Acto seguido y al margen de la conversación, Benedict dio una fuerte palmada, buscando llamar la atención del grupo.
—¿Preparados…? Quizá sería una buena idea que ésta vez tomaseis asiento, no me gustaría volver a oír la cabeza de Lorenzo chocando contra el suelo…
Obedecieron: Se sentaron el uno frente a la otra dentro del círculo de velas, cogidos de las manos mientras mantenían sus ojos cerrados e inspiraban profundamente, sintiendo el aroma de la mirra, y cuando lo creyó conveniente,
Mia se encargó de hacer sonar el tintineo que conduciría a su amiga hasta el profundo sueño que tanto buscaba…
O eso creyeron, porque pasaron varios minutos en silencio sin que sucediera nada que no fuera el viento agitando la falda de Agatha.
—¿Sientes algo…? —cuestionó ella en voz bajita, aún con los ojos cerrados.
—Nada… ¿Y tú? —abrió el ojo derecho, mirándola con la esperanza de que al menos uno de ellos lo hubiera conseguido, pero la londinense negó.
—¿Quieres el laurel…? —susurró Federico sin traspasar el círculo de velas blancas que no alumbraba otra cosa más que a la pareja.
Y nadie lo decía, pero en verdad todos ellos sentían que esa idea que Benedict había tenido, realmente sí era un círculo de protección, aunque solo fuese algo simbólico… Pero que los mantuvo a todos lejos.
Federico colocó la hoja sobre la palma de la mano de su amiga y vecina sin que nada llegase a suceder; Yara les propuso que lo olieran, pero tampoco tuvo éxito aquello, por lo que Mia sin preguntar le entregó a Lorenzo la moneda, que después de apretarla con todas sus fuerzas,
volvió a tomar la mano de la británica con la esperanza de que si ambos rozaban aquel denario a la par, al fin lo conseguirían.
Pero la mayor de las portuguesas era la encargada de llevar la cuenta del paso del tiempo en el reloj digital de muñeca: llevaban ahí sentados trece minutos y nada sucedía.
—No va a funcionar —espetó él y acto seguido se soltaron para volver a abrir los ojos—. ¿Y si resulta que este es el fin?
—Pues vaya chasco —murmuró Yara, viendo como Lorenzo se ponía en pie y se sacudía el pantalón vaquero de mala forma: Y es que estaba enfadado consigo mismo, porque ¿de verdad había sido tan estúpido como para creer que podría hacer un salto al pasado, siempre que él quisiese…?
—Espera —Agatha le tomó de la pernera del pantalón, obligándolo a ponerse en cuclillas delante de ella—. Tal vez no todo esté perdido, ¿Recuerdas lo que te dije aquella noche en mi apartamento…?
—Claro, que roncaba más que el bulldog de doce años de tu tía Margaret.
—¿Qué? ¡No, demonios! Hablo de esa frase que vino a mi mente sin… saber su significado —insistió.
—¿Qué frase? —cuestionó Mia con curiosidad, acercándose a ambos.
—Ubi tu, ibi ego —sentenció Agatha.
—Então, ¿eso qué quiere decir?
—Se podría decir que es... una fórmula ritual que simboliza la unión entre dos humanos que se prometen estar siempre ahí. Incluso a pesar de que no sea físicamente posible… Incluso después de la muerte.
—Incluso en otra vida —dijeron al unísono la pareja.
—¿Eso es latín? —cuestionó Yara en el hombro del rubio.
Volvieron a repetir el gesto: Agatha y Lorenzo se cogieron de las manos, pero ésta vez con mucha más fuerza que la anterior, mantuvieron sus ojos cerrados buscando sentir el aroma de la mirra y de escuchar el tintineo.
—Apronia… Ubi tu, ibi ego.
—Elio —carraspeó nerviosa—. Ubi tu, ibi ego… —pero nada de nuevo—. ¡Demonios, esto es una mierda! ¿Es que el destino busca reírse de nosotros, o qué…? —soltó enfadada como nunca antes la habían visto.
Se levantó con furia y rompió el círculo saliendo del mismo, caminando unos metros más allá del grupo.
—¡Maldigo a los dioses por ser testigos de mi sufrimiento y no oponerse a él!
—¿Pero qué dice…? —susurró la más joven mientras que todos veían el semblante de Agatha transformarse en uno más serio y altivo.
—¡No…! ¡Jamás haré tal cosa! No pienso unirme a se hombre que lo único que desea es la ruina de mi ser, para sentirse él complacido.
Un soplo de aire helado apagó las llamas de las doce velas, dejándolos sumidos en la más absoluta penumbra, lo que los puso en alerta, incluido a Lorenzo, que se puso en pie despacio sin quitarle ojo de encima a la británica.
—¿Rizos…? —traspasó también el círculo, buscando llegar hasta ella, pero esta se removió incómoda, como si el tacto con el hombre le quemase en la piel del brazo.
—¡Claro que moriría por ti! ¡Claro que lo haré de ser necesario…!
—¿Pero como has sido capaz de aceptar semejante estupidez? Estás loca… No permaneces atada a mi —su expresión también cambió a una más dura y que apretaba la mandíbula como si tratase de contener las lágrimas.
—¿Qué os está ocurriendo de repente? —el neurocientífico fue el único con el coraje suficiente para acercarse a ellos e interponerse en esa absurda discusión carente de sentido alguno.
Algo lo detuvo cuando los ojos de la mujer se entornaron hacia atrás y de su boca comenzaron a salir palabras desconocidas para él— Está poseída —bramó.
—Pai nosso que estás no céu…—pero Mía golpeó levemente el brazo de su hermana para que se mantuviera en silencio.
Lorenzo se encontraba en la misma situación que la británica, pero a diferencia de ella, este sacudía la cabeza de un lado para el otro, como si buscase zafarse de algo o de alguien.
Todos estaban asustados, ¿qué habían hecho?
¿Por qué a sus amigos les estaba sucediendo tal cosa…
? Pero un decidido Federico se colocó de espaldas al resto y encarando a las dos figuras que ya no parecían ser sus amigos, como si intentase proteger a los demás… Y algo vino a su mente:
—¡Elio! ¡Apronia…! —gritó.
Al instante de aquello vieron los ojos de ella, aún en blanco, llenándose de lágrimas, mientras intentaba estirar su brazo para rozar el de Lorenzo, que como podía, y siendo el único de los dos capaz de moverse, la tomó de la nuca, uniendo sus frentes.
Empezó a llorar como si de un pequeño bambino se tratase y fue únicamente capaz de hacer una cosa antes de que el hormigueo en sus piernas le hiciera caer y arrastrarla con él…
Besar los labios de la mujer. Lo que aconteció a continuación sería una sensación que ninguno de ellos podría olvidar con el paso del tiempo: un fuerte mareo, una chispa de electricidad que les puso los vellos de punta a todos y…
Ahí volvían a yacer en el suelo Agatha y Lorenzo.
Mia fue la única capaz de correr hasta ellos y tomarles el pulso: que sí lo había aunque acelerado, y observó las respiraciones agitadas, pero acompasadas.
—Puede que lo hayan conseguido —admitió, sentándose junto al cuerpo de su amiga.
Y de repente la llama volvió a brotar de las velas como si una figura translúcida que no deseaba ser vista, se hubiera encargado de encenderlas una a una.