UBI TU, IBI EGO 29. perdendo la testa
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29. perdendo la testa

Las portuguesas habían optado por escaparse a Bolonia con Benedict, Federico tenía unos asuntos pendientes que necesitaba resolver, y como cada noche después de salir del trabajo, Lorenzo acudió al apartamento de Agatha, donde solía esperarlo despierta con una taza de té que ella misma preparaba,

y que se había convertido en la bebida preferida del italiano, por el simple hecho de que era la pelirroja quien la elaboraba con tanto cariño.

Le besó la cabeza antes de tomar asiento a su lado, pero Agatha parecía mantener la concentración en los objetos sobre la mesa, donde había colocado la moneda, el mosaico y la hoja de laurel… Todo ello reposaba sobre un paño de tela de color rojo.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, dándole un sorbo a la bebida caliente.

—Intento buscar el nexo entre esto y nuestros recuerdos.

El italiano miró detenidamente los objetos: tomó la moneda, girándola entre sus dedos con una expresión pensativa, hasta que se decidió a hablar.

—¿Y crees que ésta colección de reliquias nos dará las respuestas que queremos? —bromeó.

—Algo me dice que esto, aunque no lo creas, nos llevará a dar con la clave… Espera, estás tocando la moneda y no te ha ocurrido nada raro —admitió, señalando.

Era cierto… Cuando se percató de ello, Lorenzo arqueó su ceja izquierda e hizo un gesto con el labio.

—¿Querrá decir eso que estamos perdiendo la magia…

? —Agatha suspiró. Sabía que era una broma sin importancia, pero la ansiedad de la situación la estaba consumiendo—.

¿También estás nerviosa? —ella asintió—.

Es normal, Rizos. Será la segunda vez que nos colemos en el Panteón e infrinjamos las normas…

Pero creo que jamás he tenido tantas ganas de saltarme la ley como ésta vez.

—¿Cuántas veces has esquivado las leyes, Marchiesi? —le golpeó el hombro despacio.

—Bueno, desde que te conocí… Solo unas… tres o cuatro veces. Pero, ¿sabes qué…? Que lo haría cuantas veces me lo pidieras, Agatha —le mostró la sonrisa más encantadora que tenía y se encogió de hombros.

No era una simple broma para quitarle tensión al momento, no. Lorenzo de verdad que habría hecho cualquier cosa por ella, así como Elio lo hizo en su día por Apronia.

Él la notó más angustiada que de costumbre con el tema, así que habiéndola tomado de ambas manos, la condujo hasta el sofá que tan poco le gustaba a la pelirroja, pero que tantas historias habría podido contar de ellos, —si es que los sofás hablasen—, besó sus labios y tomó la guitarra.

—¿Qué piensas hacer? Es tarde.

—Necesitas relajarte Rizos, ¿y qué mejor que con el sonido de mi pequeño tesoro? —sonrió, colgándosela al cuello.

Entonces fue cuando el sonido del rasgueo rompió el silencio, haciéndola sentir cómo el suelo debajo de ambos desaparecía…

Porque cada vez que Lorenzo tocaba música lo convertía en algo íntimo, sí, pero aquella vez era tan diferente…

Porque parecía que el guitarrista comprendía perfectamente el peso que Agatha sentía aplastarle el pecho.

Comenzó tocando la misma melodía que la noche en que todo cambió para ambos, cuando coincidieron en la plaza…

—No sé como explicarlo —habló por encima de su propio rasgueo—.

Ni si quiera sé si tiene sentido, pero cuando te vi por primera vez…

Supe que te conocía de una forma que no debería de ser posible —las manos de ella estaban heladas y temblorosas, así que con cierto disimulo se aferró al reposabrazos del asiento,

como si necesitara sujetarse de algo para no desmoronarse— Cuando llegué a Roma comencé a tener esos sueños y sensaciones.

Creí estar perdendo la testa, que me estaba obsesionando con ésta ciudad…

Pero después aprendí a vivir con ello y entendí, o al menos creí entenderlo, que tan solo era mi sugestión.

El problema fue cuando esos sueños se intensificaron y se volvieron más… ¿Cómo los llamas tú…?

—Vívidos.

—Eso. Más vívidos… El caso es que en ellos aparecía una preciosa chica, de mejillas sonrojadas…

Y una noche cualquiera apareces tú en esa plaza…

Me arrepiento de no habértelo dicho en su momento, Apronia…

Pero me asusté tanto… Cada vez que estábamos juntos, con cada mirada, sentía que también tú lo sabías pero que no lo decías, y es que a lo mejor aún no estabas lista para asumir lo que te estaba ocurriendo…

Y no deseo asustarte, no quiero que vuelvas a huir del Panteón cuando llegue el momento de hacer frente a nuestros miedos.

—Me gusta como dices Apronia.

—Espera, ¿he dicho Apronia…? Cazzo, pretendía decir Agatha… —rió tontamente—. Puede que mi condena sea buscarte en cada vida, Agatha… Quizá siempre fuera así y a lo mejor ésta no es la primera vez en la que nos encontramos, ni tampoco la última en perderte.

Ella notó como las lágrimas le picaban en el lagrimal y hacían mención de salir en cualquier momento. No supo el porqué, pero algo en su interior se retorció ante esas palabras, como si confirmaran un presentimiento que no estaba preparada para aceptar.

—Y si finalmente todo esto es real y no nos estamos volviendo locos… ¿Me dejarás encontrarte ésta vez? —el sonido de la guitarra se desvaneció despacio… como si se alejara de ella en la distancia… y después el silencio.

—No sabía que los italianos fueseis tan melodramáticos —bromeó, mientras se secaba las lágrimas.

—He aprendido de una buena actriz… —rió, refiriéndose a Yara—. Espero no ser el único que ansía recordar, Agatha.

Después de eso se mantuvieron en silencio por unos instantes, hasta que una frase que nunca antes había oído, llegó a su mente como un soplido de aire.

—Ubi tu, ibi ego —dijo de repente.

—¿Qué…?

—No sé qué demonios quiere decir, pero lo he recordado… Ubi tu, ibi ego… —repitió.

—¿De dónde has sacado eso Rizos? Es latín, y significa: «donde tú estés, yo estaré» .

—¿Algo así como la devoción?

—No, más bien como una promesa a través del tiempo —la línea de expresión que rodeaba la comisura de sus labios se marcó con una sonrisa, y Agatha jamás lo admitiría, pero ese simple gesto le resultaba tan atractivo en él…

—Pero no lo entiendo.

—Yo tampoco, pero aquí estamos veinte siglos más tarde, tratando de descifrar el enigma que Elio y Apronia nos dejaron… ¿Quién te diría a ti que venías buscando un cambio de aires, y acabarías coladita por un músico callejero? —soltó una carcajada.

—¡Oye! Yo no he dicho que esté colada por ti.

—Es que no es necesario que lo hagas… Los ojos te delatan… Y lo sé porque me miras como yo te miro —admitió poniéndose en pie.

—¿A dónde crees que vas? No puedes decirme algo así y salir huyendo —rió mientras lo seguía.

—No he cenado, tengo hambre.

—Voy a tener que empezar a cobrarte un alquiler. Vienes aquí cada noche, te comes mi comida, duermes en mi cama…

—Si lo prefieres puedo volver con mi tío —hizo un gesto, señalando la puerta con el pulgar.

—Me he acostumbrado a ti —explicó, apoyada en el marco de la puerta de la cocina.

—¿Eso es bueno o malo…? —bromeó, con la boca llena prosciutto y pan.

Pasaron algunos minutos en silencio en los que él continuaba deleitándose con el bocadillo que se había preparado rápidamente, y pensando en las galletas de chocolate que atacaría después.

Ella suspiró porque sabía que lo que vendría a continuación no sería del todo agradable, pero era necesario… Al menos para ella lo era.

—Hay algo de lo que aún no hemos hablado —explicó, tomando asiento sobre la encimera.

—Jammo, pensaba ir a hacer la compra este mismo fin de semana. Mi jefe del local me pagará la quincena, y…

—Lorenzo… No estoy hablando de esto, sabes que puedes venir siempre que quieras, aunque realmente… Siempre estáis aquí metidos todos —rió—. Me refiero a que yo volveré en unos días a mi vida en Londres.

—No sé a donde pretendes llegar —ella suspiró otra vez.

—Pues que si yo vuelvo a mi ciudad y tú continúas aquí, es probable que este cuento de hadas, como Yara lo llama… Se termine…

—¿Estamos cortando? Perdona, es que no me he enterado.

—¡No! Bueno, yo al menos no… Solo quiero ser realista, y sé que los italianos sois de vivir en el presente, pero es que mi cabeza está continuamente en el futuro.

—La mía en el pasado —sonrió, de forma encantadora—. Pero jammo, podríamos hacer escapadas para vernos cada mes, ¿no te parece?

—Eso no saldría bien Lorenzo. No podríamos estar siempre así… —él asintió con resignación.

Agatha tenía razón, y es que cada uno tenía su vida en un lugar… Por mucho que él no quisiera volverla a dejar escapar, tampoco pretendía atarla a un recuerdo que ninguno de ellos olvidaba.

—¿Te importa si hablamos esto en otro momento…? Un poco más adelante… No me siento preparato todavía.